sábado, 8 de agosto de 2020

Porco vs. Fabien

Hay una escena de Porco Rosso en la que Porco le cuenta a Fio la historia de una lucha sobre el Adriático en la que él pierde las fuerzas (y quizás el conocimiento, digo yo) y se encuentra en un mundo fantástico todo blanco sobre un manto de nubes. Luego ve a los aviones derribados y sus pilotos ascender, pasar como él arriba del manto de nubes y luego seguir subiendo al cielo. Y pasa su amigo Berlini y él lo llama. Pero se da cuenta que son los muertos. Y ellos siguen ascendiendo hasta una especie de constelación o estela de aviones que viajan por el más alto cielo.

porco rosso clip from Jing Wang on Vimeo.

(Gracias a Hernán J. G. por ayudarme con el video)

Yo no sé dónde leí que esto tenía que ver con un pasaje de “Vuelo Nocturno” de Saint-Exupéry. El pasaje lo encontré. Tiene que ser ese o es casualidad. En Vuelo Nocturno el piloto ya casi sin combustible, en medio de una tormenta de noche, sin luces de ningún tipo que lo guíen, divisa en un quiebre del manto de nubes unas estrellas y sabe que no debe subir pero sube irresistiblemente atrapado por la luz. Traspasa las nubes dejando la tormenta abajo y entra a un paisaje maravillosamente iluminado. Pero el desenlace es distinto (spoiler alert), ya que a diferencia de Porco, el piloto Fabien no descenderá vivo.
Se remontó, soslayando mejor los remolinos, gracias a los hitos que ofrecían las estrellas. Su pálido imán le seducía. Se había afanado tan largo tiempo en la búsqueda de una luz, que no habría abandonado la más confusa. Feliz por el fulgor de un albergue, habría revoloteado hasta la muerte alrededor de esta señal, de la que estaba hambriento. Por eso ascendía hacia los campos de luz.

Se elevaba poco a poco en espiral, por el interior del pozo que se había abierto y que se cerraba de nuevo a sus pies. A medida que ascendía, las nubes perdían su cenagosa oscuridad, pasaban contra él como olas cada vez más puras y blancas. Fabien emergió.

Su sorpresa fue extraordinaria: la claridad era tal que le cegaba. Por algunos segundos tuvo que entornar los ojos. Jamás hubiera creído que las nubes, que la noche, pudiesen cegar. Pero la luna llena y todas las constelaciones las convertían en olas resplandecientes.

El avión había ganado, de un solo golpe, en el mismo instante de emerger, una calma que parecía extraordinaria. Ningún oleaje lo zarandeaba. Como barca que pasa el dique, entraba en las aguas abrigadas. Había penetrado en una región ignota y escondida del cielo, como la bahía de las islas venturosas. La tempestad, debajo de sí, formaba otro mundo de tres mil metros de espesor, atravesado por ráfagas, trombas de agua y relámpagos, pero presentaba a los astros un rostro de cristal y de nieve.

Fabien creyó haber arribado a limbos extraños, pues todo hacíase luminoso: sus manos, sus vestidos, sus alas. La luz no bajaba de los astros, sino que se desprendía, debajo de él, alrededor de él, de esas masas blancas.

Las nubes, bajo él, devolvían toda la nieve que recibían de la Luna. Las de derecha e izquierda, altas como torres, hacían lo mismo. La luz era cual leche en la que se bañaba la tripulación. Fabien, volviéndose, vio que el «radio» sonreía.

—¡Esto va mejor! —gritó.

Pero la voz se perdía en el ruido del vuelo: las sonrisas solas hablaban. «Estoy completamente loco —pensaba Fabien— por sonreír; estamos perdidos».

Sin embargo, mil oscuros brazos le habían desatado de sus cadenas, como se desata a un prisionero al que se permite andar solo, por un tiempo, entre flores.

«Demasiado hermoso», pensaba Fabien. Erraba entre las estrellas acumuladas con la densidad de un tesoro, en un mundo donde nada vivía fuera de él, absolutamente nada excepto él, Fabien y su camarada. Semejante a esos ladrones de ciudades fabulosas, emparedados en la cámara de los tesoros, de donde no sabría salir. Entre pedrerías heladas, erraban infinitamente ricos, pero condenados”.
(Antoine de Saint-Exupéry, Vuelo Nocturno, cap. XVI)

Hay otra similitud no expuesta en el video y en este último texto. El amigo de Porco era recién casado y el piloto de Vuelo Nocturno también llevaba muy poco tiempo de matrimonio.

jueves, 6 de agosto de 2020

La ciudad de nadie (VII)

El tiempo es un maní...

Capítulo VII. Genial Uslar-Pietri. Anteriores: clic.

"Siete millones de seres humanos, por sobre los brazos del río, vienen a hormiguear en la isla. El peregrino se angustia buscando el rostro de la ciudad inmensa. Todas las razas, todas las fisonomías, todas las expresiones, todas las lenguas se mezclan en la poderosa corriente humana que llena las calles y se apretuja en las celdas de los ascensores. Todos los estilos y las formas posibles de la arquitectura se mezclan en el infinito telón de sus muros y su cielo. Desde la mínima capilla gótica hundida entre los hongos, y los dorados arcos de alguna iglesia bizantina, hasta las lisas torres inagotables que oscilan entre la niebla de las nubes, pasando por las impresionantes moles cuadradas que, por las noches, se hacen aéreas, y comienzan a flotar con las luces de sus diez mil ventanas encendidas, la más alta junto a la luz de la más baja estrella.

