sábado, 5 de septiembre de 2015

Te’i de llevar

En la zamba “Agitando pañuelos” los hermanos Ábalos decían: “Yo me iré, tu vendrás; / yo te llevaré, mi rancho se alegrara”. Linda pa’ un casamiento. Pero si la cosa con el don o la doña no pudo ser, lo mejor que puede pasar es “llevarse al otro” al modo en que lo hacen los noveles Wagner-Taján en este aire de chaya llamado precisamente “Te’i de llevar”.

 

Te’i de llevar (*)
(Octavio Taján)

Hei de llevarte conmigo
Por los andares del tiempo.
Luna que acuna mis sueños,
Alma que calma el desvelo.
Hei de llevarte conmigo
Pa’ que acompañes mi vuelo.

Hei de llevarte conmigo
Pa’ hacerle bulla al lamento.
Como una ausencia furtiva,
Como una brisa en el viento.
Hei de llevarte conmigo
Pa’ sublevarme al destierro.

Te’i de llevar en mí,
Brasa que abrasa este invierno.
Te’i de llevar en mí
Como el refugio más tierno.
Te’i de llevar en mí
Pa’ cobijar los recuerdos.

Hei de llevarte conmigo
Pa’ que fecundes mi aliento.
Como una ofrenda que anida
Bajo el rumor del silencio.

Hei de llevarte conmigo
Como un tesoro del cielo.
Te’i de llevar en mí,
Brasa que abrasa este invierno.
Te’i de llevar en mí
Como el refugio más tierno.
Te’i de llevar en mí
Pa’ que acompañes mi vuelo.

(*) La letra la transcribí yo ya que no la encontré en internet; puede haber errores (y en Internet también). En el video se pueden escuchar todos los temas del disco “Piedra lunar”, magnífico.

lunes, 31 de agosto de 2015

viernes, 21 de agosto de 2015

Desprolijas notas sobre una lectura clásica

“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles…”
A los cuarenta me metí con esto. Quizás sea una buena edad. Justamente.
Quizás no pase de las primeras páginas.
Pero ya leí dos capítulos.
Y conté, grupo a grupo, las cóncavas naves de los aqueos; me da 1.186.
Y me gusta Palas Atenea, frenando la violencia Aquiles, arengando a Ulises.
Y las metáforas que comparan a la multitud agitada, sea en el ágora o en la preparación de la batalla, con campos de trigales al viento, con mares.
Aqueos, dánaos, argivos… Chequeo en Wikipedia: son los mismos. Lo sospeché desde un principio.

(Entiendo que los hombres actúan inspirados por los dioses. Puedo entender que Agamenón decida poner a prueba a los aqueos tentándolos a irse de regreso. Lo que no puedo entender es por qué para tentarlos dice que Zeus le dijo de volverse. Si lo pone en boca de Zeus, ¿no sería adecuado obedecerlo? ¿No los debería haber tentado con algo humano, diciendo que tal dios ya no los escucha o algo así?)

sábado, 15 de agosto de 2015

Metáforas

Al ver esos camiones de distribuidores de bebidas con sus estelas de colgantes “film stretchs” recuerdo la impactante historia que me contaban mis padres cuando era chico sobre Isadora Duncan y su larga chalina que, enrollándose en las ruedas del auto, la ahorcó. Este tipo de asociaciones son de las cosas que más disfruto en la vida.

*

Metáforas. Ahí está el gusto de la mente y el desarrollo de la inteligencia. Poder encontrar una analogía entre dos cosas de lo más diversas. Las buenas metáforas son parte de las buenas descripciones y ahí se obtiene el gusto en la literatura, superando el aburrimiento de la mera ficción.

(Hoy, Asunción de la Virgen María)

martes, 21 de julio de 2015

In medias res

Me dijo ella que hay cuentos que comienzan “in medias res”. Y entonces me di cuenta que hay también canciones que empiezan “in medias res”. Quizás no sea un “in medias res” musical, pero tienen una letra que empieza así, empezada.

He aquí a continuación una caprichosa selección de innumerables… tres canciones. Tres canciones que yo digo que empiezan “in medias res”. Como éstas, seguro conocen ustedes otras.

