martes, 25 de julio de 2017

Angel from Montgomery (pasando por Dios y la Tedeschi Trucks Band)

El autor de "Angel from Montgomery" es el compositor e intérprete norteamericano de música folk y country llamado John Prine. La canción la grabaron varios pero la hizo famosa Bonnie Raitt en 1974. Me parece triste, pero esperanzada. Una mujer madura, cansada de la vida que no le dio muchas alegrías, quiere escaparse y le pide a alguien (¿a Dios?) que la haga un ángel que salga volando de su pueblo, que la haga el "póster de un rodeo". Que le dé algo de lo que pueda sostenerse, porque creer en esta vida es difícil.

Una de las últimas veces que estaba escuchando la versión que nos acompaña (ver al pie) me encontré en Internet con esa frase del tipo de las que dicen que "Dios es invención de los hombres para tener respuestas que no se animan a darse a sí mismos". Y pensé que es soberbio, de parte del que no cree, pensar que él puede ser la medida de todo. Él piensa que es valiente porque afrenta la supuesta verdad de que Dios no existe y que los otros deberían hacerlo así, pero no lo hacen, porque escapan de la verdad. Pero si Dios no existe y el hombre es solo un accidente biológico, ¿qué le hace pensar que su mente, un capricho, un engendro de la naturaleza, podría abarcar toda la verdad, toda la realidad? A la inversa, una mente pensada por Dios, podría tener la capacidad de pensar en Él. Es otra buena hipótesis.

Pero no sólo eso. La búsqueda de Dios (que no vemos, que no tocamos, que no percibimos con los sentidos) no es una respuesta a un miedo. Es una necesidad, un grito emocionado y silencioso desde adentro que te dice: "¡Oh, por favor, esto es maravilloso, tiene que tener un sentido!" No es valiente quien se resigna a que Dios no exista (para no engañarse, supuestamente). Es valiente quien se anima a creer en algo más. Y no en fantasía. Hay razones para creer. Nadie sabe cómo algo sale de la nada o puede a la inversa comprender el infinito o el eterno; nadie sabe dónde estamos, en qué lugar hizo explosión (y en qué medio se expandió) un posible big bang; en última instancia nadie puede probar que no haya Dios.

Fue un excursus algo largo. Tratemos de volver elegantemente. Digamos que creer puede ser difícil cuando la vida es dura y eso hace triste a la canción. Pero "Angel from Montgomery" es esperanzada porque está pidiendo ayuda. A diferencia de aquella frase que les comenté, que es desesperanzada, la señora de Montgomery no lo es. Al ver el video (al pie) verán que tengo razón.

Pero antes, los interpretes. Digamos que tenés dos bandas "grosas" de blues, country, soul. Una la lidera un guitarrista prodigio y con mucha sensibilidad. No canta. La otra banda la lidera una cantante también de gran talento y sensibilidad (y que además toca la guitarra muy bien). Digamos que ambos se enamoran y se casan y fusionan bandas y entonces queda un bandón. Y no es la banda de una fábrica de camiones italianos, es solo que sus apellidos son esos, por eso Tedeschi Trucks Band. Susan Tedeschi y Derek Trucks.

Es probable que Trucks sea más conocido por estos pagos, por su virtuosismo con el slide y porque fue parte de los Allman Brothers. Veo que muchos prefieren que vuelva la Derek Trucks Band (supongo que existirán fanáticos como acá aquellos de Aca Seca, a quienes no les gustaba lo que Juan Quintero, su músico virtuoso, hacía con Luna Monti), pero la verdad es que Trucks con Tedeschi suenan muy pero muy bien. Es muy cálido además ver como se manejan y se miran en el escenario. En este video creo que ella lo busca a él cuando la canción dice “when I was a young girl well, I had me a cowboy”. Aunque ella no es ninguna niña, tiene 47. ¡Y él 38! Y ojalá duren. Trucks parece un tipo humilde y sin duda de perfil bajo. Y la banda tiene muchos músicos, lo que le da una riqueza y variedad notable.

En el video vemos que arranca Tedeschi sola con su guitarra (“Angel from Montgomery” es un tema de su repertorio solista). Van entrando teclados, bajo, batería suave. A los dos minutos y medio un hermoso solo de flauta traversa (Kofi Burbridge). Luego ella sola engancha con las primeras estrofas de la canción "Sugaree", de los Grateful Dead. (Un tema que trataría, según leí, de alguien que posiblemente sea un esclavo del sur estadounidense despidiéndose de su amada porque se escapa y le dice que, cuando la vengan a buscar, ella no les diga que sabe su nombre, no diga que lo conoce; para protegerla, supongo).