Siempre hay en las ciudades alguna obra de arquitectura donde a la primera vista uno comprende que está presente el translúcido rostro del ser colectivo. Quien mira el arco de Tito mira al través de él, como por los huecos de la pintura de Dalí, el pulido y fuerte rostro de Roma. París está en Nuestra Señora y Toledo en el puente de Alcántara. Está infundido, en estas obras de piedra, el espíritu de los pueblos que las levantaron a su imagen y que dejaron la huella de su ser profundo en ellas.

El peregrino en la isla de Manhattan anda por días mirando edificios flotantes y vastas muchedumbres que pasan sin adherir a ellos. No parece estar el espíritu de esta ciudad extraordinaria en algún parque, en un templo o siquiera en un puente. Míranse desmesuradas obras que sobrecogen el pensamiento porque son perpetuas hazañas técnicas. Pero no siente uno que está allí presente esa misteriosa relación que hace de pronto de un solo monumento toda la explicación y hasta la justificación de una época.

Pero al penetrar un día en la Gran Estación Central o en la Estación de Pensylvania, una brusca iluminación se hace en nosotros y comprendemos que está allí más que en otra parte la fisonomía de la ciudad inmensa.

Son como los templos de un monstruoso dios del tiempo que devora los hombres. Bajo la gigantesca y pesada bóveda que podría cobijar nubes, reposa una luz ahumada y un poderoso rumor de mar o de torrente. Y abajo, más abajo de los altos zócalos de mármol y de las elaboradas bases de las titánicas columnas, se extiende la parda mancha de la muchedumbre espesa, agitada, trama de infinitos hilos que teje y desteje un invisible movimiento de conjunto.

Al nivel de la corriente flotan las caras ensimismadas de las unidades que integran este continuo y confuso rito. Van entregados a una ineludible consigna de no detenerse, de no distraerse, de no mirar de lado o hacia atrás, como si llevaran resonando en lo inconsciente el eco del gong de cada segundo y no pudieran evadirse de un secreto ritmo que los fascina y gobierna. Pasan por entre las mágicas puertas que se abren solas, desfilan inmóviles, como momias de su propio movimiento, parados por un instante sobre los escaladores mecánicos, o yacen encallados y sustraídos de la corriente en las rígidas colas que se forman frente a las taquillas. A ratos resuenan por los altoparlantes voces colmadas de cifras, de nombres de trenes, y de la repetida invocación de horas, minutos y segundos. El llamado vuela sobre el inorgánico desplazamiento de la masa. El piso trepida con el paso subterráneo de los trenes. En todos los pasadizos hay tiendas, barberías, cantinas, restaurantes. Las paredes están marcadas con flechas y señales itinerarias. Grandes grupos se renuevan frente a las pizarras en las que se inscriben números, signos cabalísticos y horas. La muchedumbre sin sosiego pasa por todas las puertas, llena todos los espacios, corre hacia todos los andenes, come de pie con prisa en los congestionados mostradores, mira fugazmente hacia las pizarras y, como el río de Heráclito, siempre es la misma y cada momento está compuesta de unidades nuevas.

En este ámbito parece revelarse la expresión y el sentido de lo que en las calles, oficinas y parques constituye impresión más superficial. Esa impresión de que todos van solos, incomunicados dentro de la multitud. Esa mirada vaga y absorta que tienen los innumerables solitarios que transitan casi sin verse por las hondas galerías blancas y sordas del tren subterráneo. En estas inmensas fábricas se hace evidente que el rasgo que caracteriza a estas gentes y determina los aspectos peculiares de su vida es su sentido del tiempo.

Son gentes vendidas al tiempo. Que cuentan los segundos como sangre que se les escapa de las venas. Que viven perseguidos, atropellados, maltratados por el tiempo. Estas gigantescas estaciones son en realidad los templos del Moloch de Manhattan, que es el tiempo.

Es como si este pueblo admirable que ha vencido casi todos los obstáculos materiales de la naturaleza, que produce calor y frío a voluntad, que ha puesto las formas prácticas del bienestar y de la comodidad al alcance de las multitudes, que ha derrotado la distancia hasta reducirla casi a una abstracción (cada día, mil millas significan una magnitud menor), hubiera tenido que pagar como precio de estas milagrosas victorias su incondicional sumisión al tiempo. El tiempo es su Mefistófeles. San Francisco, a ocho horas de vuelo, está hoy en lo que era el suburbio de Nueva York en tiempos de Jefferson; pero un minuto de ahora en la Bolsa de Wall Street pone más viejo que una semana en tiempos de Peter Stuyvesant.

Otras civilizaciones, que no han podido vencer la distancia, ni realizar la más pequeña de las hazañas materiales que abundan en la existencia de esta ciudad han logrado en cambio someter el tiempo y plegarlo al ritmo de su propia vida. Los chinos tienen milenios de haber alcanzado esa victoria. Cierto día, cuya memoria se ha perdido en algún remoto año del Cerdo o de la Serpiente, se olvidó la última clepsidra inútil. Desde entonces los filósofos que dialogan a la sombra de las torres de porcelana o el campesino que cultiva su arroz, o el artífice que talla el marfil y el jade, o el hombre de tiro que arrastra la pesada barca por la ribera del río Amarillo, son todos señores del tiempo. Tampoco están sometidos al tiempo los marchosos ibéricos. Ni el indio americano, que pareció dejarlo enterrado bajo la piedra de su calendario.

