viernes, 28 de octubre de 2005

Otro viernes

Hasta que no haya para mí sino dos variedades de un mismo "tiempo libre", a saber: el tiempo del trabajo y el tiempo del descanso (la semana y el fin de semana); hasta ese entonces un viernes será uno de los días en los que más vislumbre lo que puede ser la dicha.
Por eso de que somos futurizos (que ya dije tantas veces que dijo Julián Marías) es el viernes "el día más dichoso", porque presenta por delante más tiempo libre (en la concepción actual de tiempo libre). Es el día en que todavía están por delante el sábado y el domingo, días para hacer "lo que uno quiere". (Pero, ¿no trabajo porque quiero? Por ahí viene el rollo...)
Y la dicha del viernes es quizás la otra cara de la depresión del domingo por la tarde, esa de la que hablaba Eduardo en dos entradas recientes.

jueves, 27 de octubre de 2005

Tragedias celestes

"Tragedias celestes" (tonto nombre) conozco dos. Nunca sucedieron, pero una sucederá.

La primera es que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas. Confieso que no sabría decir quién llamó así a esta catástrofe ni tengo muy en claro en qué consiste*. Con un poco de vergüenza diré que lo oí nombrar cuando, de chico, leía un ejemplar de la historieta "Asterix".

Abraracurcix, el jefe de la tribu, majestuoso y valiente, aunque algo supersticioso. Es respetado por su hombres, y temido por sus enemigos. No le teme más que a una cosa: que el cielo le caiga sobre la cabeza, pero, como él dice, "eso no va a pasar mañana..."

Y yo qué sé si no va a pasar mañana. Después de todo, la otra "tragedia celeste" que alguna vez sucederá, es parte de un suceso mucho más grande y clave de la humanidad, como es el fin de los tiempos, y eso nadie sabe cuándo sucederá. Bien podría ser mañana. Me refiero al momento en que el cielo sea retirado, como me enteraba de boca de Adán Buenosayres:
"Lucio Negri no ha de impedir que alguna vez el día pierda su gastado alfabeto ni que el mundo se tambalee como don Aquiles, el maestro ciruela de Maipú, cuando buscaba sus perdidos anteojos en las carteras de los alumnos; ni que, ¡ay!, la luna sea hecha como de sangre, ni que sea retirado el cielo como un libro que se arrolla." Las tremendas pala­bras del Apocalipsis venían resonando en sus oídos desde la noche anterior: Sicut líber involutus. Adán recordaba que, abandonando la lectura en aquella imagen, había con­tenido su respiración y escuchado el ominoso y duro silencio de la noche; y allá, en el corazón del silencio, le había parecido sorprender un ¡cric! de grandes resortes que se aflojaban, un crujido de formas que se anonadarían al ins­tante, una sublevación de átomos que se rechazaban ya. Entonces, y bajo el peso de aquel terror, Adán había caído de rodillas; y sintió que por vez primera su torpe oración ganaba las alturas que se le habían negado tantas veces; y se había dicho que aquel sagrado temor era sin duda el preludio de la ciencia viviente por la cual venía suspirando su alma tras el hastío de las letras muertas. Un temor sagrado. Pero, ¡cuan fácilmente se disipaba ya entre los ruidos y colores del nuevo día!
* Sobre el cielo cayéndose quizás haya que estudiar mitología, ver por ejemplo esta página o esta otra.

miércoles, 26 de octubre de 2005

Hace tres años...

Pensamos incluso en no cumplir con tan repetido ritual. Ese de entrar al son de una música y que todos te aplaudan. Pero al final lo hicimos. Con esta canción:
Vieja soledad,
hoy me iré de ti,
buscando la luz,
de un amanecer.
Cuando llegue el alba,
viviré, viviré.

Noche adentro irá,
vencida de amor,
la tristeza gris,
de mi corazón.
Cuando llegue el alba,
viviré, viviré.

A un costado del olvido,
mis sueños maduraran,
reventando en luz,
florecidos.
Cuando llegue el alba,
viviré, viviré.

Encontrarte fue,
intuición de Dios,
todo nace en ti,
como nací yo.
Cuando llegue el alba,
viviré, viviré.

Tus palabras son,
fresco manantial,
sintiendo tu voz,
aprendí a cantar.
Cuando llegue el alba,
viviré, viviré.