Cuando empieza "Sugaree" empieza Trucks a acompañar a Tedeschi bien despacito con su guitarra con slide. Sube de intensidad el tema con el estribillo con coro (“Shake it, Sugaree, just don't tell them that you know me”) y Trucks hace en el solo unas cosas impresionantes. Cuando termina, y la canción baja otra vez, Tedeschi vuelve a "Angel from Montogomery" y entonces la canción se hace nuevamente algo triste. Pero notemos como ella enfatiza las palabras y repite "believe, believe...". Eso y el tono en general confirman que es una canción triste, pero esperanzada. Quod erat demonstrandum.

 

Angel from Montgomery

I am an old woman
Named after my mother
My old man is another
Child that's grown old
If dreams were thunder
Lightning was desire
This old house woulda burnt down
A long time ago

Make me an angel
That flies from Montgomery
Make me a poster
Of an old rodeo
Just give me one thing
That I can hold on to
To believe in this livin'
Is just a hard way to go

When I was a young girl
Well I had me a cowboy
It weren't much to look at
Just a free ramblin' man
But that was a long time
And no matter how I tried
Those years just flow by
Like a broken down dam

Make me an angel...

There's flies in the kitchen
I can hear them there buzzin'
And I ain't done nothin'
Since I woke up today
But how the hell can a person
Go to work in the mornin'
And come home in the evenin'
And have nothin' to say

Make me an angel...

Sugaree
(No se interpreta entera en el video)

When they come to take you down
When they bring that wagon 'round
When they come to call on you
and drag your poor body down

Just one thing I ask of you,
just one thing for me
Please forget you know my name,
my darling Sugaree

Shake it, shake it sugaree,
just don't tell them that you know me
Shake it, shake it sugaree,
just don't tell them that you know me

You thought you was the cool fool
and never could do no wrong
Had everything sewed up tight.
How come you lay awake all night long

Just one thing I ask of you...

Well in spite of all you gained
you still had to stand out in the pouring rain
One last voice is calling you
and I guess it's time you go

Just one thing I ask of you...

Well shake it up now Sugaree,
I'll meet you at the jubilee

Just one thing I ask of you...

Shake it, shake it sugaree...

sábado, 15 de julio de 2017

Estrellería

Yo tengo un oficio, patrona, estrellero,
comprendo en qué forma conversa la luz.
Yo se la guarida que tiene el Lucero,
de las Tres Marías conozco el sendero
y sé por qué causa no sale la Cruz.
(“Chasque para la costa”, L: Julio Migno-M: Orlando Vera Cruz)

Me gustaría saber los nombres de las estrellas. Pero no se puede saberlo sin pasar noches afuera.

Por la herencia paterna llega lo que se aprende viviendo en el campo y las más amigas, las primeras que veo cuando salgo, son Las Tres Marías (El Cinturón de Orión), La Cruz del Sur y, más difícil de ver, Las Siete Cabrillas (Las Pléyades; hoy descubro que lo de “siete cabrillas” es uno de sus varios apodos, que en este caso es cervantino).

Y por la literatura ya me quedaron dos en la memoria: Aldebarán y Alcyon. Ambas de la constelación de Tauro. La primera la más brillante, la segunda la más brillante de las Pléyades (cúmulo estelar dentro de la misma constelación). Aldebarán está un poema de Leonardo Castellani llamado “Requiem”, que Uds. seguro conocen. Alcyon está en cambio en un poema de Carlos Ortiz, poeta algo menos conocido. Les dejo el poema:

El mar
(Carlos Ortiz)

También mi alma es un mar: Sus soledades
Conocen las terribles tempestades;
Y en medio de sus trágicas grandezas
En que su voz es trueno y es gemido,
Cruza el pálido Alcyon de mis tristezas,
Mientras mis barcos de ilusiones pierdo,
Y contra los peñascos del olvido,
Se estrella el oleaje del recuerdo.

domingo, 9 de julio de 2017

El Cristo de las sombras

Es una sorpresa encontrar una cosa así...

El Cristo de las sombras
(Carlos Ortiz, 1870-1910)

En el ruinoso muro de un viejo monasterio,
Donde el silencio mora con su paje el misterio,
Yo vi el desnudo cuerpo de un Cristo en el Calvario.