El tiempo es el mito fundamental de la isla y de sus prisioneros. Todas las formas de su vida están condicionadas por esta sensación pánica de la presencia imperiosa del tiempo. Si alguien pudiera sustraerlos por un momento a él, se sentirían perdidos y no se reconocerían. Estarían como un pez fuera del agua.

Esta ansia los lleva a vivir sin sosiego. La maldición fáustica de no poder decir: «detente», al minuto que se va, se cumple en ellos cabalmente. Nadie parece estar en la posesión de lo que está haciendo en el momento, sino en la inquieta víspera de otra cosa que ha de hacer luego. El que va por la calle no camina, sino que se acerca apresuradamente a algo que va a comenzar cuando termine de andar. Para ellos el caminar no es estar en el camino y posesionarse de la andadura, que es lo que hacen los andaluces, o los escoceses, o los bávaros, o los bostonianos, o los seres de cualquier otra raza que no hayan vendido su alma al tiempo. El que come, también lo hace de prisa, sin gusto, aguijoneado por la urgencia de lo que inmediatamente después ha de hacer. Y el que lee lo hace mientras come o mientras viaja. Y al terminar la función los teatros se vacían vertiginosamente como si hubiera incendio. Los textos, en algunas revistas, están encabezados por el anuncio de los minutos que se invierten en la lectura. No parecen vivir en el segundo presente, sino en la víspera del segundo que va a venir.

Y porque van arrastrados sin tregua, van llenos de alegre sorpresa. Todo lo que pasa es tan inesperado, gratuito y ajeno que provoca pueril alegría y fácil risa. Hay un fondo de confiado gozo en las pupilas de las elásticas doncellas, de lisos tacones y suelta cabellera, que con un reflejo de Diana cazadora, emergen de las vitrinas de las tiendas. Ríen fácilmente y con espontaneidad. Pasan sobre las cosas con la desarmada y jocunda sorpresa del que no puede detenerse en ellas.

Es la velocidad del tiempo la que los lleva a gozar candorosamente con la vida. A alegrarse del espectáculo cambiante y vertiginoso que la existencia llega a parecer para quien pasa tan de prisa. Un espectáculo que se anuncia diariamente en los grandes titulares de los rotativos y que es siempre curioso y excitante.

Ese mismo sentido del tiempo es el que dispone su peculiar actitud ante la muerte. Son cara y cruz de una sola medalla. El forastero tiene la sensación de que Nueva York es una ciudad sin cementerios. En todo caso es una ciudad sin duelos. La muerte no parece sino un accidente de la vida ordinaria que hasta ahora no se ha podido evitar. Nada hay que recuerde el culto hispánico de la muerte, que hace de ella no sólo el mayor acaecimiento, sino además el que condiciona todas las horas de la existencia, hasta el punto de que un ser llega a vivir madurando su muerte. La muerte de la isla no tiene eco, ni resplandor, ni imperio. Toca tan sólo al que se lleva y apenas alcanza a poner una breve sombra en un limitado día. El concepto del tiempo no permite que la honda sombra se extienda y fructifique, hasta marcar indeleblemente otras vidas y hacer perpetuo en ellas el momento de su misterioso paso.

Si este pueblo dispusiera del ocio de los griegos habría elaborado el poético mito de su emoción pánica del tiempo. Un mito o una simple alegoría, en la que un semidiós, por medio de un trueque mágico, les habría cambiado el espacio por el tiempo. El espacio desaparecería a su capricho, pero quedarían encadenados a la vertiginosa fuga del tiempo. Y en esa virtud, nunca tendrían que sufrir ni gozar con el espacio inagotable que puede llegar a separar dos puntos, y que hace que el veneciano gaste algunas de las más azules y doradas horas del día para ir apenas desde la punta de la Salute hasta la plaza de San Marcos".

lunes, 27 de julio de 2020

Las canciones más "supermaneras"

Canciones de Superman. Tenía un par en la manga y el recuerdo de que podría haber algo más. Pero me di cuenta que seguramente alguien ya había listado algo así. Efectivamente. Por ejemplo acá: clic. O en estos otros cliques: clic, clic.

Y sin embargo hay canciones que no van en una correcta lista de canciones de Superman. Es discutible que "Land of confusion" de Génesis sea una canción de Superman (aunque lo nombra) así como también es discutible que el "Jimmy Olsen's blues" lo sea.

Pero es claro que "Superman" de R.E.M. no es una canción de Superman. Tampoco la canción de The Kinks. Que uno se sienta o quiera ser como Superman no aplica a una estricta lista de canciones de Superman.

Aunque, de vuelta, no es tan simple la cosa, por ejemplo cuando la canción habla de Superman pero podría ser una metáfora para algún tipo de persona o comportamiento. Sin embargo si permitimos eso, las canciones más "supermaneras" serían las siguientes, a mi entender.

Las dos primeras las verán en cualquier lista, pero la tercera no la identificarán muchos coleccionistas. Las dos primeras son "Superman (it's not easy)" de Five for fighting y "Superman's song" de los Crash Test Dummies (donde aún no entiendo por qué se la tomaron con Tarzán). Y la tercera es el Superman argento de Alejandro Lerner, que hizo famoso probablemente Sandra Mihanovich: "Igual a los demás (la verdadera historia de Superman)".

Para los pacientes lectores que hasta aquí llegaron vamos a dejar un cover de la "Superman's song", a cargo de Nataly Dawn y al estilo de las viejas canciones de Pomplamoose.

lunes, 20 de julio de 2020

Musicalia

Ahora que los colegios están preocupados por los nuevos métodos de enseñanza quizás deberían probar el solfeódromo de los colombianos Ospina: clic.

