domingo, 25 de septiembre de 2016

Cosas bien contadas (o más o menos)

Hubo un tiempo en que no me interesaba eso de las cosas bien contadas. Las cosas lógicas, exactas, perfectas, ¡esas eran un placer! ¿Bien contadas por bien contadas? No le veía valor. (Es cierto que en una época aún anterior me había gustado una especie de cosa bien contada, pero con cierta utilidad, como era la publicidad gráfica; las palabras que llaman la atención, la posición o color de los textos…; pero eso poco representa ahora).

Hoy me gustan mucho las biografías bien contadas o los relatos de lugares y costumbres. No voy a nombrar lo que leí porque no es mucho y porque, salvo algún caso, no es lo más representativo para citar del género. Por supuesto, a uno le gusta aquello contado por alguien que valora los mismos aspectos que uno valora. Porque sin ser la forma exacta (¿qué significaría eso de la “forma exacta” fuera de las ciencias?) hay varias formas de contar “bien” las cosas. Y el pensamiento del autor debe tener una sintonía con el propio para que nos guste.

De todo esto que vengo diciendo me di cuenta leyendo un libro y, al evocar otros ejemplos, para ver si era como yo pensaba, vino a mi mente uno nada “profesional”. Es decir que es un relato que no está escrito por un autor de habilidad conocida por su fama. No es la perfección en el orden, ni en la puntuación, ni en muchas otras cosas. Pero es muy pintoresco. Veo ahora, por cierto, que tampoco hace falta una especie de perfección literaria para que las cosas estén bien contadas. Así que es ideal para traerlo aquí, para ilustrar lo que estuve pensando. Porque, ¿de cuál de los miles de relatos y biografías bien escritas que hay en el mundo hablar? Ó: ¿Cómo hacer una selección de cinco, seis o veinte nombres representativos?

El que sigue es un relato tomado de unos textos, que alguna vez ya cité, sobre el jovencísimo pueblo argentino de Tolhuin. Y de un señor, pionero de la zona, que firma como Juan Kaikén. (Omití algunos puntos y aparte para comprimir un poco el texto).

Allá por 1990 yo tenía problemas de salud: podía quedar ciego. Tuve varias derivaciones a Bs. As., me hicieron varias operaciones, pero mi temor era perder la vista. Fue entonces cuando se me ocurrió instalar una radio en Tolhuin, para tener algo qué hacer.
Ya había cerrado la FM Comunitaria. Tolhuin estaba en silencio.
Un técnico de Río Grande me construyó artesanalmente un transmisor de 10 vatios.- Carlos Brea inició la ampliación de mi casilla en Leguizamón 340, y una buena tarde levanté la antena y salí al aire poniendo música.
Con mis modestos recursos compré dos minicomponentes doble cassettera con autoreversa, marca Philips AW 7404/00, digital. Usaba una bandeja mezcladora casera de tres canales, sin ecualizador.- La antena: una paragüita de ¼ de onda a 8 m. de altura, cable RG 8 U.
Pacientemente recurrí a mis amigos y conocidos y comencé a grabar en cassette de 90´ toda la música del momento, especialmente folclore y melódico.
Me limitaba a pasar música, pero un día me paró una vecina y me dijo: Está bien la música, pero, ¿cuándo van a hablar?...
Y un buen día hablé... no recuerdo que dije, me costó, pero hablé.
Sentí que no era fácil hablar y salí a buscar un locutor en Tolhuin. No lo encontré.- No había. Al fin di con el “Maqui” Barría, pero se negaba a usar el micrófono, ya que dijo era “disc joquey” pero no locutor.- Y durante un tiempo pasaba música pero no hablaba.
Al final aceptó leer comunicados, noticias y alguna publicidad de Grande o de Gobierno, pero no de Tolhuin, ya que el comercio se negó a pagar ningún espacio.
Un buen día, me paró una señora en la calle y me dijo:
--- ¿Usted es el de la Radio?...
--- Si señora.
--- Ponga boleros por la tarde.
--- Si señora-
Una mañana, me golpea la puerta un policía de uniforme y me dice:
--- ¿Usted es el de la radio?
--- Sí señor.
--- A la mañana ponga folclore... ¡folclore!
--- ¡Si, señor!
Esas fueron los primeros contactos con la gente que expresaba su opinión.
Con el “Maqui” de locutor, desde Río Grande yo grababa diariamente el noticiero local de Canal 13, y lo mandaba por Tecni Austral a Tolhuin, para pasarlo a la noche y al día siguiente. No tenía teléfono, Internet, ni TV.
Con el tiempo hubo otras exigencias, como que “repetía” la música, y es que salía caro comprar cassette nuevos.- Don Villordo me prestó unas grabaciones de tango, ya que le gustaba esa música.
En un viaje a Bs. As. pude comprar dos equipos Pioneer CT-M5R, con 10 horas de grabación, y reparar el transmisor que se quemó por golpes de corriente de la usina local, sin que hubiera compensación económica alguna. Es doloroso cuando nadie se hace responsable por el daño causado.
En 1992 dejó de funcionar la radio por razones de rentabilidad económica. Otras radios aparecieron al poco tiempo. Alfonsín me regaló un disco de madera con el emblema de la radio pintado a mano: una lechucita con los puntos cardinales, que aún conservo.
Adiós FM Tolhuin”.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Marechal, Dickens y Chesterton (II)