Que a su pasión le presta el muro solitario.
Era un Cristo de piedra, pendiente de los brazos
De una cruz, que la hiedra cubría con sus lazos.
Clavada en sus cabellos la corona de espinas,
Diadema del suplicio, corona el cuerpo en ruinas:
El cuerpo en que la lanza, de hiel envenenada,
Con hiel inoculara su carne inmaculada;
Y velando sus párpados esas pupilas yertas
Parecían dos pétalos sobre dos flores muertas.
Lo veo en mis recuerdos: una sonrisa vaga
Por su entreabierta boca: en su flanco una llaga
Florece como el rojo corazón de una rosa.
Yo vi el Cristo de piedra en la cruz silenciosa.
Yo vi el Cristo de piedra y esta impresión subsiste
Cuando la tarde baja serenamente triste,
Entre un vapor rosado, y entonces me parece
Ver, de pronto, en el cielo que sin luz se entristece,
Surgir la Noche, aún húmeda, como en sudor sangriento
Clavada en el sombrío terror del firmamento;
Y veo en las estrellas que poco a poco emergen,
Los clavos que en sus carnes desnudas se sumergen,
Haciéndole agujeros y heridas luminosas,
Que sangran en la sombra su sangre toda luz,
Toda luz cual la sangre de las sangrientas rosas
Del Cristo, florecido de rosas en la Cruz.
Así surge la noche clavada en el espacio
Hendidos en sus carnes los clavos de topacio;
Después, mientras la hora sombríamente avanza,
Se constela de heridas su flanco desgarrado;
De pronto se abre al golpe de una invisible lanza
La luna, llaga enorme, sangrando en su costado.

viernes, 7 de julio de 2017

Voz del poeta

Voz del poeta
(Carlos Ortiz)

Ses ailes de géant l’empechent de marcher.
Baudelaire

Soy el Ritmo que todo lo sublima;
Soy artista: yo canto, yo cincelo;
Un misterioso espíritu me anima
Y llena mi alma de un divino anhelo.

Soy un cóndor de luz: vivo en la cima;
Soy el Verbo inmortal: escalo el cielo;
Son mis alas las alas de la Rima,
Y es inmensa la curva de mi vuelo.

Soy hermano del Águila y del Astro;
Sobre el mundano lodazal arrastro
La gloria fulgurante de mis galas,

Y como un ángel de un Edén, proscrito,
Cruzo el mundo, con anisas de infinito,
Jadeante bajo el peso de mis alas!

De “Carlos Ortiz, Obra y muerte”, con estudio preliminar de Hernán Ronsino. Este poema es parte de “Rosas del crepúsculo”. Se puede ver en este enlace (clic), que parece ser el escaneo del libro original “Rosas del crepúsculo”, que no hay apertura del signo de exclamación con que termina el poema.

domingo, 2 de julio de 2017

Mt. 10, 37-42

Imaginate que admiraras a un artista. A un pintor, a un músico, a un actor. Y que solo por admirarlo, pudieras acceder a su fama. Solo por admirarlo, sin tener ni un ápice de su talento, pudieras estar en sus espectáculos o responder con él las entrevistas en la televisión. (Quien no quisiera ser como el que admira…)

Siento que algo así nos promete Dios cuando habla de recibir a un profeta o a un justo. ¡Qué consoladora es la Palabra de hoy! Cuando sentimos que no podemos hacer nada, que somos poca cosa frente a esos hombres de Dios, Él nos dice que simplemente ayudándolos podemos participar de su mismo premio.

domingo, 25 de junio de 2017

A Escobar por dentro


De acuerdo a la cartografía a mano para el hombre común (como uno) el paso más al este sobre el Arroyo Escobar sería el Puente de la Arenera. Y pasar por él sería la única forma de ir por dentro desde Tigre hasta Escobar (cuando decimos por dentro nos referimos a no usar la autopista Panamericana).

Después de haber pasado por Rincón de Milberg, Villa La Ñata, Dique Luján y llegar a Maschwitz, nos encontramos al pie del puente, pero no pudimos pasar porque está en reparación. Eso no es lo peor. Peor aún es saber que el puente nunca recuperará su aspecto original (ver foto que acompaña la entrada).