Se recomienda una vez por mes escucharse algo de don Carlos Moscardini. Les voy a facilitar el cumplimiento de la prescripción en julio con este video: “A la niñez nuestra”. (No se refiere a la niñez de la humanidad sino a la del autor y sus amigos).

"Qué alegres son las obreras" o simplemente “Las obreras” es una ¿canción? ¿tonada? popular boliviana que hicieron conocida aquí (al parecer) Leda Valladares y María Elena Walsh. Pero la versión que les enlazo aquí no es para cualquiera. Como dijo Marty McFly en el ‘55, en el escenario del “Enchantment under the sea”, quizás ustedes no estén listos para esto todavía (¡jaja!).

Para los fans de Pomplamoose, cada vez más numerosos entre los lectores de "Aquí Estamos…", su versión de “Oh, Pretty Woman”.

No escuché más que esta canción de Haley Heynderickx: “The bug collector”. Ella tiene la voz parecida a Regina Spektor. Y dice cosas como: “And there's a praying mantis / Prancing on your bathtub / And you swear it's a priest / From a past life out to getcha”.

Hay otro grupo de lectores del blog que empezó a seguir la carrera de las Larkin Poe. Ellos nos advierten sobre esta interpretación en donde se luce la steel guitar. Su versión de "Apache".

Hace mucho que no se pueden disfrutar los programas en vivo de "Live from here". Quizás en otro planeta, en una cantina muy, muy lejana

De los principios de la cuarentena hemos rescatado del olvido este video de Jorge Fandermole y Juan Quintero. "Venimos de a dos cantando, que es una buena manera…"

Y para cerrar, mientras esperamos la lluvia, nos unimos a Joe Bonamassa que también la espera. "Colour and shape" es un tema que compuso de adolescente, inspirado en canciones de Toto (África) y de Eric Johnson (Friends). El autor lo había grabado en un viejo disco y ahora lo regrabó para el vigésimo aniversario de su carrera, donde se notan sus progresos vocales.

Y terminamos. Sol, do.

viernes, 10 de julio de 2020

Marechal y las corbatas (disparador)

En pocos días me encontré con tres descripciones de corbatas hechas por Marechal.

Leía una historia de Villa Crespo y surgió nuevamente la figura de Ilka Krupkin. Entonces me fui al poema que Marechal le hizo. Cuando leo:

¡Ilka Krupkin,
guardo un esbozo tuyo, eras así,
con tu corbata color de neurastenia
y aquel andar inútil de muñeco mecánico!

Me digo que me hace acordar al director del colegio (Adán Buenosayres, Libro quinto, parte II). Es que días antes lo leía, movido por las noticias del aniversario del autor y eligiendo ese pasaje justamente por la situación escolar actual.

Usa y abusa de un traje verdicelestegrís, con tonos de esponja y raras vislumbres de índigo, colores asombrosos que, según afirma el erudito Di Fiore, sólo es dable conseguir en el taller de la intemperie o en el de la más avarienta economía. Sin embargo, tres notas vehementes alegran el conjunto: una camisa de color de vómito de urraca (según lo ha definido Adán Buenosayres), el verde frenético de un corbatín y los botines de un amarillo alucinatorio”.

Veo que no hay mucho en común en ambas descripciones (no dejé entera allí la de Krupkin) aunque sí se trata de dos sujetos que vestían particularmente (sean ambos o reales, o uno de ficción). Pero están, que era lo que venía a cuento, la corbata y el corbatín.

¡Y no va que por esos momentos, ya con toda la "librería" de Marechal fuera de la estantería, me encuentro con el espía Sanfilippo! Estaba yo buscando un texto corto, que me habían pedido.

En cuanto a sus ropas, tenían el aire vago y general de las que han vestido muchos cuerpos, dejando aparte su corbata insólita, su corbata de tintes alucinatorios, que no tardó en fascinar a sus tres observadores (...)

“- Oiga, Sanfilippo -le advirtió el mono-: si ha de ingresar en esta “peña” será bajo dos condiciones.
- Escucho -dijo él, tenso de ansiedad.
- Primero -insistió el mono- tendrá que decirnos el color exacto de su corbata.
- No lo sé -tartamudeó Sanfilippo-. La trajo mi tío Giulio de Norte América.
- Ese color no existe -opinó Arizmendi.
- Ese color no pertenece a este mundo -corroboró Petróvich-. ¡Estamos en un callejón sin salida!
Temblaba Sanfilippo en su temor de ser “bochado”. Pero Gutiérrez tuvo de pronto una iluminación:
- Sí -dijo-, esa corbata peliaguda tiene color de ‘psicoanálisis’”.

¿Y si está cuarentena sirviera también para hacer un estudio sobre Marechal y las corbatas?

Como sea, ya sé que la palabra, en singular o plural, aparece unas quince veces en el Adán Buenosayres.

miércoles, 1 de julio de 2020

¿Orgullo perdido?

El hombre anda perdido. Perdió el orgullo de ser el señor de la creación. ¿Es acaso una excesiva sensibilidad? ¿O una falta de fe en el sentido de la vida?

Una excesiva sensibilidad, quizás, que no reconoce que para cuidar a los otros seres vivos no necesita negarse. Que puede ser el señor y tener el mayor respeto y cuidado por ellos, sin por eso decir pavadas como "todos somos iguales".

