miércoles, 27 de julio de 2005

Laburando (triviales reflexiones)

He tenido un profesor de Antropología Filosófica muy particular. Muchas de sus palabras quedaron dando vuelta en mi mente (nos abría los ojos combatiendo frases de moda como: “mi derechos terminan donde empiezan los de los demás”, lo cual él retrucaba con: “mis derechos terminan donde empiezan mis deberes”). Esas y otras cosas quedaron en germen y años después, yo más interesado en ciertos temas (en la facultad yo andaba medio en babia todavía), las reveía con placer.

Una de las bolillas trataba sobre el trabajo humano, lo cual él consideraba redundante como definición, al decir que el hombre es el único que trabaja (esto hay que verlo a nivel profundo, no pensarlo en lenguaje vulgar). La verdad es que el tema, cuando se intrincaba mucho, no me atraía porque le perdía el hilo. Recuerdo sólo algunas cosas que sí me interesan. El nos decía que hoy día el hombre está separado del producto de su trabajo, enajenado creo que era la palabra. Ya el hombre (no en todos lados pero sí en muchos) no hace una mesa con sus manos y una herramienta, sino que es probable que trabaje en una fábrica de muebles, en dónde su rol sea el mantenimiento de la máquina que corta la madera (ejemplo a mi cargo). Y esta realidad actual no recuerdo que él la defina como intrínsecamente mala, pero la mera enunciación del problema da para pensar que en algo afectan al hombre dichos cambios en el trabajo.

¡Y nosotros imberbes estudiantes de “Ingeniería Industrial”! No es que sea un viejo ahora, ni mucho menos, soy todavía un ignorante, pero a la fecha ya diez años mayor, recibido de algo que cada día cuestiono más en sus fuentes: la industria.

El hombre es hombre y “se adapta”. Trabaja ahora en gran porcentaje en industrias, o en oficinas, que es lo mismo a estos efectos (sos parte de un proceso del que no intervenís ni en el principio ni en el final). No sé cuál es el precio de la adaptación, es lo que quiero averiguar.

La misma maldad del hombre existía antes de la Revolución Industrial, las mismas posibilidades de santidad quizás también. No sé bien porqué, pero no creo que la vida o el trabajo de hoy te haga más difícil ser santo. Si es más difícil ser santo es por falta de fe. Porque se podría hacer el siguiente razonamiento: si hay más dificultades o maldades o malas formas de vivir hoy, pues entonces más oportunidades de santidad.

¿Y no pueden afectar las malas condiciones de vida de manera de disminuir la fe? Eh... en cierto modo, la gran dificultad del creyente es ver el sufrimiento del inocente y seguir creyendo en Dios. En ese sentido, quién viera mucha miseria o viviera muchas penurias, incluyendo el trabajar de formas “malas”, podría resentirse en su fe. Pero la fe no es sólo influida (ni dada) por las condiciones de vida. Sería medio extraño llegar a una conclusión como: un trabajo industrial, en el cual el hombre no tiene una estrecha relación con el producto del mismo, debilita la fe.

También es cierto que hoy no es como hace unos cientos de años. A la gente se le comunica (aunque poco y quizás distorsionado), los resultados, los éxitos y los fracasos (a veces) de la compañía. Quien pone la parte A de la máquina B, se entera que un buen día esa máquina “sale al mercado”. Hasta se hacen presentaciones internas y reuniones.

¿Cuál es el efecto (malo, o también alguno bueno) de que el hombre hoy trabaje de una manera distinta? Para responder a eso quizás haya que considerar varios otros factores. No sólo la relación hombre-obra, sino también la cuestión de la "relación de dependencia" o el trabajo particular, por ejemplo. Luego otras cosas que quizás son inherentes a las anteriores: cantidad de horas trabajando, lugares de trabajo, relaciones personales... ¡puf, yo no sé nada de todo eso!

1 comentario:

  1. Llegué a este blog de casualidad. Buscaba un fragmento del Adán Buenosayres. Me interesaron tus reflexiones, aunque no reconozco el hilo -se debe a mis limitaciones-. Al margen, creo que si hablamos de santidad y de trabajo, no importa el trabajo que hagamos. Alguien me dijo alguna vez que podía darle a cada instante de mi vida un valor de eternidad. Enseguida recordé una frase, creo del Evangelio, que dice que Dios hace nuevas todas las cosas. Hilando, entonces, descubrí (casi un despertar a una vida nueva) que el amor hace nuevas todas las cosas, que a cada instante puedo llenarlo de amor. En el trabajo, en casa, con amigos. Cada instante es ocasión, digamos, "de santidad", cada instante es nuevo, porque el amor lo hace nuevo.
    Seguiré leyendo tu blog. Gracias.

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