sábado, 19 de agosto de 2017

Encuentro en los suburbios

Para ir preparando el próximo aniversario del blog qué mejor que dejarles algo muy, muy bueno, argentino, más precisamente de la zona sur del conurbano o, como diría uno de ellos, de los “suburbios” (y si no nos equivocamos, de esa parte de los suburbios que en los mapas se llama Temperley, partido de Lomas de Zamora). Hablo como si los conociera pero lo cierto es que solo los he visto una vez. Les diría, sin embargo, que con esa sola vez casi basta no solo para comprobar la calidad de los artistas sino también la de las personas.

No quiero derivar muy lejos, pero fue un épico viaje a Monte Grande, también suburbios, también sur, pues allí se presentaban los artistas y la oportunidad parecía única. Vamos a decir, si me permite que lo nombre aquí, que fui con el legendario HJG quien, valientemente y sin saber en qué clase de persona me podría yo haber convertido en algunos años, aceptó no solo venir, sino que hasta Liniers se fue para hacer más fácil la travesía.

De repente llegamos muy temprano. De repente nos dicen que tenemos la primera mesa a lado del pequeñísimo escenario. De repente aparecen los artistas para probar sonido y la sensación es intensa, como cuando ves en la “vida real” a alguien que viste muchas veces por la pantalla. Una picada y una cerveza y de repente ya están tocando, y la cosa era que había conocidos, y nosotros ahí los extranjeros en la primer mesa. Bueno, ¡a pedir algo! Para no desentonar y poner buen clima. No sea que esos dos tipos raros de ahí adelante (nosotros, claro) enfríen todo. “¡Una huella!”, creo que me animé a pedir, porque había escuchado una muy linda pero no recordaba el nombre. Y por primera vez pido y me lo dan. Carlos Moscardini hace una explicación de lo que es la huella y junto con Julia Moscardini nos regalan la “Huella perdida”, una hermosa composición del mismo Carlos.

“Galopé sin rodada, dele buscarla,
y al caer dentro mío vine a encontrarla”

Una huella que nos hace acordar al autor santiagueño que dijo en chacarera aquello de “tanto correr pa’ llegar a ningún lado y estaba donde nací lo que buscaba por ahí”.

Esto más que “dejarles algo” se está haciendo un relato autocomplaciente de cuando fui a ver a estos músicos. Pero a la hora de ponernos a regalarles algo, ¿cómo empezar? Es que es muy difícil seleccionar entre tantas cosas hermosas. Carlos Moscardini es un eximio guitarrista argentino cuyo curriculum y obra son tan importantes como bajo es su perfil. Y Julia Moscardini es una cantante que canta tan bien como silenciosa es su presencia. Se dedica al jazz en su carrera particular, y no he escuchado mucho de eso aún, pero cuando pone su canto en las canciones de Carlos las deja superiores aún.

Carlos Moscardini además de tener composiciones de guitarra propias, hizo (seguramente entre otras cosas, claro) temas musicales con un poeta de campo llamado Francisco Lanusse, de quien no poseo datos y llamo poeta de campo porque así entendí que era, según contó el mismo Moscardini.

“Tengo el alma transida de infinito,
no hallo más ambición que andar callado”

Esos versos son de él y me gustan mucho. Y un video que sin duda puede mostrar todas estas cosas que vinimos diciendo y cautivarlos es la “Vidala del Lloradero”. Por eso lo elijo como regalo y lo dejo al pie de esta entrada. Según explicó Moscardini, la composición nace de la conteplación de un agua que caía, como una surgente espontánea en una montaña, que los lugareños llaman “lloradero”.

Sin otro preludio, sin más aprontes, vaya el video:

 

jueves, 3 de agosto de 2017

¿La ley del menor confort?

