lunes, 1 de marzo de 2021

Extractos de "Godos, insurgentes y visionarios"

Del ensayo "Godos, insurgentes y visionarios", el venezolano Arturo Uslar Pietri.
“Oscar Wilde, en una forma no enteramente paradójica, dijo que la naturaleza imita al arte. O por lo menos el arte hace ver la naturaleza de una manera distinta y nueva. Sin exagerar, podríamos añadir que la historia imita a las ideologías. Nunca se ha logrado que una ideología reemplace o cambie enteramente una realidad histórica, pero logra alterarla significativamente y termina por cambiar el sentido que de su propia experiencia vital tienen las colectividades”.
“Como lo ha señalado Giuseppe Prezzolini el Renacimiento no fue, en el fondo, otra cosa que la italianización de Europa, que fue paulatina, pero efectiva, desde el siglo XIV hasta el XVI, desde Dante y Petrarca hasta la corte florentina de Lorenzo el Magnífico. Cada nación recibió esta influencia a su manera. En España tenía que españolizarse, pero es significativo que en la difusión de la gran nueva y en su primera y perdurable interpretación desempeñan un papel protagónico tres italianos: Colón, Pedro Mártir de Anglería y Amérigo Vespucci”.
“Lo que había habido en España hasta esa hora había sido un estado de guerra civil, larvada o abierta, entre constitucionales y ‘serviles’. Lo que pasa en América representa otra faz del mismo enfrentamiento. (...) No era España, a los ojos de los libertadores, una potencia extranjera que había venido a sojuzgar su país e imponerle una cultura extraña. Los americanos se consideraban tan españoles como los peninsulares y su relación con la corona no era menor ni diferente a la que tenían con ella los distintos reinos de la península. Lo que ocurría en España para entonces, era una guerra civil, y lo que ocurrió en América fue el traslado y la continuación de ese mismo conflicto, entre la misma gente, en otro escenario geográfico. La mayor dificultad con la que tropezó Bolívar en los comienzos no fue otra que la de darle un carácter nacional a la guerra contra el régimen (...)”.
“Si pasáramos revista a las constituciones, frecuentes y muy parecidas, que las naciones hispanoamericanas adoptaron a todo lo largo del siglo XIX, encontraríamos, para sorpresa nuestra, que a pesar de que lo que predominó en casi todas partes fue la dictadura caudillista, las constituciones no alteraron en nada su idealista lenguaje liberal y republicano. No hubo instituciones dictatoriales, el ideal democrático nunca fue negado ni reemplazado aun en los más duros regímenes personalistas”.
“Su estilo y su forma de lucha va a sobrevivir por largo tiempo en los caudillos criollos. Los caudillos, llámense Rosas, Facundo, Artigas o Páez y sus sucesores van a proclamarse liberales y federales. Sarmiento, con poco acierto, los llamará bárbaros. Representaban para él la barbarie. ¿Qué clase de barbarie frente a las formas externas de una pretendida civilización a la europea que se refugiaba en las ciudades?”
“Ninguna de las largas dictaduras de caudillos que ocurrieron en el siglo XIX osó nunca institucionalizar su forma de gobierno y eliminar del santuario de la Constitución los principios republicanos y democráticos”.
“Cuando un hijo de los Estados Unidos dice ser americano expresa una convicción firme y segura de identidad. No es lo mismo cuando a un hombre de esa otra América de cambiante nombre se le pregunta qué es, o se le designa caprichosamente por alguna de las varias designaciones posibles” [Iberoamericano, hispanoamericano, latinoamericano, etc.]
“Muchos años después de la publicación de las primeras obras que representaban esa novedad, el año de 1949, mientras escribía un comentario sobre el cuento, se me ocurrió decir, en mi libro Letras y hombres de Venezuela: «Lo que vino a predominar... y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de los datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que, a falta de otra palabra, podría llamarse un realismo mágico». ¿De dónde vino aquel nombre que iba a correr con buena suerte? Del oscuro caldo del subconsciente. Por el final de los años 20 yo había leído un breve estudio del crítico de arte alemán Franz Roh sobre la pintura postexpresionista europea, que llevaba el título de Realismo mágico. Ya no me acordaba del lejano libro pero algún oscuro mecanismo de la mente me lo hizo surgir espontáneamente en el momento en que trataba de buscar un nombre para aquella nueva forma de narrativa. No fue una designación de capricho sino la misteriosa correspondencia entre un nombre olvidado y un hecho nuevo. Poco más tarde Alejo Carpentier usó el nombre de lo real maravilloso para designar el mismo fenómeno literario. Es un buen nombre, aun cuando no siempre la magia tenga que ver con las maravillas, en la más ordinaria realidad hay un elemento mágico, que sólo es advertido por algunos pocos. Pero esto carece de importancia”.
“Para otros países los conceptos de Adam Smith pudieron convertirse en una doctrina para un futuro mejor, para los ingleses era la descripción de los mecanismos reales de su economía (...) El campesinado del Tercer Mundo es el heredero de creencias, patrones de vida y actitudes mentales completamente diferentes de aquellos que determinaron el fenómeno colectivo del aumento de la productividad del labriego europeo. Pertenecen a culturas que no asocian la idea de riqueza con la del trabajo, ni han tenido nunca la noción del ahorro, su concepción de la riqueza es diferente, la miran como un don mágico mucho más que como un instrumento de producción. La conciben con los ojos de “Las mil y una noches”y no con los de Adam Smith”.
“«¿Qué hay en un nombre?», se preguntaba Shakespeare para que tres siglos más tarde Wittgenstein pudiera responderle, con igual perplejidad: «¿Cómo es posible representar un mundo no-lingüístico en términos lingüísticos?». Nada es más engañoso, cambiante y ambiguo que los nombres, siempre es oscuro lo que pretendemos expresar con un nombre y su relación con la cosa nombrada no es menos vaga. Nombrar es crear, toda la creación verbal del hombre, que es su mayor hazaña, tiene como base la virtud fecunda de ese descalco que, afortunadamente, no permite que lleguemos a saber todo lo que nombra un nombre, ni hasta dónde representa la cosa nombrada”.
“Sería tarea de psicólogos estudiar la significación de conjuro mágico para apaciguar temores que tenía el hecho de reproducir, en aquella tan distinta realidad física, la toponimia española”.

lunes, 15 de febrero de 2021

Imágenes de Flannery O’Connor (con intro)

He retomado los Cuentos Completos de Flannery. Me he reconciliado con ella. No es que no me hubiera gustado antes. Me habían encantado los primeros. Pero los personajes más famosos no me resultaban.

