lunes, 26 de julio de 2021

Layla y Derek

La primera vez que escuché Layla pensé que era una suave canción romántica de Eric Clapton, porque había sido en el famoso unplugged de MTV. Fue muchos años después, cuando conocí al genio de Derek Trucks, que supe que Layla era un rock con todo. Que fue creado cuando Clapton tuvo la fugaz pero memorable banda Derek and The Dominos (y el otro Derek no había nacido).

¿Y como se relaciona entonces Derek Trucks con Layla? Pues porque, según dicen, de niño a Derek su padre lo ayudaba a dormir tocando Layla y canciones de los Allman Brothers. ¿Y por qué mencionamos a los Allman Brothers? Porque años después Derek fue guitarrista de los Allman Brothers y porque Duane Allman había participado en el único disco de Derek and The Dominos: "Layla and other assorted love songs".

Lo cierto es que es famoso en YouTube el video donde un Derek Trucks de 14 años está tocando la "coda" o como quieran llamarle a la parte final de la canción. Y lo más nuevo es que hace un par de años la Tedeschi Trucks Band hizo una gira en donde tocaban el disco completo "Layla and other...". ¡Y qué versionaza que grabaron de Layla! Quién mejor que Derek Trucks para mantenerla viva. Disfruten cada nota:

domingo, 25 de julio de 2021

Pedido de auxilio


Mar del Plata. Plaza España. Don Quijote y Sancho Panza le dan firmes la cara al viento y al mar. Pero esa tarde fría (¡y quien sabe cuántas otras más!), mientras una modesta cola esperaba el ingreso al Museo de Ciencias Naturales, una numerosa especie de grupo de murga o candombe se contorsionaba al ritmo de redoblantes y otras percusiones justo a la espalda del caballero y su escudero. Y yo imaginaba que ese Don Quijote, con su lanza y su mirada siempre alzadas, esta vez lo que hacía era gritar: ¡sáquenme de aquí, devuélvanme a mi tierra, que han vuelto los indígenas!

martes, 20 de julio de 2021

Ilustración de tapa


No es necesario que un libro tenga una tapa ilustrada. No me es necesario. Es más, uno diría que poner una ilustración en la tapa tienta al mal gusto. Como en esas ediciones baratas de clásicos (y no tan clásicos también).

Pero un nuevo capítulo en el tema son los libros cuya imagen de tapa fue tomada de un banco de imágenes. Ahí puede o no haber mal gusto, pero siempre es una decepción. Nada como una obra, linda o fea, pero hecha para el libro.

La que encabeza esta entrada fue hecha por Elsa Suárez Girard para los Cuentos Completos de Stevenson, de Penguin. Luce en la foto con una antigua lámpara y ambas se encuentran en estos momentos en una ciudad frente al mar. Nada más propicio.



sábado, 26 de junio de 2021

"Fictitis" a prueba con Stevenson

Decidí mezclar un poquito a James (Cuentos Completos, tomo 1, Páginas de Espuma) con algo de Stevenson (Cuentos Completos, Penguin Clásicos).

Y va bien. No le tenía demasiada fe a Stevenson (y por lo visto una vez pensé que lo que leí quizás fuera lo último). Con los chicos, “La isla del tesoro” no fue precisamente la lectura del año; eso pasa con las obras muy famosas y muy queridas, hay demasiada expectativa. Leí también un pequeño tomito de “Cuentos de los mares del sur” y el famoso ese de la botella que da fortuna pero hay que vender a otro a un precio cada vez menor. Tampoco me pareció una cosa extraordinaria. Porque nunca me gustaron ese tipo de cuentos. Hay que reconocer que en otra época habrán sido la gran novedad.

Pero ahora que me enganché con "Más mil y una noches", que tampoco me parece gran cosa, estoy entretenido. Siento cierto interés por las historias. Con decir que arranqué un cuento a las once y pico de la noche y lo terminé sin sentir sueño. Cosa rara en mí.

Pero uno debe tener cierto complejo con la ficción. Acedia a la ficción y fictitis les ha dicho ARP. Porque, aún cuando la estoy disfrutando, ya temo perder el gusto.

Lo gracioso fue cuando dije: “dejo un rato James, voy a Stevenson” y entonces veo que el introductor del libro de Stevenson, un tal Barry Menikoff, ¡es experto en James y Stevenson! No sé qué relación, qué línea de conexión obvia puede abrir entre ambos autores, pero yo no tenía sus libros por eso, solo los había tomado al azar de las estanterías hace mucho, cuando hice valer una giftcard.

martes, 22 de junio de 2021

Como mariposas

Los “Cuentos completos” de Wilde pasaron como si nada. Ni entrada tuvieron, pobres. Los únicos que me gustaron fueron “El fantasma de Canterville, “El joven rey” y “El pescador y su alma”. Hoy me dice G. que le están haciendo leer “El crimen de lord Arthur Savile”. Ni me lo acordaba. Lo busqué y me di cuenta que le había hecho una marca en esta imagen:
Cuando despertó lord Arthur estaba ya muy avanzada la mañana, y el sol de mediodía se filtraba a través de las cortinas de seda marfileña de su dormitorio. Se levantó y fue a mirar por el ventanal. Una vaga neblina de calor flotaba sobre la gran ciudad, y los tejados de las casas parecían de plata oxidada. Por el césped tembloroso de la plaza de abajo se perseguían unos niños como mariposas blancas, y las calles estaban llenas de gente que se dirigía a Hyde Park...”.
No sé si la ven como yo. Como cuando desde una ventana relativamente alta se ve la calle y sus movimientos pero sin que lleguen los ruidos, desde el silencio del interior (“sin sonido”, como diría un chico ahora influenciado por la vida tecnológica). Vistas así, las personas son como más leves. Como hormigas si marchan ordenados. Cómo mariposas los juegos de niños.

domingo, 13 de junio de 2021

Pila de libros


¿Cómo envejecerán los libros modernos? ¿Esos Penguin clásicos de bolsillo envejecerán cómo lo hicieron los de la Grandes Novelistas de Emecé? ¿Se podrán manejar con facilidad o se desarmaran? ¿Sus hojas tendrán un agradable olor? ¿Su tipografía resultará antigua pero de algún inexplicable modo entrañable y con ese atractivo de la vejez bien puesta?

Pienso eso entre la pila de libros que tengo al lado. Son varios. La vuelta al trabajo está dejando menos tiempo o fuerzas para estos anticuados (pero qué bien escritos) primeros cuentos de Henry James...
"El salón está lleno de libros, ordenados sin ninguna lógica, tampoco azarosamente, más bien en una especie de genial incongruencia, la cual sugiere que, tarde o temprano, cada libro abandonará su sitio y tendrá nuevas compañías. El señor Sloane hace buen uso de los libros. Sus dos pasiones, según Theodore, son leer y conversar; pero para conversar precisa un libro en la mano".
(Un hombre ligero, Henry James)

sábado, 5 de junio de 2021

Semana de "stop"

(30/5)

Esta semana pasada no trabajé, salvo algunas pocas disposiciones telefónicas, así que pude iniciar las podas.

Adelanté la de la parra, que solía ser en junio o julio, respaldándome en la teoría de los meses sin erre, que me indicó ella. Así le abrimos camino al sol, que baja poco al fondo en esta época, para que seque la ropa.

Perfilé un poco el laurel con idénticos objetivos y empecé a recortar con tijera de mano la mandarina, que tuvo tantas este año que no pudimos aún descargarla por completo. Luego algunas otras ramas de vecinos invasores y algunas de mis invasoras.

No voy a tener tanto tiempo este año como tuve el año pasado pero ya dimos un importante paso.

Los libros venían tan bien este año que me animé con unos volúmenes gruesos. De esos que repiqueteas en la tapa y suena grave. En la semana di un tirón y terminé “Resurrección” de Tolstoi y empecé a dar cuenta del primer tomo de “Cuentos Completos” de Henry James (estaba empezado este libro; retomé desde la 329, ¡y tiene 979!). Veremos qué pasa ahora que invertiré más tiempo en el trabajo.

En música he descubierto que les estuve trayendo todas cosas rápidas, muy pim pam pum. Si tienen oportunidad de detenerse en una música más tranquila o más instrospectiva, prueben este trabajo de Quique Sinesi y Marcelo Moguilevsy:

Sólo el río / Sinesi - Moguilevsky 

Escuchen esta entrevista a Carlos Moscardini, que les dará un montón de cosas interesantes y pistas a seguir.

Entrevista a Carlos Moscardini / Folklore en casa 

Y por último cierren con la Argerich y el simpático Gábor Takács-Nagy de la Liszt Ferenc Academy of Music:

 

jueves, 20 de mayo de 2021

¿Whitman en Atahualpa?

"One of the Nation of many nations, the smallest the same and the largest the same,
A Southerner soon as a Northerner..."
(Leaves of grass, Song of myself, v. 16, Walt Whitman, versión 1892)
"Mesmo del norte o del sur,
por algo soy argentino"
(Zambita del caminante, letra de Atahualpa Yupanqui -música de Fernando Portal-)
Para justificar esta entrada les dejo los enlaces al poema de Whitman (ver verso 16) y a la letra de Atahualpa.

Dense una vuelta y verán que es de lo más bonito cómo ambos recorren las distintas regiones de sus propios países.

miércoles, 19 de mayo de 2021

Por la indiferencia


En vano cientos de miles de hombres, hacinados en pequeño espacio, se esforzaban en desfigurar la Tierra en que vivían; en vano la cubrían de piedras a que nada pudiera crecer; en vano arrancaban las hierbecillas que pugnaban por salir; en vano impregnaban el aire de humo de petróleo y de carbón; en vano echaban a los animales y los pájaros, porque hasta en la ciudad la primavera era primavera. Resplandecía el sol, la hierba verde brotaba por doquier, no sólo en los céspedes de los bulevares, sino hasta entre los adoquines del empedrado; en los álamos, los abedules y los cerezos silvestres despuntaban pegajosas y perfumadas hojas; los brotes de los tilos estaban a punto de estallar; las cornejas, los gorriones y las palomas construían alegremente sus nidos, como todas las primaveras, y las moscas, calentadas por el sol, zumbaban junto a los muros…
(Resurrección, León Tolstoi)
Pero yo he visto otra cosa más. En la ciudad la primavera puede avanzar sin peligro precisamente porque se la ignora.

Fue lo primero que pensé cuando, en las salidas de pajareo o birdwatching que organizaron los chicos, descubrimos un nido de benteveos en un árbol a metros de la avenida (ver foto que ilustra la entrada). Fue como una revelación, para mí, de toda la naturaleza que en la ciudad vive sin que le prestemos atención. Y por eso mismo, creo yo, no está en peligro.

