Hay tiempos para la “denuncia social”, pero también hay tiempos para contemplar con emoción y dar gracias. "El mensú" es para una cosa, el "Tarefero de mis pagos" para lo otro. Hablan del mismo trabajador pero son dos canciones complementarias.
Quien critique por falta de “denuncia” a "Tarefero...", asignándole por eso cierta inocencia en su visión, no debe olvidar que "El mensú" tiene también su inocencia (¡y bien que la tenga!) cuando invoca el "día bueno que forjarán los hombres de corazón".
Las primeras palabras del recitado inicial del "Tarefero...", que a veces se omite, completan seguramente la visión de sus autores (los hermanos Chávez):
Yo sé que a veces quisieras
revelarte a ese destino
que te aporrea de lo lindo
sin ofrecerte una tregua.
(...)
Es cierto que en “Tarefero…” hay algo de resignación que puede molestar, o que cada uno de nosotros podemos entenderlo de distinta manera (creo que sin duda en eso influye sin duda la fe). Encima estos versos a los que me referiré están dichos de una forma poética muy linda y quizás sean mis favoritos de toda la canción:
Empapado de sudor
o tiritando de frío,
cargas el baita raído
del sino que Dios te dio.
El baita es la tela o bolsa en donde portan toda la cosecha, pero acá es símbolo de la “cruz” del tarefero, como diríamos los cristianos. Se requiere una visión particular de la vida para no entender esto como un castigo, pero solo un poco de perspicacia para entender que acá no se está justificando ningún maltrato o mala condición laboral. Está en otro plano. Por lo menos así lo veo yo…
“El mensú” de Ramón Ayala es más famoso. Tiene monumento y todo. Y no hay que negar que los versos de Ayala son muy buenos también. Dejo abajo algunos y acá el enlace a una famosa “versionaza”, con instrumentación distinta del folklore tradicional, pero con grandes potencia y riqueza musical. (Y no olvidemos que “El mensú” tiene otra parte que si no me equivoco está dedicada también a los hacheros, otro de los trabajos rurales de la zona de Misiones).
Selva, noche, luna, pena en el yerbal.
El silencio vibra en la soledad.
Y el latir del monte quiebra la quietud
con el canto triste del pobre mensú.
Yerba verde, yerba, en tu inmensidad
quisiera perderme para descansar.
Y en tus hojas frescas encontrar la miel
que mitiga el surco del látigo cruel
¡Neike, neike!, el grito del capanga va resonando.
¡Neike, neike!, fantasma de la noche que no acabó.
Noche mala que camina hacia el alba de la esperanza;
día bueno que forjarán los hombres de corazón.
Apéndice sobre vocabulario:
Creo que no me equivoco si digo que los autores de chamamé tienen un vocabulario rico. Eso se nota cuando el transcriptor medio de sus letras a Internet escribe cualquier cosa. No conoce la palabra.
Esto le hacen al pobre Ayala:
"Y en tus hojas frescas encontrar la miel
que emitía (sic, en vez de “mitiga”) el surco del látigo cruel"
Y esto a los pobres Núñez:
"Cargas el baita raído
del silo (sic, en vez de “sino”) que Dios te dio"
Lo leía mientras recordaba el “Avío del alma” de los correntinos “Los de Imaguaré”. Es una palabra tan hermosa como poco común esa del avío.
O aquello otro del Boyero de Cocomarola y Eustaquio Vera (correntinos también): “No me arredra ningún pesar…” ¡Arredra! ¡Pregunten en el colegio si algún chico conoce el verbo arredrar!








