jueves, 24 de diciembre de 2020

Se nos hizo tarde... (¡Feliz Navidad!)

Se nos hizo tarde y no preparamos nada.

Pero gracias a Dios los amigos trajeron cosas para compartir:

Poema trajo Ens, villancicos Marenostrum, los saludos de XavMP, jugosa cita de ARP y poema saludo de EGM.

¡Feliz Navidad!

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Para cada día

Buscaba una canción de martes y me puse a pensar qué famosas son las canciones de viernes, sábado, domingo y lunes. Pero, salvo las que mencionan todos los días de la semana, qué difícil es encontrar de martes, miércoles o jueves.

Buscar en inglés, para empezar, puede ayudar, por la alta difusión que tienen las canciones en ese idioma. Entonces encontré, para martes: Ruby Tuesday, de The Rolling Stones. Para miércoles: Wednesday morning 3 AM, de Simon & Garfunkel. Y para jueves: Thursday's child, de David Bowie. Y hay algunas más.

Pero es interesante reflexionar un poco acerca de por qué es más fácil encontrar (¿o recordar?) canciones con viernes, sábado, domingo y lunes. Al menos a mi me resulta mucho más fácil. No sé si es una cuestión de mi memoria o efectivamente una curiosidad de la música popular.

Por un lado uno puede pensar que algunos días son característicos. La división que se hace de días en laborables y no laborables crea dos grupos de días, un grupo de cinco y otro de dos. Esto hace especiales a esos dos días. Y es lógico a su vez que en un grupo más grande (el de cinco) los más característicos, los relacionados con las emociones que generan las canciones, tengan que ver con el final y con el inicio.

Para seguir analizando este tema podría ser de gran ayuda leer las letras de las canciones, que nos pueden dar más pistas. El paso del tiempo, la actitud frente al trabajo o los padecimientos del mismo, los eventos sociales, etcétera.

Todas esas cosas se pueden escuchar en las siguientes canciones. Seguramente haya muchas canciones más, pero estas son las que tengo presentes sin buscar (contra ninguna que haya recordado para el resto de los días).

De todos los días:

Lunes:

Viernes

Sábado:

Domingo:

Bonus yapa tracks:
Night Fever (de la película Saturday Night Fever, pero no dice sábado)

(Esta recopilación la hicimos ya empezado el Adviento de 2020).

sábado, 7 de noviembre de 2020

La ciudad de nadie (IX)

En el capítulo IX Uslar-Pietri habla de una visión. Y aprovecha esa visión para traer a colación a muchos poetas de la tierra de la que nos está contando.

Da la ocasión para detenerse en cada uno y conocerlos a todos. Sin haberlo hecho lo suficiente, me alcanzó para conocer "The leaden-eyed", de Vachel Lindsay.
Let not young souls be smothered out before
They do quaint deeds and fully flaunt their pride.
It is the world’s one crime its babes grow dull,
Its poor are oxlike, limp and leaden-eyed.
Not that they starve, but starve so dreamlessly;
Not that they sow, but that they seldom reap;
Not that they serve, but have no gods to serve;
Not that they die, but that they die like sheep.
A continuación entonces el capítulo IX de “La ciudad de nadie”, de Arturo Uslar-Pietri. Para los capítulos anteriores: clic. Aunque tengo el libro, copié los textos de Revista ViceVersa.

Al principio del invierno hay una hora de perfecta soledad en el Parque Central. Ha caído nieve durante lo más del día. El aire gris ha estado lleno de rayas y puntos blancos. Las ramas de los pinos se acolchan de nieve. Uno camina lentamente hundiendo los pies en la espesa y quieta blancura. En la última hora del atardecer el cielo se ha despejado y se ha hecho transparente con una primera y desnuda estrella a un lado. No se oye ruido. No se mira movimiento.

Toda la nieve azulea con la vecindad de la noche. Hay una profunda sensación de abandono, de magia y de agreste soledad. Las lejanas moles oscuras de los edificios, hacia el sur, se diluyen en la penumbra, como acantilados de una costa inaccesible.

De lo oscuro de un tronco desnudo se desprende a saltos rápidos una ardilla oscura. Se acerca temblorosa y alza las patas suplicantes. Uno le tiende la mano y ella acerca la boca móvil a los dedos, buscando alimento. Como pudiera hacerlo el primero o el último hombre en la perfecta soledad.

Cuando el animalito se aleja de nuevo ya todo parece más transparente y despoblado. El aire está como detenido por el frío. Y el humo de nuestro aliento lo empaña a ratos como un vidrio. Es entonces cuando el solitario se detiene y siente que va a ocurrir el prodigio.

En lo más penumbroso del horizonte, más allá de las ramas nevadas, empieza a levantarse una visión sobrecogedora. No hay ser humano que haya podido verla más grandiosa.

Es como si el cielo fuera creciendo y ahondándose con una inmensa colmena de luces. Pequeñas lámparas que se sobreponen, se juntan, se extienden, se confunden. Cuadrados de luz que cuelgan arracimados de la sombra como un telar de estrellas.

Es como si del fondo de aquel desierto de nieve y de soledad se hubiera alzado de pronto un simún de hojas de oro encendidas.

Toda la sombra está cuadriculada de luces hasta lo alto. Es un tapiz de fuego quieto y frío que cuelga de dos o tres estrellas. Y que está vivo de encenderse y apagarse sin término.

Y uno lo mira tan alto y tan resplandeciente que siente más inverosímil la proximidad de aquel milagro.  
Es como un mosaico de oro que ha cubierto las nubes y las sombras. Todo en reflejos, en palpitación luminosa, en dimensiones y contornos inalcanzables. Como las moscas de Constantinopla debían ver los mosaicos de oro de Santa Sofía.

Nada tenemos en las manos ni en las palabras para responder a este prodigio. Para tratar de acercarnos a este prodigio que no es el que han hecho los hombres. Que los sobrepasa y los abandona.

Lo único que sabemos es que no son las luces de una ciudad. Los que ven las luces de la ciudad no ven el prodigio.

El prodigio podría ser el tablero para el juego del cielo y del infierno, o para el juego de la muerte y de la inmortalidad.

Puede ser la ciudad de luz y de sombra que sería prometida algún día a los hombres que habitan la ciudad de piedra y de hierro.

O puede que sea la encendida montaña de cristal que ha de estar al fin del mundo. Al fin del mundo que conocemos y padecemos.

Esos caminos de luz, esas señales, esos saltos, esos despliegues de vuelo inmóvil no pueden ser el simple reflejo de las lámparas de hombres que se afeitan, de hombres que escriben números, de hombres que cuentan dinero en billetes opacos. Deben ser otra cosa. Como las luces de un altar a un Dios que va a salvarnos. El reflejo infinito de unas llamas votivas que están vivas y temblorosas de esperanzas.

Deben ser fuego de hogar y luz de amor multiplicados que invitan al hombre a arder en la más encendida montaña.

Hay que estar solo y lejos para ver toda la visión de aquella inaccesible soledad luciente. Para sentir el dolor y el ansia de acercarse. De entrar en toda la aérea tibieza de aquella lumbre que palpita cubriendo el cielo. De aquel enjambre de brasas que se para en la sombra.

Tamaña grandeza de visión no puede ser un don gratuito. Debe tener palabras y significaciones y anuncios para toda pequeña soledad humana que la vislumbra.

Y las tiene. Pero sólo resuenan en lo más transparente del silencioso pensamiento angustiado.

Palabras que han nacido de la angustia de esta visión sobrecogedora. Como aquella voz transida que nos llama hijo y nos habla de amor:

What do you seek so pensive and silent?
What do you need camerado?
Dear son do you think it is love?

Y la reconocemos. Amaba la gente de las calles y gustaba de conversar al conductor del tranvía de caballos. Y soñaba con más gentes y más casas y más atareadas muchedumbres. Vivió en las raíces de las que iba a brotar esta visión aérea. Y nos dice con orgullo jactancioso que es

Whitman, a Kosmos, of Manhattan the son.”

¿Se ha alzado este fulgor temeroso, acaso, sobre esa fe serena del labrador que siembra, y del albañil que levanta su pared de ladrillos y de los hombres que cantan en su tarea llenos de indestructible contentamiento?

¿O es una visión satánica de inhumano orgullo que va a caer como lava ardiendo sobre los que se le acercan deslumbrados? Hay el rumor quejumbroso de un canto de negros que canta con poderoso quejido rítmico. Que canta y anuncia hasta lo más apartado de la soledad:

“Joshua fit de battle ob Jerico,
Jerico, Jerico,
Joshua fit de battle ob Jerico, 
an de walls come tumblin down.”

Al son de las roncas voces cargadas de dolor parece temblar todo el oro vivo de la visión. Son voces de hombres vivos con dolores vivos. De hombres oscuros con dolores oscuros. Por allá abajo hay muchos que tienen hambre, pero que además están hambrientos sin nada en que soñar. Que es lo que murmura aquel eco de Lindsay, tan rítmico: «Not that they starve, but starve so dreamlessly». No es que tengan que sembrar, sino que tan rara vez cosechan. «Not that they sow, but, that they seldom reap». No es que estén condenados a servir, sino que no tengan dioses a quienes servir. «Not that they serve, but have no gods to serve». Y no es que hayan de morir al fin entre los vericuetos de piedra, sino que mueran como ganado. «Not that they die but that they die like sheep». Que es lo que dice la lenta voz que parece venir de la visión.