A un costado del olvido,
mis sueños maduraran,
reventando en luz,
florecidos.
Cuando llegue el alba,
viviré, viviré.
Fue exactamente hace tres años, cuando nos casamos.

lunes, 24 de octubre de 2005

Otro lunes

(...) Ansina es el destino del hombre. Naides empezaría el camino si le mostraran lo que lo espera.
"En las mañanas claras, cuando él cambea de pago, mira un punto delante suyo, y es como si viera el fin de su andar, pero ¡qué ha de ser, si en alcanzándolo el llano sigue por delante sin mudanzas! Y así va el hombre, persiguiendo lo que alcanza con su vista, sin pensar en el desamparo que lo aguaita atrás de cada lomada. Tranco por tranco lo ampara una esperanza, que es la cuarta que lo ayuda en los repechos para ir caminando rumbo a su osamenta.

"Don Segundo Sombra", cap. XII, de Ricardo Güiraldes.

sábado, 22 de octubre de 2005

Regio

Si no me equivoco, la decían mucho hace unas décadas y especialmente las mujeres. Y alguna que otra lo conserva, pero su uso delata que la que lo pronuncia ya pasó la temprana juventud (con todo respeto).
- ¿Hacemos tal cosa?
- Sí, dale, regio.
Flor de palabrita, ¡eh! Regio. La verdad es que es una palabra bastante imponente y ese uso coloquial la desvaloraba mucho, ¿no? Por suerte parece que pasó. No sé si es representativo de algo, pero ahora se cambió por esta otra, por ejemplo:
- ¿Hacemos tal cosa?
- Sí, dale, bárbaro.

jueves, 20 de octubre de 2005

De Calvino sobre clásicos

Una especie de libro o revista llamada "Colección", editada por la Escuela de Ciencias Políticas de la UCA, traía entre otros un artículo de ciencias sociales titulado: "¿Por qué considerar a Max Weber un "clásico"?"
A mí eso de andar tratando de catalogar si un autor o un libro es o no es clásico no me atrae. No me pregunten bien porqué. Intenté escribirlo y borré cuatro veces lo que había escrito. De por sí, "clásico" es un término con varias acepciones (justa o injustamente; oficialmente o no).
A pesar de todo me quedé con una definición que el autor del artículo, Gustavo de la Vega, nos cuenta que pertenece a Italo Calvino y su libro "¿Por qué leer los clásicos?" (Tusquets Editores, Barcelona, 1995). Y si la copio no es porque me parezca del todo acertada (si es que podemos hablar de aciertos en estas cuestiones), sino porque me resulta simpática.
Desde la literatura, Calvino nos da pautas de lo que puede ser considerado como un clásico. (...) a) "Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir"; b) "Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera"; c) "Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad"; d) "Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima"; y f) "Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar la genealogía"

miércoles, 19 de octubre de 2005

"A tono con Jesucristo"

De una entrevista en “ABC.es” (por “Mar adentro”) al cardenal chileno Francisco Javier Errázuriz Ossa, presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), referente al actual sínodo de obispos.

A la pregunta de si la Iglesia católica saldrá de este Sínodo «más a tono con el siglo XXI», el cardenal chileno respondió tranquilamente que «saldrá más a tono con Jesucristo, más consciente del misterio de amor que es la Eucaristía. Los padres sinodales comparten una pasión por entrar más en el misterio del altar, entrar en la acción de Dios, que se manifiesta en la vida personal de cada fiel»

Se podría suponer que en la pregunta hay tácita una afirmación, o una concepción. Imaginamos que el interviewer considera que “estar a tono con el siglo XXI” es algo completamente bueno.

Supongamos que el cardenal estuviera pensando en lo bueno del siglo XXI o interpretara el “estar a tono” como una “actualización”, en el buen y posible sentido, de la enseñanza de la Iglesia. Un “sí” como respuesta, en ese caso, podría tener lugar pero tendría un significado distinto para periodista y para obispo. El primero, entusiasmado, no tardaría en abordar cuestiones relacionadas con “el preservativo y el SIDA”, por citar un “tema de moda”. Y su decepción podría ser mayúscula.

Lo mismo si el prelado dijera: “no”, pensando que “estar más a tono con el siglo XXI” implica adoptar las cosas malas del siglo (que por lo general son las que la Iglesia pretende revelar y corregir, dando el mensaje de Jesucristo).