Una falta de fe en el sentido de la vida, quizás, con ese uso cotidiano de un tópico de un complejo debate científico: "complejidad no quiere decir evolución". Si la complejidad le permitió al hombre conocer a Dios y elegirlo libremente, ¡vaya regalito del azar!, ¿no?

Lamento no cerrar con la frase de algún destacado pensador, pero la que permitió que precipiten estos pensamientos antes disueltos en mi cabeza fue una de Julio Verne, que dice: "Así es el corazón del hombre. La necesidad de hacer cosas duraderas, que lo sobrevivan, es el signo de su superioridad sobre todo lo que vive en este mundo. Es el fundamento de su dominio y es lo que lo justifica en el mundo entero". (La isla misteriosa).

jueves, 25 de junio de 2020

Solo para llegar, les traigo un poco de todo

Esta entrada solo está hecha para que la mitad de este año tenga la misma cantidad de entradas que el año pasado. Terribles dilemas morales nos asaltan aún hoy al hacer este tipo de cosas en el blog. Y por eso, a pesar de tener más de quince años, nos sentimos jóvenes aún.

Y sin embargo hemos ganado en prudencia y no publicaremos aburridas disquisiciones al respecto (a esta altura me gustaría saber escribir mejor y saber más cosas para poder efectivamente contarlas con cierta dignidad).

Pero para que no os vayáis con las manos vacías les voy a traer cosas bien dichas. De los más diversos temas.

Está por ejemplo un tal señor Shortley, empleado humilde de granja del sur de Estados Unidos, a quien le falleció su esposa y de quien Flannery O’Connor, su creadora, nos dice: “Siempre que pensaba en la señora Shortley, sentía que el corazón se le hundía como un balde en un pozo seco”. Es a mi gusto una de las expresiones más lindas que leí hasta ahora en sus cuentos, si es que se puede decir así, y me gusta mucho más que esos otros sentimientos y expresiones “teológicos” de los que Flannery dota a sus personajes.

Me hace acordar a su vez a la película europea “Mr. Morgan’s last love” con Michael Caine, en donde el protagonista extraña mucho a su esposa recientemente fallecida. Pero una palabra vale mil imágenes, porque a aquella metáfora de Flannery no la puede equiparar ningún efecto cinematográfico de los de la película.

Y eso me hace acordar a otra película, norteamericana en este caso, como “Lost in translation”, con Bill Murray, que ha impactado a tantos y, teniendo un tema similar, queda reducida casi a nada al lado de la de Michael Caine. De la norteamericana, sin embargo, me gusta cuando él dice, refiriéndose a los hijos: "But they learn how to walk, and they learn how to talk... And you wanna be with them... And they turn out to be the most delightfull people you will ever meet in your life".

Me afeito menos y no he pisado la peluquería. Pero no me deja la conciencia tranquila el famoso colombiano si me cuenta que “de emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una barba salvaje que Úrsula lograba cuadrar a duras penas con un cuchillo de cocina”. Y ella no piensa cortarme el pelo.

Cuando el domingo leímos que “no hay proporción entre la falta y el don” no sé por qué razón de las proporciones me acordé de otra cosa de Flannery O`Connor, cuando su famoso personaje dice: “Me hago llamar el Desequilibrado porque no puedo hacer que las cosas malas que he hecho se correspondan con lo que he soportao durante’l castigo”. Me dirán que nada que ver, que cómo relaciono esas cosas. Y a mí me gustaría saber más, porque intuyo algo. Tú, internauta famoso, no te podrías dar el lujo de decirlo sin estar seguro. Yo no tengo reputación que proteger.

Y vamos cerrando que ya es mañana bien entrado...

lunes, 22 de junio de 2020

La ciudad de nadie (VI)


Y ahora que la gran manzana abrió los negocios aprovechamos para copiar el capítulo VI de "La ciudad de nadie", el ensayo o libro de viaje del venezolano Arturo Uslar-Pietri en la Nueva York de los años cincuenta.

Este es otro de mis capítulos favoritos porque habla de la publicidad, tratando de entender qué es esa extraña forma de comunicación, ese peculiar tipo de lenguaje. Siempre me he preguntado algo así. Siempre quise entender qué cosa es la publicidad y su forma de hablar. Algo como entenderla con categorías preexistentes. Desde fuera. Filosóficamente. Yo que sé.

Porque es normal encontrarse diciendo frases o leyendo envases y preguntárselo. Por ejemplo, hay un envase de una bebida y dice “todo el sabor”. ¿Qué es eso? Es evidente que no es algo literal. Sería imposible pensar en algo como “todo el sabor”, en el tiempo y en el espacio, en este o en otros mundos. Pero a su vez da pena (o escalofríos) llamarlo poesía. En fin. Vamos con don Arturo y recordemos que estamos en los años cincuenta.

Textos tomados de Revista ViceVersa. Capítulos anteriores aquí.

Quien hojea las llamativas y tumultuosas páginas de Harper’s-Bazaar, Fortune, Life, Vogue, o Holiday, se percata inmediatamente de que están compuestas no sólo de dos partes distintas, sino además de dos distintos sistemas de expresión.

Una parte pertenece al pasado, es la lectura tradicional de la vieja gaceta, en la que por medio de palabras se narra o se dice algo, o se transmite alguna especie de pensamiento. Es el texto. Un texto de mayor o menor valor literario: un cuento de Hemingway o una insoportable carta de consejos maternales de la señora Dorothy Dix. Lo que es sin duda un modo de expresión ya viejo en la cultura occidental. En esa misma forma se escribían los libros y los almanaques y las horas antes de descubrirse América.

