Y en la frente también el número, que es su cifra.
(…) los Salmos, el gran libro de oración del pueblo de Dios en la Antigua y en la Nueva Alianza: éstas son palabras que el Espíritu Santo ha dado a los hombres, son Espíritu de Dios que se ha hecho palabra. De esta manera, rezamos «en el Espíritu», con el Espíritu Santo. Naturalmente, esto se puede decir con mayor razón aún del Padrenuestro: san Cipriano dice que (…) cuando recitamos el Padrenuestro se cumple en nosotros la promesa de Jesús respecto a los verdaderos adoradores, a los que adoran al Padre «en espíritu y en verdad» (Jn 4, 23). Cristo, que es la Verdad, nos ha dado estas palabras y en ellas nos da el Espíritu Santo (De dom. or., 2).
Mientras comían, hablaban entre todos. De esa conversación Egórushka sacó la conclusión de que todos, pese a la diferencia de edades y de caracteres, tenían algo en común: todos eran personas con un maravilloso pasado y con un presente muy malo. Sobre el pasado absolutamente todos hablaban con entusiasmo, pero todos despreciaban casi su condición actual. Al ruso le gusta mucho recordar, pero no le gusta vivir. Egórushka no lo sabía aún; por eso, antes de que la comida terminara, llegó a creer firmemente que alrededor del caldero sólo había gente ultrajada y ofendida por el destino.
El celebrado doctor Pym cerró los ojos e hizo una inclinación de cabeza. El también murmuró su grito de guerra nacional en voz baja, que sonó como “encantado de conocerlo”.
En el corazón del silencio
los hombres clavan sus pasos.
Cada talón golpea la bigornia del mundo.
Se tejen las pisadas en collares de fuga
y el tiempo, castigado de invisibles otoños,
en los caminos hace llover sus hojas muertas.
En el uso del hombre se fatiga el silencio.
Las rutas envejecen con el paso del hombre.
(...)
¡El motivo no importa! Fabricamos campanas
que muerdan el silencio
y el mundo es un pandero que se quiebra en tus puños
o en mis fuertes rodillas.
Cantamos a la vida o a la muerte
¡y el motivo no importa!
Nuestra oración patina la cara de los dioses
o revienta los ojos preñados de la lluvia...
¡Lo esencial es romper el silencio y el agua
de los grandes mutismos!
Y el silencio es un buey que se arrodilla
fustigado de voces.
Yo anuncio un largo día de cólera.
______________Y entonces,
de pie, gesticulante como un dios,
apretará su hinchado corazón el silencio,
fruto de todas las palabras muertas.
El mar extenderá sus puños de agua
sobre una destrucción de ciudades atónitas.
Viejo trompo sin niños,
en un rincón de noche se detendrá la tierra.
Y un dios color de algas
ha de amasar el barro de otro mundo sin voces
ante una gran frescura de diluvio...
(Fragmento de “Largo día de cólera”, de Leopoldo Marechal en “Días como flechas”; versión oral en el disco “Marechal, por el mismo”)