Dijimos que Dickens y Kierkegaard hablan de heroísmo cotidiano (por aquí). Dice Chesterton en la biografía de Dickens que llamar héroe a un personaje de una novela moderna es un vestigio, en la misma, del antiguo folklore o cuentos de hadas. Dickens hace personajes eternos. Hace mitología, dice Chesterton, con los personajes de la vida corriente. Crea deidades. Son personajes que trascienden los relatos y estarán siempre allí cuando los vayamos a buscar. Pero el mundo moderno no quiere deidades ni héroes. (A mí mismo me pareció exagerada la Inés, por ejemplo, de David Copperfield; ella y la relación con David). El mundo moderno no cree que eso sea posible. Y por no anhelarlo cae y se revuelca en el barro y no es feliz.

Dice Chesterton: “En una palabra: si los escritores modernos describen la vida en narraciones cortas, es porque sienten profundamente que la vida es, en sí, una historia extraordinariamente corta, y acaso ni siquiera verdadera. Pero en aquella literatura antigua, incluso en sus producciones cómicas (cierto, sobre todo, en éstas), ocurre justamente lo contrario. Sentimos los personajes como objetos fijos, sobre los que solo no es dable lanzar miradas furtivas, es decir, los sentimos como divinos”.

Y que haya dicho lo de las producciones cómicas me hace volver a pensar en el “humorismo angélico” de Marechal. Miren, si no, lo que dice Chesteron más tarde: “Esto es lo primero que hay que decir de Pickwick [Los papeles póstumos…] (…) Porque se trata aquí, primero y principal, de una historia sobrenatural: Mr. Pickwick era un hada (…) Mr. Pickwick no es propiamente un encantador, sino el príncipe encantado; es decir, es el vagabundo abstracto, errante de sorpresa en sorpresa: es el Ulises de la comedia; un ente, a medias hombre y a medias duende, lo bastante humano para errar y asombrarse, y , sin embargo, dotado de ese fatalismo alegre que es atributo de los seres inmortales (…)”

lunes, 5 de septiembre de 2016

El arte y el dolor

Alguna vez en este blog dijimos cosas de cuestionable valor bajo el provocativo título de “¿Es mejor la música de autores de izquierda?”.

Agarramos una carta de Leonardo Castellani a Leónidas Barletta y citamos eso de que “El ideal cristiano tiene en su fondo el mismo ‘pathos’ del ideal comunista, la existencia del dolor en el mundo”.