Es como si la ciudad que avanza, icono de enemistad con la naturaleza, fuera lo que entonces la estuviera protegiendo. Porque los hombres le son indiferentes y así la dejan vivir.

Quizás en el campo los chicos ya no cacen pajaritos con la gomera. Pero acá ni sabemos que existen. Y por nuestra indiferencia están más tranquilos.

Es verdad que quizás las acecha alguna rapaz, que también están en la ciudad. Pero quizás haya menos, quizás tengan menos depredadores aquí.

No puedo decir que esto es cierto pero, ¿no les he dejado una interesante incógnita?

domingo, 9 de mayo de 2021

Diez videos

Me contactaron desde "Lo-mejor-que-viste-en-YouTube.com" y les pasé mi lista del primer cuatrimestre. Solo podía incluir 10 videos así que traté de no repetir artista.


Sin duda el hallazgo del año (que ya tiene tres) es el paso de Eva Fernández (cantante, saxofonista) a la canción en español. Cuando los artistas hacen estos cambios podemos tener la suerte de estar del lado de los que le gustan o de los que no. Esta vez me tocó del lado favorable. Me parece que con estas canciones logra expresar muchos más sentimientos que con el jazz. O a una profundidad mayor.

1. Para leer en forma interrogativa (poema de Cortázar, música de Josep Munar) / Eva Fernández 

 

Hablábamos en un grupo sobre Montreux y buscando presentaciones en ese festival me apareció esta fantástica presentación de una ya grande Nina Simone, haciendo una versión clásica del standard de jazz que ella misma había hecho famoso hace muchos años.

2. My baby just cares for me (standard -orig. Walter Donaldson-Gus Kahn-) / Nina Simone; versión Montreux ¿1987? 

 

El siguiente cover tiene dos propiedades especiales. Que lo cante una nena de doce años y que tenga un cello que suene tan bien.

3. Ain’t no sunshine (Bill Withers) / Canen 

 

Esta extraña cantante es famosa por sus trabajos de composición para famosos artistas. Descubrí esta canción en un supermercado y me impresionó la expresividad.

4. Lost on you (LP) / LP 

 

Nunca estuve cerca de las escena del tango pero hay hoy en día un conjunto llamado La Chicana. Uno de sus miembros, Acho Estol, compuso este moderno tango llamado “Juguete rabioso”. El dúo formado por Mamba Mali y Ushi Cerviño hacen una emotiva versión.

5. Juguete rabioso (Acho Estol) / Mamba Mali y Ushi Cerviño 

 

Había conocido a Ariel Ardit con la orquesta El Arranque y siempre me convenció. Este tango fue conocido por Goyeneche pero yo creo que lo hace muy bien. Y la orquesta también suena muy bien.

6. Mariposita (Aieta-García Jiménez) / Ariel Ardit y orquesta típica 

 

Grace Potter fue una sorpresa porque era puro rock. Una de ella fue de las últimas canciones de la selección del año pasado. Este año hemos descubiertos varias de su presentación en la serie de artistas en la casa de Daryl Hall. Money tiene toda la polenta de Grace.

7. Money (Grace Potter-David Poe) / Grace Potter and Daryl Hall 

 

Me sorprendió Divididos con uno de sus más nuevos temas. Esta grabación en vivo muestra que la aplanadora no perdió potencia.

8. Cabalgata deportiva (Divididos) / Divididos 

 

Al cierre de esta edición anunciaron que se está por publicar un disco de la Tedeschi Trucks Band, una de las favoritas de este blog. Se trata de una presentación en vivo en donde se hacían todos los temas del disco “Layla and other assorted love songs” de “Derek and the dominos”. En este video participa activamente Trey Anastasio y todo suena muy requetebien.

9. Why does love got to be so sad? (Bobby Whitlock / Eric Clapton) / Tedeschi Trucks Band 

 

Para cerrar la selección una canción que les salió muy bien a estos muchachos, que suena muy country y que tiene una simpática letra.

10. Operator (Jim Croce) / The Other Favorites with Reina Del Cid and Toni Lindgren 

jueves, 6 de mayo de 2021

Otoñales

(27/4)

Hoy disfruté en el viaje del “Beegie Adair Trío” interpretando “Autumn leaves”.

(Sería muy obvio hablar de canciones de otoño. Pero, ¿y qué si lo esbozamos?

Top of mind:
Tema otoñal / De Enrique Mario Francini, por Orquesta El Arranque
Autumn in New York / De Vernon Duke, por Frank Sinatra
Autumn leaves / Standard, por Beegie Adair Trio...)

Después un viaje en el tiempo con una canción de los Carpenters. ¡Qué voz única tenía la hermana Carpenter y qué trágica fue esa vida! Una vez más sentí como es tan potente el arte que surge del sufrimiento. En un principio no podía aceptarlo. Pero ahora creo que es bueno que así sea. Porque es como una “redención” con minúscula.

¡A veces nuestras alegrías son tan pequeñas! Quizás el sufrimiento nos permita estar más cerca de Dios que la mayoría de nuestras pueriles alegrías. Porque a través del sufrimiento quizás podamos sentir mejor, luego de un arrepentimiento, luego de un consuelo divino, al verdadero Dios, la realidad del mundo.

(¿Hay más temas otoñales? ¡Pero claro! Cierro el paréntesis y se los dejo...)



domingo, 25 de abril de 2021

Misterios del correo

Hoy que estamos acostumbrados a comunicarnos por teléfono, un teléfono que suena en la misma mano mientras vamos caminando por la calle, pensar en el correo es casi pensar en una aventura. Eso de entregar un mensaje para alguien en manos ajenas y que quién sabe cuantas manos y vehículos llevarán hasta su destino produce una extraña sensación, mezcla de inseguridad, de confiar en la providencia, de ejercicio de paciencia.

Volví a pensar en esto cuando veía una película en que a unos prisioneros de guerra les concedían enviar cartas, situación más frágil aún que la de un correo establecido.

Y me acordé entonces de un texto de Pemán leído recientemente en los “Ensayos andaluces”:
Hay huelga ferroviaria en la Compañía de Andaluces. No circula el ‘expreso’. Corren mil noticias sobre la forma cómo el Gobierno ha organizado el servicio de Correos; unos dicen que las cartas irán a Córdoba en autobús y allí alcanzarán el tren; otros aseguran que hay un torpedero en bahía para llevarlas a Sevilla y seguir a Madrid en avión. No sé nada seguro. ¿Comprendéis ahora mi emoción y mi ternura antes estas cuartillas mías, que dentro de unos momentos habré de entregar a su incierto destino? Siento ante ellas el dolor del padre a quien le sale una hija un poco americanizada, con ansias juliovernescas de aventuras, y le pide su bendición para irse, libre y emancipada, a correr mundo. ¡Críe usted hijas para esto! Así dice el padre abandonado, y así diré yo cuando, dentro de unos instantes, arroje estas hijas mías por la ranura del buzón, ancha y oscura como el porvenir. ¿Qué les aguarda? ¿El ‘auto’, el torpedero, el avión?... No sé; pero tarde o temprano, acaso dentro de tres o cuatro días, espero que entrarán también por el asfalto húmedo de la calle de Alcalá, soñolientas cansadas, asombrando a las compañeras con el relato de sus aventuras, y llevando en el pecho, como una ironía, la rosa de un sello de urgencia”.
Este texto me había hecho acordar, a su vez, de una historieta del vaquero Lucky Luke, donde caricaturizaba cómo era el correo en norteamérica antes del telégrafo:

Texto:
“Uno de los grandes problemas que debían resolver los jóvenes Estados Unidos, era el de las comunicaciones entre el este y el oeste.
Imaginemos, en efecto, que un joven recientemente instalado en San Francisco decide escribir una carta a su novia que se ha quedado en Nueva York.
Priscilla bien amada: Abandonadlo todo y venid a reuniros conmigo aquí en San Francisco. Mi amor por vos sigue siendo tan ardiente como siempre ¡y anhelo tanto volver a teneros entre mis brazos.
Pues bien, en 1848 esta carta habría ido a parar a los navíos de la U. S. Mail Steamship Co., y de la Pacific Mail Steamship Co.
De 1851 a 1852, habría sido transportada por convoyes de mulas.
En 1856 habría formado parte del cargamento de una caravana de camellos, ya que 75 de esos llamados “barcos del desierto” fueron importados de Egipto por Edward Fitzgerald Beale.
De 1857 a 1861, la carta habría pasado a depender de las diligencias.
Pero fuese como fuese, y aun suponiendo que la carta hubiera salido indemne de los naufragios, motines, guerras indias y forajidos…
Hay grandes probabilidades de que hubiera llegado demasiado tarde…
¡Mamá! ¡Una carta para tí!
No tengo tiempo, estoy atendiendo al bebé. Dádsela a papá…
La fragilidad del correo me trae al recuerdo a esos viajes de la Aéropostale que relata Antoine de Saint-Exupéry, donde los pioneros del cruce de mar, del cruce de las altas montañas y de los vuelos nocturnos arriesgaban sus vidas y (menos importante pero no puedo evitar pensarlo) su correo. Ahí con el piloto iban historias, iban vidas. Habría citas para buscar al respecto. Pero también pensé que las cartas atraviesan un mundo que los remitentes y destinatarios desconocen.


Una escena que quiere mostrar, al contrario de algunas cosas que cité, la infalibilidad del correo, es la Volver al Futuro 2, cuando el Doc no puede aterrizar el auto en 1955 y un rayo lo hace desaparecer imprevistamente. Es fascinante cuando instantes después aparece un cartero que entrega a Marty una carta de Doc enviada desde 1885. La carta había sido dada al correo con la instrucción de entregar 70 años después en ese mismo lugar donde él estaba parado. Así como muestra la infalibilidad del correo no deja de transmitir esa sensación de que las cartas quedan a la deriva y atraviesan un mundo fantástico e imprevisible antes de llegar a destino.

Por último les dejo un fragmento de Faulkner de un relato llamado “Idilio en el desierto”. En este caso la situación es distinta. No son correos sino noticias. Pero eso no importa. Es una genial observación del autor. Y el que se conozca el viaje que hacen los mensajes no le quita la fascinación:
Las noticias pasan por Blizzard unas cuatro veces antes de quedarse. Pongamos que la noticia tiene lugar en Pittsburg. De acuerdo. La dan por radio y pasa sobre nosotros para llegar a Los Ángeles o a Frisco. De acuerdo. Ponen los periódicos de Los Ángeles y de Frisco en el avión, y la noticia pasa sobre nosotros hacia el este ahora, hacia Phoenix. Allí ponen los periódicos en el rápido y la noticia vuelve a pasar sobre nosotros en dirección oeste, a sesenta millas por hora y a las dos de la madrugada. Y los periódicos vuelven de nuevo hacia el este en el tren de cercanías, y al fin podemos leerlos”.

domingo, 18 de abril de 2021

Galicismos

Las siguientes son canciones que no están compuestas en francés pero se desliza en ellas una frase o verso en francés. Debe haber miles de este tipo. Acá están por supuesto las de mi memoria RAM. Y alguna de la discoteca que se había extraviado.