Porque hay otra que parece no verla. Que lo que ve es un desierto de áridos cactus y de tierra muerta. Donde no se alza sino una mano muerta suplicante bajo la luz de una estrella que se extingue. Que es lo que se percibe en aquella palabra que pasa, que es de Eliot y que viene de tan lejos:

“This is the dead land
This is cactus land
Here the stone images
Are raised, here they receive
The supplication of a dead man’s hand
Under the twinkle of a fading star.”

Pero también habría una desesperada manera de arrojarse al torrente inescrutable. Entrar hablando a gritos, comprando y vendiendo, poniendo nombres en todos los avisos luminosos, todos nuestros nombres en todos los avisos luminosos. Que es lo que haría Hart Crane ya resuelto a morir:

“Stick your patent name on a signboard
brother-all overgoing westyoung man
Tintex-Japalac-Certain-teed overalls ads
and land sakes.”

O estaré quieto, desde la sombra, sin avanzar, hasta no encontrar la palabra que resuelva el enigma. De esta esfinge de vida o muerte que nos mira con sus millones de ojos de luz. Acaso como Edipo resolvió el enigma de la perra que habla. Pero:

“Señora it is true the Greeks are dead,
It is true also that we here are Americans.”

Porque también de­bajo de la luz de cristal hay hierro y piedra, y sudor y zapatos llenos de blandos pies y miradas llenas de deseo. Una ciudad viva y atormentada de vida. Una robusta ciudad que grita y se estremece con todos los que dentro de ella gritan y se estremecen. Una ciudad de anchas espaldas que aman y cantan hombres de anchas espaldas:

“Stormy, husky, brawling
City of the Big Shoulders.

domingo, 25 de octubre de 2020

La escaramuza de los pacifistas

- Ayer te quedaste dormido -le dije a él-. ¿Repasamos el capítulo de la escaramuza?
- Parece el nombre de un reptil -dijo ella. (…)

El capítulo se llama en realidad “El ataque” (La isla del Tesoro). La palabra escaramuza (que de hecho aparece en el desarrollo del capítulo en nuestra traducción) me hizo acordar a ese capítulo de los “Los Invictos”, de Faulkner, que se llama “Escaramuza en Sartoris”.

Así que después de leer el capítulo de “La isla del tesoro” fui a buscar “Los invictos”. (Aunque en realidad tenía a mano el libro “Relatos”, que incluye los relatos que luego formaron parte de “Los Invictos”). Y al empezar a leer el capítulo me llamó la atención esta frase de Faulkner: “(...) los hombres han sido pacifistas por todas las razones que imaginarse puedan, salvo la de eludir el riesgo y la batalla”.

Y fui a Internet, al texto en idioma original, que decía: “(...) because men have been pacifists for every reason under the sun except to avoid danger and fighting”.

Y ahí quedé, trabado desde ese entonces. Tratando de llegar a una conclusión acerca de si me parecía o no verdadera esa frase. Porque me gusta. Me suena como a frase chestertoniana. Pero no la podía asumir. No encontraba las cosas que me dijeran: “¡claro, es así!”. Pero quería, porque es genial.

Creo que luchaba contra varias limitaciones. La principal surgía de todo el tiempo en que había pasado en mí juventud separando la imagen del pacifista de la del cristiano. Eso había dejado a mi concepto del pacifista en un lugar muy relegado.

Sin llegar ahora a exaltarlo, vayan algunas ideas. Basta pensar por un momento en la lucha o la batalla como algo que no necesariamente tiene que ver con los puños o las armas. Basta (aunque ahí maldije mi ignorancia) en pensar en famosos pacifistas (or so-called) como Ghandi, Mandela, Luther King, etc.

Entonces nos damos cuenta que los pacifistas pueden ser eso que dice Faulkner. He ahí que el único pacifista que no encajaría en la “definición” de Faulkner sería una especie de pacifista per se. Alguien que adopta como filosofía de vida algo como “evitar todo tipo de lucha”. Y no sabe, paradójicamente, todo el peligro que ello conlleva.

viernes, 9 de octubre de 2020

Algunas musiquillas más de la cuarentena

1. ¿La canción de Cinema Paradiso en piano y armónica? Clic.

2. Lo nuevo de los Oh Hellos: Boreas.

"Maybe then my breath could embody
a wildfire starting.
I’d sweep up the forest floor
and my body breathe life into the corners,
be a darker soil"

3. Bonamassa. Viejo tema, nueva voz: Colour and shape.

4. Pegada en la cabeza: Dream a little dream of me, pero por The mamas and the papas.

5. Sixpence None The Richer (nombre inspirado en Mere Christianity de C. S. Lewis) interpreta “Melody of you”.

6. Flor Sandoval: Cantautora emergente rosarina. Check her out, recomendó el gaucho.

7. YYNOT: Covers de Rush muy bien hechos y mucho más. ¿Se imaginan a Geddy Lee bailando por el escenario? Surrealista. ¿Cuál elijo? Vamos con Bastille Day.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Esta entrada no iba a ser de Stevenson


Después de un coqueteo con “Lord Jim” el público joven se decidió porque leamos “La isla del tesoro”. Lo habíamos empezado con F. hace unos años pero no había progresado. Ahora parece que tuvo éxito y ya porta, como primer signo de estabilidad, un señalador frente a su tercer capítulo.

El señalador viene de La Docta. Es de Libros UCC (Universidad Católica de Córdoba), Obispo Trejo 323. Supongo que lo habremos traído una semana de invierno que nos fuimos a conocer la ciudad. El libro (“La isla del tesoro”) es una respetable edición moderna de Editorial Claridad, la traducción es de Jeannine Emery y ostenta en la tapa una ilustración de N. C. Wyeth, famoso ilustrador norteamericano, que acompañó también la edición de 1911.

Foto: Nocloo

Por otro lado, en la lectura personal (y mientras no avanzan Flannery ni James) lo acompaño con “Cuentos de los Mares del Sur”, de Stevenson también. Esta edición, a diferencia de la del otro libro, es más “berretita”. Pero a mí me gusta. Grupo Editor Altamira, Santa Magdalena 635, Buenos Aires. Lo rescaté hace años de un negocio de usados y nunca lo leí. Como lo aprecio y le queda muy bien, fue equipado, al menos temporariamente, con un simpático señalador de mapache que me hizo G. e ilustra la entrada en su comienzo.

Por este librito me entero que el don Stevenson se llamaba también Balfour de apellido. Haberlo sabido hace unos años y se lo hubiera dicho a un muchacho del trabajo anterior que llevaba ese apellido. Sería el comentario plomo, sin duda, pero me hubiera gustado repetirlo a cada rato: “¿Cómo le va, don Balfour Stevenson?”. ¡Soy un viejo sin remedio!

Esta entrada no iba a ser de Stevenson. Pero voy a repasar mi colección del autor, que solo se compone de lo mencionado y de la versión musical que hizo Sting para su poema “Christmas at sea”. Alguna vez la traje. Poema aquí. Versión del disco aquí. Versión en vivo en la Catedral de Durham aquí.

En realidad hay algo más. Un pequeño cuento extraído de “Fables” llamado “El barco que se hunde”. No me gustó mucho. Pero ahí está. Junto con lo que quizás sea todo lo que alguna vez lea de Stevenson en mi vida (guiño).

viernes, 25 de septiembre de 2020

La ciudad de nadie (VIII)

Alguna vez alguien nos hizo dar cuenta que había libros de la biblioteca que nunca leeríamos, o nunca más leeríamos en nuestras vidas. En forma similar, yo ya sé que hay lugares del mundo que nunca visitaré (aunque esto es un poco más obvio).

Pero aunque nunca vaya a esos lugares, leyendo sobre ellos quizás disfrute más que lo que un viaje me hubiera podido dar. Al modo en que los recuerdos conservan lo mejor de los hechos pasados, un relato de viaje quizás pueda darnos lo mejor de un lugar al que nunca iremos. Después de todo son los recuerdos de otro que fue.

Lo curioso de este caso (que nos ocupó ya varias entradas) es que no tengo el menor interés en ir a un lugar como New York. Puedo vivir sin ello. Iría a muchos lugares antes que allí. Entonces el gusto por el relato aumenta. Prefiero el Nueva York de los años 50 que vivió Uslar-Pietri que invertir en pasaje y estadía.

En el capítulo VIII el venezolano hace una breve descripción de fantasía como si New York fuera una ciudad de gigantes abandonada. Y después se ocupa del tema de los que van y vienen, pero no están. Una característica que da nombre al libro.

(Para leer los capítulos anteriores: clic. Textos: Revista ViceVersa).

"Haciendo el bojeo de la isla de Manhattan, desde el agua de acero del río -río del Norte, río del Este, brazo de Harlem- descubre uno que pertenece por entero al aire y a la piedra. No pertenece ni a los animales, ni a los árboles, ni a los hombres.