No me chocaban, cuentos y personajes, por lo crudo que podían ser (aunque alguno que otro pudiera ser desagradable), sino por esas sentencias teologales que salían de sus bocas. No me parecían realistas (sea lo que pueda ser eso en una obra de ficción).

Pero, en mi desautorizada y humilde opinión, eso de ver "la verdad bíblica" en boca de personas "que se portan mal" creo que va mejorando en su naturalidad. Es mucho más creíble un Rufus Johnson (Los lisiados serán los primeros) que un Desequilibrado (Un hombre bueno es difícil de encontrar).

Y se ve que hubo que leer más para descubrir bien cómo es Flannery. Porque hay algo relacionado con la expectativa que no funcionó al principio. No solo que quizás yo esperaba otra cosa. Sino que además el haber leído antes a Faulkner puede quitarle una cuota de novedad a su literatura. Cosa que con el tiempo se compensa al ir descubriendo su originalidad.

Las siguientes citas no son de ese tipo de cosas mencionadas. Son solo algunas "imágenes" que me parecieron geniales (de los cuentos que leí en esta segunda tanda).
El orgullo que sentía el señor Greenleaf por ellos empezaba en el hecho de que fueran gemelos. Se comportaba, decía la señora May, como si hubiera sido una hábil jugada que se les había ocurrido a ellos”. (Greenleaf)
Era un hombre emprendedor, de esos, pensaba el señor Fortune, que nunca iban a la par del progreso, sino un poco más adelante, para poder estar allí y recibirlo cuando llegara”. (Una vista del bosque)
Y fue entonces cuando sintió el comienzo de un escalofrío, un escalofrío tan particular, tan ligero, que era como una cálida ondulación en la superficie de un mar más frío en el fondo”. (El escalofrío interminable)
Había algo en aquella mujer que le resultaba conocido, pero Julián no podía precisar de qué se trataba. Era un gigante. La expresión de su rostro indicaba que no solo sabía enfrentarse a la oposición, sino también provocarla. El gran labio inferior caído era como un letrero de advertencia: NO ME MOLESTEN”. (Todo lo que asciende tiene que converger)
[En un psiquiátrico, dos visitantes] “Estaban rodeados de una intensa calma pese a que el lugar era cualquier cosa menos tranquilo. De una punta del edificio provenía un sonido lastimero y continuo, como el lamento palpitante de las lechuzas; desde la otra punta les llegó un crescendo de sonoras carcajadas. Más cerca, una serie de monótonas maldiciones rompía el silencio imperante con mecánica regularidad. Cada sonido parecía existir aislado de los demás”. (Partridge de fiesta)
En medio del silencio, le llegó el clic inconfundible de una llave que giraba en la puerta de entrada a la casa. Era un sonido pausado. Atraía la atención hacia sí y la mantenía como si estuviera controlado por una mente en vez de por una mano”. (Los lisiados serán los primeros)
La muchacha de color estaba ante el armario quitándose un brillante impermeable rojo. Era alta y de piel clara, y su boca era como una gran rosa que se hubiera oscurecido y marchitado”. (Los lisiados serán los primeros)
Él siguió allí de pie, con aquella media sonrisa, en silencio. Como una masa absorbente que se queda con todo sin dar nada” (¿Por qué se amotina la gente?)
Al lado de la madre del niño había una mujer joven, pelirroja, que leía una de las revistas y mascaba chicle con fruición, como si trabajara un pedazo de cuero, diría Claud”. (Revelación)
Era la mueca más fea que la señora Turpin había visto en su vida y por un momento estuvo convencida de que iba dirigida a ella. La muchacha la miraba como si la conociera y la odiara de toda la vida… toda la vida de la señora Turpin, no solo toda la vida de la muchacha”. (Revelación)
Alguien que no tenga nada que hacer que llame a una ambulancia -dijo el médico en ese tono sereno, como si no pasara nada, que emplean los médicos jóvenes en las ocasiones terribles” (Revelación)
Hasta entonces Parker jamás había sentido la menor sensación de desconcierto interior. Hasta que vio a aquel hombre en la feria no se le había pasado por la cabeza que el hecho de existir constituyera algo extraordinario”. (La espalda de Parker)
Le dolió muy poco, lo justo para que a Parker le pareciera que valía la pena. Esto también resultaba extraño, pues antes del tatuaje creía que solo las cosas que no hacían daño valían la pena” (La espalda de Parker)
Ya sabía en aquel entonces que el terreno estaba a la venta, pero le parecía que era demasiado malo para que alguien lo comprara (...) Cuando vio la figura marrón con forma de cetáceo cruzar el campo aquella tarde, comprendió inmediatamente lo ocurrido. Nadie tuvo que decírselo. Si aquel negro hubiese sido dueño del mundo entero menos de un pobre y miserable campo de coles y lo hubiese comprado, caminaría por él de ese modo…” (El día del Juicio Final)

viernes, 5 de febrero de 2021

Pastillas

Enrique García-Máiquez hizo una entrada comentando este meme que publicó Penguin España (entendemos que es la editorial).


Conviene que vayan directo a la entrada de Enrique antes que leer las pavadas que voy a decir yo. Aunque las voy a decir igual.

1- Sería lindo revivir esa sorpresa que hay cuando uno descubre un libro que luego se transforma en un favorito. Pero va a haber muchos libros favoritos más, ¿para qué quiero olvidarme los que ya leí? Estos están para las relecturas, que es otra felicidad distinta.

2- No me atrae. No me cuesta conseguir nuevos libros.

3- ¿Para que me dé claves del libro? ¿Qué grado de intimidad habrá en esa cena? Quizás deba admirarlo mucho para querer cenar con él y la verdad es que no hay muchos autores a los que admire como personas. De todos modos, a esos pocos prefiero tenerlos así en el pedestal en que están.

4- No, ¿para qué?

5- No, ¿para qué? El tiempo se va a pasar de todos modos en algún momento, y es preferible que se pase en algo que nos guste.

6- "Na". No me atrae. Como decía Síndrome (el malo de Los Increíbles), que les iba a dar superpoderes a todas las personas: "y cuando todos sean súper, nadie lo será".

7- Me alcanza con la que tengo y su ritmo de crecimiento.

