sábado, 19 de septiembre de 2020

Esta entrada es sobre...

Canciones cuyo título es una expresión genérica o es como la parte no especifica de una oración, con lo cual en el título no se dice nada sobre el tema de la canción.

Tengo tres canciones que me parece que son así. Las pongo juntas en esta categoría que me cuesta definir (y pongo abajo de cada una un verso donde esté el título).

Y para dar una mejor idea de cómo es esta categoría coloco otras tres canciones, desconocidas hasta hoy, cuyos títulos cumplen los requisitos.

Conocidas:

So to speak / Sting
("This ship is ready to sail, so to speak...")

Of which there is no like / Mandolin Orange
("...such jubilee of which there is no like")

In a manner of speaking / (Tuxedomoon) Alice Phoebe Lou
("In a manner of speaking / I just want to say / That I could never forget the way / You told me everything / By saying nothing...")

Desconocidas:

Al menos para mí / Matías Cena
Como suelen decir / Verde Cannaia

Algunos dirán que no está claro. Y están en su derecho. Podrán decir que tampoco es un título que defina mucho el de la famosa canción "A mí manera" ("My way"), por decir un ejemplo. Y sin embargo la canción se trata de eso. De cosas que el autor hizo a su manera. El título habla de su idea principal. Creo que no es el caso de los títulos que trajimos a colación.

De todos modos el límite no es fácil de establecer. Y hay mucho por trabajar en esta categoría...

domingo, 13 de septiembre de 2020

Tres de "trees"

Les arbres ont grandi
On ne voit plus le devant
Des maisons un peu défraîchies
Par le temps
(Les cowboys fringants)

Canciones sobre árboles debe haber quichicientas. Pero las siguientes son mis favoritas.

En la primera los árboles son los personajes de una fábula que habla sobre forzar las igualdades. Algo de falta de "sentimiento social" para mi gusto; consideremos que Neil Peart se inspiraba muchas veces en Ayn Rand.

The trees / Rush
"There is unrest in the forest
There is trouble with the trees
For the maples want more sunlight
And the oaks ignore their pleas..."

En la segunda, el juego de trepar los árboles se compara con el amor.

Trees / The Oh Hellos
"(...) But heartache pales in comparison to love"

Y en la tercera, que es en realidad un poema de García Lorca que fue musicalizado, no sé bien qué papel juegan los árboles.

Hagamos análisis literario barato. "Seco y verde". Quizás muestren una dualidad. ¿La posibilidad de la niña protagonista y luego su rechazo? Como la cantante repite el verso varias veces (cosa que no hace Lorca), me da la sensación de que también pueden reflejar el paso del tiempo mientras la niña no se decide.

Arbolé, Arbolé / Marta Gómez (García Lorca)
"Arbolé, Arbolé,
seco y verde"

sábado, 29 de agosto de 2020

Cumple 16 (avant printemps)

Hoy cumple 16 el blog. Ahí les paso el enlace para la fiestita por zoom: "hachetetepetc".

El 24 de agosto la parra empezó a gotear savia. El año pasado descubrí ese fenómeno. Goteaba por una ramita partida. Esta vez por una bifurcación de una rama más gruesa. ¿Se vienen los brotes? (Este año la podé con todo).

La mandarina tiene unos brotes de hojas y creo que algunos de flor, pero milimétricos. Digo que son flor porque una abeja estaba entusiamadísima.

La palta y el níspero no conocen estación o hacen las cuatro juntas. Tienen todo junto ahora (frutos maduros y flor), salvo la caída de hojas, que seguro va a venir en plena primavera. El laurel no lo tengo estudiado pero anda en flor también.

La primavera ya arde en los retoños vegetales, don Leopoldo, y sí, también canta en el buche de los pájaros. Pasan de un lado a otro. Los chicos los observaban hace unos días subidos a escaleras o en silencio detrás de las ventanas. No era aún este anticipo de primavera cuando los turdus rufiventris ya llegaban hasta la puerta confianzudos.

Descreamos de la muerte al modo de la primavera.