Las gaviotas vuelan sobre el borde de la ribera de piedra anunciando con dolorosos gritos el peligro. Más altas que ellas pasan incesantes los aviones. El aire no deja de vibrar en su ronco zumbido. Las largas patas de los reflectores dan zancadas en las nubes nocturnas mientras, como un gusano de luz devorando las hojas de la sombra, un dirigible enciende y apaga en el cielo sus letreros de publicidad.

Lo que a ratos se divisa abajo no son árboles. Es como musgo de humedad que mancha el borde de la piedra levantada en la calle hacia el cielo.

No se ven los hombres que habitan esas calles alzadas hacia el cielo. Nadie atraviesa los canales de aire vacíos y transparentes. A lo sumo se distinguen unos oscuros insectos que pululan en los oscuros empotramientos de donde las calles se levantan hacia el cielo. O que asoman su apagada e imperceptible cabeza por una ventana inundada de luz. El explorador que hace el bojeo piensa que se acerca a la ciudad de los titanes. La ciudad que abandonaron los titanes, llena ahora de desproporcionada soledad.

La abandonaron los titanes y la invadieron las hormigas humanas.

Millones de oscuras hormigas laboriosas e infatigables corren imperceptibles por las bases de aquellas calles de aire y piedra que alzaron sobre el cielo los titanes. No levantan más allá de los más bajos zócalos. No llegan a perturbar la abandonada grandeza de aquellas moles que no les pertenecen.

La ciudad abandonada por los titanes ha sido ocupada por las inquietas y temerosas hormigas humanas. Ocupada temporalmente, precariamente, desproporcionadamente.

No pueden sentir que les pertenece. Saben que no la han hecho. Que para hacerla y habitarla se necesitarían otras dimensiones, otros hábitos, otros órganos. Están allí como de paso, por un momento, mientras los dejan.

Mientras vuelve el fabuloso titán que afiló la aguja sobre el edificio Chrysler, o el que dispuso como nichos de palomar, para su apetito gigantesco, las ringleras de ventanas del edificio Empire State, o el que dejó su arco sobre el río del Norte que ahora llaman el puente George Washington.

Entre tanto la habitan como pueden. Se adaptan como pueden a sus dimensiones inhumanas. Procuran arreglárselas por medio de ingeniosas combinaciones. Convierten una esquina en una aldea. No miran más arriba de los tres primeros pisos. Y parece que tienen prisa por marcharse. Saben que están de paso. Y viven como si estuvieran de paso. Todos están de paso en Nueva York. Es como si nadie naciera allí y nadie pensara morirse allí. Es un andén. Un mercado. Está lleno de transeúntes. Afluyen de todas partes. Pero por un momento, para dispersarse luego. Sabiendo que van a dispersarse luego. Son los feriantes en la feria.

Todos parecen haber llegado de otra parte. Han venido a mirar aquello. A buscar algo que está en aquello. Se lo adivina uno en los rostros que tan a las claras dicen a dónde van.

Vienen de todas partes. De Europa. De Asia. De Long Island. Se oyen todas las lenguas, todos los dialectos. Las gentes que cuentan y miden dicen que hay medio millón de irlandeses, medio millón de alemanes, medio millón de polacos, un millón de rusos, trescientos mil puertorriqueños. Millares de italianos, de chinos, de griegos, de sirios.

Vienen de los Estados Unidos. Los Estados Unidos empiezan en la costa de Nueva jersey, al otro lado del río de Harlem, y en la isla de Long Island. Allí hay casas humanas y ciudades humanas y aldeas humanas. Gentes que nacen y mueren en su lugar. Que plantan árboles y tienen animales. Que han nacido allí, se conocen y quieren vivir sus vidas en sus lugares. Pero un día van también a Nueva York. Van por una vez a mirar lo desconocido, a recorrer la feria, a mirar lo desproporcionado y lo increíble. Se quedan en una aventura que se complica y llega a hacerse permanente.

Creen que han encontrado lo que buscaban o que van a encontrarlo. Pero aun así, procuran no ir a la ciudad sino para las horas de la tarea. Buscan una casa con árboles en una aldea cercana y vienen en los trenes de la mañana para marcharse en los trenes de la tarde. Medio millón de personas hacen esto diariamente. Diariamente repiten la aventura que Nueva York representa en sus vidas. Vienen de paso a la ciudad, en la que no quieren vivir, a buscar algo y a dejar algo. Tres partes de su vida se consumen entre una mesa de oficina y un asiento de ferrocarril. Están entrando y saliendo de andenes todos los días. Todas las mañanas tienen la ilusión de que llegan y todas las tardes tienen la ilusión de que se van. 

Todos vienen en busca de algo. Vienen en busca de la extraordinaria oportunidad. La oportunidad de la riqueza y de la fama. Traen en la cabeza un cuento de hadas. El del inmigrante que desembarcó con los calzones remendados y llegó a ser director de un Banco o el dueño de un ferrocarril. Por aquella esquina pasó el mozo Carnegie buscando trabajo. En aquella oscura cantina empezó a cantar la que es hoy una de las más famosas y ricas estrellas del teatro y del cine. De aquella barriada miserable salió Irving Berlin y de aquella otra Fiorello La Guardia. Es la deslumbrante feria de la fortuna abierta para todos. El más desconocido puede tener éxito y el éxito es desmesurado como la ciudad desmesurada. Significa millones en el Banco, casa de invierno en Miami y de verano en el Norte, dos secretarios, tres automóviles, cuatro esposas, cinco ciudades que visitar todos los años.

Y a los que esperan la fortuna, mientras llega y mientras no llega, les ofrece el espectáculo, el color y el olor de la fortuna. La gran feria abierta de las formas más populares de la riqueza. La ciudad colmada de torres de mármol, los teatros convertidos en Alhambras de oro, las vitrinas de las tiendas transformadas en botines de pirata. Toda la masa de lo dorado, de lo brillante, de lo sedoso, de lo pulido, de lo transparente, de lo labrado, de lo luminoso.

La feria tiene su centro nocturno en Times Square. La gran rueda de la fortuna deshecha en miriadas de bombillas eléctricas que hacen letras, figuras, colores, cascadas, escaleras, temblor de incendio y espasmo de fragua. Pasan por ella arrastrados, con los ojos en blanco, como los ahogados de un río de fuego manso. Dorados de luz, teñidos de arco iris, deslumbrados en una especie de víspera perpetua de Aladino. Todo se les ofrece, todo se les promete, todo se les insinúa. Todo viene hacia ellos y parece llamarlos en temblor luminoso. Aquella cascada de estrellas de oro va a derramarse sobre sus cabezas.

Pasan encendidos en el oro de la luz. No pueden detenerse. No se sabe quién es el rico, ni quién es el que espera ser rico. Todos esperan la fortuna. La milagrosa especulación que va a verter la catarata de oro sobre ellos. El invento que llevan en la cabeza, la nota que llevan en la garganta, el golpe fulminante que llevan en el puño. Todos van a la feria de la fortuna.

No se sabe quiénes son los que llegan ni quiénes son los que se van. No están sino en busca, sino en espera de una cosa. Para irse después. Miran los relojes en busca de la hora de los trenes. Va a salir el tren de las nueve para Nueva Jersey. Salió el tren de las diez para Chicago, sale el tren de la medianoche para Washington. Va entrando en el andén, que tiembla, el tren que viene de San Francisco. A las cinco de la mañana en la palidez de la madrugada, pita el tren que lleva para White Plains los últimos en arrancarse del oro de la luz de la feria.

En la cabeza llevan la última cita, el último trozo de oferta, la última cotización, la vislumbre de un ascenso. Para dormir febrilmente unas cuantas horas hasta tomar otro tren que vuelva a lanzarlos al hervor de la calle y sus luces.

Todos se van, todos esperan irse. Cuatrocientos mil hombres toman los trenes de la tarde y huyen hacia los campos. Se hacen la ilusión de que huyen. De que van a regresar a las mujeres, a los niños, a los árboles, a las gallinas. A comerse una lechuga que sembraron.

Esperan huir definitivamente algún día. Cuando la fortuna les dé lo que buscan. Esperan cada día lo mismo los que nada alcanzan, y esperan cada día más los que alcanzaron el deseo del día anterior. Giran atontados, imposibilitados de irse, como los jugadores en torno de la mesa de juego.

En los días feriados ensayan la huida. La muchedumbre de fugitivos se amontona en las estaciones de los ferrocarriles, el hormiguero ennegrece los grandes andenes. Salen los trenes colmados de gente, salen los autobuses repletos. Salen cuatro millones de personas. Salen trescientos mil automóviles. Las carreteras se coagulan. Todos quieren salir a la primera hora, lo más pronto posible. Huyen como de la asfixia, como de un pecado contra la condición humana.

La ciudad parece quedar abandonada. Devuelta a la piedra y el aire, que son sus elementos propios. Pero pronto vienen otros, los que vienen del país humanamente habitado y quieren acercarse a la feria titanesca. Sanos americanos de la pradera, de la granja, de la tienda de la pequeña ciudad, que el día de fiesta se acercan al sobrehumano monstruo de piedra y respiran por un instante el letal olor de la fortuna.

