lunes, 20 de febrero de 2006

Hablarle de Dios...

Hablarle de Dios a mi hijo me hace tomar conciencia de lo que estoy diciendo, de mi fe. Me digo sorprendido: “mirá vos, si es eso lo que yo creo”. Hablarle de Dios a mi hijo es la reveladora situación de estar diciendo a alguien en voz alta (por ejemplo, cuando entramos a un templo y él mira asombrado): “acá está Jesús, venimos a rezarle”. Decir eso, de corazón, a mi hijo, me causó más estremecimiento que rezar el Credo en voz alta en la misa…

…no fue un razonamiento, no fue un sentimiento fugaz (o tuvo todo eso, pero fue mucho más), fue un darme cuenta, un percibir una verdad. Fue un consentimiento dado a Dios. He dicho muchas veces “creo”, pero no sé si muchas veces he dicho a otro: “creo en Dios, hay un Dios, vive, yo te lo digo y si te lo digo es porque lo creo”. Un creo en un lugar lleno de gente a la que lamentablemente no conozco, o conozco poco, no es lo mismo que enseñarle algo al propio hijo, testigo único, testigo y a la vez educando, hombre a tu cargo, que depende mucho de vos…

…por otro lado, lo del Credo (y la gente que conozco poco) es una macana, ya que debería rezar el Credo con la emoción con la que le hablo a mi hijo, ¡dice tantas cosas el Credo! Pero hay momentos de sequedad… lo han tenido los grandes santos… sí, claro, el habernos acostumbrado a vivir tan rápido no ayuda, la capacidad contemplativa está muy disminuida…

domingo, 19 de febrero de 2006

Más de cuentos de hadas

De los cuentos de hadas ha dicho buenas cosas Tolkien (pueden leer fragmentos y reflexiones en lo de Hernán). También dijo algo, en otra tónica, el famoso G. K. Chesterton. Algo de eso copiaremos:

Parece que la Duquesa de Somerset había ido a un internado donde a los niños se les enseñaban cuentos de hadas y luego había ido a un Consejo de Tutores en alguna parte y les dijo que los cuentos de hadas estaban llenos de estupideces y que era mucho mejor hablarles a los niños de Julio César y de otros grandes hombres. Vemos aquí una completa incapacidad para distinguir entre lo normal y eterno, por un lado, y lo anómalo y accidental por otro. Los Consejos de Tutores son algo accidental y anómalo; en última instancia serán consumidos por la ira de Dios. Los Consejos de Tutores son anómalos. Espero que final­mente encontremos una forma más sólida de educación democrática. Las duquesas son algo anómalo; son el pro­ducto peculiar de la combinación de la vieja aristocracia con la mujer nueva. Pero los cuentos de hadas son tan norma­les como la leche o el pan. La civilización cambia, pero los cuentos de hadas no cambian nunca. Algunos detalles de los cuentos de hadas nos pueden parecer raros, pero su espíritu es el espíritu del folclore y el folclore es, en una traducción estricta, la expresión alemana que se utiliza para designar el sentido común. La ficción y la fantasía moder­nas y todo ese mundo alocado en el que vive la Duquesa de Somerset puede describirse con una sola frase: su filosofía significa cosas ordinarias vistas por gente extraordinaria. El cuento de hadas significa cosas extraordinarias vistas por gente ordinaria. El cuento de hadas está lleno de salud mental. Puede ser más sano un cuento de hadas al referirse a un dragón de siete cabezas que lo que puede ser la Du­quesa de Somerset acerca de un Consejo de Tutores.

Da ganas de transcribir todo el artículo, llamado "Educando con cuentos de hadas" y tomado del libro ya mencionado.

sábado, 18 de febrero de 2006

Querer y deber (en general)

A veces hay que hacer cosas "que nos cuesta querer". No diré: "que no queremos".