Puede que haya mayor lujo de imprenta y seguramente mayores recursos gráficos que en los viejos periódicos europeos del siglo XIX, aunque no siempre mayor belleza y gusto (páginas hay en la Biblia de Gutenberg no superadas en belleza de composición y en tino artístico), pero el sistema de expresión sigue siendo europeo, ajeno, tradicional y, por tanto, profundamente distinto de la vida que crece y palpita en Manhattan.

En cambio, hay otra parte en las revistas, claramente diferenciada y nueva, donde un acento poderoso de otra vida resuena y donde se ve brotar una manera de expresión que ya no se parece a lo que vino de Europa. Son las páginas destinadas a la publicidad. Allí habla con términos propios, aunque todavía confusos, la cultura que está naciendo de la confluencia de razas y de pensamiento humano en esta isla del Hudson.

El esbozo del estilo y del medio de expresión de esta existencia que todavía aparece tímidamente en sus monumentos, en su pintura, en su música, se revela con énfasis en esas curiosas composiciones de los anuncios. No hay exageración en esto. Los más de los rascacielos no son sino inmensos cimientos habitados, sobre los que, en los dos o tres últimos pisos de la cúspide, se posa, como un buque encallado sobre un arrecife, una mansión gótica, un templo románico o un palacio del Renacimiento. La pintura es un pálido reflejo que sale por las ventanas de los museos. Y la música es casi toda europea o negra, o ambas cosas mezcladas, y, por añadidura, algunas veces expresada con la desterrada nostalgia del judío, como en el esplendoroso caso de Gershwin. Pero, en cambio, esas páginas de Fortune o de Vogue, donde con medios propios y alterados se manifiesta algo que se parece a esta isla más que nada, son de Manhattan, han nacido aquí y tienen poco que ver con las catedrales, los frescos y la literatura europea.

Si fuéramos a clasificar el sistema expresivo empleado en estas obras diríamos que tiene algo de la poesía. Su facultad de multiplicar los medios y las significaciones y de asociar e iluminar. Y también de la escritura ideográfica, de los pescados y los ibis enigmáticos de los jeroglíficos, de los petroglifos de los pueblos primitivos y de aquellos poemas, atontados por la excesiva carga de significaciones, que Apollinaire llamó 'Caligramas'.

En general presentan, sugieren o evocan los temas más persistentes de la vida americana. Sus diversiones, sus comidas, sus golosinas, sus bebidas, sus preocupaciones, sus objetos usuales: automóviles, radios, refrigeradoras, escobas mecánicas, sus medios de transporte, sus placeres y sus ideales.

Es un lenguaje directo, que presenta de una vez su mensaje, y en el que se aproximan palabras y grabados de manera tan concreta y vertiginosa, que necesariamente hacen surgir, con fácil espontaneidad, imágenes que no sería fácil expresar, sin limitarlas, con palabras. En este sentido, este arte creado por la publicidad no está muy lejos del realismo mágico de sus propósitos inefables.

A veces se trata tan sólo de una palabra. Una palabra que puede carecer de significación propia, ser un patronímico o una marca de fábrica, y junto a ella una imagen neta que se presenta en lo ilimitado. Y allí está contenido un mensaje, profundo y complejo como toda cosa humana, que leen con una mirada los amontonados seres que desembocan por las puertas del tren subterráneo. Hay una evidente correspondencia entre el ritmo en que viven, los valores de su experiencia y los símbolos de ese sistema expresivo, o para decirlo con la palabra más justa, de ese arte.

Los símbolos de ese arte nacen de la circunstancia en que esta gente vive, y constituyen las formas en que su sensibilidad tiende a expresarse. Sus dos mayores ansias, de una u otra manera, están siempre presentes: el cuerpo de la mujer y el aire libre. Labios que sonríen, cabelleras torrentosas, y piernas, o anchas perspectivas de bosques, ríos, lagos y playas. Los vasos llenos de dorados licores emergen de un cofre del tesoro de un pirata, o vuelan en el tapiz mágico de la leyenda árabe, que son las representaciones usuales de su instinto de evasión.

Cantan también a los automóviles y a los goces de la vida familiar. Hay siempre un árbol de navidad o unas pantuflas junto al fuego o un niño dormido. Y solicitan directamente la reacción más espontánea de la sensibilidad. Por ejemplo, la atracción del fresco en verano y la del calor en invierno.

Los hombres que trabajan con esta rica materia y forjan estos símbolos son los publicistas. Desde las altas torres, donde están sus oficinas, crean diariamente las formas en que se expresa el alma de esta isla, su arte verdadero y, sin duda, lo más sincero y revelador de la cultura que está naciendo en ella.

Son generalmente anónimos, como los constructores de las catedrales o como los miniadores de los libros de horas, que son sus antecesores en otro momento de la larga pasión de la civilización occidental. El hombre de la calle que repite sus cortas sentencias contundentes o tararea sus canciones asociadas a un mensaje, termina por deber a ellos más que a su escuela, por ser la hechura de esas manos invisibles que lo están haciendo y deshaciendo a cada instante.

Más interesante, y sin duda más importante, que lo que se escribe en las páginas de texto de las revistas es lo que se expresa en las ricas y heterogéneas páginas dedicadas a la publicidad. Allí está naciendo una nueva expresión. Quienes quieran conocer el alma de estas gentes y las reacciones de su sensibilidad deben abandonar los artículos, los ensayos y los cuentos que en su mejor expresión son todavía coloniales, para husmear en ese género autóctono que están creando los publicistas. Junto a uno de esos textos escuetos -poema, mensaje, vida- en que con una sola frase y una estampa está dicho en una mirada lo que uno de estos seres anhela, sueña o espera, William James y Mencken y hasta Walter Winchell resultan europeos, gente de otra lengua y otro espíritu.