Se suele decir muchas veces “la ley del menor esfuerzo”. Con esta ley se ha producido una confusión notable. Me imagino que todo empezó cuando fue adoptada, con buena intención, por la causa de los padres de hijos fiacas, de los jefes de empleados remolones, etc. No quiero desmerecer esa loable causa, sino sólo hacer algunas aclaraciones para rescatar la riqueza de la frase y evitar confusiones prácticas en nuestra vida.

Veámoslo así. Ningún hijo ha dicho nunca a sus padres cuando estos compraron un electrodoméstico (un lavarropas, por ejemplo) o vieron que lo usaban: “Papá, mamá, ustedes siempre con la ley del menor esfuerzo”. Ningún capataz de obra ha regañado nunca a un obrero por subir un balde de cemento con una polea diciéndole: “Fulano, ¿cómo no lo subió por la escalera? ¡Ud. siempre con la ley del menor esfuerzo!”

Es claro. Porque es sinónimo de inteligencia, de practicidad, emplear el menor esfuerzo posible para realizar un trabajo. Incluso la naturaleza funciona así. El río que baja de la montaña no describe un trazado al azar, no busca saltar piedras montaña arriba para hacer ejercicio, sino que busca la bajada más rápida, más directa, y así se configura su recorrido.

Lo que sucede es que todo juicio del esfuerzo empleado está en relación con lo que se quiere lograr y la importancia que demos a ese objetivo. Nadie va a decir que el uso de la inteligencia para reducir el esfuerzo en trabajos pesados sea algo malo. Pero generalmente acusamos a las personas de emplear la “ley del menor esfuerzo” cuando no hacen algo más de lo que, creemos, deberían hacer.

Quizás podamos replantear eso. Cuando le decimos a alguien que está empleando “la ley del menor esfuerzo”, ¿qué es lo que queremos que logre? Si hablamos de eso con la persona puede ser que veamos que efectivamente tiene que esforzarse más, o puede ser que veamos que le estamos pidiendo algo que no es necesario.

Ahora vamos a una frase nueva que se está poniendo de moda. Cada vez más gente la oye en cursos, especialmente relacionados con el progreso laboral. Pero yo creo que pronto podrá convertirse en una frase de uso común. Hay que “salir de la zona de confort”, se dice. Se entiende (si no me equivoco) como que hay que hacer cosas nuevas, cosas distintas a las que estamos acostumbrados y nos salen con facilidad, y hacerlas aunque nos cueste un poco, para poder obtener como resultado un mayor progreso.

¡Un peligro para gente voluntariosa o con facilidad para el ascetismo! Con esta frase se corre el riesgo de desmerecer el valor del confort (interesante etimología para estudiar, la de esa palabra). Vendría muy a cuento ese relato del santiagueño que está descansando bajo un árbol cuando pasa el millonario con su auto y le dice: “¿Qué hace tirado ahí?” El santiagueño le responde que está descansando. Entonces el millonario le explica que puede ir a trabajar en algo. A lo que el santiagueño le responde “¿Para qué?” Y el millonario le explica: “Para tener dinero”. El santiagueño otra vez: “¿Para qué?” El millonario entonces empieza una serie de explicaciones a las que el otro siempre responde “¿Para qué?”. Por ejemplo: “Se compra unos animales”, “Trabaja con los animales”, “Vende los productos”, “Se compra una casa”. Hasta llegar a que hace un buen capital, tiene muchas comodidades y decide retirarse y poder descansar. Y entonces el santiagueño le dice: “¿Descansar? ¿Y qué se cree que estoy haciendo ahora?”

Llego a pensar si los que proponen salir de la zona de confort para obtener un progreso no subestiman a veces la ambición de la persona a la que le hablan. Hay gente a la que le gusta mucho hacer lo que hace y no resignaría ese confort que ya tiene por otro que le vendría de un progreso material. Como el panadero que disfruta amasando a las cinco de la mañana y jamás dejaría eso para tener una cadena internacional de panaderías.

