Un suscriptor de Alemania, de la ciudad de Dresden, nos pregunta en qué andamos. Le cuento con orgullo que estamos chochos como niños viendo el regreso de Rush con una compatriota suya sentada en el trono de la batería y haciendo un buen papel, comprándose con un trabajo impecable y una escueta sonrisa alemana a todos los viejos fans.
Que el señalador de "Tesoros del Cusifai - Antiques Shop", un delirante nombre del negocio de unos muchachos de Munro que compran lotes de muebles y objetos, está haciendo también muy buen papel marcando el "Almas muertas" de Gógol.
Que (vergüenza no nos da tanto confesarlo como que lo malentiendan) tenemos un fixture del mundial y hemos visto ya algunos partidos (por cierto: buen gol el primero de Corea del Sur).
¿Que si leí la nueva encíclica? (Siempre hay alguien tratando de educarte; se agradece).
¿Que quieren ver a Rush? (Siempre alguien conecta con distenderse un rato)
Para cerrar, contarles que no hay mucho para traer acá. Pero este pasaje de Gogol, del libro mencionado, puede ser un aporte interesante a aquel tema de la naturaleza que imita al arte. Va toda la descripción y al final la reflexión:
El antiguo parque abandonado que se extendía detrás de la casa sobrepasaba el pueblo y se perdía en el campo, dando él solo una nota de frescor pintoresco al inmenso y lúgubre lugar. Las copas juntas de los árboles, que crecían a la buena de Dios, cerraban el horizonte como nubes verdes, como cúpulas irregulares estremecidas. El tronco blando de un olmo gigantesco se alzaba, como una columna de mármol deslumbrante, por encima de ese mar de verdura. Su copa puntiaguda, desgarrada por la tempestad o el rayo, rompía esa blancura de nieve: parecía tocado con un sombrero o coronado por algún pájaro negro.El lúpulo invadía los matorrales de saúcos, serbales y nogales, recubría todo el recinto y, por fin, se había lanzado al asalto del olmo partido. A mitad del tronco caía, agarrándose a las copas de los otros árboles, o permanecía colgado en el aire y enrollando sus anillos ligeros dulcemente balanceados.Las masas verdes, inundadas de sol, se abrían a veces sobre un abismo gigantesco sumido en la sombra. En esa sima negra podía adivinarse un sendero que lucía, una balaustrada caída, un pabellón titubeante, el tronco hueco de un viejo sauce, por donde asomaba el matorral inextricable de ese árbol tan común en Rusia llamado ‘caragán’, hojas y ramas secas entrelazadas y, por último, una rama joven de arce que tendía oblicuamente sus hojas palmeadas verdegueantes; un de sol se deslizaba, Dios sabe cómo, bajo una de ellas, transformándola en algo transparente, algo maravillosamente luminoso en medio de las espesas tinieblas.Solitarios, apartados en la extremidad del parque, algunos álamos temblones y altos pinos, unos más altos que otros, acunaban en sus copas enormes nidos de cuervos. Algunos dejaban colgar sus ramas de hojas pequeñas y resecas, medio desgajadas del tronco.Un cuadro tan perfecto exige el esfuerzo combinado de la naturaleza y el arte. Para conseguirlo es preciso que la naturaleza dé el toque final, supremo, a la obra, a veces demasiado compleja, del hombre. Es preciso que ella, espontánea, aligere las masas densas, destruya el exceso de simetría, recubra la desnudez sabia del plano, infunda su ardor a las creaciones frías de lo mesurado y de buen tono.
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