Creada por Ramón Ayala, es desde hace 11 años la canción oficial de la Ciudad de Posadas. Yo siempre pensé que más que “Posadeña linda” debería llamarse algo como “Río mío” u otra cosa referente al río, ¿o no es más importante el río que la muchacha en la canción? Digo que esta canción empieza “in medias res” porque empieza: “Y me fui por la bajada vieja…”. Es decir, empieza con un “y”, como que hubiera algo antes que no se contó, ¿no les parece? La genial versión que les dejo es de Mariana Baraj, intérprete que a su vez tiene dos versiones grabadas. Esta es la que tiene una larga y linda introducción con instrumento de viento y está en el disco “Lumbre”.

“Then, as it was, then again it will be…”, canta Robert Plant con los muchachos de Led Zeppelin. Ese “then”, puesto al inicio, es como si hablara de una conclusión sobre algo anterior. Pero eso anterior no existe. Por eso (digo yo) empieza “in medias res”.

Más sutil en este caso de Edgardo Cardozo. Como empieza: “Ya que no sé qué decirte, casi mejor que vaya…”, es como si hubiera habido un silencio anterior, ¿no? Siempre hay un silencio antes de empezar una historia, pero en este caso hablamos de un silencio que fue parte de la historia, que ya está empezada.

domingo, 19 de julio de 2015

No hay otra

Al final, lo único que nos puede consolar es buscar hacia arriba. Buscar esas palabras únicas que hablan de Dios. Y la fe nos dirá que son Palabra de Dios. Lo único que podemos hacer, que tenga sentido, es hacer esas cosas que parecen sin sentido para el mundo. Lo único que nos queda es disponernos para que Dios nos regale la fe. No queda otra cosa para hacer, si queremos ser felices.