El problema no es el confort, el problema es cuál es la ambición que tenemos. Si somos voluntariosos, evaluemos nuestra ambición antes de avanzar. No sea que nos pongamos en situaciones incómodas por cosas que realmente no nos interesan. Y estemos luchando toda la vida, incómodos, para poder tener muchos bienes que nos den recién al final de nuestras vidas una “zona de confort” que pudimos haber disfrutado antes de otra forma.

Nota 1: Todo lo dicho en esta entrada no intenta ser justificativo para mis fiacas.
Nota 2: Pero acá está calentito y estoy cómodo.
Nota 3: Olvidé usar la palabra procrastinación para dar más nivel a este texto.

martes, 25 de julio de 2017

Angel from Montgomery (pasando por Dios y la Tedeschi Trucks Band)

El autor de "Angel from Montgomery" es el compositor e intérprete norteamericano de música folk y country llamado John Prine. La canción la grabaron varios pero la hizo famosa Bonnie Raitt en 1974. Me parece triste, pero esperanzada. Una mujer madura, cansada de la vida que no le dio muchas alegrías, quiere escaparse y le pide a alguien (¿a Dios?) que la haga un ángel que salga volando de su pueblo, que la haga el "póster de un rodeo". Que le dé algo de lo que pueda sostenerse, porque creer en esta vida es difícil.

Una de las últimas veces que estaba escuchando la versión que nos acompaña (ver al pie) me encontré en Internet con esa frase del tipo de las que dicen que "Dios es invención de los hombres para tener respuestas que no se animan a darse a sí mismos". Y pensé que es soberbio, de parte del que no cree, pensar que él puede ser la medida de todo. Él piensa que es valiente porque afrenta la supuesta verdad de que Dios no existe y que los otros deberían hacerlo así, pero no lo hacen, porque escapan de la verdad. Pero si Dios no existe y el hombre es solo un accidente biológico, ¿qué le hace pensar que su mente, un capricho, un engendro de la naturaleza, podría abarcar toda la verdad, toda la realidad? A la inversa, una mente pensada por Dios, podría tener la capacidad de pensar en Él. Es otra buena hipótesis.

Pero no sólo eso. La búsqueda de Dios (que no vemos, que no tocamos, que no percibimos con los sentidos) no es una respuesta a un miedo. Es una necesidad, un grito emocionado y silencioso desde adentro que te dice: "¡Oh, por favor, esto es maravilloso, tiene que tener un sentido!" No es valiente quien se resigna a que Dios no exista (para no engañarse, supuestamente). Es valiente quien se anima a creer en algo más. Y no en fantasía. Hay razones para creer. Nadie sabe cómo algo sale de la nada o puede a la inversa comprender el infinito o el eterno; nadie sabe dónde estamos, en qué lugar hizo explosión (y en qué medio se expandió) un posible big bang; en última instancia nadie puede probar que no haya Dios.

Fue un excursus algo largo. Tratemos de volver elegantemente. Digamos que creer puede ser difícil cuando la vida es dura y eso hace triste a la canción. Pero "Angel from Montgomery" es esperanzada porque está pidiendo ayuda. A diferencia de aquella frase que les comenté, que es desesperanzada, la señora de Montgomery no lo es. Al ver el video (al pie) verán que tengo razón.

Pero antes, los interpretes. Digamos que tenés dos bandas "grosas" de blues, country, soul. Una la lidera un guitarrista prodigio y con mucha sensibilidad. No canta. La otra banda la lidera una cantante también de gran talento y sensibilidad (y que además toca la guitarra muy bien). Digamos que ambos se enamoran y se casan y fusionan bandas y entonces queda un bandón. Y no es la banda de una fábrica de camiones italianos, es solo que sus apellidos son esos, por eso Tedeschi Trucks Band. Susan Tedeschi y Derek Trucks.