Y concluímos con propias palabras: “El pensamiento de izquierda parece tener una sensibilidad especial para el dolor. El ‘dolor’ incluye también la angustia existencial, la pregunta por el sentido, que todo hombre experimenta. Y eso es tema de muchas composiciones musicales, o se refleja en el tratamiento que se da a otros temas menores. Es por eso que el autor de izquierda puede lograr expresar cosas de manera tal que un cristiano puede llegar a encontrar en ello algunas coincidencias”.

Hoy, seis años después, leo un artículo del español Juan Manuel de Prada (vía Antonella Facello) y encuentro ideas geniales para seguir pensando en aquel viejo tema. Dice cosas como:

¿Cómo esa muchacha incapaz de completar correctamente una frase pudo componer canciones tan bellas y estremecedoras como Love is a Loosing Game o Back to Black? Porque Amy Winehouse había sido agraciada (o desgraciada) por el don del arte, por ese quod divinum al que se refiere Horacio, que sopla donde quiere; y que no suele enamorarse de personas atildaditas y morigeradas, sino más bien desastrosas y caóticas, por lo común habitadas (invadidas) por el dolor”.

O como:

“(…) el arte nace en estos territorios borrascosos en los que sólo las almas muy aguerridas son capaces de aventurarse. Para que prenda la llama del arte, hay que abrazarse al dolor y fundirse con él. Una vez fundido con el dolor, el artista puede hallar una luz divina que lo rescate, sane y recomponga; o, por el contrario, puede ser atrapado por una luz infernal que lo devore y aniquile (…)

Pero no hay arte verdadero sin esa ofrenda en la hoguera trágica del dolor; y todo intento de tomar un atajo es inútil. Para atreverse a arder en esa hoguera hay que ser, desde luego, un poco insensato, un poco loco; pues sólo los insensatos y los locos tienen cuajo para asomarse al abismo y dejar que la belleza les lance sus dentelladas feroces, que a veces matan”.

Impresionante.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Regalo de duodécimo aniversario

Para el duodécimo aniversario del blog, es decir para el día de hoy, les regalo dos nacimientos. Se alargará un poco la entrada, pero es un cumpleaños y hay tiempo. El primer nacimiento, allá por 1849, es el de David Copperffield[*]. El segundo, noventa y nueve años más tarde, es el de Samuel Tesler[**].

___(…) Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.
___Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí bastantes meses antes de que pudiéramos conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.
___No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo conserve a su lado.
___Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos, al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir ahogado. Como la adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues acababa de vender los suyos, desistió de la venta, después de retirar los anuncios, que tuvo que pagar. Diez años más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una señora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no sirviendo de nada el tiempo que se perdió en explicaciones y demostraciones aritméticas, pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como sorprendente, que la señora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los noventa y dos años de edad.
___(…) Nací en Blunderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extraño para mí el hecho de que nunca me llegara a ver; y todavía más extraño es el oscuro recuerdo que conservo de mi primer encuentro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura, mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas de la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parecía entonces) cerradas”.