Algún día, este nuevo sistema expresivo, todavía en formación, va a invadir las páginas de texto. Los poemas, los ensayos y los cuentos actuales habrán de desaparecer y lo que ellos pretenden decir ahora lo dirán entonces los cargados y fulgurantes jeroglíficos que están actualmente confiados a la sección de publicidad.

Este es ciertamente el fenómeno cultural más significativo que está ocurriendo en esta roca sagrada que es Manhattan. Un arte, o un sistema de expresión, tan nuevo y tan asociado a las condiciones más intrínsecas de una época, como lo fue el de los vitrales para el mundo gótico.

Son los jeroglíficos que el hombre de los rascacielos está creando para expresar su idea del mundo, de la vida y del destino y por los que habrá de ser reconocido y revelado mañana. Los jeroglíficos de su obelisco”.

miércoles, 17 de junio de 2020

Superpoblación

Superpoblación. Es algo que no puedo concebir. Si ves la cantidad de frutas que tiene este árbol sin que yo haya hecho lo más mínimo al respecto, si ves la riqueza que puede haber en un cuadradito de tierra en el que tiras una semilla y se multiplica por un millón, no podés creer en la superpoblación. La superpoblación es un invento de miedosos de escritorio. La semilla explotando es la realidad. La superpoblación es una historia de dudosa reputación.

De música: Todos los conciertos para Oboe de Vivaldi o el disco completo de Lari Basilio, Far more.

viernes, 5 de junio de 2020

La ciudad de nadie (V)

Habíamos dejado de publicar la serie "La ciudad de nadie" (la transcripción por capítulos del ensayo o relato de viaje del venezolano Arturo Uslar-Pietri en la Nueva York de 1950) cuando leímos tantas malas noticias.

Pero hoy leí que tuvieron el primer día sin muertos, así que decidí reiniciar la serie.

Esta parte, la V, es una de las que más me gusta. Es sobre la comida.

(Partes anteriores en I, II, III, IV; textos copiados de Revista ViceVersa).

"El pintor que tuviera que hacer el elogio plástico de los claros varones de Manhattan tendría que pintarlos ensimismados, en un sueño de poderío abstracto, entre sus ruedas dentadas, sus curvas estadísticas, de espaldas a una ventana que domina un bosque de rascacielos y contemplando en la mano un segmento de la blanca lombriz aplastada que mana del teletipo con las últimas cotizaciones. A lo sumo, como nota de fruición y de alegría, en la pared, la silueta triangular del gallardete de una universidad deportiva.

Son los amos de un mundo cuyo botín se resuelve en cifras.

Nunca podría ocurrírsele al pintor encargado de inmortalizarlos ponerlos en el momento de gozar de los sazonados frutos de la tierra. Sentarlos a la cabeza de una caótica mesa de Renacimiento donde todos los climas de la Tierra han delegado sus frutas y sus animales, o en el centro de la resonante boda flamenca, con derramados vinos y risas, que todavía gira en algún Brueghel.

Y es que las gentes de esta isla no tienen ni el gusto ni el arte de la comida. Apenas dedican tiempo a alimentarse en una forma somera, desabrida y rápida. Los mira uno ingerir con apresuramiento y sin dedicación un sandwich o una ensalada, mal sentados en la estrecha silla de un mostrador, con el sombrero puesto y el diario bajo el brazo. Hay quienes no toman sino una pintoresca ensalada de hierbas. Esa ensalada verdi-blanca que desborda de las cazoletas de madera es la única fantasía de su alimentación. Pero el plato típico preferido y ponderado que se come en los hoteles de los millonarios y en las fritangas de los muelles es el jamón con huevos fritos y el pastel de manzana. O acaso el «perro caliente».

Lo que un pueblo come retrata su historia y su psicología. La cocina es una de las más elaboradas formas de la cultura. Algunas salsas significan tanto culturalmente como un estilo arquitectónico o como una forma poética. Algunos vinos están tan entrañablemente mezclados a una raza y a un suelo como la propia lengua en que se expresan. La aptitud para sublimar el contenido de las necesidades primarias es el verdadero signo de la cultura. La transformación del refugio rupestre en catedral barroca no es muy diferente, como hazaña y marca de una cultura, a la transformación del bocado de carne asada en tournedos Rossini.

El pueblo griego, con el mismo impulso sagrado con que hizo el Partenón y creó la filosofía, transformó el acto animal de alimentarse en el noble ambiente del symposium, el banquete socrático en el que junto con la comida y la música de las flautas tiene lugar el rito del diálogo. Son también las sobremesas de los alejandrinos cargadas de gracia escéptica, y las de las villas florentinas bajo los Médicis, y las del París de la Restauración, cuando Talleyrand, con sublime elevación, explicaba el difícil arte de tomar una copa de fine Champagne. Un arte no menos complicado, sutil y simbólico que el que los chinos han madurado en milenios para preparar y servir el té.

Esa refinada estilística de la cocina, que adquiere tan extraordinario esplendor en la cultísima nación francesa, es una de las mejores vías de acceso hacia la intimidad espiritual de un pueblo. El Chianti, la polenta y las pastas son la parte más viva y asequible de la historia cultural italiana. El sauerkraut y la cerveza dicen más sobre el alma alemana que el falso Arco de Brandeburgo. El cocido de Castilla y el arroz de los valencianos son de las expresiones más reveladoras de la vida de la meseta y del mediterráneo español. Y la diferencia tónica y conceptual del vino de Burdeos y del vino de Borgoña reflejan la más rica de las contraposiciones del alma de Francia.