Es probable que Trucks sea más conocido por estos pagos, por su virtuosismo con el slide y porque fue parte de los Allman Brothers. Veo que muchos prefieren que vuelva la Derek Trucks Band (supongo que existirán fanáticos como acá aquellos de Aca Seca, a quienes no les gustaba lo que Juan Quintero, su músico virtuoso, hacía con Luna Monti), pero la verdad es que Trucks con Tedeschi suenan muy pero muy bien. Es muy cálido además ver como se manejan y se miran en el escenario. En este video creo que ella lo busca a él cuando la canción dice “when I was a young girl well, I had me a cowboy”. Aunque ella no es ninguna niña, tiene 47. ¡Y él 38! Y ojalá duren. Trucks parece un tipo humilde y sin duda de perfil bajo. Y la banda tiene muchos músicos, lo que le da una riqueza y variedad notable.

En el video vemos que arranca Tedeschi sola con su guitarra (“Angel from Montgomery” es un tema de su repertorio solista). Van entrando teclados, bajo, batería suave. A los dos minutos y medio un hermoso solo de flauta traversa (Kofi Burbridge). Luego ella sola engancha con las primeras estrofas de la canción "Sugaree", de los Grateful Dead. (Un tema que trataría, según leí, de alguien que posiblemente sea un esclavo del sur estadounidense despidiéndose de su amada porque se escapa y le dice que, cuando la vengan a buscar, ella no les diga que sabe su nombre, no diga que lo conoce; para protegerla, supongo).

Cuando empieza "Sugaree" empieza Trucks a acompañar a Tedeschi bien despacito con su guitarra con slide. Sube de intensidad el tema con el estribillo con coro (“Shake it, Sugaree, just don't tell them that you know me”) y Trucks hace en el solo unas cosas impresionantes. Cuando termina, y la canción baja otra vez, Tedeschi vuelve a "Angel from Montogomery" y entonces la canción se hace nuevamente algo triste. Pero notemos como ella enfatiza las palabras y repite "believe, believe...". Eso y el tono en general confirman que es una canción triste, pero esperanzada. Quod erat demonstrandum.

 

Angel from Montgomery

I am an old woman
Named after my mother
My old man is another
Child that's grown old
If dreams were thunder
Lightning was desire
This old house woulda burnt down
A long time ago

Make me an angel
That flies from Montgomery
Make me a poster
Of an old rodeo
Just give me one thing
That I can hold on to
To believe in this livin'
Is just a hard way to go

When I was a young girl
Well I had me a cowboy
It weren't much to look at
Just a free ramblin' man
But that was a long time
And no matter how I tried
Those years just flow by
Like a broken down dam

Make me an angel...

There's flies in the kitchen
I can hear them there buzzin'
And I ain't done nothin'
Since I woke up today
But how the hell can a person
Go to work in the mornin'
And come home in the evenin'
And have nothin' to say

Make me an angel...

Sugaree
(No se interpreta entera en el video)

When they come to take you down
When they bring that wagon 'round
When they come to call on you
and drag your poor body down

Just one thing I ask of you,
just one thing for me
Please forget you know my name,
my darling Sugaree

Shake it, shake it sugaree,
just don't tell them that you know me
Shake it, shake it sugaree,
just don't tell them that you know me

You thought you was the cool fool
and never could do no wrong
Had everything sewed up tight.
How come you lay awake all night long

Just one thing I ask of you...

Well in spite of all you gained
you still had to stand out in the pouring rain
One last voice is calling you
and I guess it's time you go

Just one thing I ask of you...

Well shake it up now Sugaree,
I'll meet you at the jubilee

Just one thing I ask of you...

Shake it, shake it sugaree...

sábado, 15 de julio de 2017

Estrellería

Yo tengo un oficio, patrona, estrellero,
comprendo en qué forma conversa la luz.
Yo se la guarida que tiene el Lucero,
de las Tres Marías conozco el sendero
y sé por qué causa no sale la Cruz.
(“Chasque para la costa”, L: Julio Migno-M: Orlando Vera Cruz)

Me gustaría saber los nombres de las estrellas. Pero no se puede saberlo sin pasar noches afuera.