8- Esta es mi pastilla. Pero no la quiero con un fin práctico, como quien leyera libros de ciencia que no tienen traducción en su idioma. Es porque me encantaría entender como un nativo esas cosas que no tienen traducción exacta.

9- Podría llegar a gustarme vivir en algún mundo de los de mis libros favoritos. Pero si es solo soñarlos… Se han quedado cortos con la potencia de esta pastilla.

Al final elegí solo la 8. No me costó demasiado. Si fuera obligatorio elegir otra le sumaría la 7, mientras que la casa en cuestión sea la mía.

martes, 2 de febrero de 2021

Yoknapatawpha y el Cumberland Gap

Leyendo "Una mano sobre las aguas", la tercera historia de "Gambito de caballo" (William Faulkner), supe más sobre el origen de Yoknapatawpha


¡Y además aparece el Cumberland Gap! “¡A devil of a gap!" según canta David Rawlings.


Cumberland gap, it's a devil of a gap
Cumberland gap, it's a devil of a gap

Kiss me momma, kiss your boy
Bless me well and lucky
For I won't be back til' I return
I'm gone to old Kentucky

Cumberland gap, it's a devil of a gap
That's what the scouts all tell ya
Sure enough it may get tough
If it doesn't kill ya, kill ya

Kentucky she's a waiting on the other side
Give you the fever, put the daylight in your eyes

Brother John's already gone
With the full-blood Cherokee maiden
He made the trip in the blizzard's grip
I'd rather wrestle Satan

Cumberland gap, it's a devil of a gap
Oh, the snow kept coming
Picked her up upon his back
By God, he loved that woman!

Daniel stood on the pinnacle rock
Lookin' up and down the mountain
Took his trusty old flint-lock
Daniel started shoutin', shoutin':

Kentucky she's a waiting on the other side
Give you the fever, put the daylight in your eyes

Cumberland gap, it's a devil of a gap...” 

lunes, 1 de febrero de 2021

El libro esta rebueno cuando...


La foto que encabeza la entrada la puse hace mucho tiempo en Facebook, con estas palabras:

"El libro está rebueno cuando el auto ya entró al garaje, todos ya se bajaron y vos seguís ahí leyendo…"

El otro día vimos otra vez La Novicia Rebelde y digo:

"El libro está rebueno cuando te pasa como a Brigitta".


Para los desmemoriados, la primera vez que el capitán llama a los niños (en presencia de Fräulein María) con los silbatos, todos forman y bajan. Menos Brigitta, que estaba abajo en una habitación contigua y aparece leyendo un libro.

Para que rompas las filas del capitán Von Trapp, tu valor o inconsciencia te lo da un libro que debe ser muy atrapante.

Por último, como nos acerca comentarista Anónimo:

"El libro está rebueno cuando lo señalás con el dedo para seguir leyendo cuando el escultor se distrae".



martes, 26 de enero de 2021

Hambres distintas

En una movida comercial sin precedentes nos hicimos con los libros de Don Camilo que nos faltaban. Ella los descubrió en la librería de usados de Beccar. ¡Vayan, que hay más!

Teníamos solo "la vuelta" en edición de Kraft (duodécima, de 1956). Adquirimos entonces el primero (Editorial Kraft, segunda edición de 1952) y el tercero (Ediciones Orbis, primera edición de 1984).

Ya todos conocen (o deberían saberlo por alguien que lo explique mejor que yo) cómo es ese Mondo Piccolo. Yo solo quise traer este pasaje, que me llamó la atención esta vez, para mostrárselos. (Para los que no lo saben, no es este pasaje algo que pinte al libro, al menos en mi opinión).

En huelga, la gente de Pepón descubre un traidor a la causa trabajando en un campo. Lo detienen y maltratan pero descubren luego que era un profesor de la ciudad y se detienen.
"- Lo siento -dijo Pepón-. Pero usted, un profesor, un diplomado, no puede meterse contra los pobres trabajadores de la tierra.
- El sueldo de los profesores es menor que el del último de sus labriegos. Además yo estoy sin empleo.
Pepón meneó la cabeza.
- Lo sé, pero aquí no se trata de eso. Aun cuando el labriego y usted necesiten la misma cantidad de alimentos, el hambre del labriego es distinta de la suya. El labriego, cuando tiene hambre la siente como la sentiría un caballo y no puede dominar su hambre porque nadie le ha enseñado a hacerlo. En cambio usted sabe.
- Pero mi hijo no lo sabe.
Pepón abrió los brazos.
- Si es su destino que haga lo que hace usted, aprenderá.
- ¿Le parece justo todo esto?
- No lo sé -dijo Pepón-.
La cuestión es que no se comprende cómo nosotros y ustedes, encontrándonos en el fondo en iguales condiciones, no podemos nunca hacer causa común contra los que tienen demasiado.
- Usted lo ha dicho: porque, aun teniendo necesidad de los mismos alimentos, nuestra hambre es distinta de la de ustedes.
Pepón meneó la cabeza.
- Si no lo hubiese dicho yo, parecería que aquí hay algo de filosofía -murmuró.
Se marcharon, cada uno por su camino, y el asunto concluyó allí. Y el problema de la clase media quedo sin solución".
(De la historia "Filosofía campestre")

viernes, 15 de enero de 2021

La ciudad de nadie (X)

Quien gusta de los subtes y de las observaciones en los transportes públicos podrá disfrutar de éste, el último capítulo de La ciudad de nadie.

"Y ahora recuerdo a Chesterton que dijo que carece de sentimiento religioso quien no comprende que aquel hombre que está sentado frente a nosotros en el tren subterráneo es tan importante para Dios como William Shakespeare. Aquel Guillermo Agitalanza".

Capítulos anteriores y otras explicaciones: clic.

"El cielo azul resplandece sin una nube y el sol labra las moles de ladrillo oscuro y piedra blanca de la Universidad de Columbia, cuando empiezo a bajar la escalera del tren subterráneo. He depositado la moneda del pasaje al pasar las aspas giratorias de la entrada y ya estoy en un mundo nocturno.

Ya empiezo a bajar a saltos la escalera con todos los que la bajan a saltos. Hasta llegar a la plataforma de espera. A la chata nave fría, apuntalada por postes de hierro, blanca de losas de hospital o de carnicería, fría, de luces eléctricas que nunca se apagan, donde a veces palpita como una llaga una luz verde o una luz roja.