martes, 14 de julio de 2015

El camino de las llamas

A mí se me hace que la historia (de amores, mentiras, intrigas, muertes) no es más que una más. Lo que me gustaron fueron las descripciones campestres de Hugo Wast. A continuación quizás no estén las mejores, pero sí las que yo marqué.
El conjunto de la grácil persona era misterioso y triste. Esos indios descendientes de los bravos y bellos araucanos que vencieron a los españoles en el antiguo reino de Chile, tienen todos una fisonomía sellada por la melancolía de una raza que ha reinado, ha decaído y se extingue irremediablemente.
Se limitó a pedirle una baraja y dos copas de caña calchaquí, cierto licor que traían en vasijas de barro desde muchas leguas al norte, y que ponía llamas en cada gota de la sangre.
¡Vaya, pues! ¡Qué fiesta para el paisanaje de la región! Hasta de Mendoza vendrían a bailar y chupar. Y, por cierto, mientras durase el jolgorio habría tregua entre la policía y los bienaventurados perseguidos por ella, pues era vieja costumbre allí, que nunca un comisario aprovechase un baile para capturar a un bandido. Habría sido condenarse él mismo a muerte, porque todos los invitados hubieran hecho causa común y libertado al preso a tiros y puñaladas.
Pizarra notó que Tancredo y Aguilar se quedaban mirando a aquel oficial que no tardó en desaparecer en las vueltas del camino, y que los dos se sonrieron. Pizarra se les acercó y les dijo:
- ¿Les ha caído en gracia el mozo?
- Que lo parta un rayo -respondió Tancredo-. No me ha dado ni un medio por lo que le he servido.
La cocina era un cuarto de piedra, espacioso, como para que veinte hombres se acomodaran alrededor del fuego que ardía en el suelo mismo. Tancredo removió los tizones, sopló hasta que se levantó una alegre llama, puso agua a calentar y limpió y llenó el mate, con yerba nueva para tomar unos cuantos cimarrones antes que nadie.
Indio de edad mediana, bajo y fornido. En el atezado rostro, sin asomo de barba, hondas arrugas denunciaban su edad. Pero cuando hablaba, el brillo salvaje de sus ojos y la blancura de sus dientes le rejuvenecían.
Doña Margarita no faltaba nunca a esa hora, detrás del mostrador, porque era el momento en que su cajón se llenaba de plata boliviana, aquella plata que solo tenía dos tercios de metal puro, y que por eso desalojó las buenas piezas acuñadas en Córdoba y La Rioja, y fue durante muchos años la única moneda de la Confederación Argentina.
Cuando una porción del costillar de un buey que se asaba sobre una tosca parrilla estaba a punto, la cortaban y comían con esa rara pulcritud de los gauchos, que aunque tironeen la carne con los dedos y la corten a flor de los labios, no se precipitan ni se ensucian, y mascan pausadamente, como hombres sin prisa.
El capataz habló así y el rostro de Quilpara se nubló como el cielo cuando el viento sopla de la cordillera.
- Pues cuento el caso y es verdad -referió Canuto, palmeando al loco sobre las espaldas para desenojarlo- (…)
[En un asentamiento casi aldea fronterizo de montaña]
La guerra no se presentaba a sus imaginaciones como un espectro flaco y sangriento, más bien una buena vaca lechera, de la que se abastecerían abundantemente, si sabían acercarse a sus ubres y esquivar sus cuernos y sus coces.
Así pensaban los viejos. Para los jóvenes la guerra era la esperanza de ver tierras nuevas, de recibir un caballo y una silla y un fusil y de ser pagados por el gobierno, y de participar en maravillosas aventuras, batiéndose por la patria, sin temor de que la policía les averiguara cuantos centímetros de hierro o cuantas onzas de plomo le habían metido en el cuerpo al adversario.
Y para las muchachas, aquello significaba la ilusión de muchos bailes, de alguna serenata en las noches tranquilas, y del novio soñado, que podía ser algún soldado y hasta algún oficial.
-¿Cómo está la luna para capar yeguarizos?
(…) Ninguno se apresuró a contestar. Los paisanos son hombres de pocas palabras y menos consejos. Sin embargo, todos sabían que el tiempo era oportuno para castrar y no muy frío.
Si el camino de su pensamiento en las tenebrosas veladas fuera una cinta, podría envolver diez veces el mundo; más tal vez: podría llegar hasta las estrellas. ¡Tanto cavilaba!
- ¡Va a haber hierra! ¿Qué tal sos para el lazo, Tancredo?
- Soy mejor para el cuchillo -respondió taloneando su mula despeada, que a duras penas se aproximaba a la del capataz.
- ¡Cierto! -confirmó Aguilar. Tancredo maneja bien el fierro cuando le ponen un asado por delante.
- Eso pensé decir -agregó humildemente el loco.
[Aprontándose para la capada]
- (…) Voy a quitarle a este viejo engreído las facultades extraordinarias.
[Después de la capada]
- Aura márquenlo y cerdéenlo. Aura estás como el tirano Rozas (sic), después de la batalla de Caseros, con rabia, pero sin facultades.
¡Cuánto no habría dado Soler para saber enlazar siquiera de las patas, aunque hacía más de veinte años que se ensayaba en sus gallinas y en los perros dormidos al sol! Pero el lazo es un don misterioso, que conceden las hadas del campo a los criollitos en la cuna.
Cuando la joven araucana volvió en sí, halló a la patroncita junto a su catre y le sonrió sin rencor. A la orilla de ese oscuro abismo de la muerte, en los corazones nobles, se borran las pequeñas pasiones de la vida como los dibujos de un niño en la arena del mar.
-¿Qué puede interesarle a un hombre que recién me conoce, saber quién haya sido mi novio antes de Aguilar?
Comprendió Moscoso que más valía seguir la corriente del misterioso río de aquella vida, que intentar remontarla, y echó a buena parte la réplica.
- ¡Así es, mi capitana! Perdone mi necia curiosidad. Y ya que no es posible saberlo todo, me contentaré con que me diga quién va a ser su novio… después de Aguilar.
- Eso no lo sabe sino Dios, porque solamente Él adivina lo que no existe

jueves, 25 de junio de 2015

Y ella no sabe

La novedad la trajo Mariana de su taller. Se lo puede escuchar aquí. El disco se llama “Y ella no sabe”. Es de Ximena Villaro, quien puso música e interpreta, junto con otros músicos, los siguientes poemas:

Al final, de Hugo Mujica
Dicotomía incruenta, de Oliverio Girondo
En la noche un ruido de agua, de Juan L. Ortiz
Nana para Julia, de Juan A. Goytisolo (Canción de cuna para Julia)
Letra, de Juan L. Ortiz
La guitarra, de Federico García Lorca (Poema de la siguiriya gitana)
Un día estabas cantando, ¿de Juan A. Goytisolo?
Señor, de Juan L. Ortiz
Topatumba, de Oliverio Girondo

domingo, 14 de junio de 2015

¡Uf! El llano en llamas

Pos no sé pa’ qué me metí a leer este libro. Está muy bien escrito, eso sí. Y me imagino que si se quiere conocer lo primitivo y rudo de la vida del campesino pobre mexicano de hace unos años, es mucho mejor esto que una película sangrienta.