Desilusionados, frente a las vallas de la obra, vimos ya algunos elementos (barandas o guardrails de hormigón) y supimos lo que más tarde nos confirmó el diario on line “El día de Escobar”, que “a diferencia del viejo y pintoresco puente, construido con perfiles metálicos, durmientes ferroviarios y techo de chapa, su reemplazo se realizará con vigas pretensadas de hormigón armado y contará con una calzada de rodamiento de concreto asfáltico, por lo cual podrá soportar un peso mayor”.

Al puente se le derrumbó el techo en 2015. Pero es evidente que la reforma nunca iba a volver al original, ya que del otro lado están naciendo muchos barrios privados y seguramente vendrá muy bien un puente más moderno (es justamente el empresario Constantini, constructor del cercano megaemprendimento Puertos del Lago, también llamado Nordelta 2, el que colabora con el intendente de Escobar en la realización del nuevo puente).

A nosotros el rodeo nos llevó inevitablemente hasta la orilla de la autopista y ahogamos nuestra desilusión con la compra de un pan casero en la simpática calle Mendoza de Ingeniero Maschwitz. Pero continuemos analizando el camino a Escobar. ¿Qué hubiera pasado si cruzábamos el Puente de la Arenera y queríamos seguir al norte hasta Escobar? Creo que la cartografía Google tiene un error aquí.


Si uno no quiere pegarse otra vez a la autopista (o piensa en ir hacia el puerto o la costanera más que al centro de Escobar), Google da varias opciones. Pero una que prefiere mucho Google es un camino interbarrios que nos lleva hacia el este y luego de unos dos mil metros un giro al norte por otra calle interbarrios (que termina más al norte con el nombre de Falucho). Este giro es imposible de hacer actualmente. Lo descubrimos haciendo el camino inverso. En vista satélite se puede ver claramente que ese camino al este son dos caminos distintos y separados.

Queda así abierta la investigación. ¿Cómo seguir al nor-noreste, esquivando el centro de Escobar y ganando camino hacia el puerto y la costanera? Una opción muy interesante sería por el camino que Google llama “Nordelta 2 Puerto”. Y si la miel casera que compramos camino a la costanera resultara buena, ya serían dos razones para volver a hacer el recorrido.

martes, 20 de junio de 2017

La autopista del sur

Teníamos que devolverle a mi prima una llave pero estábamos atascados en un embotellamiento en la Riccheri. Entonces le avisé y ella me dijo “espero que no pase lo de Autopista de Sur”. Primero pensé que era algo de las noticias. Pero ella me dijo que era un cuento de Cortázar. Me alegré porque por fin alguien no citaba, frente a la noticia del embotellamiento, la película “Día de Furia”.

Ya estaba oscuro. Aunque había buena luz artificial. Un auto se cruzaba en perfecta diagonal haciendo luces y avisando el copiloto con la ventanilla baja. Estaría pensando en salir en “aquella salida”, me dije yo. Pasó un tipo joven, caminando en forma rara, como cruzando, como buscando; iba de derecha a izquierda pero luego hizo un viraje y volvió hacia la derecha y “allá adelante” se puso a hablar con alguien de un auto. Más raro aún un segundo individuo, con un pequeño bloque o resto de demolición de hormigón armado en la mano, sostenido por uno de sus hierros. Pensé en un robo. O en un corte al modo de un piquete. Pero desapareció por izquierda y no se supo nada más. Después supe que esto no hubiera encajado nada mal en el cuento de Cortázar.

El cuento lo conseguí ayer en Munro, en la calle Vélez Sarsfield en una librería de usados. Es genial. Viene en “Todos los fuegos el fuego”. En mi humilde edición de Clarín hecha en hojas de calcar dice en la contratapa: “Si, como le propio Cortázar dijo alguna vez, su literatura partía de la necesidad de ver ‘qué hay del otro lado de las cosas’, este libro de relatos es un ejemplo cabal de ese propósito”. En principio esas palabras no me decían nada, pero ahora empiezo a ver lo acertado. Verán.