Todos los que han bajado conmigo se asoman al andén, miran a ambos lados a las dos largas bocas de túnel que se abren a los dos extremos, contemplan un momento los rieles pulidos dentro del estrecho foso y piensan que, al llegar el tren, habrá por un espantoso segundo la perfecta oportunidad de suicidarse: en un salto y en un segundo. Se alejan del borde y miran a los demás con ojos de sospecha. Caminan con las manos a la espalda, o con las manos en los bolsillos y mascan. A cada momento suena el «trac» de las máquinas automáticas adosadas a los postes que venden por un centavo, por aquel centavo liso y suave entre las ásperas monedas de plata que la mano palpa en el fondo del bolsillo, una tableta de chocolate o una lámina de goma de mascar.

Todos mascan. Y dejan de mirarse. Y a ratos y en grupos se detienen frente al puesto de periódicos lleno de luces y derramado de todos los colores de las portadas de las revistas. Ven al desgaire las brillantes portadas, mujeres desnudas y vestidas que sonríen en las portadas, o los negros titulares de los diarios. Del diario de la mañana que salió por la noche. Del diario de la tarde que sale por la mañana. «Los rojos tienen la bomba atómica». «Los Dodgers le ganaron al San Luis». «No me divorciaré», dice el marido de la Bergman. «Veterano loco mata trece en doce minutos». Cada quien compra un periódico. Y en todo el andén aletean las hojas.

Se oye el trepidar del tren que llega. Los primeros vagones pasan con tanta velocidad como si no fueran a detenerse. Un golpe de aire tormentoso se desplaza a su paso. Pasan vagones y pasan vagones hasta que llega uno que se va amohinando y deteniendo frente a nosotros. La puerta corrediza se abre de un golpe. Los que salen y los que entramos nos apretujamos un momento. Hay algunos puestos desocupados en el largo banco amarillo de esterilla que se alarga a ambos lados del vagón. El tren arranca con un golpe seco.

Los que están sentados se sacuden. Los que están de pie dan un traspiés. Los que cuelgan con una mano de las agarraderas blancas del techo se bambolean adheridos al periódico que sostienen en la otra mano. 

Nadie parece mirar a nadie. Yo observo a todos los que no miran. Los que están en fila sentados en el largo banco frente al mío. A través de los cuerpos de los que están de pie a uno y otro lado. A nadie conozco. Todos los rostros son distintos. A veces las ropas se parecen. A veces los zapatos son iguales. Pero aquellas narices lustrosas son tan diversas, aquellos ojos tan distintos los unos a los otros. Aquellas manos que sostienen el periódico o que reposan sobre la rodilla están tan asociadas a la sola vida de una sola persona que no podrían ser las manos de más nadie. Son las manos de aquella nariz, de aquel sombrero, de aquel peinado, de aquel periódico. Y ahora recuerdo a Chesterton que dijo que carece de sentimiento religioso quien no comprende que aquel hombre que está sentado frente a nosotros en el tren subterráneo es tan importante para Dios como William Shakespeare. Aquel Guillermo Agitalanza.

Por los pedazos de ventanilla que se miran entre las cabezas desfilan las vertiginosas siluetas de los postes de hierro que sostienen el túnel y algunas luces fugitivas. Sentimos que vamos a una velocidad excesiva. Que la más pequeña falla del más pequeño tornillo podría estrellarnos contra la cerca de postes, y el trueno sordo y sostenido del viaje transformarse en infernal explosión de metales y gritos. Como una deflagración irrumpe rozándonos un tren que pasa en sentido contrario.

Sobre las cabezas están inmóviles las aspas de los ventiladores. Entre las aspas y las cabezas se extiende el friso multicolor de los carteles de publicidad. Con figuras de hombres y mujeres jóvenes y hermosas que sonríen. Que sonríen con un tubo de pasta dentífrica en la mano, con un jabón, con un paquete de té, con una botella de Coca-Cola. «Yo prefiero el Camel», dice la cara de un conocido cantante. «Yo prefiero el shampoo Kreml», dice una estrella de cine. «El señor Robert Smith, de Kansas City, se ha cambiado para el whisky Calvert». «Si tiene usted talento para cantar, venga a verme». «Johnnie Maize, bateador de los yanquis, es un comedor de Wheaties desde hace diez años. Compre usted su paquete mañana».

En la estación de la calle 96 entran muchos negros y algunos puertorriqueños menudos con pequeños bigotes. Un negro alto y triste se para frente a mí y sostiene con su gruesa mano la blanca agarradera. La otra mano cuelga inerte un poco más abajo de mis ojos. Es una mano grasienta, pulida. Tiene una sortija de oro con un rubí. El botón marrón está a la altura de mis ojos. Alzando la vista le miro la camisa y la corbata también marrones. Este no es de los jornaleros del Aseo Urbano. Es hombre elegante y debe venir de los dancings de Lenox Avenue. Me imagino que debe saber bailar un «Jitterbug» descoyuntado sobre las más altas notas del saxófono.

Palabras en español me llegan de la conversación de dos puertorriqueños que no puedo ver. «Ahí se consigue trabajo. Yo te lo digo. Yo lo sé. Pagan hasta cuarenta dólares por semana. No te digo». «Y ¿desde cuándo no ves a Carmen?». «Mejor es que no me hables de eso». El rumor vertiginoso del tren se funde con las conversaciones. Cruzamos blancas bahías de estaciones sin detenernos.

Por entre el brazo bamboleante del negro miro a la colegiala que está sentada frente a mí, entre otras colegialas. Una camisa hombruna, unos pantalones arremangados de lona azul, calcetines blancos y lisos zapatos. Tiene sobre las piernas los libros, sobre los libros los brazos, sobre los brazos la cara sonriente que parece una de las de los avisos del friso. La de la muchacha del té Lipton. O la del laxante de limón. Hablan en algarabía que se añade a la de los hierros.

Bamboleándose, un borracho barbudo da empellones y voces. Parece decir una arenga. Son imprecaciones a todos los que no le oyen. De la puerta de algún bar oscuro, sin saber cómo, se descolgó por una boca del subterráneo. ¿Qué era lo que le decía al barman? Lo que decía a aquellos otros hombres acodados en el mostrador. Lo que dice ahora a todas estas gentes que le evaden la vista. Cuando el tren se detiene está a punto de caerse. Se ha levantado para salir una señora madura de sombrero de plumas. El borracho mira el asiento vacío y se desploma sobre él. Entre una mujer y un hombre. La mujer, que tiene los ojos metidos dentro de un libro abierto, se encoge para evitar el contacto. El hombre que está al otro lado, duerme. Tiene una gorra metida hasta los ojos, una sucia camisa de trabajo, unas gruesas manos de trabajo cruzadas sobre las piernas, unos zapatos negros cuarteados y terrosos. Duerme profundamente. El borracho está casi tendido sobre él y sigue hablando sin cesar, dando manotazos en el aire.