Samuel Tesler, filósofo, había nacido en Odesa, junto al Pontus Euxinos, circunstancia feliz y harto reveladora que a su juicio lo consagraba ineluctablemente a los estudios clásicos. Aunque reiteradas veces había insinuado él alguna intervención de lo sobrenatural en su advenimiento a este mundo, Samuel Tesler no nació, como Palas, del cráneo majestuoso de Zeus, ni siquiera, como el duro Marte, gracias a una percusión insólita de la vulva materna, sino del modo natural y llano con que nacen los hombres corrientes y molientes: cierto es que su enorme cabeza infantil —en cuya estructuración se había descalcificado su madre hasta perder casi toda la dentadura— resistiese durante largas horas a trasponer el dolorido umbral de la tierra; pero debió ceder al forceps heroico, de cuya virtud operativa conservó dos marcas sangrientas en sus regiones temporales, o dos rosas tristísimas que su madre le besaba llorando. En lo que atañe a su lactancia, jamás negó Samuel Tesler que a duras penas había conseguido extraer algún zumo de las resecas ubres maternales; y sin embargo, cuando se refería él a ese tema, no dejaba de sugerir la colaboración de una loba o ninfa láctea cuya benignidad lo había convertido en hermano de leche de Júpiter. Los historiadores están de acuerdo en afirmar que, pese a sus innumerables reticencias, Samuel Tesler no acometió en su cuna ningún trabajo excepcional, pues ni estranguló la serpiente de Heracles, ni halló la cuadratura del círculo, ni resolvió siquiera una ecuación de tercer grado con nueve incógnitas; en cambio sábese que, dueño de una facilidad diurética verdaderamente increíble, se dedicó a mojar pañales y pañales que su abuela Judith secaba en la gran estufa de la cocina. Bien que su padre fuera sólo un discreto remendón de violines y su madre apenas una dulce tejedora de cáñamo, Samuel Tesler afirmaba descender en línea recta de Abraham el patriarca y de Salomón el rey; y cuando alguno ponía en duda el carácter sacerdotal de su estirpe, exhibía su frente rugosa en la que juraba y perjuraba sentir los dos cuernos de los iniciados. Un lustro apenas tenía cuando emigró con su tribu y sus dioses a las tierras del Plata, donde creció en fealdad y sabiduría, recorrió paisajes, tanteó caracteres, estudió costumbres, y gracias al más asombroso de los mimetismos llegó a considerarse un aborigen de nuestras pampas, hasta el extremo de que, mirándose al espejo, solía preguntarse si no estaba contemplando la mismísima efigie de Santos Vega”.

[*] Protagonista de “David Copperfield”, de Charles Dickens.
[**] Personaje de “Adán Buenosayres”, de Leopoldo Marechal.

domingo, 31 de julio de 2016

Fuera de programa

Las vacaciones no salieron como planeadas, pero esa suele ser la forma en que llegan muchas buenas cosas. Y ahora al relatarlas y recordarlas, como dice Jyoi en Malacandra, son parte del mismo suceso placentero.


En la plaza Giordano Bruno, en Caballito, cumplí con un sueño de mi infancia que era subirme al puente de maniobras del tren. Es un tramo de vía-puente giratorio que servía sin duda para girar el sentido de la locomotora y hacer reparaciones. Tiene ruedas transversales en sus extremos, que giran sobre una vía circular en un pozo.

En la plaza Vicente López y Planes, frente a la iglesia Jesús en el Huerto de los Olivos, un chico discapacitado cayó al piso lado mío. No me preocupé, aunque su mano temblara, porque conozco chicos con estos problemas gracias a mi esposa. A pesar de eso no sabía qué acción tomar. Por suerte llego la maestra o instructora y lo animó a levantarse. Como parecía dispuesta a ayudarlo ella misma, ofrecí mi ayuda por el peso, pero ella me dijo que no era necesario. Y como me lo dijo de una manera muy amable lo sentí también como un consuelo para mi inutilidad.

Así estuvimos, de plaza en plaza, de acá para allá. Y estuvo bien. Mientras tanto ella acompañaba a su tía M., que se estaba yendo.

(Hoy, San Ignacio de Loyola de 2016)

martes, 28 de junio de 2016

Marechal, Dickens y Chesterton

Desde que descubrí a Dickens se me ha hecho muy querido. Y aunque solo leí David Copperfield, leí y estoy leyendo cosas sobre Dickens. Luego, como estoy releyendo mi ya-querido-desde-hace-tiempo Adán Buenosayres, empiezo a tener presente a ambos autores, Dickens y Marechal.

Y no es que descubrí relaciones entre ambos, pero sí quizás cosas para comparar, para pensar. Apenas releí el nacimiento de Samuel Tesler recordé y fui a presenciar otra vez el de David Copperfield. No es que tengan algo en común, es solo que los dos están llenos de un gran humor. Distinto, pero cada uno genial a su modo.