Recorren las calles, entran a los teatros, husmean la feria encendida en la noche, miran con curiosidad los rostros curtidos de sombra y de cueva de los vendedores del tren subterráneo y se marchan antes de que el tóxico sutil les llegue a la sangre. Antes de que los fugitivos regresen a su condena.

Regresan del mar. Porque viven en una isla pero no les parece que han visto mar. Regresan del bosque, porque no les parece que en la ciudad han visto árboles. Regresan de comer y reír y conversar solazadamente porque les parece que no lo han hecho nunca en la ciudad. Que aquel jamón con pan tiene un sabor distinto y es como un maravilloso manjar nuevo comido junto al mar, junto a la brisa, entre rostros y casas humanos.

La primera sirena de policía que pasa con su alarido de angustia es para recordarles que están de nuevo en la prisión. Que están custodiados, atados, cogidos. Y que cuando salgan del trabajo no será sino para entrar en el bar más oscuro, frente a una pantalla de televisión donde pasan fantasmas de boxeadores, de jugadores de pelota, de caballos de carreras en la pista, de mujeres cantando con unos dientes inhumanos. Entre luces eléctricas. O para meterse entre luces eléctricas por los tragaderos ominosos del tren subterráneo. Con la cabeza enterrada en las hojas de un periódico sobre el retrato de un boxeador, de un jugador de pelota, de un caballo de carreras llegando a la meta con cien dólares para cada boleto ganador. Arriba, en la calle, pasa la baraúnda estridente de los carros de incendio.

No se resignan a estar. Piensan que están de paso. Mientras logran aquello que esperan. No es de ellos aquella ciudad. No les parece ni siquiera una ciudad. Una ciudad es otra cosa. Hay una plaza, hay vecinos, hay la casa del señor tal y de la señora cual. Hay gentes que son de allí. Se mueren inesperadamente. Se quedan un día en el tren o en la oficina muertos de aquel ataque al corazón, sin pensar que iban a morir allí, creyendo que un día alcanzarían lo que buscaban y se retirarían a vivir, a empezar a vivir humanamente, en una casa de la Florida bajo árboles y junto a un canal, que tendrían un huerto, que podrían tocar tierra con las manos y hasta cultivarla y comerse un tomate que hubieran sacado de la tierra.

Algunos lo logran y entonces parece que se marchan definitivamente. Se marchan lejos, temerosos, con el botín apretado en las manos. Nadie quiere pertenecer a la ciudad. No se dan por vencidos en el anhelo de lograr irse algún día.

Algunos hay, sin embargo, que se dan por vencidos. Están congregados en un extremo de la isla. El Bowery es su barrio. Borrachos harapientos que entreabren los ojos torpes al sentir pasar sobre sus cabezas el estrépito del tren elevado. El puente del tren elevado hace la calle nocturna a toda hora. Se oye música de radios, canciones de ciego, las puertas de las tabernas son tristes. Toda la calle parece llena de casas de prestamistas y de tiendas de cosas usadas. En cada soportal duerme un ebrio, por cada escalera baja un grito, en cada esquina hay un grupo que parece esperar a alguien para asesinarlo. Pasan viejas haraposas vestidas con trajes de 1890, con sombreros de 1905, con zapatos de 1914.

Son los únicos que ya nada esperan. Cuando escupen a la puerta de la cantina parecen escupir sobre el rostro de la ciudad inhumana que los defraudó. Están refugiados en aquel extremo que han logrado hacer distinto de la ciudad. No se aventuran en ella. Viven bajo el trueno y la sombra del tren elevado. Hace años que no han visto la silueta de un rascacielos. Pero también son los únicos que no quisieran irse. Los únicos que tienen la sensación de vivir en una ciudad que han hecho ellos mismos. Una ciudad que se les parece y a la que pertenece su alma.

Lo demás es la ciudad de nadie. Llena de feria y poblada de gente de paso. Todos son pasajeros. La ciudad está llena de hoteles, millares de hoteles de todos los tamaños y todas las reputaciones. Y muchos viven por años en hoteles. Viven y mueren de pasajeros. Hay parejas que tienen veinte, treinta y cuarenta años viviendo en el mismo apartamento de un hotel de lujo. Entrando por las tardes con las maletas de los que llegan y saliendo por la mañana con las maletas de los que se van. Sienten que es aquélla una vida normal en la ciudad de pasajeros. Si no estuvieran de paso…

Por eso la ciudad no pertenece a nadie. Y en rigor nadie le pertenece. No tiene raíz humana, intimidad humana, forma humana. No está hecha a la imagen y semejanza de ningún sosiego del hombre. Aun los que creen pertenecerle lo que aman es la fortuna, el botín o la embriaguez que ella les depara.

No pertenece a ningún país. En la otra ribera de los ríos que la rodean empiezan los Estados Unidos, que es un país tan distinto de ella como lo es la aldea de Polonia o la isla de Grecia que dejó el inmigrante. Un país de donde vienen turistas asombrados a visitarla y al que huyen a vivir humanamente los que logran alcanzar la fortuna que ella ofrece. Tampoco pertenece a ninguna civilización, a ningún estilo, a ninguna tradición. Deforma a los seres de todos los estilos, de todas las tradiciones, de todas las civilizaciones que llegan a ella.

Llegan buscando algo en ella que no es ella misma. Es un gran andén de piedra, sin tierra, sin horizonte, sin paisaje, tan grande que no se ven los trenes; es un gran puerto, tan grande que no se ven los barcos ni se oyen las grúas. Pero trepida de trenes, de barcos, de aviones, de autobuses, de coches. Como si todos los que la habitan estuvieran llegando o como si todos estuvieran partiendo. Nadie va a quedarse. Todos sienten que algún día, cuando todos obtengan lo que buscan en ella, se quedará sola, con sus desfiladeros y sus abismos de piedra devueltos a un vacío lunar".

sábado, 19 de septiembre de 2020

Esta entrada es sobre...

Canciones cuyo título es una expresión genérica o es como la parte no especifica de una oración, con lo cual en el título no se dice nada sobre el tema de la canción.

Tengo tres canciones que me parece que son así. Las pongo juntas en esta categoría que me cuesta definir (y pongo abajo de cada una un verso donde esté el título).

Y para dar una mejor idea de cómo es esta categoría coloco otras tres canciones, desconocidas hasta hoy, cuyos títulos cumplen los requisitos.

Conocidas:

So to speak / Sting
("This ship is ready to sail, so to speak...")

Of which there is no like / Mandolin Orange
("...such jubilee of which there is no like")

In a manner of speaking / (Tuxedomoon) Alice Phoebe Lou
("In a manner of speaking / I just want to say / That I could never forget the way / You told me everything / By saying nothing...")

Desconocidas:

Al menos para mí / Matías Cena
Como suelen decir / Verde Cannaia

Algunos dirán que no está claro. Y están en su derecho. Podrán decir que tampoco es un título que defina mucho el de la famosa canción "A mí manera" ("My way"), por decir un ejemplo. Y sin embargo la canción se trata de eso. De cosas que el autor hizo a su manera. El título habla de su idea principal. Creo que no es el caso de los títulos que trajimos a colación.

De todos modos el límite no es fácil de establecer. Y hay mucho por trabajar en esta categoría...

domingo, 13 de septiembre de 2020

Tres de "trees"

Les arbres ont grandi
On ne voit plus le devant
Des maisons un peu défraîchies
Par le temps
(Les cowboys fringants)

Canciones sobre árboles debe haber quichicientas. Pero las siguientes son mis favoritas.

En la primera los árboles son los personajes de una fábula que habla sobre forzar las igualdades. Algo de falta de "sentimiento social" para mi gusto; consideremos que Neil Peart se inspiraba muchas veces en Ayn Rand.

The trees / Rush
"There is unrest in the forest
There is trouble with the trees
For the maples want more sunlight
And the oaks ignore their pleas..."

En la segunda, el juego de trepar los árboles se compara con el amor.

Trees / The Oh Hellos
"(...) But heartache pales in comparison to love"

Y en la tercera, que es en realidad un poema de García Lorca que fue musicalizado, no sé bien qué papel juegan los árboles.

Hagamos análisis literario barato. "Seco y verde". Quizás muestren una dualidad. ¿La posibilidad de la niña protagonista y luego su rechazo? Como la cantante repite el verso varias veces (cosa que no hace Lorca), me da la sensación de que también pueden reflejar el paso del tiempo mientras la niña no se decide.

Arbolé, Arbolé / Marta Gómez (García Lorca)
"Arbolé, Arbolé,
seco y verde"

sábado, 29 de agosto de 2020

Cumple 16 (avant printemps)

Hoy cumple 16 el blog. Ahí les paso el enlace para la fiestita por zoom: "hachetetepetc".

El 24 de agosto la parra empezó a gotear savia. El año pasado descubrí ese fenómeno. Goteaba por una ramita partida. Esta vez por una bifurcación de una rama más gruesa. ¿Se vienen los brotes? (Este año la podé con todo).