Por la herencia paterna llega lo que se aprende viviendo en el campo y las más amigas, las primeras que veo cuando salgo, son Las Tres Marías (El Cinturón de Orión), La Cruz del Sur y, más difícil de ver, Las Siete Cabrillas (Las Pléyades; hoy descubro que lo de “siete cabrillas” es uno de sus varios apodos, que en este caso es cervantino).

Y por la literatura ya me quedaron dos en la memoria: Aldebarán y Alcyon. Ambas de la constelación de Tauro. La primera la más brillante, la segunda la más brillante de las Pléyades (cúmulo estelar dentro de la misma constelación). Aldebarán está un poema de Leonardo Castellani llamado “Requiem”, que Uds. seguro conocen. Alcyon está en cambio en un poema de Carlos Ortiz, poeta algo menos conocido. Les dejo el poema:

El mar
(Carlos Ortiz)

También mi alma es un mar: Sus soledades
Conocen las terribles tempestades;
Y en medio de sus trágicas grandezas
En que su voz es trueno y es gemido,
Cruza el pálido Alcyon de mis tristezas,
Mientras mis barcos de ilusiones pierdo,
Y contra los peñascos del olvido,
Se estrella el oleaje del recuerdo.

domingo, 9 de julio de 2017

El Cristo de las sombras

Es una sorpresa encontrar una cosa así...

El Cristo de las sombras
(Carlos Ortiz, 1870-1910)

En el ruinoso muro de un viejo monasterio,
Donde el silencio mora con su paje el misterio,
Yo vi el desnudo cuerpo de un Cristo en el Calvario.

Que a su pasión le presta el muro solitario.
Era un Cristo de piedra, pendiente de los brazos
De una cruz, que la hiedra cubría con sus lazos.
Clavada en sus cabellos la corona de espinas,
Diadema del suplicio, corona el cuerpo en ruinas:
El cuerpo en que la lanza, de hiel envenenada,
Con hiel inoculara su carne inmaculada;
Y velando sus párpados esas pupilas yertas
Parecían dos pétalos sobre dos flores muertas.
Lo veo en mis recuerdos: una sonrisa vaga
Por su entreabierta boca: en su flanco una llaga
Florece como el rojo corazón de una rosa.
Yo vi el Cristo de piedra en la cruz silenciosa.
Yo vi el Cristo de piedra y esta impresión subsiste
Cuando la tarde baja serenamente triste,
Entre un vapor rosado, y entonces me parece
Ver, de pronto, en el cielo que sin luz se entristece,
Surgir la Noche, aún húmeda, como en sudor sangriento
Clavada en el sombrío terror del firmamento;
Y veo en las estrellas que poco a poco emergen,
Los clavos que en sus carnes desnudas se sumergen,
Haciéndole agujeros y heridas luminosas,
Que sangran en la sombra su sangre toda luz,
Toda luz cual la sangre de las sangrientas rosas
Del Cristo, florecido de rosas en la Cruz.
Así surge la noche clavada en el espacio
Hendidos en sus carnes los clavos de topacio;
Después, mientras la hora sombríamente avanza,
Se constela de heridas su flanco desgarrado;
De pronto se abre al golpe de una invisible lanza
La luna, llaga enorme, sangrando en su costado.

viernes, 7 de julio de 2017

Voz del poeta

Voz del poeta
(Carlos Ortiz)

Ses ailes de géant l’empechent de marcher.
Baudelaire

Soy el Ritmo que todo lo sublima;
Soy artista: yo canto, yo cincelo;
Un misterioso espíritu me anima
Y llena mi alma de un divino anhelo.