Más tarde aparece un tercer jugador. Justo cuando Marechal hace una referencia indirecta al hombre que fue Jueves, me regalan la biografía de Dickens hecha por Chesterton (genio de mis preferidos, y del humor también). Y en las primeras páginas descubro esto:

El optimista es mucho mejor reformador que el pesimista; el que está persuadido de que la vida es excelente, es el que más la modifica. Parece esto una paradoja, y sin embargo, la razón es obvia. Podrá el espectáculo del mal encolerizar al pesimista; sólo el optimista es capaz de sorprenderse ante él. Es menester que el reformador posea una ingenua disposición de sorpresa, una capacidad de pasmo violento y virginal. No basta que le acongoje la injusticia; es necesario que le parezca absurda, una anomalía en la existencia, y asunto más que para lágrimas, para desatarse en risa demoledora”.

Si bien el punto es otro, no deja de sorprender ese final. No solo habla de que le parezca absurdo, o una anomalía, o le acongoje el mal o la injusticia, sino que le desate la risa. ¡Caramba! ¿No será este optimista de Chesterton alguien que posee ese humor angélico del que habla Marechal, alguien que tiene “la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres”?

sábado, 18 de junio de 2016

De vuelta al Adán (IV)

Libro primero, II

[ACTUALIZACIÓN: Creo que sería de interés notar un error teológico si desde el punto de vista cristiano hablamos. En el paraíso Dios no hizo al hombre para el otium poeticum (como dice Marechal en la historia de Samuel Tesler), sino que para el trabajo (Gen. 2, 15). Sin fatiga, que entra luego con la condena y la expulsión, pero trabajo.]

Esta segunda parte es más cómica. El encuentro de los dos amigos, los problemas de amor; geniales las descripciones de la vida y forma de ser de Samuel Tesler.

Cuando Adán lo despierta y le dice que es jueves, y Tesler se refiere a él como “si hay un hombre que debiera llamarse jueves”, Javier de Navascués menciona la relación del punto con Chesterton y destaca lo significativo de llamarlo jueves, siendo el jueves un día clave en la vida de Adán. (Es interesante leer en el estudio preliminar la ubicación del libro en tres días, de jueves a sábado a la noche, como una suerte de “pasión” de Adán).

Fui a repasar “El hombre que fue jueves” y encontré algo curioso: “Acababa de oír Syme estas palabras, cuando vio en las caras de los hombres que lo rodeaban una alteración sublime y temerosa a la vez, como si el cielo se abriera sobre su cabeza”. ¡"Sicut liber involutus"! Ja, ja.

Recordar el relato del nacimiento de Samuel me gustó mucho y al punto lo asocié, sin muchas razones, con el nacimiento de David Copperfield. No es que tengan algo en común, es solo que descubrí que ahora conozco dos humoristas geniales, Marechal y Dickens.

Dentro de los placeres literarios no solo están los relatos del nacimiento de Tesler, su relación con el trabajo, su filosofía de la higiene, los diálogos con sus padres, el angel de cemento, el búho y la gallina, el kimono y su descripción, el día y la noche, las cavilaciones sobre los problemas de amor, el relato anticipado de la muerte de Samuel Tesler… No solo todo eso, digo (tan sabroso), sino algunas pequeñeces que esta vez pude apreciar más que antes. La entrada de Adán a la habitación silenciosa y oscura hace desdarrollar toda una serie de metáforas geniales:

“Con el nudillo de los dedos (…) así llamó Adán Buenosayres (…) Pero un silencio duro reinaba en el interior del antro, como si la habitación número cinco no fuese hueca sino maciza”;
“(…) insistió en su golpeteo (…) volvió a responderle un silencio que parecía gozarse en su misma perfección”;
“Y la puerta cerróse tras el visitante, pesada de solemnidad”;
“Adentro señoreaba toda la oscuridad, la sombra palpitante, la tiniebla viva, como si la última noche, acosada por el día y sus mordientes perros, hubiera buscado refugio en la habitación número cinco y temblase aún llena de zozobra”.