La mandarina tiene unos brotes de hojas y creo que algunos de flor, pero milimétricos. Digo que son flor porque una abeja estaba entusiamadísima.

La palta y el níspero no conocen estación o hacen las cuatro juntas. Tienen todo junto ahora (frutos maduros y flor), salvo la caída de hojas, que seguro va a venir en plena primavera. El laurel no lo tengo estudiado pero anda en flor también.

La primavera ya arde en los retoños vegetales, don Leopoldo, y sí, también canta en el buche de los pájaros. Pasan de un lado a otro. Los chicos los observaban hace unos días subidos a escaleras o en silencio detrás de las ventanas. No era aún este anticipo de primavera cuando los turdus rufiventris ya llegaban hasta la puerta confianzudos.

Descreamos de la muerte al modo de la primavera.

(En el día de Nuestra Señora de la Guardia)

viernes, 14 de agosto de 2020

De la época del fijo (y excursus sobre Alfonsina)

Canciones de la época en que no había celular. Él la llamaba a ella, atendía otra persona y le decía que ella no estaba.

Una. Para muchos es de Joe Cocker, para otros de Ray Charles. Aunque ninguno es el autor. Yo, en cambio, se las voy a dejar en esta simpática versión de la escuela catalana Sant Andreu Jazz Band con notable solo del saxofonista invitado:

("Every time I call you on the phone
some fellow tells me that you're not at home")

Dos. Un día me dice YouTube que Leo Dan aún existe y está "alive and kicking". Miren:

Extraños (Cómo poder saber si te amo)
("Cómo poder saber si te amo
si, además, cuando te llamo
me contestan que no estás")

Tres. Vista desde la otra perspectiva, la de ella. Y entre ellas indiferentes hay. Y tendrán o no justas razones. Pero la que parecía tener una excusa valedera era Alfonsina...

("Y si llama él, no le digas que estoy,
dile que Alfonsina no vuelve")

A propósito, desviándonos un poco, ¿quién sería él? ¿Se lo preguntaron alguna vez? No estoy en tema, ni he leído nada al respecto. ¿Será Horacio Quiroga, una de las famosas relaciones de Alfonsina?

Lo que sí, con un Horacio ella hablaba, o quería hablar al menos, por "Ultrateléfono" (poema del libro "Mascarilla y trébol"):
¿Con Horacio? - Ya sé que en la vejiga
tienes ahora un nido de palomas
y tu motocicleta de cristales
vuela sin hacer ruido por el cielo.

-¿Papá? - He soñado que tu damajuana
está crecida como el Tupungato;
aún contiene tu cólera y mis versos.
Echa una gota. Gracias. Ya estoy buena.

Iré a veros muy pronto; recibidme
con aquel sapo que maté en la quinta
de San Juan ¡pobre sapo! y a pedradas.

Miraba como buey y mis dos primos
le remataron; luego con sartenes
funeral tuvo; y rosas lo seguían.
Y para los que se quedaron con ganas de más teléfono... Clic.

sábado, 8 de agosto de 2020

Porco vs. Fabien

Hay una escena de Porco Rosso en la que Porco le cuenta a Fio la historia de una lucha sobre el Adriático en la que él pierde las fuerzas (y quizás el conocimiento, digo yo) y se encuentra en un mundo fantástico todo blanco sobre un manto de nubes. Luego ve a los aviones derribados y sus pilotos ascender, pasar como él arriba del manto de nubes y luego seguir subiendo al cielo. Y pasa su amigo Berlini y él lo llama. Pero se da cuenta que son los muertos. Y ellos siguen ascendiendo hasta una especie de constelación o estela de aviones que viajan por el más alto cielo.

porco rosso clip from Jing Wang on Vimeo.

(Gracias a Hernán J. G. por ayudarme con el video)

Yo no sé dónde leí que esto tenía que ver con un pasaje de “Vuelo Nocturno” de Saint-Exupéry. El pasaje lo encontré. Tiene que ser ese. En Vuelo Nocturno el piloto ya casi sin combustible, en medio de una tormenta de noche, sin luces de ningún tipo que lo guíen, divisa en un quiebre del manto de nubes unas estrellas y sabe que no debe subir pero sube irresistiblemente atrapado por la luz. Traspasa las nubes dejando la tormenta abajo y entra a un paisaje maravillosamente iluminado. Pero el desenlace es distinto (spoiler alert), ya que a diferencia de Porco, el piloto Fabien no descenderá vivo.
Se remontó, soslayando mejor los remolinos, gracias a los hitos que ofrecían las estrellas. Su pálido imán le seducía. Se había afanado tan largo tiempo en la búsqueda de una luz, que no habría abandonado la más confusa. Feliz por el fulgor de un albergue, habría revoloteado hasta la muerte alrededor de esta señal, de la que estaba hambriento. Por eso ascendía hacia los campos de luz.

Se elevaba poco a poco en espiral, por el interior del pozo que se había abierto y que se cerraba de nuevo a sus pies. A medida que ascendía, las nubes perdían su cenagosa oscuridad, pasaban contra él como olas cada vez más puras y blancas. Fabien emergió.

Su sorpresa fue extraordinaria: la claridad era tal que le cegaba. Por algunos segundos tuvo que entornar los ojos. Jamás hubiera creído que las nubes, que la noche, pudiesen cegar. Pero la luna llena y todas las constelaciones las convertían en olas resplandecientes.

El avión había ganado, de un solo golpe, en el mismo instante de emerger, una calma que parecía extraordinaria. Ningún oleaje lo zarandeaba. Como barca que pasa el dique, entraba en las aguas abrigadas. Había penetrado en una región ignota y escondida del cielo, como la bahía de las islas venturosas. La tempestad, debajo de sí, formaba otro mundo de tres mil metros de espesor, atravesado por ráfagas, trombas de agua y relámpagos, pero presentaba a los astros un rostro de cristal y de nieve.

Fabien creyó haber arribado a limbos extraños, pues todo hacíase luminoso: sus manos, sus vestidos, sus alas. La luz no bajaba de los astros, sino que se desprendía, debajo de él, alrededor de él, de esas masas blancas.

Las nubes, bajo él, devolvían toda la nieve que recibían de la Luna. Las de derecha e izquierda, altas como torres, hacían lo mismo. La luz era cual leche en la que se bañaba la tripulación. Fabien, volviéndose, vio que el «radio» sonreía.

—¡Esto va mejor! —gritó.

Pero la voz se perdía en el ruido del vuelo: las sonrisas solas hablaban. «Estoy completamente loco —pensaba Fabien— por sonreír; estamos perdidos».

Sin embargo, mil oscuros brazos le habían desatado de sus cadenas, como se desata a un prisionero al que se permite andar solo, por un tiempo, entre flores.

«Demasiado hermoso», pensaba Fabien. Erraba entre las estrellas acumuladas con la densidad de un tesoro, en un mundo donde nada vivía fuera de él, absolutamente nada excepto él, Fabien y su camarada. Semejante a esos ladrones de ciudades fabulosas, emparedados en la cámara de los tesoros, de donde no sabría salir. Entre pedrerías heladas, erraban infinitamente ricos, pero condenados”.
(Antoine de Saint-Exupéry, Vuelo Nocturno, cap. XVI)

Hay otra similitud no expuesta en el video y en este último texto. El amigo de Porco era recién casado y el piloto de Vuelo Nocturno también llevaba muy poco tiempo de matrimonio.

jueves, 6 de agosto de 2020

La ciudad de nadie (VII)

El tiempo es un maní...

Capítulo VII. Genial Uslar-Pietri. Anteriores: clic.

"Siete millones de seres humanos, por sobre los brazos del río, vienen a hormiguear en la isla. El peregrino se angustia buscando el rostro de la ciudad inmensa. Todas las razas, todas las fisonomías, todas las expresiones, todas las lenguas se mezclan en la poderosa corriente humana que llena las calles y se apretuja en las celdas de los ascensores. Todos los estilos y las formas posibles de la arquitectura se mezclan en el infinito telón de sus muros y su cielo. Desde la mínima capilla gótica hundida entre los hongos, y los dorados arcos de alguna iglesia bizantina, hasta las lisas torres inagotables que oscilan entre la niebla de las nubes, pasando por las impresionantes moles cuadradas que, por las noches, se hacen aéreas, y comienzan a flotar con las luces de sus diez mil ventanas encendidas, la más alta junto a la luz de la más baja estrella.

Siempre hay en las ciudades alguna obra de arquitectura donde a la primera vista uno comprende que está presente el translúcido rostro del ser colectivo. Quien mira el arco de Tito mira al través de él, como por los huecos de la pintura de Dalí, el pulido y fuerte rostro de Roma. París está en Nuestra Señora y Toledo en el puente de Alcántara. Está infundido, en estas obras de piedra, el espíritu de los pueblos que las levantaron a su imagen y que dejaron la huella de su ser profundo en ellas.

El peregrino en la isla de Manhattan anda por días mirando edificios flotantes y vastas muchedumbres que pasan sin adherir a ellos. No parece estar el espíritu de esta ciudad extraordinaria en algún parque, en un templo o siquiera en un puente. Míranse desmesuradas obras que sobrecogen el pensamiento porque son perpetuas hazañas técnicas. Pero no siente uno que está allí presente esa misteriosa relación que hace de pronto de un solo monumento toda la explicación y hasta la justificación de una época.