(En el día de Nuestra Señora de la Guardia)

viernes, 14 de agosto de 2020

De la época del fijo (y excursus sobre Alfonsina)

Canciones de la época en que no había celular. Él la llamaba a ella, atendía otra persona y le decía que ella no estaba.

Una. Para muchos es de Joe Cocker, para otros de Ray Charles. Aunque ninguno es el autor. Yo, en cambio, se las voy a dejar en esta simpática versión de la escuela catalana Sant Andreu Jazz Band con notable solo del saxofonista invitado:

("Every time I call you on the phone
some fellow tells me that you're not at home")

Dos. Un día me dice YouTube que Leo Dan aún existe y está "alive and kicking". Miren:

Extraños (Cómo poder saber si te amo)
("Cómo poder saber si te amo
si, además, cuando te llamo
me contestan que no estás")

Tres. Vista desde la otra perspectiva, la de ella. Y entre ellas indiferentes hay. Y tendrán o no justas razones. Pero la que parecía tener una excusa valedera era Alfonsina...

("Y si llama él, no le digas que estoy,
dile que Alfonsina no vuelve")

A propósito, desviándonos un poco, ¿quién sería él? ¿Se lo preguntaron alguna vez? No estoy en tema, ni he leído nada al respecto. ¿Será Horacio Quiroga, una de las famosas relaciones de Alfonsina?

Lo que sí, con un Horacio ella hablaba, o quería hablar al menos, por "Ultrateléfono" (poema del libro "Mascarilla y trébol"):
¿Con Horacio? - Ya sé que en la vejiga
tienes ahora un nido de palomas
y tu motocicleta de cristales
vuela sin hacer ruido por el cielo.

-¿Papá? - He soñado que tu damajuana
está crecida como el Tupungato;
aún contiene tu cólera y mis versos.
Echa una gota. Gracias. Ya estoy buena.

Iré a veros muy pronto; recibidme
con aquel sapo que maté en la quinta
de San Juan ¡pobre sapo! y a pedradas.

Miraba como buey y mis dos primos
le remataron; luego con sartenes
funeral tuvo; y rosas lo seguían.
Y para los que se quedaron con ganas de más teléfono... Clic.

sábado, 8 de agosto de 2020

Porco vs. Fabien

Hay una escena de Porco Rosso en la que Porco le cuenta a Fio la historia de una lucha sobre el Adriático en la que él pierde las fuerzas (y quizás el conocimiento, digo yo) y se encuentra en un mundo fantástico todo blanco sobre un manto de nubes. Luego ve a los aviones derribados y sus pilotos ascender, pasar como él arriba del manto de nubes y luego seguir subiendo al cielo. Y pasa su amigo Berlini y él lo llama. Pero se da cuenta que son los muertos. Y ellos siguen ascendiendo hasta una especie de constelación o estela de aviones que viajan por el más alto cielo.

porco rosso clip from Jing Wang on Vimeo.

(Gracias a Hernán J. G. por ayudarme con el video)

Yo no sé dónde leí que esto tenía que ver con un pasaje de “Vuelo Nocturno” de Saint-Exupéry. El pasaje lo encontré. Tiene que ser ese. En Vuelo Nocturno el piloto ya casi sin combustible, en medio de una tormenta de noche, sin luces de ningún tipo que lo guíen, divisa en un quiebre del manto de nubes unas estrellas y sabe que no debe subir pero sube irresistiblemente atrapado por la luz. Traspasa las nubes dejando la tormenta abajo y entra a un paisaje maravillosamente iluminado. Pero el desenlace es distinto (spoiler alert), ya que a diferencia de Porco, el piloto Fabien no descenderá vivo.
Se remontó, soslayando mejor los remolinos, gracias a los hitos que ofrecían las estrellas. Su pálido imán le seducía. Se había afanado tan largo tiempo en la búsqueda de una luz, que no habría abandonado la más confusa. Feliz por el fulgor de un albergue, habría revoloteado hasta la muerte alrededor de esta señal, de la que estaba hambriento. Por eso ascendía hacia los campos de luz.

Se elevaba poco a poco en espiral, por el interior del pozo que se había abierto y que se cerraba de nuevo a sus pies. A medida que ascendía, las nubes perdían su cenagosa oscuridad, pasaban contra él como olas cada vez más puras y blancas. Fabien emergió.