Lo que el hombre de Manhattan come es de lo más pobre e insignificante de la cocina universal. El refinado arte de las salsas le es desconocido. El vino y el aceite, que son dos de los más extraordinarios alimentos de la cultura antigua, le son ajenos. El maíz, que es la planta naturalmente más ligada al misterio telúrico del continente americano, les llega puro, en hábito de trigo, sin los significativos procesos de preparación y de fermentación que los indios han llevado a los pobladores de otras zonas, y que son la arepa, la chicha, la mazamorra, y todos esos conceptos en los que sobrevive y se transmite el sentimiento de una raza casi muda en la historia.

Comen poco, desabridamente y con premura. Las más de las gentes entran de carrera al mediodía al mostrador de una farmacia y a medio sentar comen un sandwich. Es ese mismo sandwich, que a esa misma hora, hora standard del Este, comen uniformemente millones de hombres y mujeres. Algo sin duda tiene que ver esta alimentación con la historia de la isla, con su arquitectura, con su paisaje y con su espíritu. Forma parte de una sensibilidad, de una manera de entender la vida. Algo del rascacielos, y del inmenso estadio de pelota, y del luminoso sol de invierno, y del color del Hudson, se refleja en el sandwich y en el vaso de Coca-Cola con que almuerza el hombre que los habita, los construye y los ama. El mongol que hizo su historia a caballo, que se calentaba con estiércol, y que se adornaba con crines, también se embriagaba con leche de yegua. La comida es una de las formas fundamentales de conocimiento y una de las mayores expresiones de la sensibilidad. Lo que fundamentalmente puede diferenciar los rascacielos de los palacios de Gabriel y la java rezongada en acordeones en los fonduchos franceses de la monótona cantata de los ozarks resalta más contrastadamente entre el hombre que almuerza con sandwich y Coca-Cola en el mostrador de una farmacia de Nueva York y el locuaz obrero que en una acera de París se instala a comer un elaborado guiso, mientras rebana un grueso pan sostenido bajo el brazo y empina repetidamente la botella de vino rojo que siempre está a su lado con poderosa presencia. En esa botella de vino la historia y la geografía de Francia entran en comunión con su pueblo. Es un caldo espiritual que los nutre de la esencia mágica de su tierra. El obrero de París tiene una noción precisa de los finos matices que distinguen a Anjou, de Alsacia y de Burdeos al través de los matices del cuerpo y del espíritu del vino en que cada región se expresa. Nada de esto ocurre en Nueva York. La Coca-Cola es igual desde el Atlántico hasta el Pacífico y las ensaladas higiénicas son hechas de las mismas desabridas y limpias yerbas en toda la extensión de la Unión.

Taine, en sus grandes hazañas de teorizante, trató de explicar una vez algunas de las diferencias de la expresión artística en los pueblos tomadores de vino y en los pueblos bebedores de cerveza por la influencia de estas bebidas. El arte del mundo latino estaría en gran parte influido y explicado por el vino, como la inorgánica, oscura y aletargada expresión de los sajones por la cerveza. El teorizante de la historia cultural y de la sensibilidad de este pueblo, que siendo tan universal tiene tan marcado acento localista en su vida, tendrá que escudriñar bastante en la significación de la Coca-Cola. No es el americano pueblo de vino o de cerveza. El hispanoamericano, que tampoco lo es, tiene, en cambio, su bebida tónica, su licor de trance, su caldo espiritual en el concentrado y profundo café. Pero esta bebida yerta que no ha pasado y salido enriquecida con los fermentos y las decantaciones, esta agua industrial y sin misterio no toca la sensibilidad ni la tiñe.

En el proceso de hacer en esta isla una vida con estilo, el terrazgo de una cultura, no se habrá adelantado mucho mientras no haya una cocina y un licor. Mientras no forjen sus propias salsas, sus guisos ambientados, su bebida emocional. Mientras no tengan la sensación de redonda y perfecta unidad que uno adivina entre la pagoda, la moral confuciana, el puente abovedado, la escritura ideográfica, los palitos de comer arroz y el té de los chinos. Entre tanto, y en medio de todas las magnificencias y los esplendores de su crecimiento, serán gente incompleta, no aclimatada en su tierra.

Este hombre del Hudson, que come apresuradamente su magra e incolora ración, no conoce la sobremesa. Y éste es también un grave inconveniente para la formación de una cultura. La sobremesa es la ocasión en que el tono de los alimentos sazonados pone su nota en las ideas y en los conceptos. Es el momento en que la naturaleza muerta de la mesa se transforma en fermento vivo del pensamiento creador. Es la hora de la unidad cultural, en la que después del banquete, sobreviene la música socrática. Lo que las musas y los dioses revelan allí ya estaba en la cocina. No pocas veces lo divino se mueve entre los pucheros, como lo sabía Santa Teresa.

Este hombre sano, fuerte, resuelto y apresurado, apenas acaba de comer se levanta. Se levanta a hacer algo. No conversa después de la comida, ni hay ninguna vinculación visible entre lo que puede decir y lo que ha comido. El comer no forma parte armoniosa de su existencia, sino que la interrumpe, la corta por un breve momento con la necesidad de alimentarse de la manera más simple, más rápida, más insignificante".