Pero al penetrar un día en la Gran Estación Central o en la Estación de Pensylvania, una brusca iluminación se hace en nosotros y comprendemos que está allí más que en otra parte la fisonomía de la ciudad inmensa.

Son como los templos de un monstruoso dios del tiempo que devora los hombres. Bajo la gigantesca y pesada bóveda que podría cobijar nubes, reposa una luz ahumada y un poderoso rumor de mar o de torrente. Y abajo, más abajo de los altos zócalos de mármol y de las elaboradas bases de las titánicas columnas, se extiende la parda mancha de la muchedumbre espesa, agitada, trama de infinitos hilos que teje y desteje un invisible movimiento de conjunto.

Al nivel de la corriente flotan las caras ensimismadas de las unidades que integran este continuo y confuso rito. Van entregados a una ineludible consigna de no detenerse, de no distraerse, de no mirar de lado o hacia atrás, como si llevaran resonando en lo inconsciente el eco del gong de cada segundo y no pudieran evadirse de un secreto ritmo que los fascina y gobierna. Pasan por entre las mágicas puertas que se abren solas, desfilan inmóviles, como momias de su propio movimiento, parados por un instante sobre los escaladores mecánicos, o yacen encallados y sustraídos de la corriente en las rígidas colas que se forman frente a las taquillas. A ratos resuenan por los altoparlantes voces colmadas de cifras, de nombres de trenes, y de la repetida invocación de horas, minutos y segundos. El llamado vuela sobre el inorgánico desplazamiento de la masa. El piso trepida con el paso subterráneo de los trenes. En todos los pasadizos hay tiendas, barberías, cantinas, restaurantes. Las paredes están marcadas con flechas y señales itinerarias. Grandes grupos se renuevan frente a las pizarras en las que se inscriben números, signos cabalísticos y horas. La muchedumbre sin sosiego pasa por todas las puertas, llena todos los espacios, corre hacia todos los andenes, come de pie con prisa en los congestionados mostradores, mira fugazmente hacia las pizarras y, como el río de Heráclito, siempre es la misma y cada momento está compuesta de unidades nuevas.

En este ámbito parece revelarse la expresión y el sentido de lo que en las calles, oficinas y parques constituye impresión más superficial. Esa impresión de que todos van solos, incomunicados dentro de la multitud. Esa mirada vaga y absorta que tienen los innumerables solitarios que transitan casi sin verse por las hondas galerías blancas y sordas del tren subterráneo. En estas inmensas fábricas se hace evidente que el rasgo que caracteriza a estas gentes y determina los aspectos peculiares de su vida es su sentido del tiempo.

Son gentes vendidas al tiempo. Que cuentan los segundos como sangre que se les escapa de las venas. Que viven perseguidos, atropellados, maltratados por el tiempo. Estas gigantescas estaciones son en realidad los templos del Moloch de Manhattan, que es el tiempo.

Es como si este pueblo admirable que ha vencido casi todos los obstáculos materiales de la naturaleza, que produce calor y frío a voluntad, que ha puesto las formas prácticas del bienestar y de la comodidad al alcance de las multitudes, que ha derrotado la distancia hasta reducirla casi a una abstracción (cada día, mil millas significan una magnitud menor), hubiera tenido que pagar como precio de estas milagrosas victorias su incondicional sumisión al tiempo. El tiempo es su Mefistófeles. San Francisco, a ocho horas de vuelo, está hoy en lo que era el suburbio de Nueva York en tiempos de Jefferson; pero un minuto de ahora en la Bolsa de Wall Street pone más viejo que una semana en tiempos de Peter Stuyvesant.

Otras civilizaciones, que no han podido vencer la distancia, ni realizar la más pequeña de las hazañas materiales que abundan en la existencia de esta ciudad han logrado en cambio someter el tiempo y plegarlo al ritmo de su propia vida. Los chinos tienen milenios de haber alcanzado esa victoria. Cierto día, cuya memoria se ha perdido en algún remoto año del Cerdo o de la Serpiente, se olvidó la última clepsidra inútil. Desde entonces los filósofos que dialogan a la sombra de las torres de porcelana o el campesino que cultiva su arroz, o el artífice que talla el marfil y el jade, o el hombre de tiro que arrastra la pesada barca por la ribera del río Amarillo, son todos señores del tiempo. Tampoco están sometidos al tiempo los marchosos ibéricos. Ni el indio americano, que pareció dejarlo enterrado bajo la piedra de su calendario.

El tiempo es el mito fundamental de la isla y de sus prisioneros. Todas las formas de su vida están condicionadas por esta sensación pánica de la presencia imperiosa del tiempo. Si alguien pudiera sustraerlos por un momento a él, se sentirían perdidos y no se reconocerían. Estarían como un pez fuera del agua.

Esta ansia los lleva a vivir sin sosiego. La maldición fáustica de no poder decir: «detente», al minuto que se va, se cumple en ellos cabalmente. Nadie parece estar en la posesión de lo que está haciendo en el momento, sino en la inquieta víspera de otra cosa que ha de hacer luego. El que va por la calle no camina, sino que se acerca apresuradamente a algo que va a comenzar cuando termine de andar. Para ellos el caminar no es estar en el camino y posesionarse de la andadura, que es lo que hacen los andaluces, o los escoceses, o los bávaros, o los bostonianos, o los seres de cualquier otra raza que no hayan vendido su alma al tiempo. El que come, también lo hace de prisa, sin gusto, aguijoneado por la urgencia de lo que inmediatamente después ha de hacer. Y el que lee lo hace mientras come o mientras viaja. Y al terminar la función los teatros se vacían vertiginosamente como si hubiera incendio. Los textos, en algunas revistas, están encabezados por el anuncio de los minutos que se invierten en la lectura. No parecen vivir en el segundo presente, sino en la víspera del segundo que va a venir.

Y porque van arrastrados sin tregua, van llenos de alegre sorpresa. Todo lo que pasa es tan inesperado, gratuito y ajeno que provoca pueril alegría y fácil risa. Hay un fondo de confiado gozo en las pupilas de las elásticas doncellas, de lisos tacones y suelta cabellera, que con un reflejo de Diana cazadora, emergen de las vitrinas de las tiendas. Ríen fácilmente y con espontaneidad. Pasan sobre las cosas con la desarmada y jocunda sorpresa del que no puede detenerse en ellas.

Es la velocidad del tiempo la que los lleva a gozar candorosamente con la vida. A alegrarse del espectáculo cambiante y vertiginoso que la existencia llega a parecer para quien pasa tan de prisa. Un espectáculo que se anuncia diariamente en los grandes titulares de los rotativos y que es siempre curioso y excitante.

Ese mismo sentido del tiempo es el que dispone su peculiar actitud ante la muerte. Son cara y cruz de una sola medalla. El forastero tiene la sensación de que Nueva York es una ciudad sin cementerios. En todo caso es una ciudad sin duelos. La muerte no parece sino un accidente de la vida ordinaria que hasta ahora no se ha podido evitar. Nada hay que recuerde el culto hispánico de la muerte, que hace de ella no sólo el mayor acaecimiento, sino además el que condiciona todas las horas de la existencia, hasta el punto de que un ser llega a vivir madurando su muerte. La muerte de la isla no tiene eco, ni resplandor, ni imperio. Toca tan sólo al que se lleva y apenas alcanza a poner una breve sombra en un limitado día. El concepto del tiempo no permite que la honda sombra se extienda y fructifique, hasta marcar indeleblemente otras vidas y hacer perpetuo en ellas el momento de su misterioso paso.

Si este pueblo dispusiera del ocio de los griegos habría elaborado el poético mito de su emoción pánica del tiempo. Un mito o una simple alegoría, en la que un semidiós, por medio de un trueque mágico, les habría cambiado el espacio por el tiempo. El espacio desaparecería a su capricho, pero quedarían encadenados a la vertiginosa fuga del tiempo. Y en esa virtud, nunca tendrían que sufrir ni gozar con el espacio inagotable que puede llegar a separar dos puntos, y que hace que el veneciano gaste algunas de las más azules y doradas horas del día para ir apenas desde la punta de la Salute hasta la plaza de San Marcos".

lunes, 27 de julio de 2020

Las canciones más "supermaneras"

Canciones de Superman. Tenía un par en la manga y el recuerdo de que podría haber algo más. Pero me di cuenta que seguramente alguien ya había listado algo así. Efectivamente. Por ejemplo acá: clic. O en estos otros cliques: clic, clic.

Y sin embargo hay canciones que no van en una correcta lista de canciones de Superman. Es discutible que "Land of confusion" de Génesis sea una canción de Superman (aunque lo nombra) así como también es discutible que el "Jimmy Olsen's blues" lo sea.

Pero es claro que "Superman" de R.E.M. no es una canción de Superman. Tampoco la canción de The Kinks. Que uno se sienta o quiera ser como Superman no aplica a una estricta lista de canciones de Superman.