Su sorpresa fue extraordinaria: la claridad era tal que le cegaba. Por algunos segundos tuvo que entornar los ojos. Jamás hubiera creído que las nubes, que la noche, pudiesen cegar. Pero la luna llena y todas las constelaciones las convertían en olas resplandecientes.

El avión había ganado, de un solo golpe, en el mismo instante de emerger, una calma que parecía extraordinaria. Ningún oleaje lo zarandeaba. Como barca que pasa el dique, entraba en las aguas abrigadas. Había penetrado en una región ignota y escondida del cielo, como la bahía de las islas venturosas. La tempestad, debajo de sí, formaba otro mundo de tres mil metros de espesor, atravesado por ráfagas, trombas de agua y relámpagos, pero presentaba a los astros un rostro de cristal y de nieve.

Fabien creyó haber arribado a limbos extraños, pues todo hacíase luminoso: sus manos, sus vestidos, sus alas. La luz no bajaba de los astros, sino que se desprendía, debajo de él, alrededor de él, de esas masas blancas.

Las nubes, bajo él, devolvían toda la nieve que recibían de la Luna. Las de derecha e izquierda, altas como torres, hacían lo mismo. La luz era cual leche en la que se bañaba la tripulación. Fabien, volviéndose, vio que el «radio» sonreía.

—¡Esto va mejor! —gritó.

Pero la voz se perdía en el ruido del vuelo: las sonrisas solas hablaban. «Estoy completamente loco —pensaba Fabien— por sonreír; estamos perdidos».

Sin embargo, mil oscuros brazos le habían desatado de sus cadenas, como se desata a un prisionero al que se permite andar solo, por un tiempo, entre flores.

«Demasiado hermoso», pensaba Fabien. Erraba entre las estrellas acumuladas con la densidad de un tesoro, en un mundo donde nada vivía fuera de él, absolutamente nada excepto él, Fabien y su camarada. Semejante a esos ladrones de ciudades fabulosas, emparedados en la cámara de los tesoros, de donde no sabría salir. Entre pedrerías heladas, erraban infinitamente ricos, pero condenados”.
(Antoine de Saint-Exupéry, Vuelo Nocturno, cap. XVI)

Hay otra similitud no expuesta en el video y en este último texto. El amigo de Porco era recién casado y el piloto de Vuelo Nocturno también llevaba muy poco tiempo de matrimonio.

jueves, 6 de agosto de 2020

La ciudad de nadie (VII)

El tiempo es un maní...

Capítulo VII. Genial Uslar-Pietri. Anteriores: clic.

"Siete millones de seres humanos, por sobre los brazos del río, vienen a hormiguear en la isla. El peregrino se angustia buscando el rostro de la ciudad inmensa. Todas las razas, todas las fisonomías, todas las expresiones, todas las lenguas se mezclan en la poderosa corriente humana que llena las calles y se apretuja en las celdas de los ascensores. Todos los estilos y las formas posibles de la arquitectura se mezclan en el infinito telón de sus muros y su cielo. Desde la mínima capilla gótica hundida entre los hongos, y los dorados arcos de alguna iglesia bizantina, hasta las lisas torres inagotables que oscilan entre la niebla de las nubes, pasando por las impresionantes moles cuadradas que, por las noches, se hacen aéreas, y comienzan a flotar con las luces de sus diez mil ventanas encendidas, la más alta junto a la luz de la más baja estrella.

Siempre hay en las ciudades alguna obra de arquitectura donde a la primera vista uno comprende que está presente el translúcido rostro del ser colectivo. Quien mira el arco de Tito mira al través de él, como por los huecos de la pintura de Dalí, el pulido y fuerte rostro de Roma. París está en Nuestra Señora y Toledo en el puente de Alcántara. Está infundido, en estas obras de piedra, el espíritu de los pueblos que las levantaron a su imagen y que dejaron la huella de su ser profundo en ellas.