(En esta, como en otras colecciones que ya presentó el blog, sucede de la siguiente manera. Cuando uno escucha un par en un intervalo corto de tiempo surge la asociación. Entonces se buscan otras en la memoria. Con los días solita aparece alguna otra. O se revuelve un poco la discoteca a ver si hay algo más).

"Plus ça change, plus c'est la même chose..."

Après Moi / Regina Spektor
"Après moi, le déluge..."

Psychokiller / Talking heads
"Qu'est-ce que c'est..."

Araca París (Ramón Collazo-Carlos Lenzi) / Carlos Gardel
"Bon soir, petite, je t'aime, tu es mon cocó..."

Es interesante que nadie haya registrado, o yo no lo encontré, lo que canta Julio Sosa en su famosísima versión. Porque suena así:
"Bon soir, chérie, je t'aime mon petit ¿cochon?..."

"C’est la vie mesdames et messieurs..."
"(So) très charmant (my dear)..."

Bongo bong / Manu Chao

"Je ne t'aime plus mon amour
Je ne t'aime plus tous les jours...

Parfois j'aimerais mourir tellement j'ai voulu croire,
parfois j'aimerais mourir pour ne plus rien n'avoir,
parfois j'aimerais mourir pour plus jamais te voir...

Parfois j'aimerais mourir tellement (il n')y a plus d'espoir,
parfois j'aimerais mourir pour plus jamais te revoir,
parfois j'aimerais mourir pour ne plus jamais savoir..."

lunes, 5 de abril de 2021

Sino

Desde que leí que "saudade" era una palabra portuguesa que no podía tener una traducción exacta, que era un sentimiento que no tiene una palabra equivalente en nuestro u otros idiomas, me interesaron ese tipo de cosas.

Me encontré algo parecido mucho tiempo después en el libro Estambul, de Orhan Pamuk. Y dejamos aquí una entrada. La palabra era "Hüzün".

En estos días encontré un tercer caso. Es cuando Pemán habla, en "Ensayos andaluces", sobre el sino andaluz. Les dejo los párrafos:
¿De qué se acuerda el alma andaluza con tan suave melancolía? Según García Sanchiz, se acuerda de Tartesos del Califato, del oro de América. Sin embargo, éste me parece demasiado erudito. Yo creo que el alma andaluza se acuerda de algo más lejano y más imposible: de algo que sólo existe en su propia imaginación; yo creo que el andaluz sólo es un destronado del trono de sus propios sueños. Por eso su «cante» tiene languidez de canto moro de caravana. Porque el andaluz, que canta inmóvil, sentado en un poyete; el andaluz, que es el más sedentario de los seres, viaja, sin embargo, perpetuamente con la imaginación en una caravana de destierro. Por eso también la copla, madre de todas las coplas, se llama la «soleá», adaptación de la bella palabra portuguesa «saudade», cuyo significado, lleno de bellos matices intraducibles, oscila entre la melancolía y la añoranza. Por eso, en fin, cuando el campesino andaluz, liando un cigarro, empieza su cuento, dice invariablemente: «Hubo una vez un rey»...
De esto es, pues, de lo que se acuerda el andaluz. No de una anécdota histórica ni de una fecha concreta. No de la gloria de América o del Califato, sino de «un rey» que «hubo una vez». ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?... Nunca.

De aquí nace lógicamente lo que se ha llamado el «fatalismo» andaluz. Un alma que abriga perpetuamente un sueño fuera del tiempo y del espacio está a dos dedos de renunciar a todo esfuerzo. Por eso es poco emprendedor y combativo. Tira la hoz o la escopeta, como Petrarca tiraba la pluma, porque sabía que no era copiable «la gracia de su gentilísima señora». Uno de los conceptos folklóricos andaluces más necesitados de detenido estudio es el del «sino». Aunque su nombre es una desfiguración de un concepto pagano -el signo del horóscopo—, habría que descubrir delicadamente lo que hay en él de fatalismo astrológico y lo que hay en él de las creencias cristianas de la culpa, la caída y la resignada expiación. Esto podría estudiarse mejor que en ninguna parte en el gran drama del poeta cordobés «Don Álvaro o la fuerza del sino». Allí el sino, cuya fuerza arrastra a don Álvaro hasta tirarse de cabeza desde una peña, no es el «destino» de los dramas griegos, nacido de la irritación de un dios caprichoso; es el «sino» andaluz, consecuencia lógica de una primera culpa; expiación fatal de aquella florida noche sevillana, del amor, el pecado y la muerte. Así, con esa complicada dosificación de elementos senequitas, moros y cristianos se forma ese concepto andaluz del «sino», que engendra el desengañado conformismo social del viejo proloquio:

El que nace para ochavo
no puede llegar a cuarto.

O la renunciación total del poeta de «Adelfos»:

Que las olas me traigan y las olas me lleven
y que nunca me obliguen mi camino a elegir…”
(Lunes de Pascua 2021)

jueves, 1 de abril de 2021

Sabios

En estos tiempos hemos estado y estamos leyendo con ellos algunos libros. Mientras leíamos alguno de Julio Verne, me llamaba la atención como el autor (¿o es un tema de traducción?) aplicaba la palabra sabio a esos personajes eminentes de la ciencia en distintos campos, la ingeniería, la biología, etc.

Yo la dejaba pasar pero un día lo comenté. Como dando a entender que era curioso. Para mí, dije, sabio es alguien mas relacionado con la sapiencia en las cosas de la vida.

Para ahorrarme trabajo, en "Ensayos andaluces", que estoy leyendo en solitario, ya tocó el tema Pemán: 
"Por todas estas cualidades enumeradas es por lo que he dicho que Simón merece el raro calificativo de sabio. Pero sabio en el sentido bueno y primitivo de la palabra. Porque ocurre que tenemos en esto un error de criterio: creemos que un sabio es un ser elevado, enigmático, indescifrable; creemos que la 'sabiduría' es algo embrollado y lejano, y no hay tal cosa: la sabiduría, como Simón mismo la definía, no es sino el conocimiento claro de las cosas sencillas.

La verdad es natural al hombre; y alcanzarla es, ante todo, cuestión de naturalidad y sencillez. La verdad no hay que perseguirla con fatigas, porque no es algo lejano y escondido. Hay que contemplarla sencillamente, porque está, por naturaleza, ante nuestros ojos; toda la ciencia está en quitar los estorbos que los hombres hemos puesto delante de ella. Por eso no hay mayor sabiduría que la sabiduría prudente de los refranes populares. Por eso también el libro bíblico llamado por antonomasia de la 'Sabiduría' es un tejido de sentencias claras y sencillas".
(Jueves Santo, 2021)

domingo, 21 de marzo de 2021

Vergüenza del trabajo

Cuando alguien nos dice "¿por qué no nos contás nada de tu trabajo?" podemos traer a colación lo que dijo Pemán (Ensayos andaluces) del jardinero del ayuntamiento, un tal Lucas, quien cuidaba las flores como hablando con ellas, que sobre ellas todo sabía y que, por eso de que "siempre" había trabajado allí, se le hacía a Pemán como una criatura mítica.

A Lucas le habían ofrecido otros trabajos mejores, pero él invariablemente quería quedarse allí, donde estaba solo. "Y es que Lucas tiene un concepto andalucísimo y orsiano del trabajo. Dice que el 'comerás el pan con el sudor de tu frente' es, para el hombre, como el 'parirás con dolor', para la mujer: un castigo de Dios, una pena, una vergüenza. El hombre debe, pues, tener el pudor de su trabajo, como la mujer lo tiene de su parto. Debe ocultar avergonzado su tarea. Por eso él, sin plebeyos e impúdicos sudores, ha discurrido ganar el pan paseando dignamente entre sus claveles y rosas".

Esto me hace pensar dos cosas. Dicen que antes se ocultaba el embarazo por pudor. A veces se entendía mal ese pudor. Para algunos remitía a una vergüenza de la unión sexual, que era vergonzosa debido al pecado original, que erróneamente decían que era, al decir de la vieja Cloto, cuando “Adán y Eva le hicieron a Dios aquella porquería en el Paraíso” (Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal).

Pero además del pudor naturalmente humano, habría otro fondo, de una vergüenza legítima de algún modo, la vergüenza de ser un ser caído. El embarazo es el paso previo al parir con dolor, esa amonestación que recibimos cuando fuimos expulsados. Que más que una vergüenza, porque sabemos que Dios redime nuestra vida, es una tristeza del "recuerdo de aquella vez". En conclusión, puede haber una vergüenza también de tener que 'sudar la frente' (en forma literal o en forma simbólica para otros esfuerzos) para conseguir el pan. ¿Por qué no? Es un noble sentimiento.

Corolario: El concepto del trabajo ha perdido esa noción. El trabajo en muchas culturas se asocia al ahorro y a la riqueza. Esto no es necesariamente una ventaja o un avance. Lo es solo para quien quiere desembarazarse de un vínculo con Dios y no ve al hombre como un ser caído (de una perfección a la cual aún debe aspirar). Porque no es exacto que el trabajo sea un "castigo" o una pena (al que luego el hombre moderno debe, "superando" la idea de Dios, considerar de otra manera). El trabajo no es penoso, pues había trabajo en el Edén. La pena es el esfuerzo que exige el trabajo en este mundo.

martes, 16 de marzo de 2021

Impresiones irlandesas (contiene algunos otros comentarios sobre cómo es para mí leer a Chesterton)

Mi esposa tuvo el buen tino de regalarme las "Impresiones irlandesas" de Chesterton. Es genial leer a Chesterton escribiendo sobre cualquier tema, aún los más desconocidos. Es cierto que es difícil comprender las alusiones a la "actualidad de la época", a todos esos personajes hoy y aquí desconocidos, y es cierto que es difícil traducir sus juegos de palabras (o de sentidos) y más aún su forma poética de decir las cosas.

Y algo más. Suele encarar los temas a veces no tan linealmente sino como abriendo varias puertas a la vez. Y se requiere tener presentes todas esas cosas para poder después unirlas en una conclusión. Pero una vez que lo entendiste, es genial. Y las reflexiones se pueden aplicar a distintos temas, no solo al del libro. Por suerte el libro contiene una introducción. Y esta edición de Agape varias notas. De las que ayudan a entender, pero también a relacionar con otras cosas.