Nadie lo mira. La mujer que está al lado está como metida dentro de su libro. No alza los ojos sino cuando el tren se detiene en alguna estación. Por entre los dedos logro verle el dibujo de la portada. Es una novela histórica, que se está vendiendo por millares de ejemplares diarios. Es la misma que tiene otra mujer que diviso cerca de las colegialas y otra que se bambolea agarrada de su gancho cerca de la puerta. Es la romántica historia de Jacques Coeur. Andan, dentro del libro, por un París de campanas, estandartes y torres medievales. Otra lee el grueso tomo de El Egipcio. Mira salir a un sacerdote cubierto de oro del hipogeo. Otros leen otros libros. En sus cabezas flotan imágenes de lejanos países, de bellas mujeres encendidas de amor, de ricos trajes, de maravillosas aventuras. «El que fume o escupa en el suelo será castigado con multa de cien dólares, o prisión de quince días, o ambas», dice el letrero junto a la puerta.

Se oye una música de saxófono que se acerca. Es un ciego que recorre los vagones mendigando. «Llévame al juego de pelota», es la pieza que toca. Pasa por entre las espaldas, los hombros, los sombreros. Tropieza con los pies del obrero dormido. Con la capa de pieles de una elegante mujer que deja de leer su revista ilustrada para arrojar una sonora moneda en la cantimplora que el mendigo lleva atada al instrumento. Con las rodillas de la colegiala. Con el brazo del negro. Su oscuro sombrero pasa rozando las agarraderas. Siguiéndolo veo el fez rojo y dorado y la borla negra de un «Shriner». Es hombre rubicundo y risueño. Debe de ser de otra parte, y ha venido a la ciudad como millares de otros cofrades para la convención de su orden. La Antigua y Mística Orden de los Caballeros del Noble Santuario. Desfilarán con sus rojos feces y sus estandartes de opereta oriental, comerán y beberán copiosamente y regresarán con mil cuentos a sus granjas, a sus talleres, a sus barberías, en una ciudad del Oeste.

A mi lado se sienta un hombre grueso de pelo canoso; lleva como abrigo una espesa camisa de lana a cuadros rojos y negros, tiene nariz o quijada de boxeador. Abre su periódico, desplegándolo por cuartos. Lo que diviso son columnas de cifras. Es la página de las carreras de caballos. El hombre se abisma en números y nombres. Saca un lápiz y traza algunas marcas de un modo seguro y punzante. Guarda el lápiz, vuelve las páginas. Ahora se detiene en las tiras cómicas. Veo el mechón de Lil Abner y la silueta de pimpina de miga del «schmoo». El «schmoo» es gordo, luciente, manso, risueño, no come, ni corre, y cuando alguien lo mira con hambre se muere de contento. Se muere convertido en tierna carne asada o en pollo frito, sin huesos. Hay una luz de alegría infantil en los ojos del hombre de quijada de boxeador. El mundo debería tener «schmoos», piensa. No andaría él colgado de aquel gancho subterráneo, ni saldría de allí para meterse en una caseta de teléfono, hedionda a colilla y a tos, a llamar a todos los que saben en cuántos minutos hizo la milla el segundo caballo de la tercera carrera en Jamaica, y para concertar la apuesta del tonto más tonto que lo espera en la puerta de la tienda de cigarros y periódicos envuelto en el resplandor de Tarzanes amarillos, de Supermanes rojos, de Frankensteins verdes, de Patos Donald azules.

Y piensa también en los «schmoos» aquel hombre flaco, desgonzado que dejará el periódico con la tira del «schmoo» sobre el asiento al levantarse, para dejar el vagón, subir la escalera, meterse por la puerta de una botica y pasar junto a la caseta de teléfonos, donde alguien concierta las apuestas de las carreras de caballos, para comerse un sandwich de chicken salad y una taza de café con crema. Un sandwich de emulsión rosada que penetra al pan y sabe a apio. Pero el «schmoo» tierno es el que se convierte en tierna carne asada al mirarlo. Es una carne mejor que la que comen los clientes de Gallagher a cuatro dólares la libra. Con sólo mirarlo.

La velocidad del tren varía. Es como si se deslizara a ratos con dificultad por zonas de mayor resistencia. Por entre las enmarañadas raíces de los viejos edificios, por debajo de los sótanos de los más oscuros hospitales, entre las tuberías que llevan la sangre del último riñón abierto, del último pedazo de pulmón extraído. Bajo un suelo de algodones sanguinolentos y sábanas sucias. O por entre las huesas del Museo de Historia Natural, donde las orejas del elefante están heladas junto a la vértebra del megaterio y el aire se espesa con el olor de ballena embalsamada.

Un hombre gordo y melancólico lee un periódico escrito en caracteres hebreos. Toda la página está salpicada de temblorosos trazos que parecen deslizarse hacia abajo. ¿Cuáles noticias leerá ese hombre en esas letras de seis mil años? Con sus letras flota fuera del tiempo y del espacio. Irá a la calle de los negociantes en ropas, o irá a los almacenes de los pollos muertos o de las lechugas, pero antes tendrá que descender de aquella nube mágica de letras, restregarse los ojos abstraídos, y preguntar, con el acento más nasal que le quede en el pecho, de qué se trata.

Lo siento tan solo con sus letras, tan separado por aquella jaula de caracteres, que pienso que no podrá comunicarse sino con los que andan en otros pedazos de su jaula. Y que los que están fuera lo miran como prisionero. Tiene el sombrero redondo metido hasta las orejas. Unos lo ven con indiferencia, yo con interés, otros con desdén. Del apartamento en Brooklyn hasta el negocio en Manhattan va metido en su jaula. Con aquellas letras está escrito el nombre del rey Salomón en el libro santo. Y con aquellas letras acaso lea la noticia de que millares de refugiados, después de años de sufrimiento, han logrado al fin entrar en Tel Aviv.