Son buenas cosas. Si lo pensamos sinceramente, lo sabemos. Queremos eso, porque es bueno. Pero nos tienta, de alguna manera, otra cosa más fácil. Solemos decir que esta segunda cosa es la que queremos, y la primera la que debemos. Y quizás ahí surja un poco de confusión.

Desvaloramos nuestro querer, o la palabra querer. Porque llamamos "querer" a la atracción por la cosa tentadora y no tan buena, o mala. Y llamamos deber a la persecución de lo que es bueno, a lo que, si estuvieramos en mayor estado de gracia (digo yo), reconoceríamos como lo que realmente "queremos".

¿Cómo explicar esto a un niño? El precepto que le solemos dar es que "hay veces en que uno debe hacer lo que no le gusta". Y claro, el niño, fiel a su gusto, no entiende eso.

Y verán[*] entonces como Calvin se las ingenia para hacer lo que le gusta sin romper con el precepto:

Supongo que al niño hay que decirle que eso que de entrada parece no gustarle, luego lo podrá reconocer como lo mejor y lo que quiere, si confía en nuestra palabra y lo hace así.

La falta de "gusto" estará, no lo neguemos. Supongo que irá en disminución en la medida en que reconozcamos la felicidad que nos da cumplir el "deber" o el "verdadero querer". No pretendo negar frases como "primero el deber" o similares. Sólo les quiero dar una vueltita de tuerca.

Se me ocurre que san Pablo dijo: "no hago el bien que quiero..." en vez de "no hago lo que debo..." (y que me lo corrija quien sepa). Es lo mismo, pero más profundo, o de otra manera.

Por algo dicen que somos libres sólo cuando hacemos el bien. Cuanto más en gracia estemos, más capaces seremos de querer lo bueno (aunque no podamos luego concretarlo).

Otra vuelta: no podemos hacer el bien, somos débiles. Por eso está el deber. Porque nos ayuda a hacer lo bueno venciendo nuestro primer impulso. Pero el deber como algo vacío, como algo opuesto al querer, devalúa la palabra querer (y nos hace infelices). Y al cumplirlo, no somos libres.

Otra cosa importante: no siempre entenderé, en cada deber que yo tenga, porqué ese deber es bueno. A veces sólo debo confiar en quien me da ese deber.

(Sé que las palabras pueden prestarse a confusión, más cuando las uso yo. Espero haber sido claro).

* Clic en la historieta para verla más grande. "No puedo creerlo, la campana sonó justo cuando la maestra estaba por recoger la tarea que yo no hice / Esa es la segunda vez que fuiste salvado en el último minuto / Pero aprendí mi lección esta vez / De ahora en adelante, el trabajo antes que el placer, sin excepciones / Y será un placer tener terminada esa tarea, ¡vamos, trabajemos en un muñeco de nieve! / Sin excepciones"

viernes, 17 de febrero de 2006

Querer y deber (caso: "La vocación")

Creo que si alguna vez me di cuenta de que no tenía vocación religiosa fue cuando me di cuenta de que no la tenía (¡!).

Suena como una pavada. Pero para alguien que fue “muy educado en el deber”, todo pasaba por ese filtro (el del deber). Si conocía yo una vocación digna de admiración, esa era la religiosa (el más cercano y conocido: el cura). Pero mi “proceso de discernimiento” no era sino algo mal encaminado, que se podía resumir en estas frases: “¿Debo yo ser religioso? Puesto que es lo que se me presenta como la vocación más admirable y debido a que “debo hacer lo mejor”.

Un buen día me di cuenta de que “la cosa no era así”. Que no se plantea así. Que si yo hubiera tenido algo parecido a una vocación, lo primero que debería haber tenido era “ganas” de ser religioso. Y luego debería haber analizado si eso era lo bueno para mí, si tenía las capacidades necesarias o las podía cultivar, etcétera, etcétera (sabrán más de eso quienes hayan hecho un buen discernimiento).