De todos los relatos, descripciones y diálogos que mencioné, mi preferido siempre fue el de Samuel con sus padres, según relata en el recuerdo el propio Samuel. Pero en esta lectura no pude dejar de reírme con este otro:

Digo, pues, que Samuel Tesler, no bien estuvo de pie, metió el pucho de su cigarrillo en un cenicero y lo reventó con la uña de su pulgar. Luego fue hasta el pizarrón y borró con esmero las anotaciones del día veintisiete. Salió por fin a la ventana y sus ojos dominaron la ciudad, que reía desnuda bajo el arponeo del sol. Entonces, como llevado por una idea fija, tendió un brazo elocuente y mostró los techos de zinc, las terrazas de color ladrillo, los campanarios distantes y las chimeneas que humeaban al viento.
—¡Ahí está Buenos Aires!—dijo—. La perra que se come a sus cachorros para crecer.
Gritos y carcajadas que venían desde afuera interrumpieron su naciente discurso.
—¿Quiénes gritan afuera? —preguntó el filósofo arrugando el ceño.
Adán le señaló un edificio en construcción que se levantaba enfrente:
—Los albañiles italianos.
—¿Y de qué se ríe la bestia itálica?
—De tu quimono.
Así era, en efecto, porque los albañiles, olvidándose de las cebollas crudas que a esa hora mordían en el cielo, se agitaban ya en sus andamios para celebrar la aparición del quimono y de las asombrosas figuras que contenía. Entonces, con expresión enigmática, Samuel Tesler miró a los albañiles italianos y les trazó el signo masónico siguiente: colocó su antebrazo izquierdo en la articulación de su brazo con antebrazo derecho; armado ya el signo, agitó dos o tres veces el antebrazo derecho y esperó con visible ansiedad. Pero los albañiles no tardaron en responderle con signos iguales, observado lo cual el filósofo estalló en una risotada satisfecha: se habían entendido”.

sábado, 11 de junio de 2016

De vuelta al Adán (III)

Libro primero, I.

Acá las primeras menciones al tejedor de humo, al desertor de la ciudad. Al desprecio por los Lucio Negri que se entregan ebrios a las ilusiones vanas pero a la vez el arrepentimiento por no haber sido como el abuelo Sebastián y no darse entero a una causa.

Acá la filosofía y la teología, con el “vivir en otro por la eternidad de Otro”…

Al releer la filosofía marechaliana que abunda en este capítulo (que en definitiva es la cristiana, ¿no?) me di cuenta de una cosa. Él se pregunta “en qué intuiciones personales había conocido la inmortalidad de su alma”. Y uno de sus respuestas es: “en su increduidad, extrañeza o repugnancia de la muerte como total aniquilamiento”. Esto quizás algunos lo nieguen como “prueba de inmortalidad” porque, después de todo, ¿qué es esa “prueba” que buscan sino un mero producto del pensamiento científico? Yo veo la repugnancia del alma por la muerte como un “alimento de la fe” en su propia inmortalidad.

Algunas cosas secundarias que no entiendo. ¿Por qué los chicos jugando al futbol son diez voces que gritaban? Y luego las otras diez. ¿Será que el arquero no grita? ¿Por qué el día viene cada doce horas? Luego habla del maestro “ciruela”. ¿Es con cé? Hay algo raro que chequeé en otras ediciones. En todas está la misma palabra. Justamente cuando dice que Lucio Negri aprovechó quizás la ausencia de los cuatro “haces” de la tertulia. ¿Haces o ases?

Al despertar Adán va ascendiendo: saliendo de las profundidades; se izaba; salía a la superficie. Pero luego dice: “al tocar el fondo cierto de este mundo”.

¿Por qué está herido de muerte? Pues siempre supuse que era lo mismo que estar en el anzuelo del pescador. Por eso “desertor de la ciudad y del día”. Lo que pasa es que solo ve por ahora la herida, y no los beneficios de la muerte. Aún no llegó a la confesión frente al Cristo. Solo está herido por todo lo que la belleza no da.