Soy un cóndor de luz: vivo en la cima;
Soy el Verbo inmortal: escalo el cielo;
Son mis alas las alas de la Rima,
Y es inmensa la curva de mi vuelo.

Soy hermano del Águila y del Astro;
Sobre el mundano lodazal arrastro
La gloria fulgurante de mis galas,

Y como un ángel de un Edén, proscrito,
Cruzo el mundo, con anisas de infinito,
Jadeante bajo el peso de mis alas!

De “Carlos Ortiz, Obra y muerte”, con estudio preliminar de Hernán Ronsino. Este poema es parte de “Rosas del crepúsculo”. Se puede ver en este enlace (clic), que parece ser el escaneo del libro original “Rosas del crepúsculo”, que no hay apertura del signo de exclamación con que termina el poema.

domingo, 2 de julio de 2017

Mt. 10, 37-42

Imaginate que admiraras a un artista. A un pintor, a un músico, a un actor. Y que solo por admirarlo, pudieras acceder a su fama. Solo por admirarlo, sin tener ni un ápice de su talento, pudieras estar en sus espectáculos o responder con él las entrevistas en la televisión. (Quien no quisiera ser como el que admira…)

Siento que algo así nos promete Dios cuando habla de recibir a un profeta o a un justo. ¡Qué consoladora es la Palabra de hoy! Cuando sentimos que no podemos hacer nada, que somos poca cosa frente a esos hombres de Dios, Él nos dice que simplemente ayudándolos podemos participar de su mismo premio.

domingo, 25 de junio de 2017

A Escobar por dentro


De acuerdo a la cartografía a mano para el hombre común (como uno) el paso más al este sobre el Arroyo Escobar sería el Puente de la Arenera. Y pasar por él sería la única forma de ir por dentro desde Tigre hasta Escobar (cuando decimos por dentro nos referimos a no usar la autopista Panamericana).

Después de haber pasado por Rincón de Milberg, Villa La Ñata, Dique Luján y llegar a Maschwitz, nos encontramos al pie del puente, pero no pudimos pasar porque está en reparación. Eso no es lo peor. Peor aún es saber que el puente nunca recuperará su aspecto original (ver foto que acompaña la entrada).

Desilusionados, frente a las vallas de la obra, vimos ya algunos elementos (barandas o guardrails de hormigón) y supimos lo que más tarde nos confirmó el diario on line “El día de Escobar”, que “a diferencia del viejo y pintoresco puente, construido con perfiles metálicos, durmientes ferroviarios y techo de chapa, su reemplazo se realizará con vigas pretensadas de hormigón armado y contará con una calzada de rodamiento de concreto asfáltico, por lo cual podrá soportar un peso mayor”.

Al puente se le derrumbó el techo en 2015. Pero es evidente que la reforma nunca iba a volver al original, ya que del otro lado están naciendo muchos barrios privados y seguramente vendrá muy bien un puente más moderno (es justamente el empresario Constantini, constructor del cercano megaemprendimento Puertos del Lago, también llamado Nordelta 2, el que colabora con el intendente de Escobar en la realización del nuevo puente).

A nosotros el rodeo nos llevó inevitablemente hasta la orilla de la autopista y ahogamos nuestra desilusión con la compra de un pan casero en la simpática calle Mendoza de Ingeniero Maschwitz. Pero continuemos analizando el camino a Escobar. ¿Qué hubiera pasado si cruzábamos el Puente de la Arenera y queríamos seguir al norte hasta Escobar? Creo que la cartografía Google tiene un error aquí.


Si uno no quiere pegarse otra vez a la autopista (o piensa en ir hacia el puerto o la costanera más que al centro de Escobar), Google da varias opciones. Pero una que prefiere mucho Google es un camino interbarrios que nos lleva hacia el este y luego de unos dos mil metros un giro al norte por otra calle interbarrios (que termina más al norte con el nombre de Falucho). Este giro es imposible de hacer actualmente. Lo descubrimos haciendo el camino inverso. En vista satélite se puede ver claramente que ese camino al este son dos caminos distintos y separados.