Alguna vez dijimos que la autopista “es un lugar de no-ser”. Y que “se fuga la vida por la autopista”. Algo así debe haber sentido Cortázar, o al menos eso me dice a mí, porque el cuento “La autopista del sur” me muestra justamente la otra posibilidad, el “qué hay del otro lado de las cosas”, una autopista transformándose en un lugar de encuentro, de vida. Y en vez de alivio, uno siente en carne propia la desesperación cuando se termina el embotellamiento y al ingeniero se le va la muchacha del Dauphine, y tristeza cuando se desarman los grupos y aparecen desconocidos que solo miran hacia adelante y van apurados sin saber por qué.

viernes, 9 de junio de 2017

Somos para

El frente de tu casa no es tuyo, el nuevo diseño de las ópticas de tu auto no es tuyo, tu peinado no es tuyo. ¿No te das cuenta que hay muchas más personas que lo ven muchas más veces al día que vos? ¿No te das cuenta que el portero de enfrente ve más la fachada de tu casa que lo que la ves vos; o que el señor que pasa todos los días en colectivo la ve dos veces, igual que vos? ¡Y cuántos hay como él! ¿No te das cuenta que ya no ves más tus ópticas y todos los días se las encendés en la cara a miles de personas desconocidas? ¿Y no ves que tu esposa es la que ve, huele, toca a diario tu peinado, continuamente, y no vos, aunque te peines todos los días frente al espejo?
Y todas esas cosas las tenés que cuidar vos, y figuran como de tu propiedad.
En definitiva, es como la propia vida, que está a tu cargo pero es pa’ Dios.

martes, 23 de mayo de 2017

Leyes del mate (y no de Murphy)

Los pasos para preparar un mate en una oficina son uno más que en otros lugares. Si los pasos normales son cargar el mate, sacudirlo un poco, humedecer la yerba, poner la bombilla y luego cebar, en la oficina hay un paso que va justo después de haber cargado el mate y sacudirlo (y antes de humedecer la yerba). Y es una pequeña pausa que hay que hacer. Hay que apoyar el mate cargado y esperar unos segundos. Y mirar bien. Mirar por la ventana. Mirar el correo electrónico. Mirar la agenda. No solo mirar, también hay que olfatear. Porque el que adquiere práctica de su trabajo puede olfatear los problemas. ¿Está todo en calma? Ahora sí, a verter el agua.

Muchas veces falla (aunque no podremos echarnos la culpa, porque los pasos los cumplimos). Muchas veces falla porque en las oficinas los problemas son en gran parte imprevisibles. En una época creí que los problemas surgían justo cuando yo cebaba el mate. Más aún, llegue a pensar que el mismo preparar el mate provocaba una envidia del destino cuya venganza se materializaba en una visita inoportuna, un llamado de alguien muy plomo, un inconveniente con alguna persona o instalación.

Mientras escribo esto voy por el cuarto mate. Hay que considerar que tuve suerte. Es obvio que la "Ley de Murphy" no existe, es solo una forma tendenciosa de ver la realidad y concentrarse en la mala suerte. Porque somos así de pesimistas. Y no somos capaces de inventar una "ley" sobre todas las cosas que salen bien. Como tomar cinco mates seguidos en un lugar donde hay mil trescientas voluntades y doce mil metros cuadrados edificados.

Y ya son seis...

domingo, 30 de abril de 2017

Livings, Faulkner, Dickens

Quizás sea la edad, propensa a la nostalgia, la que convoque a los recuerdos de livings llenos de familia. Quizás sea que ahora tenemos el living propio, o una especie de living-comedor grande donde podemos estar todos y hacer las cosas más variadas. Sea eso o lo que sea, mientras intento leer “Los Invictos” de Faulkner, con esa redacción particular y esas palabras que ni en el original inglés que verifico en Internet se pueden comprender (te libero de responsabilidad, entonces, traductor), mientras intento “Los Invictos”, decía (y ya me hice una oración larga como las del libro) me encuentro con una escena de un ambiente familiar de una casa:

No tardamos mucho tiempo en comer. Papá ya había comido a primera hora de la tarde; además, lo que esperábamos Ringo y yo era aquello: esperábamos la hora de los músculos relajados y las tripas llenas tras la cena, la conversación. (…)