Los relatos de Juan Rulfo de “El llano en llamas” son descarnados. Compasión y risa se alternan en uno cuando los lee. Es como un “Chavo del ocho” pero más real, más trágico, sin dejar de ser a veces cómico. No sé si la intención del autor es ser cómico (¿tragicómico?) o es una impresión mía. O si son así los mexicanos.

A veces me acuerdo del pueblo de Don Camilo de Guareschi. O de esos pueblos catalanes de la Costa Brava de los que contaba Josep Pla. En la sencillez y lo rudimentario de la gente. En la vida simple. Será por eso de “pinta tu aldea…”. Tienen algo en común, es solo eso. Pero no lo principal, solo algo. Porque son bien distintos. Más crudos. Estos son… ¿mexicanos?

No se pueden citar frases. La gracia está en leer un cuento completo, con sus muchas palabras y expresiones sencillas que hacen que el total sea algo a veces entrañable, a veces tristísimo. Y acompañando esas tragedias van unas descripciones muy intensas.

Está, por ejemplo, esa descripción del viento de “Luvina”:
-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.
Qué terrible esa Luvina:
“...Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”
En “El llano en llamas”:
Ahora era un tal Olachea, con gente aguantadora y entrona; con alteños traídos desde Teocaltiche, revueltos con indios tepehuanes: unos indios mechudos, acostumbrados a no comer en muchos días y que a veces se estaban horas enteras espiándolo a uno con el ojo fijo y sin parpadear, esperando a que uno asomara la cabeza para dejar ir, derechito a uno, una de esas balas largas de «30-30» que quebraban el espinazo como si se rompiera una rama podrida.
Pocos pasajes apacibles. Como este comienzo de “En la madrugada” que me gusta tanto. Es como un amanecer pintado:
San Gabriel sale de la niebla húmedo de rocío. Las nubes de la noche durmieron sobre el pueblo buscando el calor de la gente. Ahora está por salir el sol y la niebla se levanta despacio, enrollando su sábana, dejando hebras blancas encima de los tejados. Un vapor gris, apenas visible, sube de los árboles y de la tierra mojada atraído por las nubes; pero se desvanece en seguida. Y detrás de él aparece el humo negro de las cocinas, oloroso a encino quemado, cubriendo el cielo de cenizas.
Allá lejos los cerros están todavía en sombras.
Una golondrina cruzó las calles y luego sonó el primer toque del alba.
Las luces se apagaron. Entonces una mancha como de tierra envolvió al pueblo, que siguió roncando un poco más, adormecido en el calor del amanecer.
Y en el mismo cuento, este personaje:
Por el camino de Jiquilpan, bordeado de camichines, el viejo Esteban viene montado en el lomo de una vaca, arreando el ganado de la ordeña. Se ha subido allí para que no le brinquen a la cara los chapulines. Se espanta los zancudos con su sombrero y de vez en cuando intenta chiflar, con su boca sin dientes, a las vacas, para que no se queden rezagadas. Ellas caminan rumiando, salpicándose con el rocío de la hierba. La mañana está aclarando. Oye las campanadas del alba en San Gabriel y se baja de la vaca, arrodillándose en el suelo y haciendo la señal de la cruz con los brazos extendidos.

domingo, 31 de mayo de 2015

¿Qué dios intentó venir a tomar para sí una nación…?

No es que se propone al mundo el Dios de un pueblo de medio oriente.
Y es notorio el camino de descubrimiento de Dios que ha hecho ese pueblo. Como no hay otro.
Pero la verdad es que no fue el pueblo el que eligió a Dios, sino Dios quien eligió al pueblo.
Como dice el Deuteronomio, y leemos hoy en la primera lectura (4, 32-40.39-40):

Pregúntale al tiempo pasado, a los días que te han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable o se oyó una cosa semejante. ¿Qué pueblo oyó la voz de Dios que hablaba desde el fuego, como la oíste tú, y pudo sobrevivir? ¿O qué dios intentó venir a tomar para sí una nación de en medio de otra, con milagros, signos y prodigios, combatiendo con mano poderosa y brazo fuerte, y realizando tremendas hazañas, como el Señor, tu Dios, lo hizo por ustedes en Egipto, delante de tus mismos ojos? Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios - allá arriba, en el cielo y aquí abajo, en la tierra - y no hay otro. Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz, tú y tus hijos después de ti, y vivirás mucho tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre”.

(En la solemnidad de la Santísima Trinidad)