Queda así abierta la investigación. ¿Cómo seguir al nor-noreste, esquivando el centro de Escobar y ganando camino hacia el puerto y la costanera? Una opción muy interesante sería por el camino que Google llama “Nordelta 2 Puerto”. Y si la miel casera que compramos camino a la costanera resultara buena, ya serían dos razones para volver a hacer el recorrido.

martes, 20 de junio de 2017

La autopista del sur

Teníamos que devolverle a mi prima una llave pero estábamos atascados en un embotellamiento en la Riccheri. Entonces le avisé y ella me dijo “espero que no pase lo de Autopista de Sur”. Primero pensé que era algo de las noticias. Pero ella me dijo que era un cuento de Cortázar. Me alegré porque por fin alguien no citaba, frente a la noticia del embotellamiento, la película “Día de Furia”.

Ya estaba oscuro. Aunque había buena luz artificial. Un auto se cruzaba en perfecta diagonal haciendo luces y avisando el copiloto con la ventanilla baja. Estaría pensando en salir en “aquella salida”, me dije yo. Pasó un tipo joven, caminando en forma rara, como cruzando, como buscando; iba de derecha a izquierda pero luego hizo un viraje y volvió hacia la derecha y “allá adelante” se puso a hablar con alguien de un auto. Más raro aún un segundo individuo, con un pequeño bloque o resto de demolición de hormigón armado en la mano, sostenido por uno de sus hierros. Pensé en un robo. O en un corte al modo de un piquete. Pero desapareció por izquierda y no se supo nada más. Después supe que esto no hubiera encajado nada mal en el cuento de Cortázar.

El cuento lo conseguí ayer en Munro, en la calle Vélez Sarsfield en una librería de usados. Es genial. Viene en “Todos los fuegos el fuego”. En mi humilde edición de Clarín hecha en hojas de calcar dice en la contratapa: “Si, como le propio Cortázar dijo alguna vez, su literatura partía de la necesidad de ver ‘qué hay del otro lado de las cosas’, este libro de relatos es un ejemplo cabal de ese propósito”. En principio esas palabras no me decían nada, pero ahora empiezo a ver lo acertado. Verán.

Alguna vez dijimos que la autopista “es un lugar de no-ser”. Y que “se fuga la vida por la autopista”. Algo así debe haber sentido Cortázar, o al menos eso me dice a mí, porque el cuento “La autopista del sur” me muestra justamente la otra posibilidad, el “qué hay del otro lado de las cosas”, una autopista transformándose en un lugar de encuentro, de vida. Y en vez de alivio, uno siente en carne propia la desesperación cuando se termina el embotellamiento y al ingeniero se le va la muchacha del Dauphine, y tristeza cuando se desarman los grupos y aparecen desconocidos que solo miran hacia adelante y van apurados sin saber por qué.

viernes, 9 de junio de 2017

Somos para

El frente de tu casa no es tuyo, el nuevo diseño de las ópticas de tu auto no es tuyo, tu peinado no es tuyo. ¿No te das cuenta que hay muchas más personas que lo ven muchas más veces al día que vos? ¿No te das cuenta que el portero de enfrente ve más la fachada de tu casa que lo que la ves vos; o que el señor que pasa todos los días en colectivo la ve dos veces, igual que vos? ¡Y cuántos hay como él! ¿No te das cuenta que ya no ves más tus ópticas y todos los días se las encendés en la cara a miles de personas desconocidas? ¿Y no ves que tu esposa es la que ve, huele, toca a diario tu peinado, continuamente, y no vos, aunque te peines todos los días frente al espejo?
Y todas esas cosas las tenés que cuidar vos, y figuran como de tu propiedad.
En definitiva, es como la propia vida, que está a tu cargo pero es pa’ Dios.