Voy a copiarles un fragmento solo por las notas:
"(...) Ni tampoco soy tan insensible como para no verme llevado, por una imaginativa simpatía, con el instinto de la poesía irlandesa moderna que alaba este orden primordial y misterioso, incluso como una especie de paraíso pagano; y eso, sin ver esa leyenda como un tipo de mentira, sino una tradición como un tipo de verdad (62). Y esto no es sino otro indicio de sugerencia, grande pero escondida, de que la civilización es más antigua que la barbarie (63); y cuánto más lejos nos remontamos hacia los orígenes paganos, más nos acercamos al origen cristiano de la Caída..."

"62. Es extraordinaria ver aquí, en apretada síntesis, lo que C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien desarrollarían, pocos años después, sobre el valor y el papel de la tradición y del relato mítico como explicación de hechos verdaderos. Ambos, especialmente, Lewis, afirmarían la importancia de Chesterton en su camino intelectual, incluso, el camino de su conversión.

63. Idea que Chesterton desarrollará, con gran amplitud, en The everlasting man (El hombre eterno)".
Y ahora otros fragmentos interesantes:
"La única excusa de la literatura es hacer nuevas las cosas; y la mayor desgracia del periodismo es que tiene que hacerlas viejas. Lo que se hace con prisas acaba saliendo gastado".
"A menudo he hecho lo poco que he podido para corregir la trampa cansina de dar las cosas por hechas: más aún, porque ni siquiera es tenerlas por dadas. Es tomarlas sin gratitud, esto es, categóricamente como no regaladas".
("I have often done the little I could to correct the stale trick of taking things for granted: all the more because it is not even taking them for granted. It is taking them without gratitude; that is, emphatically as not granted").
Las dos próximas tienen que ver con lo distinto que son Irlanda, con sus campesinos dueños de su tierra, y el sistema capitalista de empleadores y empleados en Inglaterra.
"Cualquier intento, imperial o internacional, de juntar a estos campesinos con esa cosa gigantesca y amorfa que llaman el trabajo, son parte de la ilusión cosmopolita que ve a la humanidad como un mapa".
"Sentían que ellos mismos estaban luchando contra los socialistas con tanta ferocidad como cualquier capitalista; pero ellos no solo sabían contra lo que estaban luchando sino también a favor de qué estaban luchando; y eso es más de lo que sabe el capitalista".
"Es estricta y sobriamente cierto que cualquier campesino, en un cabaña de barro en el condado de Clare, cuando llama Michael a su hijo, puede comprender el sentido de aquella presencia que golpeó a Satanás, los brazos y el plumaje del paladín del paraíso. Dudo que sea tan sobrecogedoramente probable que cualquier oficinista en cualquier villa en Clapham Common, cuando bautiza a su hijo John tenga una visión de la santa águila del Apocalipsis, o siquiera del vaso místico del discípulo a quien Jesús amaba. Frente a este simple hecho no tengo ninguna duda sobre cuál es el hombre más culto; e incluso la lectura del Daily Mail no equilibra la balanza. Se dice a menudo, y quizás con razón, que el campesino llamado Michael no puede escribir su propio nombre. Pero es igualmente cierto que el oficinista llamado John no puede leer el suyo".
"En Irlanda un hombre lleva la casa familiar consigo como un caracol; y el fantasma de su padre le sigue como una sombra. Todo lo bueno y malo que se puede decir se dice, no sólo sobre Murphy sino sobre los Murphy".
"Se supone que la caridad hace a un hombre dependiente; aunque en realidad le hace independiente, comparado con la dependencia cansina que suelen producir las organizaciones. La caridad da propiedad, y por lo tanto libertad. Hay algo manifiestamente más emancipador en dar a un mendigo un chelín para que se lo gaste que en mandar tras él a un oficial para que lo gaste por él".
"Los aliados tenían más razón de lo que creían. Más aún, casi no tenían derecho de tener tanta razón. La Babilonia moderna de estados capitalistas no merecía ir en tal cruzada contra los infieles; como quizá un Bizancio decadente no merecería defender la Cruz contra la Media Luna. Pero nos alegramos de que sí la defendiera".
Pero al margen del crédito o simpatía que se deba al culto de los orígenes celtas, en su justa medida, ninguna de estas cosas evitan realmente que el celtismo se convierta en un imperialismo bárbaro como el teutonismo. Lo que evita el imperialismo es el nacionalismo. Precisamente porque Alemania no era una nación fue por lo que deseó, más y más, ser un imperio. Porque un patriota es una especie de amante, y un amante, una especie de artista; y el artista siempre amará la forma lo suficiente como para no desear verla amorfa, aunque fuera para crecer. A un grupo de tribus teutónicas no les importará cuantas otras tribus destruyan o absorban; y las tribus celtas pueden haberse comportado, cuando eran paganas, que yo sepa, de la misma manera. Pero la civilizada nación irlandesa, parte y producto de la Cristiandad, desde luego que no tiene ningún deseo de verse entrelazada con otras tribus o ver sus fronteras difuminadas con grandes manchas como Liverpool y Glasgow, ni como Belfast. En ese sentido, es demasiado consciente de sí misma como para ser egoísta. Su individualidad puede como sugeriré, hacer que sea demasiado insular; no la hará demasiado imperial. Esto es un mérito del nacionalismo muy poco apreciado; que incluso lo que se llama su estrechez no es una mera barrera contra la invasión, sino también una barrera contra la expansión. Por tanto, con todos mis respetos hacia los celtas prehistóricos, me siento más a gusto con el caballero cristiano bueno, aunque en ocasiones loco, del movimiento de la Joven Irlanda, o incluso de la rebelión de Pascua”.
"Un sacerdote católico, tras una conversación alegre y bastante bien vino, le dijo en confidencia: 'Usted debería ser católico. Podría salvarse sin ser católico; pero sin serlo no puede ser irlandés'".
"El político moderno conduce su vida pública en privado. En ocasiones tiene la condescendencia de compensarlo fingiendo que conduce su vida privada en público. Pondrá a su bebé o a su libro de cumpleaños en los periódicos ilustrados; son sus negocios con los millones colosales de los millonarios cosmopolitas los que mete en su bolsillo o en su casa fuerte privada".
“No estoy seguro en absoluto de que los soldados sean peores gobernantes que los abogados y los mercaderes; y estoy bastante seguro de que una nación tiene el derecho de dar poderes anormales a sus soldados en tiempos de guerra. Solo digo que un soldado, si es un soldado sensato, sabrá qué es lo que está haciendo y por tanto lo qué no puede hacer; que no puede amordazar a un hombre y luego interrogarle, igual que no puede volarle los sesos y convencer a su inteligencia. Puede que haya -y hablando de hombres las hay seguro- un montón de injusticias en el gobierno militarista de Irlanda. El militarismo en sí puede ser la menor de ellas; pero seguro que supone el encubrimiento de las demás”.
"Pero incluso los que lo dudan, y dicen que los irlandeses no tienen ningún agravio concreto sino sólo un sentimiento nacionalista, caen en un error final y muy serio sobre la naturaleza de la cosa llamada nacionalismo, e incluso en el significado de la palabra 'concreto'. Pues la verdad es que, al hablar de una nación, lo que es más abstracto de todo también es lo que es más concreto de todo".
"El imperialismo no es la locura del patriotismo; es simplemente la ilusión del cosmopolitismo".
“Ciertamente, los irlandeses son muy poéticos, en un sentido decisivo; en dar un reconocimiento social especial y serio a la poesía. A veces me he recreado en la fantasía de que los hombres en la Edad de Oro podían hablar espontáneamente en verso; y es realmente cierto que la mitad de los irlandeses hablan en verso. Citar se vuelve recitar. Pero es demasiado rítmico como para parecerse a nuestras recitaciones teatrales. Este es uno de mis recuerdos más claros y más agradables, y también una de las razones más definibles por las que me he sentido extraordinariamente feliz en Dublín. Era un paraíso de poetas, en el que un hombre que puede sentir la inclinación de mencionar un libro o dos de El Paraíso Perdido o ilustrar su significado con la balada completa del Marinero Anciano siente que se le entenderá mejor que en cualquier otro lugar”.
"Es el simple placer de pensar extravagantemente bien de uno mismo; y una indulgencia ilimitada en ese placer es más debilitante que cualquier indulgencia en la bebida o disipación. Pues constituye construye tan completamente un cosmos irreal alrededor del ego, que la crítica del mundo no se puede sentir ni siquiera para propósitos mundanos".
"Una religión no es la iglesia a la que va un hombre, sino el universo en el que vive".
“Y un error más generalizado aún era la idea de que los irlandeses del sur soñaban y no trabajaban. Yo señalé que esto también contradecía la experiencia concreta; pues en todo el mundo, un hombre que tiene una pequeña granja tiene que trabajar realmente duro. Como hecho histórico, la antigua noción de que el campesino irlandés no trabajaba sino que sólo soñaba tenía una explicación sencilla. Significaba simplemente que no trabajaba para beneficiar a un capitalista; sino que soñaba en trabajar algún día en beneficio propio”.
“Es justo que los hombres tengan casas, justo que tengan tierras y justo que tengan leyes para proteger la tierra; pero todas estas cosas son sólo maquinaria para hacer el ocio y para trabajar la tierra. La casa sólo es un escenario hecho por los carpinteros para representar lo que el Sr. W.B. Yeats ha llamado «el drama del hogar». Las cosas más dramáticas ocurren en casa, desde nacer hasta morir. Lo que piensa un hombre sobre estas cosas es su vida; y sustituirlos por un ajetreo de legislación electoralista es deambular entre las pantallas y bambalinas en el lado equivocado del decorado de cartón; y nunca llegar a actuar en la obra. Pues esta obra siempre es una obra milagrosa; y el nombre de su héroe es Todohombre”.

sábado, 13 de marzo de 2021

Al comentarista anónimo

Totalmente confirmado. Es usted. Quizás exagero si digo que siempre lo supe. Y ahora, días después del comentario en el que dudé si era usted, no entiendo por qué me resultó tan extraño que lo fuera...

(Me siento como cuando la gente se comunicaba, tipo Sherlock Holmes, con avisos en el diario. Publico aquí mi primera entrada-respuesta, la respuesta a un comentario que pidió no ser publicado. ¿Quién dijo que no hay nada nuevo en los blogs después de tantos años?)

Muy linda foto, muy linda familia. El gesto ancestral: inequívoco. Lo original de esta generación: lo toma por un canto corto y lo lleva suelto.

domingo, 7 de marzo de 2021

Men

No uno en particular.
Aunque se hable en singular.
Sino un tipo.

Nowhere man / The Beatles


Sinnerman / Nina Simone

Gracias a comentarista sr. Tito se incorpora:

No van profesiones (ice cream man, tambourine man, etc.), pero es difícil no pasar a las que hablan del hombre en general...