“Sí” o “no” responderían no sólo a una pregunta en su forma aparente sino que se afirmarían sobre algo que no se discutió antes, o sea, cuán bueno o malo es “estar más a tono con el siglo XXI”. Serían entonces respuestas inútiles.
Por eso a la respuesta que dio el cardenal me animaría a llamarla inspirada. Porque al faltar una discusión previa, responde con una verdad más grande y da pie a una nueva pregunta, para cuando se quiera tratar el tema subyacente. ¿Estar a tono con el siglo XXI es estar a tono con Jesucristo? Pues es lo segundo lo que compete a la Iglesia y al sínodo.

martes, 18 de octubre de 2005

Eligiendo libros

Cada vez me convenzo más de que es imperativo hacer una buena elección (o selección) de los libros a leer. Una buena elección es aquella que es libre, con recta intención y no está viciada de ignorancia culpable. Debo poder elegir, sin duda. Debo hacer una selección bien intencionada, pero eso no basta. Debo aprender cuáles son los mejores libros, porque de buenas intenciones está empedrado el camino a la miércoles.
Lo que discutía con mi conciencia, pero necesitaba alguna voz imparcial que me lo diga, es algo como esto:

Cuenta Castellani que su profesor de literatura del bachiller, el Padre Marzal s.j., le decía: "Lea sólo obras maestras. No hay tiempo para otra cosa". Obedeció.

El comentario se lo dejó un usuario anónimo a Hache.
Y yo ya me venía haciendo mi lista de libros "clásicos" (perdón Arp, sería mejor llamarlos obras maestras). Claro. Lo que sucede con estas listas tan pensadas es que uno pierde un poco de espontaneidad. Por eso hay que seguir abierto a la posibilidad de que esta lista sea modificada.
Aceptar los libros que llegan como regalo o incluso aquellos que nos atraen en determinado momento. “Lo vi en una mesa de ofertas y es un autor que me intriga mucho”, “Salía para un viaje y me llevé algo más manejable que el tomo de obras completas que estoy leyendo”, etcétera. Eso puede depararnos grandes y agradables sorpresas. Sí, decepciones también, pero siempre se está a tiempo de abandonar el libro.

Si no hubiera tenido esta flexibilidad en mis planes no habría leído cosas muy interesantes que no son (al menos reconocidamente) obras maestras. ¡Eso! Al fin de cuentas, salvando los "indiscutibles", los demás llevan el título de obras maestras dependiendo mucho de quién lo defina así. (Yo no tuve al P. Marzal en el bachiller sino a, entre otros, un señor llamado Ampudia, y él decía algo como esto: "está por verse cuán bueno es Borges, hay que dejar que el tiempo lo diga").
Y dicho sea algo más. Quizás aún no estoy a la altura suficiente como para leer grandes obras y aprovecharlas bien, mientras que otros libros menores sí me pueden “traducir” o “anticipar” las grandes ideas de los "clásicos" en forma más accesible. También es cierto que sin leer los clásicos, muchas obras menores no se entienden plenamente. (¿Eso puede ser una falla de la obra, un defecto a imputarle?)
No termino. Un algo adicional sea dicho. Estar abierto a un regalo hecho por alguien que te quiere, o a una circuntancia del azar (o de la Providencia), es reconocer que uno no es siempre plenamente libre, bien intencionado e inocentemente ignorante.

lunes, 17 de octubre de 2005

Inteligencia de rodillas

Mi cuerpo sabe el dolor de la herida y el dolor del placer.

Mi corazón conoce sus propios engaños y la impotencia de los otros.

Mi inteligencia ha caído tantas veces que prefiere quedar de rodillas.

Estoy desnudo como una médula dolorida de encontrarse en contacto descubierto con la vida.

¡Que mis brazos levantados sean la plegaria fuerte que eleva al que pide!

¡Que sobre mi soledad caiga una astilla de iluminación como sobre el campo un rayo de aurora noble!

«La Porteña»
Agosto 22-1923.

Ricardo Güiraldes; en los "Poemas místicos".

domingo, 16 de octubre de 2005

Feliz día de la madre

El siguiente es un fragmento de la carta que Francisco "me dictó" para su madre:
(...) Quiero decirte que sos muy buena. Gracias por estar siempre conmigo, por estar tan atenta a lo que me pasa y cuidarme.
Y con esto, un "¡Feliz día!" para todas las madres.