La muchacha que viaja a su lado lee una revista. Es hermosa y viste con sencillez. Lee en su revista la historia de la oficinista que se casó con el joven y romántico presidente de la compañía. Que es la misma revista que lee la casera gorda, que lleva su paquete de compras recogido bajo las piernas. Es la misma revista que millones de mujeres han empezado a leer esta mañana. Trae la historia de la caprichosa hija del millonario a quien el amor hizo someterse a la autoridad de un muchacho pobre. Tiene un artículo que dice: «La vida empieza a ser divertida a los cuarenta años». Y otro que dice: «Le doy gracias a Dios por ser neurótico». Y un aviso: «Usted también puede ser atractiva». Y un reportaje que asegura que no existen mujeres feas. Y muchas páginas con grabados donde se enseña cómo se puede cocinar y fregar platos conservando las más hermosas manos femeninas; cómo se puede transformar sin gastos aquel feo cuarto en aquel maravilloso salón de la revista; cómo de una mesa vieja y rota se puede hacer la más moderna mesita de té con la sola ayuda de una sierra y un martillo. O la manera de parecer una persona instruida e inteligente al hablar. La belleza, la salud, la felicidad, el bienestar, puestos al alcance de todos.

La mujer gorda del grueso paquete sonríe. Como a la misma hora hojeando la misma revista sonríen otras mujeres que están en las calles, en los sótanos y en los pisos altos. La que lava la ropa de los hijos en el sótano. La que limpia la salita, que sin gasto podría transformarse en una pieza de exposición. La que calienta las espinacas, que pueden servirse con poca cosa como en el restaurante francés. La que friega los platos mientras oye en la radio la quejumbrosa canción de Bing Crosby en la hora que se llama «Serenata de Amor».

Chirría el tren deteniéndose. Toda la masa de gente se mueve. Todos se empujan. Entran nuevos rostros. Tres muchachos altos, con el pelo peinado en copete, salen en el último momento atropellando a todos los que entran. La última mano del último tiene un gesto de lanzar la bola del bowling. El sordo rodar de la bola sobre la madera y el estruendo de las maderas cayendo en la catarata. De la escalera del subway se meterá en la escalera del salón de bowling, ancho como un garaje, donde treinta hombres simultáneamente se tuercen detenidos, lanzando treinta bolas que ruedan sordamente. Simultáneamente con otros dos mil novecientos hombres que, en millares de salones, están lanzando el trueno de la bola sobre la cancha.

Ahora está frente a mí un botones vestido de verde con botonadura de reluciente dorado. Su cabeza tocada con un chato gorro verde está debajo de aquel retrato del friso donde sonríe una muchacha, junto a un letrero que dice: «Reúnase con ‘Miss Subway’. Encantadora Harriet Young, secretaria en Adelphi College. Estudiante de música, le gusta todo, desde Beethoven al ‘Bebop’. Ambición: tener un automóvil nuevo y ver América».

El botones tiene cara de ansiedad. Nadie lo está llamando, no está llamando a nadie. No va dentro del eco de su voz por pasillos, salas y corredores canturreando el nombre de aquel míster Smith o míster Savacol a quien espera un teléfono acostado sobre una repisa de mármol. Pasan minutos, el tren corre y no suena ningún timbre que lo haga saltar. Va a sonar un timbre. A las siete hay que sacar el perro de la señora del 115 y llevarlo al borde de la acera, dejarlo husmear un rato y esperar a que se enarque en la defecación. A las siete y media toda la acera está cubierta de los botones del hotel. Todas las aceras están cubiertas de botones, y hombres y mujeres, y viejos y niños que sostienen por la traílla a los perros. Y todo el fondo de las calles toma un tinte de canal de matadero. Hasta las siete de la noche. En que hay que subir a buscar el perro de la señora del 115 para bajarlo nuevamente a la acera. Ya en la sombra. Lejos de la luz del farol. Y verlo enarcarse con los ojos saltados.

El tren amaina la velocidad y se detiene. Todas las gentes se ponen en movimiento. En los postes del andén hay repetido el número 42. Salen todos apresuradamente. Como si el tren pudiera arrebatarlos y llevar los a un destino desconocido. Salen todos, menos unos pocos que permanecemos. El borracho ha aprovechado la ocasión para tenderse largo a largo en el banco. Pero nuevas olas humanas se precipitan por las puertas. Todo vuelve a apelmazarse y a endurecerse. Entran mujeres con niños y paquetes, hombres con maletas y carteras. Gentes con ojos afiebrados y narices lucientes que salen de los cines. Con los oídos llenos de disparos de revólver y de canciones. Con los ojos llenos de descomunales ojos. Hombres con el cuello de la camisa abierto, el sombrero nuevo en la nuca, un escarbadientes en la comisura de los labios y el gesto exacto del pistolero que vieron en la pantalla. Una voz arrastrada, cantada, cortada. Y de pronto uno que suelta una carcajada corta y explosiva.

El trayecto es breve. El tren se detiene de nuevo. Bajan muchas mujeres. Con prisa. El andén está lleno de otras mujeres con paquetes. Muchas suben. Otras esperan los trenes que vienen de regreso. El tren está anclado al borde de los sótanos de las inmensas tiendas. Se ven todos los andenes y pasadizos cubiertos de luces, vitrinas y avisos luminosos. Las luces llevan a otras luces, los pasadizos a otros pasadizos. Las mujeres suben como hormigas atareadas. Y de pronto, ponen el pie en una escalera que empieza a subir sola. A rodar sola, como un témpano de hielo que se desprende lleno de pingüinos. A subir por entre horizontes de arcadas, mostradores, colgaduras, armarios, pirámides de mercancías pasando de un piso al otro como quien mete la cabeza por el hueco de una capa. Del piso de los trajes de mujer, al de la ropa de hombre, del piso de los artículos de deportes al de los muebles, de los comestibles a las máquinas de lavar, de las drogas a los libros, de las camisas a los automóviles, de donde enseñan cómo funciona la máquina de lavar a donde explican cómo se preparan los ravioli y los dan a probar. Todo está lleno de manos, de cabezas, de ojos, de hombros. Como si el vagón del subterráneo se hubiera multiplicado por cien mil. Y la escalera sigue subiendo con los pingüinos inmóviles y serios. O baja con ellos. Hasta que al pie de la última escalera, que no se mueve, se para el vagón del subterráneo y el oleaje mete la gente adentro.

Los que están de pie dan un traspiés. El tren arranca. Hay gentes que sacan papeles de los portafolios, de los bolsillos. Mujeres que sacan papeles de las carteras. Papeles con sellos, con letreros impresos, con firmas agresivas. Tienen cara de ir a hablar con policías, con fiscales, con inspectores. Aquel va a buscar un permiso para vender cerveza. Y aquel un permiso para conducir automóvil. Y aquel va porque no quiere pagarle la pensión a su mujer divorciada. Una mujer que sacaba la cabeza desgreñada por una puerta y le decía, pronunciando por las narices, horribles insultos.