El peregrino en la isla de Manhattan anda por días mirando edificios flotantes y vastas muchedumbres que pasan sin adherir a ellos. No parece estar el espíritu de esta ciudad extraordinaria en algún parque, en un templo o siquiera en un puente. Míranse desmesuradas obras que sobrecogen el pensamiento porque son perpetuas hazañas técnicas. Pero no siente uno que está allí presente esa misteriosa relación que hace de pronto de un solo monumento toda la explicación y hasta la justificación de una época.

Pero al penetrar un día en la Gran Estación Central o en la Estación de Pensylvania, una brusca iluminación se hace en nosotros y comprendemos que está allí más que en otra parte la fisonomía de la ciudad inmensa.

Son como los templos de un monstruoso dios del tiempo que devora los hombres. Bajo la gigantesca y pesada bóveda que podría cobijar nubes, reposa una luz ahumada y un poderoso rumor de mar o de torrente. Y abajo, más abajo de los altos zócalos de mármol y de las elaboradas bases de las titánicas columnas, se extiende la parda mancha de la muchedumbre espesa, agitada, trama de infinitos hilos que teje y desteje un invisible movimiento de conjunto.

Al nivel de la corriente flotan las caras ensimismadas de las unidades que integran este continuo y confuso rito. Van entregados a una ineludible consigna de no detenerse, de no distraerse, de no mirar de lado o hacia atrás, como si llevaran resonando en lo inconsciente el eco del gong de cada segundo y no pudieran evadirse de un secreto ritmo que los fascina y gobierna. Pasan por entre las mágicas puertas que se abren solas, desfilan inmóviles, como momias de su propio movimiento, parados por un instante sobre los escaladores mecánicos, o yacen encallados y sustraídos de la corriente en las rígidas colas que se forman frente a las taquillas. A ratos resuenan por los altoparlantes voces colmadas de cifras, de nombres de trenes, y de la repetida invocación de horas, minutos y segundos. El llamado vuela sobre el inorgánico desplazamiento de la masa. El piso trepida con el paso subterráneo de los trenes. En todos los pasadizos hay tiendas, barberías, cantinas, restaurantes. Las paredes están marcadas con flechas y señales itinerarias. Grandes grupos se renuevan frente a las pizarras en las que se inscriben números, signos cabalísticos y horas. La muchedumbre sin sosiego pasa por todas las puertas, llena todos los espacios, corre hacia todos los andenes, come de pie con prisa en los congestionados mostradores, mira fugazmente hacia las pizarras y, como el río de Heráclito, siempre es la misma y cada momento está compuesta de unidades nuevas.

En este ámbito parece revelarse la expresión y el sentido de lo que en las calles, oficinas y parques constituye impresión más superficial. Esa impresión de que todos van solos, incomunicados dentro de la multitud. Esa mirada vaga y absorta que tienen los innumerables solitarios que transitan casi sin verse por las hondas galerías blancas y sordas del tren subterráneo. En estas inmensas fábricas se hace evidente que el rasgo que caracteriza a estas gentes y determina los aspectos peculiares de su vida es su sentido del tiempo.

Son gentes vendidas al tiempo. Que cuentan los segundos como sangre que se les escapa de las venas. Que viven perseguidos, atropellados, maltratados por el tiempo. Estas gigantescas estaciones son en realidad los templos del Moloch de Manhattan, que es el tiempo.

Es como si este pueblo admirable que ha vencido casi todos los obstáculos materiales de la naturaleza, que produce calor y frío a voluntad, que ha puesto las formas prácticas del bienestar y de la comodidad al alcance de las multitudes, que ha derrotado la distancia hasta reducirla casi a una abstracción (cada día, mil millas significan una magnitud menor), hubiera tenido que pagar como precio de estas milagrosas victorias su incondicional sumisión al tiempo. El tiempo es su Mefistófeles. San Francisco, a ocho horas de vuelo, está hoy en lo que era el suburbio de Nueva York en tiempos de Jefferson; pero un minuto de ahora en la Bolsa de Wall Street pone más viejo que una semana en tiempos de Peter Stuyvesant.