Baguala del desengaño / Jacinto Piedra

La pucha con el hombre / Los Carabajal

Y de yapa el “Man of a thousand faces”, pero el de Regina Spektor, que no sé si habla de alguien en particular o de qué.

Y de yapa bis el "Nowhere man" en versión de Natalie Merchant. Que si hubiera sido solo un homenaje a John Lennon ni lo ponía, pero si vemos que ella parece que va a llorar (como digo yo) es porque se transformó en homenaje a las víctimas del atentado a las Torres Gemelas.

lunes, 1 de marzo de 2021

Extractos de "Godos, insurgentes y visionarios"

Del ensayo "Godos, insurgentes y visionarios", el venezolano Arturo Uslar Pietri.
“Oscar Wilde, en una forma no enteramente paradójica, dijo que la naturaleza imita al arte. O por lo menos el arte hace ver la naturaleza de una manera distinta y nueva. Sin exagerar, podríamos añadir que la historia imita a las ideologías. Nunca se ha logrado que una ideología reemplace o cambie enteramente una realidad histórica, pero logra alterarla significativamente y termina por cambiar el sentido que de su propia experiencia vital tienen las colectividades”.
“Como lo ha señalado Giuseppe Prezzolini el Renacimiento no fue, en el fondo, otra cosa que la italianización de Europa, que fue paulatina, pero efectiva, desde el siglo XIV hasta el XVI, desde Dante y Petrarca hasta la corte florentina de Lorenzo el Magnífico. Cada nación recibió esta influencia a su manera. En España tenía que españolizarse, pero es significativo que en la difusión de la gran nueva y en su primera y perdurable interpretación desempeñan un papel protagónico tres italianos: Colón, Pedro Mártir de Anglería y Amérigo Vespucci”.
“Lo que había habido en España hasta esa hora había sido un estado de guerra civil, larvada o abierta, entre constitucionales y ‘serviles’. Lo que pasa en América representa otra faz del mismo enfrentamiento. (...) No era España, a los ojos de los libertadores, una potencia extranjera que había venido a sojuzgar su país e imponerle una cultura extraña. Los americanos se consideraban tan españoles como los peninsulares y su relación con la corona no era menor ni diferente a la que tenían con ella los distintos reinos de la península. Lo que ocurría en España para entonces, era una guerra civil, y lo que ocurrió en América fue el traslado y la continuación de ese mismo conflicto, entre la misma gente, en otro escenario geográfico. La mayor dificultad con la que tropezó Bolívar en los comienzos no fue otra que la de darle un carácter nacional a la guerra contra el régimen (...)”.
“Si pasáramos revista a las constituciones, frecuentes y muy parecidas, que las naciones hispanoamericanas adoptaron a todo lo largo del siglo XIX, encontraríamos, para sorpresa nuestra, que a pesar de que lo que predominó en casi todas partes fue la dictadura caudillista, las constituciones no alteraron en nada su idealista lenguaje liberal y republicano. No hubo instituciones dictatoriales, el ideal democrático nunca fue negado ni reemplazado aun en los más duros regímenes personalistas”.
“Su estilo y su forma de lucha va a sobrevivir por largo tiempo en los caudillos criollos. Los caudillos, llámense Rosas, Facundo, Artigas o Páez y sus sucesores van a proclamarse liberales y federales. Sarmiento, con poco acierto, los llamará bárbaros. Representaban para él la barbarie. ¿Qué clase de barbarie frente a las formas externas de una pretendida civilización a la europea que se refugiaba en las ciudades?”
“Ninguna de las largas dictaduras de caudillos que ocurrieron en el siglo XIX osó nunca institucionalizar su forma de gobierno y eliminar del santuario de la Constitución los principios republicanos y democráticos”.
“Cuando un hijo de los Estados Unidos dice ser americano expresa una convicción firme y segura de identidad. No es lo mismo cuando a un hombre de esa otra América de cambiante nombre se le pregunta qué es, o se le designa caprichosamente por alguna de las varias designaciones posibles” [Iberoamericano, hispanoamericano, latinoamericano, etc.]
“Muchos años después de la publicación de las primeras obras que representaban esa novedad, el año de 1949, mientras escribía un comentario sobre el cuento, se me ocurrió decir, en mi libro Letras y hombres de Venezuela: «Lo que vino a predominar... y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de los datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que, a falta de otra palabra, podría llamarse un realismo mágico». ¿De dónde vino aquel nombre que iba a correr con buena suerte? Del oscuro caldo del subconsciente. Por el final de los años 20 yo había leído un breve estudio del crítico de arte alemán Franz Roh sobre la pintura postexpresionista europea, que llevaba el título de Realismo mágico. Ya no me acordaba del lejano libro pero algún oscuro mecanismo de la mente me lo hizo surgir espontáneamente en el momento en que trataba de buscar un nombre para aquella nueva forma de narrativa. No fue una designación de capricho sino la misteriosa correspondencia entre un nombre olvidado y un hecho nuevo. Poco más tarde Alejo Carpentier usó el nombre de lo real maravilloso para designar el mismo fenómeno literario. Es un buen nombre, aun cuando no siempre la magia tenga que ver con las maravillas, en la más ordinaria realidad hay un elemento mágico, que sólo es advertido por algunos pocos. Pero esto carece de importancia”.
“Para otros países los conceptos de Adam Smith pudieron convertirse en una doctrina para un futuro mejor, para los ingleses era la descripción de los mecanismos reales de su economía (...) El campesinado del Tercer Mundo es el heredero de creencias, patrones de vida y actitudes mentales completamente diferentes de aquellos que determinaron el fenómeno colectivo del aumento de la productividad del labriego europeo. Pertenecen a culturas que no asocian la idea de riqueza con la del trabajo, ni han tenido nunca la noción del ahorro, su concepción de la riqueza es diferente, la miran como un don mágico mucho más que como un instrumento de producción. La conciben con los ojos de “Las mil y una noches”y no con los de Adam Smith”.
“«¿Qué hay en un nombre?», se preguntaba Shakespeare para que tres siglos más tarde Wittgenstein pudiera responderle, con igual perplejidad: «¿Cómo es posible representar un mundo no-lingüístico en términos lingüísticos?». Nada es más engañoso, cambiante y ambiguo que los nombres, siempre es oscuro lo que pretendemos expresar con un nombre y su relación con la cosa nombrada no es menos vaga. Nombrar es crear, toda la creación verbal del hombre, que es su mayor hazaña, tiene como base la virtud fecunda de ese descalco que, afortunadamente, no permite que lleguemos a saber todo lo que nombra un nombre, ni hasta dónde representa la cosa nombrada”.
“Sería tarea de psicólogos estudiar la significación de conjuro mágico para apaciguar temores que tenía el hecho de reproducir, en aquella tan distinta realidad física, la toponimia española”.

lunes, 15 de febrero de 2021

Imágenes de Flannery O’Connor (con intro)

He retomado los Cuentos Completos de Flannery. Me he reconciliado con ella. No es que no me hubiera gustado antes. Me habían encantado los primeros. Pero los personajes más famosos no me resultaban.

No me chocaban, cuentos y personajes, por lo crudo que podían ser (aunque alguno que otro pudiera ser desagradable), sino por esas sentencias teologales que salían de sus bocas. No me parecían realistas (sea lo que pueda ser eso en una obra de ficción).

Pero, en mi desautorizada y humilde opinión, eso de ver "la verdad bíblica" en boca de personas "que se portan mal" creo que va mejorando en su naturalidad. Es mucho más creíble un Rufus Johnson (Los lisiados serán los primeros) que un Desequilibrado (Un hombre bueno es difícil de encontrar).

Y se ve que hubo que leer más para descubrir bien cómo es Flannery. Porque hay algo relacionado con la expectativa que no funcionó al principio. No solo que quizás yo esperaba otra cosa. Sino que además el haber leído antes a Faulkner puede quitarle una cuota de novedad a su literatura. Cosa que con el tiempo se compensa al ir descubriendo su originalidad.

Las siguientes citas no son de ese tipo de cosas mencionadas. Son solo algunas "imágenes" que me parecieron geniales (de los cuentos que leí en esta segunda tanda).
El orgullo que sentía el señor Greenleaf por ellos empezaba en el hecho de que fueran gemelos. Se comportaba, decía la señora May, como si hubiera sido una hábil jugada que se les había ocurrido a ellos”. (Greenleaf)
Era un hombre emprendedor, de esos, pensaba el señor Fortune, que nunca iban a la par del progreso, sino un poco más adelante, para poder estar allí y recibirlo cuando llegara”. (Una vista del bosque)
Y fue entonces cuando sintió el comienzo de un escalofrío, un escalofrío tan particular, tan ligero, que era como una cálida ondulación en la superficie de un mar más frío en el fondo”. (El escalofrío interminable)
Había algo en aquella mujer que le resultaba conocido, pero Julián no podía precisar de qué se trataba. Era un gigante. La expresión de su rostro indicaba que no solo sabía enfrentarse a la oposición, sino también provocarla. El gran labio inferior caído era como un letrero de advertencia: NO ME MOLESTEN”. (Todo lo que asciende tiene que converger)
[En un psiquiátrico, dos visitantes] “Estaban rodeados de una intensa calma pese a que el lugar era cualquier cosa menos tranquilo. De una punta del edificio provenía un sonido lastimero y continuo, como el lamento palpitante de las lechuzas; desde la otra punta les llegó un crescendo de sonoras carcajadas. Más cerca, una serie de monótonas maldiciones rompía el silencio imperante con mecánica regularidad. Cada sonido parecía existir aislado de los demás”. (Partridge de fiesta)
En medio del silencio, le llegó el clic inconfundible de una llave que giraba en la puerta de entrada a la casa. Era un sonido pausado. Atraía la atención hacia sí y la mantenía como si estuviera controlado por una mente en vez de por una mano”. (Los lisiados serán los primeros)
La muchacha de color estaba ante el armario quitándose un brillante impermeable rojo. Era alta y de piel clara, y su boca era como una gran rosa que se hubiera oscurecido y marchitado”. (Los lisiados serán los primeros)
Él siguió allí de pie, con aquella media sonrisa, en silencio. Como una masa absorbente que se queda con todo sin dar nada” (¿Por qué se amotina la gente?)
Al lado de la madre del niño había una mujer joven, pelirroja, que leía una de las revistas y mascaba chicle con fruición, como si trabajara un pedazo de cuero, diría Claud”. (Revelación)
Era la mueca más fea que la señora Turpin había visto en su vida y por un momento estuvo convencida de que iba dirigida a ella. La muchacha la miraba como si la conociera y la odiara de toda la vida… toda la vida de la señora Turpin, no solo toda la vida de la muchacha”. (Revelación)
Alguien que no tenga nada que hacer que llame a una ambulancia -dijo el médico en ese tono sereno, como si no pasara nada, que emplean los médicos jóvenes en las ocasiones terribles” (Revelación)
Hasta entonces Parker jamás había sentido la menor sensación de desconcierto interior. Hasta que vio a aquel hombre en la feria no se le había pasado por la cabeza que el hecho de existir constituyera algo extraordinario”. (La espalda de Parker)
Le dolió muy poco, lo justo para que a Parker le pareciera que valía la pena. Esto también resultaba extraño, pues antes del tatuaje creía que solo las cosas que no hacían daño valían la pena” (La espalda de Parker)
Ya sabía en aquel entonces que el terreno estaba a la venta, pero le parecía que era demasiado malo para que alguien lo comprara (...) Cuando vio la figura marrón con forma de cetáceo cruzar el campo aquella tarde, comprendió inmediatamente lo ocurrido. Nadie tuvo que decírselo. Si aquel negro hubiese sido dueño del mundo entero menos de un pobre y miserable campo de coles y lo hubiese comprado, caminaría por él de ese modo…” (El día del Juicio Final)

viernes, 5 de febrero de 2021

Pastillas

Enrique García-Máiquez hizo una entrada comentando este meme que publicó Penguin España (entendemos que es la editorial).