Siempre recuerdo el temor apocalíptico de que el cielo desaparezca “sicut liber involutus”, o los elásticos de la cama de Adán gimiendo su “de profundis”. Expresiones que me gustaron esta vez:

“(…) al que se resistía él con todo el peso de una voluntad muerta”;
“el grito de un reloj”;
“figura de poeta sin destino visible”;
“aquel tabaco salteño que sería su alma un minuto”;
“desnudo ya en su esencia y revelado en la forma exacta de sus desvelos”;
“su risa era un elogio de la mañana”;
“le habían permitido desensillar y había soltado su tordillo viejo en el campo de las estrellas”.

Y así como esta ese “cielo gauchesco” del abuelo, está el mito del carro alado platónico, en descripción gaucha que empieza así: “Su alma era semejante a un carro alado del cual tiraban dos potros diferentes: uno, color de cielo, crines abrojadas de estrellas y finos cascos voladores, tendía siempre hacia lo alto, hacia las praderas celestes que lo vieron nacer; el otro, color de tierra, sancochado de boca, empacador, lunanco, barrigón, orejudo, vencido de manos, jeta caída y rodador, tiraba siempre hacia lo bajo, ansioso de empantanarse hasta la verija (…)”

Y no recordaba el viaje al silencio, ese que va desde el ruido de los animales hasta el fantástico eje de la tierra girando. Y eso tan infantil de: “¿Cómo se reconstruía la cara del abuelo Sebastián? Era necesario juntar los párpados con fuerza y pensar en el intensamente: al punto, dentro de la negrura interior, aparecían la barba lluviosa, los ojos redondos y lucientes como cabeza de tornillo y la encorvada nariz del abuelo Sebastián”.

domingo, 22 de mayo de 2016

Immigrasons


En abril, cuando llenamos el Teatro ND para la primera presentación en Argentina de Sílvia Pérez Cruz, ella explicó que había estado acá hace 10 años con el proyecto Immigrasons. Ese era un proyecto dirigido por el argentino Ernesto Snajer y el catalán Raül Fernández Miró que incluía, además de ellos como arregladores e intérpretes, a Sílvia, a un groso como Mariano "Tiki" Cantero (de Aca Seca) y a otros músicos que si no nombro es por ignorancia.

El otro día estaba en la disquería Miles de Palermo (genial) buscando un regalo y me crucé con el disco Immigrasons. De más está decir que lo llevé inmediatamente y he descubierto que es una joyita. Ya está nominado a disco del año en este blog.

Aunque ya lo sabíamos, en el concierto del ND confirmamos, al escuchar un tango y una vidala, que SPC puede cantar cualquier cosa. En este disco, con una voz más joven, ya se encarga de cosas como "Laura va" (Spinetta), "La Nochera" (Cabeza/Davalos), "Sólo se trata de vivir" (Litto Nebbia) el tango "Loca" o la "Doña Ubenza" de Chacho Echenique, todas con magníficos resultados.


En el disco los arreglos y ejecución son muy buenos. Instrumentos y tecnología modernos no arruinan canciones tan conocidas sino que las adornan con muy buen gusto. Y la combinación de temas locales con catalanes logra un punto especial cuando se juntan "El noi de la mare" (villancico catalán) con la "Vidala del último día" (del "Chivo" Valladares y Raúl Galán). ¡Qué genial! Además de la versión de Luna Monti y Juan Quintero, recordé la sorpresa de aquella noche en el ND, cuando Sílvia invita al final a los Acá Seca y hacen esa vidala. Les salió perfecta. ¡Qué lujo esas cuatro voces juntas! Debo decir que superaron un poquito a la de este disco.

Si entre las argentinas no mencioné a "Carabelas nada" de Fito Páez es porque al lado de la versionaza que hicieron Sílvia y Raúl en 2012 en el disco "granada" esta es sólo un ensayito. Lo mismo pasa con la catalana “Corrandes d’exili”, que me encanta. Está muy bien, pero Sílvia la siguió perfeccionando después. Confieso que en este caso no me gusta la versión de “granada” sino la de un video que anda por ahí de “Concerts privats”.