Otras civilizaciones, que no han podido vencer la distancia, ni realizar la más pequeña de las hazañas materiales que abundan en la existencia de esta ciudad han logrado en cambio someter el tiempo y plegarlo al ritmo de su propia vida. Los chinos tienen milenios de haber alcanzado esa victoria. Cierto día, cuya memoria se ha perdido en algún remoto año del Cerdo o de la Serpiente, se olvidó la última clepsidra inútil. Desde entonces los filósofos que dialogan a la sombra de las torres de porcelana o el campesino que cultiva su arroz, o el artífice que talla el marfil y el jade, o el hombre de tiro que arrastra la pesada barca por la ribera del río Amarillo, son todos señores del tiempo. Tampoco están sometidos al tiempo los marchosos ibéricos. Ni el indio americano, que pareció dejarlo enterrado bajo la piedra de su calendario.

El tiempo es el mito fundamental de la isla y de sus prisioneros. Todas las formas de su vida están condicionadas por esta sensación pánica de la presencia imperiosa del tiempo. Si alguien pudiera sustraerlos por un momento a él, se sentirían perdidos y no se reconocerían. Estarían como un pez fuera del agua.

Esta ansia los lleva a vivir sin sosiego. La maldición fáustica de no poder decir: «detente», al minuto que se va, se cumple en ellos cabalmente. Nadie parece estar en la posesión de lo que está haciendo en el momento, sino en la inquieta víspera de otra cosa que ha de hacer luego. El que va por la calle no camina, sino que se acerca apresuradamente a algo que va a comenzar cuando termine de andar. Para ellos el caminar no es estar en el camino y posesionarse de la andadura, que es lo que hacen los andaluces, o los escoceses, o los bávaros, o los bostonianos, o los seres de cualquier otra raza que no hayan vendido su alma al tiempo. El que come, también lo hace de prisa, sin gusto, aguijoneado por la urgencia de lo que inmediatamente después ha de hacer. Y el que lee lo hace mientras come o mientras viaja. Y al terminar la función los teatros se vacían vertiginosamente como si hubiera incendio. Los textos, en algunas revistas, están encabezados por el anuncio de los minutos que se invierten en la lectura. No parecen vivir en el segundo presente, sino en la víspera del segundo que va a venir.

Y porque van arrastrados sin tregua, van llenos de alegre sorpresa. Todo lo que pasa es tan inesperado, gratuito y ajeno que provoca pueril alegría y fácil risa. Hay un fondo de confiado gozo en las pupilas de las elásticas doncellas, de lisos tacones y suelta cabellera, que con un reflejo de Diana cazadora, emergen de las vitrinas de las tiendas. Ríen fácilmente y con espontaneidad. Pasan sobre las cosas con la desarmada y jocunda sorpresa del que no puede detenerse en ellas.

Es la velocidad del tiempo la que los lleva a gozar candorosamente con la vida. A alegrarse del espectáculo cambiante y vertiginoso que la existencia llega a parecer para quien pasa tan de prisa. Un espectáculo que se anuncia diariamente en los grandes titulares de los rotativos y que es siempre curioso y excitante.

Ese mismo sentido del tiempo es el que dispone su peculiar actitud ante la muerte. Son cara y cruz de una sola medalla. El forastero tiene la sensación de que Nueva York es una ciudad sin cementerios. En todo caso es una ciudad sin duelos. La muerte no parece sino un accidente de la vida ordinaria que hasta ahora no se ha podido evitar. Nada hay que recuerde el culto hispánico de la muerte, que hace de ella no sólo el mayor acaecimiento, sino además el que condiciona todas las horas de la existencia, hasta el punto de que un ser llega a vivir madurando su muerte. La muerte de la isla no tiene eco, ni resplandor, ni imperio. Toca tan sólo al que se lleva y apenas alcanza a poner una breve sombra en un limitado día. El concepto del tiempo no permite que la honda sombra se extienda y fructifique, hasta marcar indeleblemente otras vidas y hacer perpetuo en ellas el momento de su misterioso paso.