Aunque, de vuelta, no es tan simple la cosa, por ejemplo cuando la canción habla de Superman pero podría ser una metáfora para algún tipo de persona o comportamiento. Sin embargo si permitimos eso, las canciones más "supermaneras" serían las siguientes, a mi entender.

Las dos primeras las verán en cualquier lista, pero la tercera no la identificarán muchos coleccionistas. Las dos primeras son "Superman (it's not easy)" de Five for fighting y "Superman's song" de los Crash Test Dummies (donde aún no entiendo por qué se la tomaron con Tarzán). Y la tercera es el Superman argento de Alejandro Lerner, que hizo famoso probablemente Sandra Mihanovich: "Igual a los demás (la verdadera historia de Superman)".

Para los pacientes lectores que hasta aquí llegaron vamos a dejar un cover de la "Superman's song", a cargo de Nataly Dawn y al estilo de las viejas canciones de Pomplamoose.

lunes, 20 de julio de 2020

Musicalia

Ahora que los colegios están preocupados por los nuevos métodos de enseñanza quizás deberían probar el solfeódromo de los colombianos Ospina: clic.

Se recomienda una vez por mes escucharse algo de don Carlos Moscardini. Les voy a facilitar el cumplimiento de la prescripción en julio con este video: “A la niñez nuestra”. (No se refiere a la niñez de la humanidad sino a la del autor y sus amigos).

"Qué alegres son las obreras" o simplemente “Las obreras” es una ¿canción? ¿tonada? popular boliviana que hicieron conocida aquí (al parecer) Leda Valladares y María Elena Walsh. Pero la versión que les enlazo aquí no es para cualquiera. Como dijo Marty McFly en el ‘55, en el escenario del “Enchantment under the sea”, quizás ustedes no estén listos para esto todavía (¡jaja!).

Para los fans de Pomplamoose, cada vez más numerosos entre los lectores de "Aquí Estamos…", su versión de “Oh, Pretty Woman”.

No escuché más que esta canción de Haley Heynderickx: “The bug collector”. Ella tiene la voz parecida a Regina Spektor. Y dice cosas como: “And there's a praying mantis / Prancing on your bathtub / And you swear it's a priest / From a past life out to getcha”.

Hay otro grupo de lectores del blog que empezó a seguir la carrera de las Larkin Poe. Ellos nos advierten sobre esta interpretación en donde se luce la steel guitar. Su versión de "Apache".

Hace mucho que no se pueden disfrutar los programas en vivo de "Live from here". Quizás en otro planeta, en una cantina muy, muy lejana

De los principios de la cuarentena hemos rescatado del olvido este video de Jorge Fandermole y Juan Quintero. "Venimos de a dos cantando, que es una buena manera…"

Y para cerrar, mientras esperamos la lluvia, nos unimos a Joe Bonamassa que también la espera. "Colour and shape" es un tema que compuso de adolescente, inspirado en canciones de Toto (África) y de Eric Johnson (Friends). El autor lo había grabado en un viejo disco y ahora lo regrabó para el vigésimo aniversario de su carrera, donde se notan sus progresos vocales.

Y terminamos. Sol, do.

viernes, 10 de julio de 2020

Marechal y las corbatas (disparador)

En pocos días me encontré con tres descripciones de corbatas hechas por Marechal.

Leía una historia de Villa Crespo y surgió nuevamente la figura de Ilka Krupkin. Entonces me fui al poema que Marechal le hizo. Cuando leo:

¡Ilka Krupkin,
guardo un esbozo tuyo, eras así,
con tu corbata color de neurastenia
y aquel andar inútil de muñeco mecánico!

Me digo que me hace acordar al director del colegio (Adán Buenosayres, Libro quinto, parte II). Es que días antes lo leía, movido por las noticias del aniversario del autor y eligiendo ese pasaje justamente por la situación escolar actual.

Usa y abusa de un traje verdicelestegrís, con tonos de esponja y raras vislumbres de índigo, colores asombrosos que, según afirma el erudito Di Fiore, sólo es dable conseguir en el taller de la intemperie o en el de la más avarienta economía. Sin embargo, tres notas vehementes alegran el conjunto: una camisa de color de vómito de urraca (según lo ha definido Adán Buenosayres), el verde frenético de un corbatín y los botines de un amarillo alucinatorio”.

Veo que no hay mucho en común en ambas descripciones (no dejé entera allí la de Krupkin) aunque sí se trata de dos sujetos que vestían particularmente (sean ambos o reales, o uno de ficción). Pero están, que era lo que venía a cuento, la corbata y el corbatín.

¡Y no va que por esos momentos, ya con toda la "librería" de Marechal fuera de la estantería, me encuentro con el espía Sanfilippo! Estaba yo buscando un texto corto, que me habían pedido.

En cuanto a sus ropas, tenían el aire vago y general de las que han vestido muchos cuerpos, dejando aparte su corbata insólita, su corbata de tintes alucinatorios, que no tardó en fascinar a sus tres observadores (...)

“- Oiga, Sanfilippo -le advirtió el mono-: si ha de ingresar en esta “peña” será bajo dos condiciones.
- Escucho -dijo él, tenso de ansiedad.
- Primero -insistió el mono- tendrá que decirnos el color exacto de su corbata.
- No lo sé -tartamudeó Sanfilippo-. La trajo mi tío Giulio de Norte América.
- Ese color no existe -opinó Arizmendi.
- Ese color no pertenece a este mundo -corroboró Petróvich-. ¡Estamos en un callejón sin salida!
Temblaba Sanfilippo en su temor de ser “bochado”. Pero Gutiérrez tuvo de pronto una iluminación:
- Sí -dijo-, esa corbata peliaguda tiene color de ‘psicoanálisis’”.

¿Y si está cuarentena sirviera también para hacer un estudio sobre Marechal y las corbatas?

Como sea, ya sé que la palabra, en singular o plural, aparece unas quince veces en el Adán Buenosayres.

miércoles, 1 de julio de 2020

¿Orgullo perdido?

El hombre anda perdido. Perdió el orgullo de ser el señor de la creación. ¿Es acaso una excesiva sensibilidad? ¿O una falta de fe en el sentido de la vida?

Una excesiva sensibilidad, quizás, que no reconoce que para cuidar a los otros seres vivos no necesita negarse. Que puede ser el señor y tener el mayor respeto y cuidado por ellos, sin por eso decir pavadas como "todos somos iguales".

Una falta de fe en el sentido de la vida, quizás, con ese uso cotidiano de un tópico de un complejo debate científico: "complejidad no quiere decir evolución". Si la complejidad le permitió al hombre conocer a Dios y elegirlo libremente, ¡vaya regalito del azar!, ¿no?

Lamento no cerrar con la frase de algún destacado pensador, pero la que permitió que precipiten estos pensamientos antes disueltos en mi cabeza fue una de Julio Verne, que dice: "Así es el corazón del hombre. La necesidad de hacer cosas duraderas, que lo sobrevivan, es el signo de su superioridad sobre todo lo que vive en este mundo. Es el fundamento de su dominio y es lo que lo justifica en el mundo entero". (La isla misteriosa).

jueves, 25 de junio de 2020

Solo para llegar, les traigo un poco de todo

Esta entrada solo está hecha para que la mitad de este año tenga la misma cantidad de entradas que el año pasado. Terribles dilemas morales nos asaltan aún hoy al hacer este tipo de cosas en el blog. Y por eso, a pesar de tener más de quince años, nos sentimos jóvenes aún.

Y sin embargo hemos ganado en prudencia y no publicaremos aburridas disquisiciones al respecto (a esta altura me gustaría saber escribir mejor y saber más cosas para poder efectivamente contarlas con cierta dignidad).

Pero para que no os vayáis con las manos vacías les voy a traer cosas bien dichas. De los más diversos temas.

Está por ejemplo un tal señor Shortley, empleado humilde de granja del sur de Estados Unidos, a quien le falleció su esposa y de quien Flannery O’Connor, su creadora, nos dice: “Siempre que pensaba en la señora Shortley, sentía que el corazón se le hundía como un balde en un pozo seco”. Es a mi gusto una de las expresiones más lindas que leí hasta ahora en sus cuentos, si es que se puede decir así, y me gusta mucho más que esos otros sentimientos y expresiones “teológicos” de los que Flannery dota a sus personajes.

Me hace acordar a su vez a la película europea “Mr. Morgan’s last love” con Michael Caine, en donde el protagonista extraña mucho a su esposa recientemente fallecida. Pero una palabra vale mil imágenes, porque a aquella metáfora de Flannery no la puede equiparar ningún efecto cinematográfico de los de la película.

Y eso me hace acordar a otra película, norteamericana en este caso, como “Lost in translation”, con Bill Murray, que ha impactado a tantos y, teniendo un tema similar, queda reducida casi a nada al lado de la de Michael Caine. De la norteamericana, sin embargo, me gusta cuando él dice, refiriéndose a los hijos: "But they learn how to walk, and they learn how to talk... And you wanna be with them... And they turn out to be the most delightfull people you will ever meet in your life".

Me afeito menos y no he pisado la peluquería. Pero no me deja la conciencia tranquila el famoso colombiano si me cuenta que “de emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar a duras penas con un cuchillo de cocina”. Y ella no piensa cortarme el pelo.