Los que fuimos “educados muy en el deber”, tenemos que guiarnos un poco más por los gustos, por lo que queremos espontáneamente. Como un primer impulso, al menos. Y luego sí, educar esos gustos: ver si son buenos o malos, y así permitir que crezcan o tratar de modificarlos.

jueves, 16 de febrero de 2006

Lo digo distinto

Se me ocurre algo. Decir que la felicidad es “conformarse con lo que uno tiene”, puede sonar a resignación, resignación culpable. Mejor quedaría decir que la felicidad es “conformarse con lo que uno puede alcanzar”. Así sí. Porque lleva tácita la idea de luchar por mejorar.

miércoles, 15 de febrero de 2006

Falso respeto

¿Hoy en día?[*] a algunos se les da por deformar la idea de respeto o de cuidado del prójimo. Se piensa que es mejor no molestar al otro con consejos y “dejar que haga lo que quiera”. ¡Como si fueran cosas opuestas o excluyentes! He llegado a escuchar, entre amigos, quien dice que prefiere no dar consejo, por no ser soberbio y pensar que tiene la verdad o que su solución será la mejor. Es cierto que el consejo debe respetar la decisión del otro. ¡Y es perfectamente posible que sea así! Quien se preocupa verdaderamente por otra persona, se interesa por su felicidad y no puede ser indiferente con ella en nombre de una supuesta defensa de la libertad.

Si repensé todo esto fue porque hoy encontré lo siguiente, del capítulo I de “Una excursión a los indios ranqueles”, por Lucio V. Mansilla.
Al general Arredondo, mi jefe inmediato entonces, le debo, querido Santiago, el placer inmenso de haber comido una tortilla de huevos de avestruz en Nagüel Mapo [**], de haber tocado los extremos una vez más. Si él me niega la licencia, me quedo con las ganas, y no te gano la delantera.
Siempre le agradeceré que haya tenido conmigo esa deferencia, y que me manifestara que creía muy arriesgada mi empresa, probándome así que mi suerte no le era indiferente. Sólo los que no son amigos pueden conformarse con que otro muera estérilmente... y en la oscuridad.
* ¿Hoy en día? ¿No será algo casi viejo cómo el hombre mismo? Era Caín quien decía a Dios: "¿Soy yo acaso responsable por mi hermano?"
** Hacer eso implicaba meterse en territorio indio, lo que sería una empresa muy arriesgada.

martes, 14 de febrero de 2006

Alma challuera

Sangre y espuma en la arená
Corazón del mismo rió
Escamas de plata y oró
Blasones del amor mió

Los challueros (en idioma quechua challuero es pescador) atrapan peces con “lanzas” en el río. La chacarera santiagueña “Alma challuera”, con letra de Cristóforo Juárez y música de Carlos Carabajal, habla de ellos.

lunes, 13 de febrero de 2006

Inutilidades

Si traducimos pointless como “sin sentido”, no me gustaría el mensaje. Yo lo traduciría como “inútil”, y ahí sí me gusta más (se puede discutir, pero quiero elegir una palabra “provocadora”). Calvin dice que un verdadero fin de semana es el que se pasa haciendo cosas inútiles.

Esto no nos exime de la culpa de no haber visitado a un cumpleañero, aunque realmente “se nos complicó”; haberlo visitado hubiera sido algo perfectamente inútil, y de ahí el indicio para confirmar que hubiera sido algo bueno de hacer, algo significativo, un fin en si mismo y no un medio. No sé si se entiende ahora la forma en que quiero leer el mensaje de Calvin & Hobbes… que no creo que ande muy lejos, aunque no sea esa la intención del autor.

Siempre me costó entender a andinistas (o alpinistas; ¿cuál es la palabra que envuelve a ambas en un mismo concepto? ¿Existe?) o entender a los maratonistas, por citar dos ejemplos. Pero no hace mucho descubrí que todas esas actividades pueden ser grandes símbolos, actividades humanas que no son hechas deliberadamente para simbolizar algo y, sin embargo, son un símbolo más allá de la voluntad del autor o actor.