Está la “Menuda” de Serrat, el clásico “L’emigrant” y muchas otras más. Y nos vamos yendo, pero les vamos dejando algo para los que hasta que acá llegaron…

Què li darem, a n'el Noi de la Mare?
Què li darem, que li sàpiga bon?
Li darem panses amb unes balances
li darem figues amb un paneró.

 

sábado, 7 de mayo de 2016

De vuelta al Adán (II)

Las intenciones fueron declaradas allá a principios de marzo. Empiezo entonces ahora con el prólogo, del que me atrevo a decir (a pesar de mi ignorancia literaria) que debe ser uno de los mejores prólogos de la literatura argentina.

Cuando dice el autor que les parecía cargar en el ataúd de Adán “la materia sutil de un poema concluido", ¿suena a plenitud? ¿O suena a una tristeza por que se terminó algo agradable, como un lindo poema? Este último sería un sentido más superficial. A mi me sonó a lo primero, a plenitud, a que culminó bien la historia de Adán.

De entrada se nota el estilo de la poesía de L.M. (digo yo, que no soy literato) con esa forma de reiterar las palabras, en este caso ya frases, cuando vuelve a mencionar lo de que les parecía llevar “no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve...”

Las frases, oraciones o fragmentos que más me gustan son dos y este es el primero: "La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte". Quien haya ido a un cementerio con parque en un día soleado no podrá dejar de "verla". Pero me encanta sobre todo la insinuación de una muerte vencida.

¿Por qué son "los terrones amigos" los primeros que caen en la tumba? ¿Será porque son los más cercanos al cajón para el resto de sus días?

La “ostentosa devoción” de Samuel Tesler con su rosario, su “orgulloso impudor” en la oración... Si no recuerdo mal, esta no es la única vez que L.M. critica la religiosidad de su Samuel Tesler. Cuando pienso que la inspiración del personaje es Jacobo Fijman y que este era un converso, no puedo dejar de pensar si no es la profunda religiosidad que a veces muestran los conversos lo que nos da envidia a los que somos esa especie de "hijos mayores".

¿Por qué en la cruz dice el nombre de Adán y un "rip"? ¿Por qué no un "qepd"?

La Ciudad de la Yegua Tobiana. Me gustaría desentrañar en eso un significado o analogía oculta (yo qué sé, como Roma tiene una loba, Buenos aires tendría una yegua). Por ahora me debo conformar con lo que dice Javier de Navascués: “Caballo tobiano es aquel que presenta, sobre un fondo blanco, grandes manchas de color oscuro. Según Barcia, el símbolo de la Yegua Tobiana, aparte de su matiz criollo, alude al carácter dual e la ciudad de Buenos Aires (una y múltiple, diurna y nocturna, etc.), que se desarrollará en todo el libro”.

Y la segunda frase, oración o idea que más me gusta es esta: “(…) podría suceder que alguno de mis lectores identificara a ciertos personajes de la obra, o se reconociera él mismo en alguno de ellos. En tal caso, no afirmaré yo hipócritamente que se trata de un parecido casual, sino que afrontaré las consecuencias (…) todos los personajes de este relato levantan una «estatura heroica»; y no ignoro que, si algunos visten el traje de lo ridículo, lo hacen graciosamente y sin deshonor, en virtud de aquel «humorismo angélico» (así lo llamó Adán Buenosayres) gracias al cual también la sátira puede ser una forma de la caridad, si se dirige a los humanos con la sonrisa que tal vez los ángeles esbozan ante la locura de los hombres”.

Soy fan de esta teoría marechaliana. ¿Qué hará Dios misericordioso con ciertas faltas nuestras sino sonreír? Sonreír como un abuelo que, recordando su infancia, sabe que somos pequeños y ya vamos a crecer.