miércoles, 16 de octubre de 2019

"Hüzün"

(12 y 13 de octubre)

Hoy la lluvia nos dejó adentro. Retomé el Estambul de Orhan Pamuk. No sé cuánto me durará. Lo sorprendente es que le ha sentado bien el señalador del Chevy.

Al llegar la noche, los nuevos y ruidosos vecinos, que son ruidosos entre semana pero los fines de semana parecían gustar de hacer ruido en otro lado, están haciendo ruido acá. Ponen músicas de poco gusto pero que duran poco y cambian. Ahora, por ejemplo justo ahora, no hay música. Pero es como que tenemos uno de ellos más cerca que habla fuerte. Entonces solo se escucha su parte. Aunque no se entiende del todo, se nota que el otro está más lejos o habla menos fuerte. Son un plomo. Una noche les toqué el timbre.

Ahí volvió a subir la música. Será que la suben en momentos emotivos. Algo así parece. La corean. Y después la bajan. Y yo volví a este texto solo para poner eso. Porque estaba con el turco.

Acá estoy de vuelta. Creo que en el tiempo que no estuve acá (la computadora está cerca de una ventana) subieron y bajaron el volumen una o dos veces más. No sé cuánto va a durar ese Estambul. No me apena tanto por el Estambul sino por el señalador del Chevy. Aunque la verdad sea dicha, no creo que aunque llegue al final del libro, lo deje adentro. Quizás eso es lo que pase con el señalador del Chevy. Se hizo tan especial que ahora siempre estará dando vueltas y nunca se irá con un libro a la estantería. Ni aunque hubiere sido bueno (¿está bien puesto ahí el tiempo condicional futuro?). “No quiero soñar mil veces las mismas cosas…”, están cantando. Eso no es mal gusto. Pero no afinan. 

*

Hoy es el día siguiente. El capítulo que leía ayer y terminé hoy es el 10 y está muy interesante. El mejor hasta ahora, quizás (con decir que inauguré un segundo señalador para tenerlo marcado). Reabre las esperanzas en el libro. Podría copiarlo acá pero es algo largo. "Hüzün" es el nombre y significa "amargura" como sentimiento y Pamuk hace una notable explicación de lo que es ese sentimiento comunitario del estambulí (por cierto, hay varios gentilicios aceptados para quien es de Estambul; eso lo leí en otro lado).

Pamuk primero estudia el sentimiento en base al pensamiento islámico. Por un lado amargura como un sentimiento imperfecto ante una pérdida material, resultado de una excesiva dependencia de las cosas de este mundo. Por otro lado amargura por no haber podido hacer lo suficiente por Dios, y entonces también una justa amargura por no tener amargura por eso.

También compara el sentimiento con otros parecidos, de otros autores, como la melancolía de Robert Burton, la que veía Baudelaire en cuadros de Delacroix, la que veía Théophile Gautier en Estambul o la tristesse de Lévi-Strauss.

Pero dice que lo que hace única a la amargura estambulí es esa sensación de ser parte de un imperio en ruinas y de cómo se convive con ello. Cómo, a diferencia de occidente, no se exhiben orgullosos los restos de épocas imperiales gloriosas sino que quedan en el descuido y manoseo de la vida diaria. 

Y hay, entre todo eso, una descripción interminable de imágenes que se pueden ver en la ciudad, para tratar de entender el sentimiento. Sencillas pero efectivas. Un poco largo para poner en una entrada pero, si queda algún valiente, allá va:

"(...) Hablo de los padres que regresan a casa con una bolsa en la mano bajo la luz de las farolas suburbiales en noches que caen demasiado pronto. Hablo de los libreros ancianos que se pasan el día tiritando de frío en sus tiendas esperando un cliente después de una de esas crisis económicas que se producen cada dos por tres; de los barberos que se quejan de que los hombres se rapan y se afeitan menos después de las crisis; de los marineros que, cubo en mano, limpian los viejos vapores del Bósforo amarrados a muelles vacíos con un ojo en la lejana y pequeña televisión en blanco y negro y que poco después se quedarán dormidos en el barco; de los niños que juegan al fútbol entre los coches en estrechas calles adoquinadas; de las mujeres de cabeza cubierta que llevan bolsas de plástico y que en remotas paradas esperan sin hablar entre ellas un autobús que nunca llega; de las vacías casetas de los caiques de las antiguas mansiones; de las casas de té llenas hasta la bandera de desempleados; de los proxenetas que las noches de verano se patean pacientemente las aceras con la esperanza de encontrarse algún turista borracho en la mayor plaza de la ciudad; de las multitudes que corren a toda prisa para no perder el transbordador las tardes de invierno; de las mujeres que por las noches esperan a sus maridos, que no acaban de llegar, y que entreabren las cortinas para echar un vistazo a la calle; de los ancianos con casquetes de punto que venden en los patios de las mezquitas opúsculos religiosos, rosarios y ungüentos para peregrinos; de las entradas de decenas de miles de bloques de pisos todas iguales; de las mansiones hijas de palacios en la que cada tabla del suelo gime con un crujido ahora convertidas en dependencias del ayuntamiento; de los subibajas rotos de parques vacíos; de las sirenas de los barcos en la niebla; de las murallas de la ciudad, ruinosas desde los tiempos de Bizancio; de los mercados que se quedan desiertos por las noches; de los viejos cenobios convertidos en ruinas; de los miles de casas cuyas fachadas han perdido el color por la suciedad, el óxido y el hollín; de las gaviotas que permanecen inmóviles bajo la lluvia en boyas oxidadas cubiertas de algas y mejillones; de los enormes caserones centenarios de los que en el día más frío del invierno apenas surge una delgadísima columna de humo de la única chimenea; de las multitudes masculinas que pescan desde el puente de Gálata; de las frías salas de lectura de las bibliotecas; de los fotógrafos callejeros; del hedor a mal aliento del cine de techos dorados en tiempos famoso y ahora convertido en sala porno por cuya puerta entran hombres avergonzados; de las calles en que no puedes ver ni una sola mujer en cuanto se pone el sol; del gentío que se acumula en los días de viento del sudoeste, medio calurosos, medio borrascosos, a las puertas de los burdeles controlados por el ayuntamiento; de las mujeres jóvenes que hacen cola a la puerta de las carnicerías donde se vende carne barata; de las bombillas pálidas de los luminosos que se tienden entre los alminares los días de fiesta; de los carteles de los muros rotos, y garabateados por todas partes; de los agotados coches americanos de los cincuenta que sirven de taxis colectivos, que gimen rezongando mientras suben cuestas pronunciadas por las sucias calles de la ciudad y que de tratarse de una ciudad de Occidente ya estarían en un museo; de las multitudes que llenan los autobuses hasta la bandera; de las mezquitas a las que les roban continuamente los caños y el plomo que recubre las cúpulas; de los cementerios que parecen vivir como un segundo mundo en la ciudad y de sus cipreses; de las pálıdas luces que brıllan por las noches en los vapores que hacen el servicio Kadıköy-Karaköy; de los niños pequeños que intentan vender en la calle un paquete de pañuelos de papel al primero que se les ponga por delante; de las torres del reloj que nadie mira; de las victorias de los otomanos que los niños estudian en los libros de Historia y de las palizas que se llevan por la noche en casa; de la angustiosa espera a que lleguen los "funcionarios" cada vez que se proclama una de las frecuentes prohibiciones de salir a la calle con la excusa de un censo, un empadronamiento o una búsqueda de terroristas; de las cartas de los lectores que nadie lee, del tipo ‘Se está hundiendo la cúpula de tal mezquita construida hace trescientos setenta años en nuestro barrio, ¿qué hacen las autoridades?’, arrinconadas en una pequeña esquina de los periódicos; de los pasajes subterráneos en los lugares más frecuentados de la ciudad; de los escalones de los pasos elevados, cada uno roto por un sitio distinto; del hombre que desde hace cuarenta años vende en el mismo sitio postales de Estambul; de los pordioseros que se te aparecen en el rincón más inesperado y de los que todos los días repiten las mismas palabras en la misma esquina; del intenso olor a retrete que de repente te llega a las narices en las calles más frecuentadas, en los vapores, en los pasajes, en los pasos subterráneos; de las jóvenes que leen la columna de la Tía Güzin en el diario Hürriyet; de las puestas de sol que pintan de un naranja rojizo las ventanas de Üsküdar; de las horas tempranas en que todo el mundo duerme excepto los pescadores que salen al mar; de las dos cabras y los tres gatos aburridos en sus jaulas en ese lugar del parque de Gülhane al que de ninguna manera cabría llamar zoo; de las cantantes de tercera y de primera que en los cabarets imitan a las divas americanas y a las estrellas del pop local; de los estudiantes hastiados en interminables clases de inglés en las que en seis años nadie aprende a decir otra cosa que no sea ‘yes’ o ‘no’; de los emigrantes que esperan en los muelles de Gálata; de los restos de verdura, frutas, basura, bolsas de plástico, sacos, cajas de cartón y de madera que quedan esparcidos por el suelo las noches de invierno después de que levanten los puestos de los mercados; de las bellas mujeres cubiertas con velo que regatean vergonzosas en ellos; de las madres jóvenes que caminan a duras penas por la calle tirando de tres niños; de la vista del Cuerno de Oro cuando se mira hacia Eyüp desde el puente de Gálata; de los vendedores de roscas de pan absortos en el paisaje mientras esperan clientes en el muelle; de las sirenas de los vapores sonando todas a un tiempo a lo lejos una vez al año tras transcurre el minuto de silencio en memoria de Atatürk durante el que toda la ciudad permanece convencida en posición de firmes; de las centenarias fuentes de barrio, a las que antes había que subir por una escalera desde la calzada adoquinada y que ahora, a fuerza de echar asfalto sobre asfalto, han quedado por debajo del nivel del suelo y a las que les han robado los grifos convirtiéndolas en un montón de mármol; de las jóvenes que trabajan hasta el amanecer para entregar a tiempo un pedido por el salario más mínimo de la ciudad repasando costuras y botones en pisos de las calles laterales ahora repletos de máquinas en los que en mi infancia escuchaban la radio familias de clase media, médicos, abogados y maestros con sus mujeres y sus niños; de que todo esté roto y avejentado; de que la ciudad entera contemple a las cigüeñas que vienen de los Balcanes, de Europa Oriental y del norte cuando se acerca el otoño y que pasan sobre el Bósforo y las islas cuando se dirigen al sur; y de las multitudes varoniles que regresan fumando a sus casas después de un partido de la selección nacional, y que cuando yo era niño siempre terminaban con una seria derrota".

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