miércoles, 21 de diciembre de 2005

Desde la azotea

¡Oh, lectores empedernidos! ¿Qué hacéis todavía aquí? ¡Vamos, idos por el link de la derecha, por el “next blog” o por donde sea! ¡Tomad un buen libro! ¡Eso! Y aprovechad mejor vuestro tiempo, que sólo lo hay (y apenas si alcanza) para las obras maestras.
Bueno, si aún siguen ahí, les contaré algo que descubrí acerca de las azoteas. No hay como subir a una azotea. Es un pequeño retiro al cual podemos asistir. Desde ahí se ve todo, o mucho, y desde afuera. Se “ve el ruido” sin ser parte de él. Se observa el movimiento casi inconsciente del resto de la gente que sigue abajo, siendo nosotros concientes de lo que vemos (y de lo inconscientes que somos cuando estamos abajo) y pensando entonces: “¿Por qué (para qué) nos movemos?”

Nunca como aquel piso veinticuatro. Vacío. En alquiler. Pero de libre acceso. Ventanas de esquina a esquina. Como una terraza techada. Toda la ciudad debajo, los autos como de colección, las personas como pleimobils.
Hoy estuve en una terraza más modesta, pero al aire libre, una auténtica terraza a unos ocho o diez metros sobre el nivel del concreto. Lo suficiente para pensar. De sobra para darme ganas de escribir algo.

Claro que la experiencia de hoy no era plena; había que disimular un poco con el grupo de visitantes. "¿Vió ese desagüe, arquitecto? Qué cosa, ¿no?" Luego uno podía, con alguna excusa, ir a "observar algo más allá".

3 comentarios:

  1. ¡Qué curioso! Hoy mismo había decidido comprarme esto! :D

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  2. Me gustaría ser gato,
    ser reina de los tejados;
    dominar esas vastas
    soledades de tejas.


    Ésto lo escribí a los 13 años. Está en mi diario de vida de ese entonces, y sigo pensando lo mismo. Igual que tú. Bien, ¿eh?

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