Conviene que vayan directo a la entrada de Enrique antes que leer las pavadas que voy a decir yo. Aunque las voy a decir igual.

1- Sería lindo revivir esa sorpresa que hay cuando uno descubre un libro que luego se transforma en un favorito. Pero va a haber muchos libros favoritos más, ¿para qué quiero olvidarme los que ya leí? Estos están para las relecturas, que es otra felicidad distinta.

2- No me atrae. No me cuesta conseguir nuevos libros.

3- ¿Para que me dé claves del libro? ¿Qué grado de intimidad habrá en esa cena? Quizás deba admirarlo mucho para querer cenar con él y la verdad es que no hay muchos autores a los que admire como personas. De todos modos, a esos pocos prefiero tenerlos así en el pedestal en que están.

4- No, ¿para qué?

5- No, ¿para qué? El tiempo se va a pasar de todos modos en algún momento, y es preferible que se pase en algo que nos guste.

6- "Na". No me atrae. Como decía Síndrome (el malo de Los Increíbles), que les iba a dar superpoderes a todas las personas: "y cuando todos sean súper, nadie lo será".

7- Me alcanza con la que tengo y su ritmo de crecimiento.

8- Esta es mi pastilla. Pero no la quiero con un fin práctico, como quien leyera libros de ciencia que no tienen traducción en su idioma. Es porque me encantaría entender como un nativo esas cosas que no tienen traducción exacta.

9- Podría llegar a gustarme vivir en algún mundo de los de mis libros favoritos. Pero si es solo soñarlos… Se han quedado cortos con la potencia de esta pastilla.

Al final elegí solo la 8. No me costó demasiado. Si fuera obligatorio elegir otra le sumaría la 7, mientras que la casa en cuestión sea la mía.

martes, 2 de febrero de 2021

Yoknapatawpha y el Cumberland Gap

Leyendo "Una mano sobre las aguas", la tercera historia de "Gambito de caballo" (William Faulkner), supe más sobre el origen de Yoknapatawpha


¡Y además aparece el Cumberland Gap! “¡A devil of a gap!" según canta David Rawlings.


Cumberland gap, it's a devil of a gap
Cumberland gap, it's a devil of a gap

Kiss me momma, kiss your boy
Bless me well and lucky
For I won't be back til' I return
I'm gone to old Kentucky

Cumberland gap, it's a devil of a gap
That's what the scouts all tell ya
Sure enough it may get tough
If it doesn't kill ya, kill ya

Kentucky she's a waiting on the other side
Give you the fever, put the daylight in your eyes

Brother John's already gone
With the full-blood Cherokee maiden
He made the trip in the blizzard's grip
I'd rather wrestle Satan

Cumberland gap, it's a devil of a gap
Oh, the snow kept coming
Picked her up upon his back
By God, he loved that woman!

Daniel stood on the pinnacle rock
Lookin' up and down the mountain
Took his trusty old flint-lock
Daniel started shoutin', shoutin':

Kentucky she's a waiting on the other side
Give you the fever, put the daylight in your eyes

Cumberland gap, it's a devil of a gap...” 

lunes, 1 de febrero de 2021

El libro esta rebueno cuando...


La foto que encabeza la entrada la puse hace mucho tiempo en Facebook, con estas palabras:

"El libro está rebueno cuando el auto ya entró al garaje, todos ya se bajaron y vos seguís ahí leyendo…"

El otro día vimos otra vez La Novicia Rebelde y digo:

"El libro está rebueno cuando te pasa como a Brigitta".


Para los desmemoriados, la primera vez que el capitán llama a los niños (en presencia de Fräulein María) con los silbatos, todos forman y bajan. Menos Brigitta, que estaba abajo en una habitación contigua y aparece leyendo un libro.

Para que rompas las filas del capitán Von Trapp, tu valor o inconsciencia te lo da un libro que debe ser muy atrapante.

Por último, como nos acerca comentarista Anónimo:

"El libro está rebueno cuando lo señalás con el dedo para seguir leyendo cuando el escultor se distrae".



martes, 26 de enero de 2021

Hambres distintas

En una movida comercial sin precedentes nos hicimos con los libros de Don Camilo que nos faltaban. Ella los descubrió en la librería de usados de Beccar. ¡Vayan, que hay más!

Teníamos solo "la vuelta" en edición de Kraft (duodécima, de 1956). Adquirimos entonces el primero (Editorial Kraft, segunda edición de 1952) y el tercero (Ediciones Orbis, primera edición de 1984).

Ya todos conocen (o deberían saberlo por alguien que lo explique mejor que yo) cómo es ese Mondo Piccolo. Yo solo quise traer este pasaje, que me llamó la atención esta vez, para mostrárselos. (Para los que no lo saben, no es este pasaje algo que pinte al libro, al menos en mi opinión).

En huelga, la gente de Pepón descubre un traidor a la causa trabajando en un campo. Lo detienen y maltratan pero descubren luego que era un profesor de la ciudad y se detienen.
"- Lo siento -dijo Pepón-. Pero usted, un profesor, un diplomado, no puede meterse contra los pobres trabajadores de la tierra.
- El sueldo de los profesores es menor que el del último de sus labriegos. Además yo estoy sin empleo.
Pepón meneó la cabeza.
- Lo sé, pero aquí no se trata de eso. Aun cuando el labriego y usted necesiten la misma cantidad de alimentos, el hambre del labriego es distinta de la suya. El labriego, cuando tiene hambre la siente como la sentiría un caballo y no puede dominar su hambre porque nadie le ha enseñado a hacerlo. En cambio usted sabe.
- Pero mi hijo no lo sabe.
Pepón abrió los brazos.
- Si es su destino que haga lo que hace usted, aprenderá.
- ¿Le parece justo todo esto?
- No lo sé -dijo Pepón-.
La cuestión es que no se comprende cómo nosotros y ustedes, encontrándonos en el fondo en iguales condiciones, no podemos nunca hacer causa común contra los que tienen demasiado.
- Usted lo ha dicho: porque, aun teniendo necesidad de los mismos alimentos, nuestra hambre es distinta de la de ustedes.
Pepón meneó la cabeza.
- Si no lo hubiese dicho yo, parecería que aquí hay algo de filosofía -murmuró.
Se marcharon, cada uno por su camino, y el asunto concluyó allí. Y el problema de la clase media quedo sin solución".
(De la historia "Filosofía campestre")

viernes, 15 de enero de 2021

La ciudad de nadie (X)

Quien gusta de los subtes y de las observaciones en los transportes públicos podrá disfrutar de éste, el último capítulo de La ciudad de nadie.

"Y ahora recuerdo a Chesterton que dijo que carece de sentimiento religioso quien no comprende que aquel hombre que está sentado frente a nosotros en el tren subterráneo es tan importante para Dios como William Shakespeare. Aquel Guillermo Agitalanza".

Capítulos anteriores y otras explicaciones: clic.

"El cielo azul resplandece sin una nube y el sol labra las moles de ladrillo oscuro y piedra blanca de la Universidad de Columbia, cuando empiezo a bajar la escalera del tren subterráneo. He depositado la moneda del pasaje al pasar las aspas giratorias de la entrada y ya estoy en un mundo nocturno.

Ya empiezo a bajar a saltos la escalera con todos los que la bajan a saltos. Hasta llegar a la plataforma de espera. A la chata nave fría, apuntalada por postes de hierro, blanca de losas de hospital o de carnicería, fría, de luces eléctricas que nunca se apagan, donde a veces palpita como una llaga una luz verde o una luz roja.

Todos los que han bajado conmigo se asoman al andén, miran a ambos lados a las dos largas bocas de túnel que se abren a los dos extremos, contemplan un momento los rieles pulidos dentro del estrecho foso y piensan que, al llegar el tren, habrá por un espantoso segundo la perfecta oportunidad de suicidarse: en un salto y en un segundo. Se alejan del borde y miran a los demás con ojos de sospecha. Caminan con las manos a la espalda, o con las manos en los bolsillos y mascan. A cada momento suena el «trac» de las máquinas automáticas adosadas a los postes que venden por un centavo, por aquel centavo liso y suave entre las ásperas monedas de plata que la mano palpa en el fondo del bolsillo, una tableta de chocolate o una lámina de goma de mascar.

Todos mascan. Y dejan de mirarse. Y a ratos y en grupos se detienen frente al puesto de periódicos lleno de luces y derramado de todos los colores de las portadas de las revistas. Ven al desgaire las brillantes portadas, mujeres desnudas y vestidas que sonríen en las portadas, o los negros titulares de los diarios. Del diario de la mañana que salió por la noche. Del diario de la tarde que sale por la mañana. «Los rojos tienen la bomba atómica». «Los Dodgers le ganaron al San Luis». «No me divorciaré», dice el marido de la Bergman. «Veterano loco mata trece en doce minutos». Cada quien compra un periódico. Y en todo el andén aletean las hojas.

Se oye el trepidar del tren que llega. Los primeros vagones pasan con tanta velocidad como si no fueran a detenerse. Un golpe de aire tormentoso se desplaza a su paso. Pasan vagones y pasan vagones hasta que llega uno que se va amohinando y deteniendo frente a nosotros. La puerta corrediza se abre de un golpe. Los que salen y los que entramos nos apretujamos un momento. Hay algunos puestos desocupados en el largo banco amarillo de esterilla que se alarga a ambos lados del vagón. El tren arranca con un golpe seco.