Y todos van sacando mentalmente cuentas de dinero y de tiempo. A cada momento miran el reloj y se palpan la cartera. Miran el reloj. Dentro de diez minutos se desocupa la silla del dentista. Dentro de veinte minutos míster Jones tocará el timbre preguntando a la secretaria si míster Smith ha llegado. Dentro de cinco minutos sale el «ferry» para Staten Island. Dentro de treinta y cinco minutos sonará el teléfono y repicará cinco veces dentro de una oficina vacía, cuya puerta nadie abre. Dentro de una hora se cierra la subasta de cebollas.

Dentro de un cuarto de hora sonará el martillo del presidente declarando instalada la convención de los vendedores ambulantes de cepillos. Dentro de dieciocho minutos habrán subido un punto las acciones de la American Can.

Y se palpan la cartera. «Una comisión del tres por ciento no es suficiente». «Yo no vengo a venderle, vengo a traerle dinero». «Mi dineroes tan bueno como el suyo». «La honestidad es la mejor política». «Hágalo ahora». «No hay negocios malos, hay negociantes malos». «Aproveche esta ganga». «Cien dólares no son sino el comienzo de mil dólares, mil dólares no son sino el comienzo de diez mil dólares, diez mil dólares son el comienzo de cien mil, cien mil el de un millón». «Un director de ventas que vale cincuenta mil dólares por año». «Un oficinista que vale cuatro mil». Se palpan la cartera con un gesto de despertar, entre el cabeceo del tren disparado, y miran con rápida sorpresa al hombre que está al lado.

Una corbata demasiado roja, un traje demasiado nuevo, unos hombros demasiado anchos, una afeitada demasiado reciente, unos ojos demasiado lentos, una quijada demasiado cuadrada. Por el bolsillo del pañuelo le asoman las puntas de tres tabacos. Los zapatos le deben chirriar un poco al andar.

Al lector de tiras cómicas que alza la cabeza pesada del periódico lleno de figuritas se le parece a Dick Tracy. A la mujer que masca goma y que ha salido del cine se le parece a James Cagney. Debe de tener debajo del brazo, oculta, una de esas pistolas de gángster que han estado retumbando durante dos horas en la película. Al viejo que saca el crucigrama de la última página de la revista ilustrada se le parece a los famosos pistoleros que no conoce.

El tren se detiene de nuevo. Baja mucha gente. Mujeres jóvenes de hermosas piernas con una gruesa cartera debajo del brazo. Hombres con sombreros que se parecen demasiado al que lleva el risueño mozo que está en el aviso de la sombrerería Adams en todos los periódicos. «Las mujeres prefieren a los hombres con sombrero». Baja el hombre de la quijada cuadrada. Bajan algunos viejos lentos, que parece que no tendrán fuerzas para subir la escalera que los sacará a la calle.

Voy a bajar yo. Pero no me muevo y la puerta se cierra rápida. El tren corre ahora frío y pávido, penetrando en lo más húmedo del limo. El vagón se ve grande y vacío y la luz de las lámparas es la del circo cuando el acróbata se prepara a dar el doble salto mortal sobre la cuerda. El tren baja para pasar por debajo del río. Sentimos un ahogo. A diez metros sobre nuestras cabezas duerme el agua del fondo con los zapatos de los ahogados y las más oxidadas tapas de Coca-Cola. A veinte metros sobre nuestras cabezas se desliza el trasatlántico lleno de banderas que busca su muelle. A veintidós metros sobre nuestras cabezas vuelan las gaviotas recogiendo los desperdicios que salen por los tubos de desagüe.

¿A dónde vamos? Al fondo del vagón está sentado el hombre que saca crucigramas en la revista. Cerca de mí, tendido en el asiento, ronca dormido el borracho. Al otro extremo, una mujer vestida de oscuro aprieta a su costado a una niña flaca de anteojos. Lo demás está vacío. O está lleno de algo que no vemos.

Nueva York, 1950".

lunes, 4 de enero de 2021

Música del 2020

Tenemos muchos temas. Van solo datos y el enlace. Los interesados en más información por favor contáctense con la producción.

Algunos de los artistas que aparecen son: Stories, Flor Sandoval, Pomplamoose, Joe Bonamassa, Rozzi, Lula Bertoldi, Eruca Sativa, Hunter, Abby Celso, YYNOT, Sixpence None the Richer, Larkin Poe, Carlos Moscardini, Postmodern Jukebox, Swear and Shake, Andrés Pilar, Juan Falú, Grace Potter, Rita Payés, The Carpenters, Reina del Cid, Hilary Hahn, Haley Heynderickx, Gillian Welch, David Rawlings, The Oh Hellos, The Mamas and the Papas, Bosnerau, Greeen Day, Sílvia Pérez Cruz y Marco Mezquida, Margaret Glaspy y Julian Lage, Madison Cunningham, Jimmy Barnes, Juan Carlos Baglietto, Jorge Cafrune, Five for Fighting, Fito Páez, Inténtalo Carito, Elephant Revival, David Lebón, Juan Andrés Ospina, Jorge Fandermole y Juan Quintero.