Si este pueblo dispusiera del ocio de los griegos habría elaborado el poético mito de su emoción pánica del tiempo. Un mito o una simple alegoría, en la que un semidiós, por medio de un trueque mágico, les habría cambiado el espacio por el tiempo. El espacio desaparecería a su capricho, pero quedarían encadenados a la vertiginosa fuga del tiempo. Y en esa virtud, nunca tendrían que sufrir ni gozar con el espacio inagotable que puede llegar a separar dos puntos, y que hace que el veneciano gaste algunas de las más azules y doradas horas del día para ir apenas desde la punta de la Salute hasta la plaza de San Marcos".

lunes, 27 de julio de 2020

Las canciones más "supermaneras"

Canciones de Superman. Tenía un par en la manga y el recuerdo de que podría haber algo más. Pero me di cuenta que seguramente alguien ya había listado algo así. Efectivamente. Por ejemplo acá: clic. O en estos otros cliques: clic, clic.

Y sin embargo hay canciones que no van en una correcta lista de canciones de Superman. Es discutible que "Land of confusion" de Génesis sea una canción de Superman (aunque lo nombra) así como también es discutible que el "Jimmy Olsen's blues" lo sea.

Pero es claro que "Superman" de R.E.M. no es una canción de Superman. Tampoco la canción de The Kinks. Que uno se sienta o quiera ser como Superman no aplica a una estricta lista de canciones de Superman.

Aunque, de vuelta, no es tan simple la cosa, por ejemplo cuando la canción habla de Superman pero podría ser una metáfora para algún tipo de persona o comportamiento. Sin embargo si permitimos eso, las canciones más "supermaneras" serían las siguientes, a mi entender.

Las dos primeras las verán en cualquier lista, pero la tercera no la identificarán muchos coleccionistas. Las dos primeras son "Superman (it's not easy)" de Five for fighting y "Superman's song" de los Crash Test Dummies (donde aún no entiendo por qué se la tomaron con Tarzán). Y la tercera es el Superman argento de Alejandro Lerner, que hizo famoso probablemente Sandra Mihanovich: "Igual a los demás (la verdadera historia de Superman)".

Para los pacientes lectores que hasta aquí llegaron vamos a dejar un cover de la "Superman's song", a cargo de Nataly Dawn y al estilo de las viejas canciones de Pomplamoose.

lunes, 20 de julio de 2020

Musicalia

Ahora que los colegios están preocupados por los nuevos métodos de enseñanza quizás deberían probar el solfeódromo de los colombianos Ospina: clic.

Se recomienda una vez por mes escucharse algo de don Carlos Moscardini. Les voy a facilitar el cumplimiento de la prescripción en julio con este video: “A la niñez nuestra”. (No se refiere a la niñez de la humanidad sino a la del autor y sus amigos).

"Qué alegres son las obreras" o simplemente “Las obreras” es una ¿canción? ¿tonada? popular boliviana que hicieron conocida aquí (al parecer) Leda Valladares y María Elena Walsh. Pero la versión que les enlazo aquí no es para cualquiera. Como dijo Marty McFly en el ‘55, en el escenario del “Enchantment under the sea”, quizás ustedes no estén listos para esto todavía (¡jaja!).

Para los fans de Pomplamoose, cada vez más numerosos entre los lectores de "Aquí Estamos…", su versión de “Oh, Pretty Woman”.

No escuché más que esta canción de Haley Heynderickx: “The bug collector”. Ella tiene la voz parecida a Regina Spektor. Y dice cosas como: “And there's a praying mantis / Prancing on your bathtub / And you swear it's a priest / From a past life out to getcha”.

Hay otro grupo de lectores del blog que empezó a seguir la carrera de las Larkin Poe. Ellos nos advierten sobre esta interpretación en donde se luce la steel guitar. Su versión de "Apache".

Hace mucho que no se pueden disfrutar los programas en vivo de "Live from here". Quizás en otro planeta, en una cantina muy, muy lejana

De los principios de la cuarentena hemos rescatado del olvido este video de Jorge Fandermole y Juan Quintero. "Venimos de a dos cantando, que es una buena manera…"

Y para cerrar, mientras esperamos la lluvia, nos unimos a Joe Bonamassa que también la espera. "Colour and shape" es un tema que compuso de adolescente, inspirado en canciones de Toto (África) y de Eric Johnson (Friends). El autor lo había grabado en un viejo disco y ahora lo regrabó para el vigésimo aniversario de su carrera, donde se notan sus progresos vocales.