Los que están sentados se sacuden. Los que están de pie dan un traspiés. Los que cuelgan con una mano de las agarraderas blancas del techo se bambolean adheridos al periódico que sostienen en la otra mano. 

Nadie parece mirar a nadie. Yo observo a todos los que no miran. Los que están en fila sentados en el largo banco frente al mío. A través de los cuerpos de los que están de pie a uno y otro lado. A nadie conozco. Todos los rostros son distintos. A veces las ropas se parecen. A veces los zapatos son iguales. Pero aquellas narices lustrosas son tan diversas, aquellos ojos tan distintos los unos a los otros. Aquellas manos que sostienen el periódico o que reposan sobre la rodilla están tan asociadas a la sola vida de una sola persona que no podrían ser las manos de más nadie. Son las manos de aquella nariz, de aquel sombrero, de aquel peinado, de aquel periódico. Y ahora recuerdo a Chesterton que dijo que carece de sentimiento religioso quien no comprende que aquel hombre que está sentado frente a nosotros en el tren subterráneo es tan importante para Dios como William Shakespeare. Aquel Guillermo Agitalanza.

Por los pedazos de ventanilla que se miran entre las cabezas desfilan las vertiginosas siluetas de los postes de hierro que sostienen el túnel y algunas luces fugitivas. Sentimos que vamos a una velocidad excesiva. Que la más pequeña falla del más pequeño tornillo podría estrellarnos contra la cerca de postes, y el trueno sordo y sostenido del viaje transformarse en infernal explosión de metales y gritos. Como una deflagración irrumpe rozándonos un tren que pasa en sentido contrario.

Sobre las cabezas están inmóviles las aspas de los ventiladores. Entre las aspas y las cabezas se extiende el friso multicolor de los carteles de publicidad. Con figuras de hombres y mujeres jóvenes y hermosas que sonríen. Que sonríen con un tubo de pasta dentífrica en la mano, con un jabón, con un paquete de té, con una botella de Coca-Cola. «Yo prefiero el Camel», dice la cara de un conocido cantante. «Yo prefiero el shampoo Kreml», dice una estrella de cine. «El señor Robert Smith, de Kansas City, se ha cambiado para el whisky Calvert». «Si tiene usted talento para cantar, venga a verme». «Johnnie Maize, bateador de los yanquis, es un comedor de Wheaties desde hace diez años. Compre usted su paquete mañana».

En la estación de la calle 96 entran muchos negros y algunos puertorriqueños menudos con pequeños bigotes. Un negro alto y triste se para frente a mí y sostiene con su gruesa mano la blanca agarradera. La otra mano cuelga inerte un poco más abajo de mis ojos. Es una mano grasienta, pulida. Tiene una sortija de oro con un rubí. El botón marrón está a la altura de mis ojos. Alzando la vista le miro la camisa y la corbata también marrones. Este no es de los jornaleros del Aseo Urbano. Es hombre elegante y debe venir de los dancings de Lenox Avenue. Me imagino que debe saber bailar un «Jitterbug» descoyuntado sobre las más altas notas del saxófono.

Palabras en español me llegan de la conversación de dos puertorriqueños que no puedo ver. «Ahí se consigue trabajo. Yo te lo digo. Yo lo sé. Pagan hasta cuarenta dólares por semana. No te digo». «Y ¿desde cuándo no ves a Carmen?». «Mejor es que no me hables de eso». El rumor vertiginoso del tren se funde con las conversaciones. Cruzamos blancas bahías de estaciones sin detenernos.

Por entre el brazo bamboleante del negro miro a la colegiala que está sentada frente a mí, entre otras colegialas. Una camisa hombruna, unos pantalones arremangados de lona azul, calcetines blancos y lisos zapatos. Tiene sobre las piernas los libros, sobre los libros los brazos, sobre los brazos la cara sonriente que parece una de las de los avisos del friso. La de la muchacha del té Lipton. O la del laxante de limón. Hablan en algarabía que se añade a la de los hierros.

Bamboleándose, un borracho barbudo da empellones y voces. Parece decir una arenga. Son imprecaciones a todos los que no le oyen. De la puerta de algún bar oscuro, sin saber cómo, se descolgó por una boca del subterráneo. ¿Qué era lo que le decía al barman? Lo que decía a aquellos otros hombres acodados en el mostrador. Lo que dice ahora a todas estas gentes que le evaden la vista. Cuando el tren se detiene está a punto de caerse. Se ha levantado para salir una señora madura de sombrero de plumas. El borracho mira el asiento vacío y se desploma sobre él. Entre una mujer y un hombre. La mujer, que tiene los ojos metidos dentro de un libro abierto, se encoge para evitar el contacto. El hombre que está al otro lado, duerme. Tiene una gorra metida hasta los ojos, una sucia camisa de trabajo, unas gruesas manos de trabajo cruzadas sobre las piernas, unos zapatos negros cuarteados y terrosos. Duerme profundamente. El borracho está casi tendido sobre él y sigue hablando sin cesar, dando manotazos en el aire.

Nadie lo mira. La mujer que está al lado está como metida dentro de su libro. No alza los ojos sino cuando el tren se detiene en alguna estación. Por entre los dedos logro verle el dibujo de la portada. Es una novela histórica, que se está vendiendo por millares de ejemplares diarios. Es la misma que tiene otra mujer que diviso cerca de las colegialas y otra que se bambolea agarrada de su gancho cerca de la puerta. Es la romántica historia de Jacques Coeur. Andan, dentro del libro, por un París de campanas, estandartes y torres medievales. Otra lee el grueso tomo de El Egipcio. Mira salir a un sacerdote cubierto de oro del hipogeo. Otros leen otros libros. En sus cabezas flotan imágenes de lejanos países, de bellas mujeres encendidas de amor, de ricos trajes, de maravillosas aventuras. «El que fume o escupa en el suelo será castigado con multa de cien dólares, o prisión de quince días, o ambas», dice el letrero junto a la puerta.

Se oye una música de saxófono que se acerca. Es un ciego que recorre los vagones mendigando. «Llévame al juego de pelota», es la pieza que toca. Pasa por entre las espaldas, los hombros, los sombreros. Tropieza con los pies del obrero dormido. Con la capa de pieles de una elegante mujer que deja de leer su revista ilustrada para arrojar una sonora moneda en la cantimplora que el mendigo lleva atada al instrumento. Con las rodillas de la colegiala. Con el brazo del negro. Su oscuro sombrero pasa rozando las agarraderas. Siguiéndolo veo el fez rojo y dorado y la borla negra de un «Shriner». Es hombre rubicundo y risueño. Debe de ser de otra parte, y ha venido a la ciudad como millares de otros cofrades para la convención de su orden. La Antigua y Mística Orden de los Caballeros del Noble Santuario. Desfilarán con sus rojos feces y sus estandartes de opereta oriental, comerán y beberán copiosamente y regresarán con mil cuentos a sus granjas, a sus talleres, a sus barberías, en una ciudad del Oeste.

A mi lado se sienta un hombre grueso de pelo canoso; lleva como abrigo una espesa camisa de lana a cuadros rojos y negros, tiene nariz o quijada de boxeador. Abre su periódico, desplegándolo por cuartos. Lo que diviso son columnas de cifras. Es la página de las carreras de caballos. El hombre se abisma en números y nombres. Saca un lápiz y traza algunas marcas de un modo seguro y punzante. Guarda el lápiz, vuelve las páginas. Ahora se detiene en las tiras cómicas. Veo el mechón de Lil Abner y la silueta de pimpina de miga del «schmoo». El «schmoo» es gordo, luciente, manso, risueño, no come, ni corre, y cuando alguien lo mira con hambre se muere de contento. Se muere convertido en tierna carne asada o en pollo frito, sin huesos. Hay una luz de alegría infantil en los ojos del hombre de quijada de boxeador. El mundo debería tener «schmoos», piensa. No andaría él colgado de aquel gancho subterráneo, ni saldría de allí para meterse en una caseta de teléfono, hedionda a colilla y a tos, a llamar a todos los que saben en cuántos minutos hizo la milla el segundo caballo de la tercera carrera en Jamaica, y para concertar la apuesta del tonto más tonto que lo espera en la puerta de la tienda de cigarros y periódicos envuelto en el resplandor de Tarzanes amarillos, de Supermanes rojos, de Frankensteins verdes, de Patos Donald azules.

Y piensa también en los «schmoos» aquel hombre flaco, desgonzado que dejará el periódico con la tira del «schmoo» sobre el asiento al levantarse, para dejar el vagón, subir la escalera, meterse por la puerta de una botica y pasar junto a la caseta de teléfonos, donde alguien concierta las apuestas de las carreras de caballos, para comerse un sandwich de chicken salad y una taza de café con crema. Un sandwich de emulsión rosada que penetra al pan y sabe a apio. Pero el «schmoo» tierno es el que se convierte en tierna carne asada al mirarlo. Es una carne mejor que la que comen los clientes de Gallagher a cuatro dólares la libra. Con sólo mirarlo.

La velocidad del tren varía. Es como si se deslizara a ratos con dificultad por zonas de mayor resistencia. Por entre las enmarañadas raíces de los viejos edificios, por debajo de los sótanos de los más oscuros hospitales, entre las tuberías que llevan la sangre del último riñón abierto, del último pedazo de pulmón extraído. Bajo un suelo de algodones sanguinolentos y sábanas sucias. O por entre las huesas del Museo de Historia Natural, donde las orejas del elefante están heladas junto a la vértebra del megaterio y el aire se espesa con el olor de ballena embalsamada.

Un hombre gordo y melancólico lee un periódico escrito en caracteres hebreos. Toda la página está salpicada de temblorosos trazos que parecen deslizarse hacia abajo. ¿Cuáles noticias leerá ese hombre en esas letras de seis mil años? Con sus letras flota fuera del tiempo y del espacio. Irá a la calle de los negociantes en ropas, o irá a los almacenes de los pollos muertos o de las lechugas, pero antes tendrá que descender de aquella nube mágica de letras, restregarse los ojos abstraídos, y preguntar, con el acento más nasal que le quede en el pecho, de qué se trata.

Lo siento tan solo con sus letras, tan separado por aquella jaula de caracteres, que pienso que no podrá comunicarse sino con los que andan en otros pedazos de su jaula. Y que los que están fuera lo miran como prisionero. Tiene el sombrero redondo metido hasta las orejas. Unos lo ven con indiferencia, yo con interés, otros con desdén. Del apartamento en Brooklyn hasta el negocio en Manhattan va metido en su jaula. Con aquellas letras está escrito el nombre del rey Salomón en el libro santo. Y con aquellas letras acaso lea la noticia de que millares de refugiados, después de años de sufrimiento, han logrado al fin entrar en Tel Aviv.