Ringo me esperaba en el pasillo; esperamos hasta que Papá estuvo instalado en su sillón,en el cuarto que los negros y él llamaban su despacho; Papá, porque allí estaba su escritorio, donde llevaba las cuentas de la semilla de algodón y el trigo y en aquella habitación se quitaba las botas embarradas y se sentaba en calcetines mientras las botas se secaban a la lumbre; allí podían entrar y salir los perros impunemente a tenderse en la alfombra ante el fuego, o incluso dormir allí en las noches frías; no sé si Mamá, que murió cuando nací yo, autorizó estas cosas antes de morir, y la Abuela las mantuvo más tarde al morir Mamá, o fue al misma Abuela quien dio la autorización; y los negros lo llamaban despacho porque era allí donde los hacían ir a presentarse ante el patrullero (sentado en una de las sillas duras de respaldo recto, y fumándose además uno de los puros de Papá, pero con el sombrero quitado) y jurar que no era posible que hubieran sido ellos ni que hubieran estado donde él (el Patrullero) decía que habían estado; y que la Abuela llamaba la biblioteca porque había un estante de libros que contenía un Littleton de Coke, un Flavio Josefo, un Corán, un volumen del Mississippi Report de 1948, un Jeremy Taylor, las Máximas de Napoleón, un tratado de astrología de 1098 páginas, una Historia de los Hombres Lobo en Inglaterra, Irlanda y Escocia, con un apéndice sobre el país de Gales, por el reverendo Ptolemy Thorndyke, Maestro en artes por la Universidad de Edimburgo, de la Sociedad Real de Estadística de Escocia, las obras completas de Walter Scott, las obras completas de Fenimore Cooper, y la también las obras completas de Dumas en rústica, faltas del volumen que Papá perdió de su bolsillo en Manassas (al batirse en retirada, dijo él).

Así que Ringo y yo volvimos a quedarnos agachados y esperamos en silencio mientras la Abuela cosía junto a la lámpara de la mesa y Papá estaba sentado en el sillón de siempre en el lugar de siempre, con las botas embarradas cruzadas y apoyadas en las huellas de los talones de siempre junto a la chimenea fría y vacía, mascando el tabaco que le había prestado Joby”.

Y entonces me acuerdo del barco-casa del sr. Pegotty, del “David Copperfield” de Dickens que conocí cuando tenía cuarenta años pero recuerdo como un recuerdo de niñez (tan entrañable se me hizo ese libro). Y lo busco, entonces. Y lo releo. En voz alta para los que lo quieran escuchar. Aunque sé que no les sonará como a mí…

Por dentro estaba extraordinariamente limpio: tan aseado como era posible. Había allí una mesa, un reloj holandés y una cómoda y sobre esta una bandeja para el té, con una pintura que representaba a una señora con una sombrilla, paseando con un niño vestido de militar que empujaba un aro. La bandeja se sostenía contra la pared gracias a una Biblia: si se hubiera caído, hubiese roto un gran número de tazas, platillos y una tetera amontonados alrededor del libro. En las paredes había algunas pinturas vulgares, con marco y cristal, sobre temas de la Escritura: no he podido ver más tarde tales cuadros en manos de buhoneros sin volver a ver al mismo tiempo todo el interior de la casa del hermano de Pegotty. Las pinturas más notables eran las de Abraham, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, de azul, y Daniel, de amarillo, arrojado en una jaula leones verdes. Encima de la repisa de la pequeña chimenea había un cuadro del buque Sarah-Jane, construdo en Sunderland, con una pequeña popa de madera de verdad pegada encima: obra de arte que combinaba la pintura con la carpintería y que yo consideré una de las posesiones más envidiables que el mundo pudiera ofrecer. Había algunos ganchos en las vigas del techo, cuya finalidad no adiviné entonces, y algunos cofres, cajones y útiles del mismo material que servían como asientos y completaban las sillas. (…)

Después del té, cuando se cerró la puerta y todo estuvo bien abrigado -pues las noches eran ya frías y brumosas-, aquel me pareció el refugio más delicioso que la imaginación del hombre hubiera podido concebir. Oír el viento levantándose sobre el mar, saber que la niebla avanzaba sobre la llanura desolada del exterior, mirar el fuego y pensar que no había ninguna casa cercana a la nuestra y que esta era una barca, parecía un encantamiento. La pequeña Emilia había superado su timidez y estaba sentada a mi lado sobre el menor y más bajo de los cajones, que era suficientemente grande para nosotros dos y se encontraba justamente en el rincón de la chimenea. La señora Pegotty, con su delantal blanco, hacía punto al otro lado del fuego. Pegotty con su labor parecía tan poco extraña en la casa como si la catedral de San Pablo [NOTA: es la pintura en su caja de labores] y el cabo de vela nunca hubieran conocido otro techo. Ham, que acababa de darme mi primera lección de cartas, intentaba recordar un sistema para decir buenaventura con las cartas manchadas e iba imprimiendo la huella pringosa de su pulgar en todas las que volvía. El señor Pegotty fumaba su pipa. Me pareció que era la hora de la conversación y de las confidencias”.