Y terminamos. Sol, do.

viernes, 10 de julio de 2020

Marechal y las corbatas (disparador)

En pocos días me encontré con tres descripciones de corbatas hechas por Marechal.

Leía una historia de Villa Crespo y surgió nuevamente la figura de Ilka Krupkin. Entonces me fui al poema que Marechal le hizo. Cuando leo:

¡Ilka Krupkin,
guardo un esbozo tuyo, eras así,
con tu corbata color de neurastenia
y aquel andar inútil de muñeco mecánico!

Me digo que me hace acordar al director del colegio (Adán Buenosayres, Libro quinto, parte II). Es que días antes lo leía, movido por las noticias del aniversario del autor y eligiendo ese pasaje justamente por la situación escolar actual.

Usa y abusa de un traje verdicelestegrís, con tonos de esponja y raras vislumbres de índigo, colores asombrosos que, según afirma el erudito Di Fiore, sólo es dable conseguir en el taller de la intemperie o en el de la más avarienta economía. Sin embargo, tres notas vehementes alegran el conjunto: una camisa de color de vómito de urraca (según lo ha definido Adán Buenosayres), el verde frenético de un corbatín y los botines de un amarillo alucinatorio”.

Veo que no hay mucho en común en ambas descripciones (no dejé entera allí la de Krupkin) aunque sí se trata de dos sujetos que vestían particularmente (sean ambos o reales, o uno de ficción). Pero están, que era lo que venía a cuento, la corbata y el corbatín.

¡Y no va que por esos momentos, ya con toda la "librería" de Marechal fuera de la estantería, me encuentro con el espía Sanfilippo! Estaba yo buscando un texto corto, que me habían pedido.

En cuanto a sus ropas, tenían el aire vago y general de las que han vestido muchos cuerpos, dejando aparte su corbata insólita, su corbata de tintes alucinatorios, que no tardó en fascinar a sus tres observadores (...)

“- Oiga, Sanfilippo -le advirtió el mono-: si ha de ingresar en esta “peña” será bajo dos condiciones.
- Escucho -dijo él, tenso de ansiedad.
- Primero -insistió el mono- tendrá que decirnos el color exacto de su corbata.
- No lo sé -tartamudeó Sanfilippo-. La trajo mi tío Giulio de Norte América.
- Ese color no existe -opinó Arizmendi.
- Ese color no pertenece a este mundo -corroboró Petróvich-. ¡Estamos en un callejón sin salida!
Temblaba Sanfilippo en su temor de ser “bochado”. Pero Gutiérrez tuvo de pronto una iluminación:
- Sí -dijo-, esa corbata peliaguda tiene color de ‘psicoanálisis’”.

¿Y si está cuarentena sirviera también para hacer un estudio sobre Marechal y las corbatas?

Como sea, ya sé que la palabra, en singular o plural, aparece unas quince veces en el Adán Buenosayres.

miércoles, 1 de julio de 2020

¿Orgullo perdido?

El hombre anda perdido. Perdió el orgullo de ser el señor de la creación. ¿Es acaso una excesiva sensibilidad? ¿O una falta de fe en el sentido de la vida?

Una excesiva sensibilidad, quizás, que no reconoce que para cuidar a los otros seres vivos no necesita negarse. Que puede ser el señor y tener el mayor respeto y cuidado por ellos, sin por eso decir pavadas como "todos somos iguales".

Una falta de fe en el sentido de la vida, quizás, con ese uso cotidiano de un tópico de un complejo debate científico: "complejidad no quiere decir evolución". Si la complejidad le permitió al hombre conocer a Dios y elegirlo libremente, ¡vaya regalito del azar!, ¿no?

Lamento no cerrar con la frase de algún destacado pensador, pero la que permitió que precipiten estos pensamientos antes disueltos en mi cabeza fue una de Julio Verne, que dice: "Así es el corazón del hombre. La necesidad de hacer cosas duraderas, que lo sobrevivan, es el signo de su superioridad sobre todo lo que vive en este mundo. Es el fundamento de su dominio y es lo que lo justifica en el mundo entero". (La isla misteriosa).