La muchacha que viaja a su lado lee una revista. Es hermosa y viste con sencillez. Lee en su revista la historia de la oficinista que se casó con el joven y romántico presidente de la compañía. Que es la misma revista que lee la casera gorda, que lleva su paquete de compras recogido bajo las piernas. Es la misma revista que millones de mujeres han empezado a leer esta mañana. Trae la historia de la caprichosa hija del millonario a quien el amor hizo someterse a la autoridad de un muchacho pobre. Tiene un artículo que dice: «La vida empieza a ser divertida a los cuarenta años». Y otro que dice: «Le doy gracias a Dios por ser neurótico». Y un aviso: «Usted también puede ser atractiva». Y un reportaje que asegura que no existen mujeres feas. Y muchas páginas con grabados donde se enseña cómo se puede cocinar y fregar platos conservando las más hermosas manos femeninas; cómo se puede transformar sin gastos aquel feo cuarto en aquel maravilloso salón de la revista; cómo de una mesa vieja y rota se puede hacer la más moderna mesita de té con la sola ayuda de una sierra y un martillo. O la manera de parecer una persona instruida e inteligente al hablar. La belleza, la salud, la felicidad, el bienestar, puestos al alcance de todos.

La mujer gorda del grueso paquete sonríe. Como a la misma hora hojeando la misma revista sonríen otras mujeres que están en las calles, en los sótanos y en los pisos altos. La que lava la ropa de los hijos en el sótano. La que limpia la salita, que sin gasto podría transformarse en una pieza de exposición. La que calienta las espinacas, que pueden servirse con poca cosa como en el restaurante francés. La que friega los platos mientras oye en la radio la quejumbrosa canción de Bing Crosby en la hora que se llama «Serenata de Amor».

Chirría el tren deteniéndose. Toda la masa de gente se mueve. Todos se empujan. Entran nuevos rostros. Tres muchachos altos, con el pelo peinado en copete, salen en el último momento atropellando a todos los que entran. La última mano del último tiene un gesto de lanzar la bola del bowling. El sordo rodar de la bola sobre la madera y el estruendo de las maderas cayendo en la catarata. De la escalera del subway se meterá en la escalera del salón de bowling, ancho como un garaje, donde treinta hombres simultáneamente se tuercen detenidos, lanzando treinta bolas que ruedan sordamente. Simultáneamente con otros dos mil novecientos hombres que, en millares de salones, están lanzando el trueno de la bola sobre la cancha.

Ahora está frente a mí un botones vestido de verde con botonadura de reluciente dorado. Su cabeza tocada con un chato gorro verde está debajo de aquel retrato del friso donde sonríe una muchacha, junto a un letrero que dice: «Reúnase con ‘Miss Subway’. Encantadora Harriet Young, secretaria en Adelphi College. Estudiante de música, le gusta todo, desde Beethoven al ‘Bebop’. Ambición: tener un automóvil nuevo y ver América».

El botones tiene cara de ansiedad. Nadie lo está llamando, no está llamando a nadie. No va dentro del eco de su voz por pasillos, salas y corredores canturreando el nombre de aquel míster Smith o míster Savacol a quien espera un teléfono acostado sobre una repisa de mármol. Pasan minutos, el tren corre y no suena ningún timbre que lo haga saltar. Va a sonar un timbre. A las siete hay que sacar el perro de la señora del 115 y llevarlo al borde de la acera, dejarlo husmear un rato y esperar a que se enarque en la defecación. A las siete y media toda la acera está cubierta de los botones del hotel. Todas las aceras están cubiertas de botones, y hombres y mujeres, y viejos y niños que sostienen por la traílla a los perros. Y todo el fondo de las calles toma un tinte de canal de matadero. Hasta las siete de la noche. En que hay que subir a buscar el perro de la señora del 115 para bajarlo nuevamente a la acera. Ya en la sombra. Lejos de la luz del farol. Y verlo enarcarse con los ojos saltados.

El tren amaina la velocidad y se detiene. Todas las gentes se ponen en movimiento. En los postes del andén hay repetido el número 42. Salen todos apresuradamente. Como si el tren pudiera arrebatarlos y llevar los a un destino desconocido. Salen todos, menos unos pocos que permanecemos. El borracho ha aprovechado la ocasión para tenderse largo a largo en el banco. Pero nuevas olas humanas se precipitan por las puertas. Todo vuelve a apelmazarse y a endurecerse. Entran mujeres con niños y paquetes, hombres con maletas y carteras. Gentes con ojos afiebrados y narices lucientes que salen de los cines. Con los oídos llenos de disparos de revólver y de canciones. Con los ojos llenos de descomunales ojos. Hombres con el cuello de la camisa abierto, el sombrero nuevo en la nuca, un escarbadientes en la comisura de los labios y el gesto exacto del pistolero que vieron en la pantalla. Una voz arrastrada, cantada, cortada. Y de pronto uno que suelta una carcajada corta y explosiva.

El trayecto es breve. El tren se detiene de nuevo. Bajan muchas mujeres. Con prisa. El andén está lleno de otras mujeres con paquetes. Muchas suben. Otras esperan los trenes que vienen de regreso. El tren está anclado al borde de los sótanos de las inmensas tiendas. Se ven todos los andenes y pasadizos cubiertos de luces, vitrinas y avisos luminosos. Las luces llevan a otras luces, los pasadizos a otros pasadizos. Las mujeres suben como hormigas atareadas. Y de pronto, ponen el pie en una escalera que empieza a subir sola. A rodar sola, como un témpano de hielo que se desprende lleno de pingüinos. A subir por entre horizontes de arcadas, mostradores, colgaduras, armarios, pirámides de mercancías pasando de un piso al otro como quien mete la cabeza por el hueco de una capa. Del piso de los trajes de mujer, al de la ropa de hombre, del piso de los artículos de deportes al de los muebles, de los comestibles a las máquinas de lavar, de las drogas a los libros, de las camisas a los automóviles, de donde enseñan cómo funciona la máquina de lavar a donde explican cómo se preparan los ravioli y los dan a probar. Todo está lleno de manos, de cabezas, de ojos, de hombros. Como si el vagón del subterráneo se hubiera multiplicado por cien mil. Y la escalera sigue subiendo con los pingüinos inmóviles y serios. O baja con ellos. Hasta que al pie de la última escalera, que no se mueve, se para el vagón del subterráneo y el oleaje mete la gente adentro.

Los que están de pie dan un traspiés. El tren arranca. Hay gentes que sacan papeles de los portafolios, de los bolsillos. Mujeres que sacan papeles de las carteras. Papeles con sellos, con letreros impresos, con firmas agresivas. Tienen cara de ir a hablar con policías, con fiscales, con inspectores. Aquel va a buscar un permiso para vender cerveza. Y aquel un permiso para conducir automóvil. Y aquel va porque no quiere pagarle la pensión a su mujer divorciada. Una mujer que sacaba la cabeza desgreñada por una puerta y le decía, pronunciando por las narices, horribles insultos.

Y todos van sacando mentalmente cuentas de dinero y de tiempo. A cada momento miran el reloj y se palpan la cartera. Miran el reloj. Dentro de diez minutos se desocupa la silla del dentista. Dentro de veinte minutos míster Jones tocará el timbre preguntando a la secretaria si míster Smith ha llegado. Dentro de cinco minutos sale el «ferry» para Staten Island. Dentro de treinta y cinco minutos sonará el teléfono y repicará cinco veces dentro de una oficina vacía, cuya puerta nadie abre. Dentro de una hora se cierra la subasta de cebollas.

Dentro de un cuarto de hora sonará el martillo del presidente declarando instalada la convención de los vendedores ambulantes de cepillos. Dentro de dieciocho minutos habrán subido un punto las acciones de la American Can.

Y se palpan la cartera. «Una comisión del tres por ciento no es suficiente». «Yo no vengo a venderle, vengo a traerle dinero». «Mi dineroes tan bueno como el suyo». «La honestidad es la mejor política». «Hágalo ahora». «No hay negocios malos, hay negociantes malos». «Aproveche esta ganga». «Cien dólares no son sino el comienzo de mil dólares, mil dólares no son sino el comienzo de diez mil dólares, diez mil dólares son el comienzo de cien mil, cien mil el de un millón». «Un director de ventas que vale cincuenta mil dólares por año». «Un oficinista que vale cuatro mil». Se palpan la cartera con un gesto de despertar, entre el cabeceo del tren disparado, y miran con rápida sorpresa al hombre que está al lado.

Una corbata demasiado roja, un traje demasiado nuevo, unos hombros demasiado anchos, una afeitada demasiado reciente, unos ojos demasiado lentos, una quijada demasiado cuadrada. Por el bolsillo del pañuelo le asoman las puntas de tres tabacos. Los zapatos le deben chirriar un poco al andar.

Al lector de tiras cómicas que alza la cabeza pesada del periódico lleno de figuritas se le parece a Dick Tracy. A la mujer que masca goma y que ha salido del cine se le parece a James Cagney. Debe de tener debajo del brazo, oculta, una de esas pistolas de gángster que han estado retumbando durante dos horas en la película. Al viejo que saca el crucigrama de la última página de la revista ilustrada se le parece a los famosos pistoleros que no conoce.

El tren se detiene de nuevo. Baja mucha gente. Mujeres jóvenes de hermosas piernas con una gruesa cartera debajo del brazo. Hombres con sombreros que se parecen demasiado al que lleva el risueño mozo que está en el aviso de la sombrerería Adams en todos los periódicos. «Las mujeres prefieren a los hombres con sombrero». Baja el hombre de la quijada cuadrada. Bajan algunos viejos lentos, que parece que no tendrán fuerzas para subir la escalera que los sacará a la calle.

Voy a bajar yo. Pero no me muevo y la puerta se cierra rápida. El tren corre ahora frío y pávido, penetrando en lo más húmedo del limo. El vagón se ve grande y vacío y la luz de las lámparas es la del circo cuando el acróbata se prepara a dar el doble salto mortal sobre la cuerda. El tren baja para pasar por debajo del río. Sentimos un ahogo. A diez metros sobre nuestras cabezas duerme el agua del fondo con los zapatos de los ahogados y las más oxidadas tapas de Coca-Cola. A veinte metros sobre nuestras cabezas se desliza el trasatlántico lleno de banderas que busca su muelle. A veintidós metros sobre nuestras cabezas vuelan las gaviotas recogiendo los desperdicios que salen por los tubos de desagüe.

¿A dónde vamos? Al fondo del vagón está sentado el hombre que saca crucigramas en la revista. Cerca de mí, tendido en el asiento, ronca dormido el borracho. Al otro extremo, una mujer vestida de oscuro aprieta a su costado a una niña flaca de anteojos. Lo demás está vacío. O está lleno de algo que no vemos.

Nueva York, 1950".