Pues bien, una actividad como la de Calvin va dentro de la misma categoría. Por eso, a pesar de su aparente inutilidad, brinda una satisfacción sana y profunda, o al menos un alivio, al que la hace.

Recuerdo el diálogo de Lisandro Farías con Pablo Inaudi en "El banquete de Severo Arcángelo", de Leopoldo Marechal:

- Aquel afanoso lustre de metales domésticos en que usted se metió antes de acudir al revólver de su tío Lucas. ¿Recuerda?
- ¡Sí, fue absurdo! –reconocí.
- Nada es absurdo: todo gesto humano tiene un valor “intencional” y una lectura simbólica, más allá de su valor literal o externo. Su lustre de metales, aparentemente ocioso, acusaba en usted una urgencia de purificación. Lustrar un metal es devolverle el brillo que perdió y que debe tener por naturaleza: lustrando sus cacerolas, usted se autolustraba sin saberlo.

Corolario: lo mismo aplica para los partidos de naipes que se juegan en las reuniones familiares en mi casa. Díganme si hay algo tan “perfectamente inútil” como un partido de naipes. Y sin embargo…

domingo, 12 de febrero de 2006

Campanas en el casamiento

En algunos casamientos "de buena pompa" (ahora recuerdo alguno en la Basílica Nuestra Señora del Rosario en el Convento de Santo Domingo y otro en la Parroquia del Santísimo Sacramento) he visto que para anunciar la llegada de la novia tocan una pequeña trompeta. En el de ayer tocaron las campanas.
Pero nada de grabación. Claro, no serán las de Notredame, son las que ven en la foto, en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Tigre, pero me pareció más pintoresco que la trompeta.
Un muchacho haciendo ese movimiento que se hace para hacer sonar las campanas, haciendo subir y bajar todo el cuerpo. ¡Y entonces entra la novia!
El conjunto musical tenía unos instrumentos muy hermosos: violín, ¿contrabajo?, flauta traversa y teclado (electrónico, eso sí). Tocaron algo de Bach (¿si?) y canciones que eran muy "originales". No hubo pompa ni circunstancia. Y yo soy gustoso de esas cosas tradicionales, pero esta música era muy linda. Encima tuvimos la suerte de que la novia llegó muy tarde...
...y así escuchamos dos piezas adicionales.
Y se casaron, sí, eso es lo más importante.

Palabras "en el civil"

El casamiento "por civil" fue hecho en la fiesta (civil). En un pequeño jardín extendieron una alfombra roja con velas a los costados y ellos caminaron por dicha alfombra hasta una de esas pequeñas carpas modernas que llaman gazebo. Ahí estaba el juez de paz esperando. Una voz peculiar y muy informal. Habló más (y quizás más emotivamente) que el cura que los casó. Y atención a esta parte del discurso:
De todos los seres de la creación...
¡Bien! Mirá lo que dice. Creación. Sí, claro, quizás las cien personas presentes no pensaron nada. Quizás eso fue lo más normal. Decir creación. Quizás el "obsesionado" era yo, pensando que dijo creación en un mundo donde ya nadie dice "creación". Pero no me den bolilla. Siguió así:
...el hombre es el único que puede amar.
Y ahí miré a mi amiga Alicia, fanática defensora de los animales, imaginando que sólo por no alborotar no diría nada en favor de sus perros. Pero la verdad es qué, hablando estrictamente (teniendo como base la libertad y otros conceptos) el hombre es el único ser viviente de este mundo que puede amar.
Epílogo: cerró el juez con un mensaje (dicho en forma de broma) que ya lo he visto en otros casamientos: "Bueno, como ven, en la libreta hay ocho lugares para hijos...", y los llamó a la fecundidad.
¿Quién dijo que todo está perdido?