martes, 19 de julio de 2005

De cómo enfrentar nuestros males

Hay dos formas de pararse frente al desastre que estamos armando los hombres. Con o sin esperanza. El profeta es alguien esperanzado (ver lo que decía Ratzinger). Nosotros no somos profetas (aunque en cierta forma sí, y reyes y sacerdotes, pero no me refiero a eso, ver misma cita acerca de la prudencia para el actuar profético). Pero si el profeta, con lo que ve, es esperanzado, ¿no deberíamos serlo nosotros?

Hay mucho de personalidad, o carácter, o lo que sea. Hay quien ve en el esperanzado un “mal optimista” que no acepta la realidad, un tibio que no combate. Hay quien ve en quien tiene un buen grado de “pesimismo” a un exagerado, que hace de todo una tragedia. Cada uno sabe cual es la pierna con la que renguea. Tratemos de corregirnos a nosotros mismos y de entendernos con el que es distinto.

Muchas menos veces de las que pensamos estamos cargados de santa ira. Muchas más veces de las que pensamos somos unos tibios que damos asco.

*

Recuerdo a Juan Pablo II como un Papa que confiaba mucho en la posibilidad del hombre de llegar a la verdad. Evoco mi sorpresa ante tantas actitudes suyas. Mensajes de aliento a los políticos, a la ONU, a determinados profesionales, el recibimiento de representantes de actividades varias, etc. Todo eso junto con severas y críticas declaraciones. No vacilaba en hablar de los vicios de la política, del arte, de los medios de comunicación o de lo que sea, pero a la vez recibir a gente de esos medios y alentarlos en un camino recto.

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