Cuando el domingo leímos que “no hay proporción entre la falta y el don” no sé por qué razón de las proporciones me acordé de otra cosa de Flannery O`Connor, cuando su famoso personaje dice: “Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante’l castigo”. Me dirán que nada que ver, que cómo relaciono esas cosas. Y a mí me gustaría saber más, porque intuyo algo. Tú, internauta famoso, no te podrías dar el lujo de decirlo sin estar seguro. Yo no tengo reputación que proteger.

Y vamos cerrando que ya es mañana bien entrado...

lunes, 22 de junio de 2020

La ciudad de nadie (VI)


Y ahora que la gran manzana abrió los negocios aprovechamos para copiar el capítulo VI de "La ciudad de nadie", el ensayo o libro de viaje del venezolano Arturo Uslar-Pietri en la Nueva York de los años cincuenta.

Este es otro de mis capítulos favoritos porque habla de la publicidad, tratando de entender qué es esa extraña forma de comunicación, ese peculiar tipo de lenguaje. Siempre me he preguntado algo así. Siempre quise entender qué cosa es la publicidad y su forma de hablar. Algo como entenderla con categorías preexistentes. Desde fuera. Filosóficamente. Yo que sé.

Porque es normal encontrarse diciendo frases o leyendo envases y preguntárselo. Por ejemplo, hay un envase de una bebida y dice “todo el sabor”. ¿Qué es eso? Es evidente que no es algo literal. Sería imposible pensar en algo como “todo el sabor”, en el tiempo y en el espacio, en este o en otros mundos. Pero a su vez da pena (o escalofríos) llamarlo poesía. En fin. Vamos con don Arturo y recordemos que estamos en los años cincuenta.

Textos tomados de Revista ViceVersa. Capítulos anteriores aquí.

Quien hojea las llamativas y tumultuosas páginas de Harper’s-Bazaar, Fortune, Life, Vogue, o Holiday, se percata inmediatamente de que están compuestas no sólo de dos partes distintas, sino además de dos distintos sistemas de expresión.

Una parte pertenece al pasado, es la lectura tradicional de la vieja gaceta, en la que por medio de palabras se narra o se dice algo, o se transmite alguna especie de pensamiento. Es el texto. Un texto de mayor o menor valor literario: un cuento de Hemingway o una insoportable carta de consejos maternales de la señora Dorothy Dix. Lo que es sin duda un modo de expresión ya viejo en la cultura occidental. En esa misma forma se escribían los libros y los almanaques y las horas antes de descubrirse América.

Puede que haya mayor lujo de imprenta y seguramente mayores recursos gráficos que en los viejos periódicos europeos del siglo XIX, aunque no siempre mayor belleza y gusto (páginas hay en la Biblia de Gutenberg no superadas en belleza de composición y en tino artístico), pero el sistema de expresión sigue siendo europeo, ajeno, tradicional y, por tanto, profundamente distinto de la vida que crece y palpita en Manhattan.

En cambio, hay otra parte en las revistas, claramente diferenciada y nueva, donde un acento poderoso de otra vida resuena y donde se ve brotar una manera de expresión que ya no se parece a lo que vino de Europa. Son las páginas destinadas a la publicidad. Allí habla con términos propios, aunque todavía confusos, la cultura que está naciendo de la confluencia de razas y de pensamiento humano en esta isla del Hudson.

El esbozo del estilo y del medio de expresión de esta existencia que todavía aparece tímidamente en sus monumentos, en su pintura, en su música, se revela con énfasis en esas curiosas composiciones de los anuncios. No hay exageración en esto. Los más de los rascacielos no son sino inmensos cimientos habitados, sobre los que, en los dos o tres últimos pisos de la cúspide, se posa, como un buque encallado sobre un arrecife, una mansión gótica, un templo románico o un palacio del Renacimiento. La pintura es un pálido reflejo que sale por las ventanas de los museos. Y la música es casi toda europea o negra, o ambas cosas mezcladas, y, por añadidura, algunas veces expresada con la desterrada nostalgia del judío, como en el esplendoroso caso de Gershwin. Pero, en cambio, esas páginas de Fortune o de Vogue, donde con medios propios y alterados se manifiesta algo que se parece a esta isla más que nada, son de Manhattan, han nacido aquí y tienen poco que ver con las catedrales, los frescos y la literatura europea.

Si fuéramos a clasificar el sistema expresivo empleado en estas obras diríamos que tiene algo de la poesía. Su facultad de multiplicar los medios y las significaciones y de asociar e iluminar. Y también de la escritura ideográfica, de los pescados y los ibis enigmáticos de los jeroglíficos, de los petroglifos de los pueblos primitivos y de aquellos poemas, atontados por la excesiva carga de significaciones, que Apollinaire llamó 'Caligramas'.

En general presentan, sugieren o evocan los temas más persistentes de la vida americana. Sus diversiones, sus comidas, sus golosinas, sus bebidas, sus preocupaciones, sus objetos usuales: automóviles, radios, refrigeradoras, escobas mecánicas, sus medios de transporte, sus placeres y sus ideales.

Es un lenguaje directo, que presenta de una vez su mensaje, y en el que se aproximan palabras y grabados de manera tan concreta y vertiginosa, que necesariamente hacen surgir, con fácil espontaneidad, imágenes que no sería fácil expresar, sin limitarlas, con palabras. En este sentido, este arte creado por la publicidad no está muy lejos del realismo mágico de sus propósitos inefables.

A veces se trata tan sólo de una palabra. Una palabra que puede carecer de significación propia, ser un patronímico o una marca de fábrica, y junto a ella una imagen neta que se presenta en lo ilimitado. Y allí está contenido un mensaje, profundo y complejo como toda cosa humana, que leen con una mirada los amontonados seres que desembocan por las puertas del tren subterráneo. Hay una evidente correspondencia entre el ritmo en que viven, los valores de su experiencia y los símbolos de ese sistema expresivo, o para decirlo con la palabra más justa, de ese arte.

Los símbolos de ese arte nacen de la circunstancia en que esta gente vive, y constituyen las formas en que su sensibilidad tiende a expresarse. Sus dos mayores ansias, de una u otra manera, están siempre presentes: el cuerpo de la mujer y el aire libre. Labios que sonríen, cabelleras torrentosas, y piernas, o anchas perspectivas de bosques, ríos, lagos y playas. Los vasos llenos de dorados licores emergen de un cofre del tesoro de un pirata, o vuelan en el tapiz mágico de la leyenda árabe, que son las representaciones usuales de su instinto de evasión.

Cantan también a los automóviles y a los goces de la vida familiar. Hay siempre un árbol de navidad o unas pantuflas junto al fuego o un niño dormido. Y solicitan directamente la reacción más espontánea de la sensibilidad. Por ejemplo, la atracción del fresco en verano y la del calor en invierno.

Los hombres que trabajan con esta rica materia y forjan estos símbolos son los publicistas. Desde las altas torres, donde están sus oficinas, crean diariamente las formas en que se expresa el alma de esta isla, su arte verdadero y, sin duda, lo más sincero y revelador de la cultura que está naciendo en ella.

Son generalmente anónimos, como los constructores de las catedrales o como los miniadores de los libros de horas, que son sus antecesores en otro momento de la larga pasión de la civilización occidental. El hombre de la calle que repite sus cortas sentencias contundentes o tararea sus canciones asociadas a un mensaje, termina por deber a ellos más que a su escuela, por ser la hechura de esas manos invisibles que lo están haciendo y deshaciendo a cada instante.

Más interesante, y sin duda más importante, que lo que se escribe en las páginas de texto de las revistas es lo que se expresa en las ricas y heterogéneas páginas dedicadas a la publicidad. Allí está naciendo una nueva expresión. Quienes quieran conocer el alma de estas gentes y las reacciones de su sensibilidad deben abandonar los artículos, los ensayos y los cuentos que en su mejor expresión son todavía coloniales, para husmear en ese género autóctono que están creando los publicistas. Junto a uno de esos textos escuetos -poema, mensaje, vida- en que con una sola frase y una estampa está dicho en una mirada lo que uno de estos seres anhela, sueña o espera, William James y Mencken y hasta Walter Winchell resultan europeos, gente de otra lengua y otro espíritu.

Algún día, este nuevo sistema expresivo, todavía en formación, va a invadir las páginas de texto. Los poemas, los ensayos y los cuentos actuales habrán de desaparecer y lo que ellos pretenden decir ahora lo dirán entonces los cargados y fulgurantes jeroglíficos que están actualmente confiados a la sección de publicidad.

Este es ciertamente el fenómeno cultural más significativo que está ocurriendo en esta roca sagrada que es Manhattan. Un arte, o un sistema de expresión, tan nuevo y tan asociado a las condiciones más intrínsecas de una época, como lo fue el de los vitrales para el mundo gótico.

Son los jeroglíficos que el hombre de los rascacielos está creando para expresar su idea del mundo, de la vida y del destino y por los que habrá de ser reconocido y revelado mañana. Los jeroglíficos de su obelisco”.