01. Musiquita [Flor Sandoval] | Flor Sandoval

02. Blue+Around the world [Eiffel 65/Daft Punk]Pomplamoose

03. A la niñez nuestra [Carlos Moscardini] | Carlos Moscardini

04. All Star [Smash Mouth] | Stories with Hunter Elizabeth

05. Chacarera del sol naciente [Hermanos Ábalos] | Andrés Pilar

06. Bastille Day [Rush] | YYNOT

07. Blinding lights [The Weeknd] | Pomplamoose

08. Breathe your name [Sixpence None The Richer] | Sixpence None The Richer 

09. Cantores [¿Fandermole/Quintero?] | Jorge Fandermole y Juan Quintero 

10. Yer Blues Chacarera [The Beatles/?] | Armado por Biribiri

11. Cinema Paradiso [Ennio Morricone] | Juan Andrés Ospina

12. Colour and shape [Joe Bonamassa] | Joe Bonamassa (“take 2”, version 2020) 

13. Dos edificios dorados [David Lebón/Mirta Lagarde] | David Lebón con Eruca Sativa 

14. El corazón manda [Carlos Moscardini] | Carlos Moscardini

15. Nostalgia #28 [Elephant Revival] | Elephant Revival

16. En camino [Flor Sandoval] | Flor Sandoval

17. En casa pero tranquilus [Inténtalo Carito] | Inténtalo Carito

18. Los buenos tiempos [Fito Páez] | Fito Páez

19. Superman (It’s not easy) [Five for fighting] | Five for fighting

20. El fuego se vuelve lento [Flor Sandoval] | Flor Sandoval

21. Hierba buena [Flor Sandoval] | Flor Sandoval

22. How deep is your love [Bee Gees] | Stories with Abby Celso

23. I can´t be satisfied [Muddy Waters] | Joe Bonamassa

24. Resolana [Falú/Dávalos] | Jorge Cafrune

25. El témpano [Adrián Abonizio] | Baglietto (versión 2020 desde casa)

26. Como el aire [Juan Falú] | Juan Falú y Andrés Pilar

27. Just the two of us [Bill Withers] | Pomplamoose

28. Kiss [Prince] | Stories con Rozzi

29. Kiss me [Sixpence None The Richer] | Sixpence None The Richer

30. Ramblin´ man [Allman Brothers] | Larkin Poe

31. Apache [The Shadows] | Larkin Poe

32. Las obreras [Popular boliviana] | Lula Bertoldi y Nicolás Sorín

33. Lazy [Deep Purple] | Jimmy Barnes, Joe Bonamassa

34. Love on the brain [Rihanna] | Stories con Rozzi

35. L.A. Looking Alive [Madison Cunningham] | Madison Cunningham

36. Best behavior [Margaret Glaspy] | Margaret Glaspy and Julian Lage

37. Melody of you [Sixpence None The Richer] | Sixpence None The Richer

38. Na nena (tornada a menorca) [Riera/Ortega Monasterio] | Sílvia Pérez Cruz y Marco Mezquida 

39. Nostalgias santiagueñas [Hermanos Ábalos] | Juan Falú y Andrés Pilar

40. Concierto para oboe en do mayor RV449 - Allegro [Vivaldi] | Pier Luigi Fabretti, L'Arte dell'Arco & Federico Guglielmo

41. Oh, pretty woman [Roy Orbison] | Pomplamoose

42. Over the rainbow [Harburg E Y / Arlen Harold] | Nataly Dawn and the Sheriffs of Schroedingham 

43. Paisache [Bosnerau] | Bosnerau

44. Bad together [Rozzi] | Rozzi

45. Uphill battle [Rozzi] | Rozzi

46. She [Green Day] | Green Day

47. “Shi funshiona”, por el castor de La dama y el vagabundo

48. Something for nothing [Rush] | YYNOT

49. Somewhere only we know [Keane] | Stories with Abby Celso

50. Two years lost [Swear and shake] | Swear and shake

51. Rock para el negro Atila [Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota] | Delta Discos con Lula Bertoldi

52. The Beatles y Los Auténticos Decadentes | Armado por Biribiri

53. Dream a little dream of me [Fabian/Gus/Wilbur] | The Mamas And The Papas

54. Boreas [The Oh Hellos] | The Oh Hellos

55. When a cowboy trades his spurs for wings [Rawlings/Welch] | Gillian Welch, David Rawlings

56. The bug collector [Haley Heynderickx] | Haley Heynderickx

57. The lark ascending [Vaughan Williams] | Hilary Hahn, London Symphony Orchestra, Sir Colin Davis

58. Video killed the radio star [The Buggles] | Postmodern Jukebox with Cunio

59. Wait for the moment [Vulfpeck] | Stories with Hunter Elizabeth

60. Wannabe [Spice Girls] | Postmodern Jukebox

61. Werewolves of London [Warren Zevon] | Reina del Cid

62. (You make me feel like) A natural woman [Goffin/King/Wexler] | Stories with Rozzi

63. Rainy days and mondays [Williams/Nichols] | The Carpenters

64. The lion, the beast, the beat [Grace Potter] | Grace Potter

65. How we fight [Swear and Shake] | Swear and Shake

66. Nunca vas a comprender [Rita Payés] | Rita Payés

jueves, 24 de diciembre de 2020

Se nos hizo tarde... (¡Feliz Navidad!)

Se nos hizo tarde y no preparamos nada.

Pero gracias a Dios los amigos trajeron cosas para compartir:

Poema trajo Ens, villancicos Marenostrum, los saludos de XavMP, jugosa cita de ARP y poema saludo de EGM.

¡Feliz Navidad!

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Para cada día

Buscaba una canción de martes y me puse a pensar qué famosas son las canciones de viernes, sábado, domingo y lunes. Pero, salvo las que mencionan todos los días de la semana, qué difícil es encontrar de martes, miércoles o jueves.

Buscar en inglés, para empezar, puede ayudar, por la alta difusión que tienen las canciones en ese idioma. Entonces encontré, para martes: Ruby Tuesday, de The Rolling Stones. Para miércoles: Wednesday morning 3 AM, de Simon & Garfunkel. Y para jueves: Thursday's child, de David Bowie. Y hay algunas más.

Pero es interesante reflexionar un poco acerca de por qué es más fácil encontrar (¿o recordar?) canciones con viernes, sábado, domingo y lunes. Al menos a mi me resulta mucho más fácil. No sé si es una cuestión de mi memoria o efectivamente una curiosidad de la música popular.

Por un lado uno puede pensar que algunos días son característicos. La división que se hace de días en laborables y no laborables crea dos grupos de días, un grupo de cinco y otro de dos. Esto hace especiales a esos dos días. Y es lógico a su vez que en un grupo más grande (el de cinco) los más característicos, los relacionados con las emociones que generan las canciones, tengan que ver con el final y con el inicio.

Para seguir analizando este tema podría ser de gran ayuda leer las letras de las canciones, que nos pueden dar más pistas. El paso del tiempo, la actitud frente al trabajo o los padecimientos del mismo, los eventos sociales, etcétera.

Todas esas cosas se pueden escuchar en las siguientes canciones. Seguramente haya muchas canciones más, pero estas son las que tengo presentes sin buscar (contra ninguna que haya recordado para el resto de los días).

De todos los días:

Lunes:

Viernes

Sábado:

Domingo:

Bonus yapa tracks:
Night Fever (de la película Saturday Night Fever, pero no dice sábado)

(Esta recopilación la hicimos ya empezado el Adviento de 2020).