martes, 26 de enero de 2021

Hambres distintas

En una movida comercial sin precedentes nos hicimos con los libros de Don Camilo que nos faltaban. Ella los descubrió en la librería de usados de Beccar. ¡Vayan, que hay más!

Teníamos solo "la vuelta" en edición de Kraft (duodécima, de 1956). Adquirimos entonces el primero (Editorial Kraft, segunda edición de 1952) y el tercero (Ediciones Orbis, primera edición de 1984).

Ya todos conocen (o deberían saberlo por alguien que lo explique mejor que yo) cómo es ese Mondo Piccolo. Yo solo quise traer este pasaje, que me llamó la atención esta vez, para mostrárselos. (Para los que no lo saben, no es este pasaje algo que pinte al libro, al menos en mi opinión).

En huelga, la gente de Pepón descubre un traidor a la causa trabajando en un campo. Lo detienen y maltratan pero descubren luego que era un profesor de la ciudad y se detienen.
"- Lo siento -dijo Pepón-. Pero usted, un profesor, un diplomado, no puede meterse contra los pobres trabajadores de la tierra.
- El sueldo de los profesores es menor que el del último de sus labriegos. Además yo estoy sin empleo.
Pepón meneó la cabeza.
- Lo sé, pero aquí no se trata de eso. Aun cuando el labriego y usted necesiten la misma cantidad de alimentos, el hambre del labriego es distinta de la suya. El labriego, cuando tiene hambre la siente como la sentiría un caballo y no puede dominar su hambre porque nadie le ha enseñado a hacerlo. En cambio usted sabe.
- Pero mi hijo no lo sabe.
Pepón abrió los brazos.
- Si es su destino que haga lo que hace usted, aprenderá.
- ¿Le parece justo todo esto?
- No lo sé -dijo Pepón-.
La cuestión es que no se comprende cómo nosotros y ustedes, encontrándonos en el fondo en iguales condiciones, no podemos nunca hacer causa común contra los que tienen demasiado.
- Usted lo ha dicho: porque, aun teniendo necesidad de los mismos alimentos, nuestra hambre es distinta de la de ustedes.
Pepón meneó la cabeza.
- Si no lo hubiese dicho yo, parecería que aquí hay algo de filosofía -murmuró.
Se marcharon, cada uno por su camino, y el asunto concluyó allí. Y el problema de la clase media quedo sin solución".
(De la historia "Filosofía campestre")

viernes, 15 de enero de 2021

La ciudad de nadie (X)

Quien gusta de los subtes y de las observaciones en los transportes públicos podrá disfrutar de éste, el último capítulo de La ciudad de nadie.

"Y ahora recuerdo a Chesterton que dijo que carece de sentimiento religioso quien no comprende que aquel hombre que está sentado frente a nosotros en el tren subterráneo es tan importante para Dios como William Shakespeare. Aquel Guillermo Agitalanza".

Capítulos anteriores y otras explicaciones: clic.

"El cielo azul resplandece sin una nube y el sol labra las moles de ladrillo oscuro y piedra blanca de la Universidad de Columbia, cuando empiezo a bajar la escalera del tren subterráneo. He depositado la moneda del pasaje al pasar las aspas giratorias de la entrada y ya estoy en un mundo nocturno.

Ya empiezo a bajar a saltos la escalera con todos los que la bajan a saltos. Hasta llegar a la plataforma de espera. A la chata nave fría, apuntalada por postes de hierro, blanca de losas de hospital o de carnicería, fría, de luces eléctricas que nunca se apagan, donde a veces palpita como una llaga una luz verde o una luz roja.

Todos los que han bajado conmigo se asoman al andén, miran a ambos lados a las dos largas bocas de túnel que se abren a los dos extremos, contemplan un momento los rieles pulidos dentro del estrecho foso y piensan que, al llegar el tren, habrá por un espantoso segundo la perfecta oportunidad de suicidarse: en un salto y en un segundo. Se alejan del borde y miran a los demás con ojos de sospecha. Caminan con las manos a la espalda, o con las manos en los bolsillos y mascan. A cada momento suena el «trac» de las máquinas automáticas adosadas a los postes que venden por un centavo, por aquel centavo liso y suave entre las ásperas monedas de plata que la mano palpa en el fondo del bolsillo, una tableta de chocolate o una lámina de goma de mascar.

Todos mascan. Y dejan de mirarse. Y a ratos y en grupos se detienen frente al puesto de periódicos lleno de luces y derramado de todos los colores de las portadas de las revistas. Ven al desgaire las brillantes portadas, mujeres desnudas y vestidas que sonríen en las portadas, o los negros titulares de los diarios. Del diario de la mañana que salió por la noche. Del diario de la tarde que sale por la mañana. «Los rojos tienen la bomba atómica». «Los Dodgers le ganaron al San Luis». «No me divorciaré», dice el marido de la Bergman. «Veterano loco mata trece en doce minutos». Cada quien compra un periódico. Y en todo el andén aletean las hojas.

Se oye el trepidar del tren que llega. Los primeros vagones pasan con tanta velocidad como si no fueran a detenerse. Un golpe de aire tormentoso se desplaza a su paso. Pasan vagones y pasan vagones hasta que llega uno que se va amohinando y deteniendo frente a nosotros. La puerta corrediza se abre de un golpe. Los que salen y los que entramos nos apretujamos un momento. Hay algunos puestos desocupados en el largo banco amarillo de esterilla que se alarga a ambos lados del vagón. El tren arranca con un golpe seco.

Los que están sentados se sacuden. Los que están de pie dan un traspiés. Los que cuelgan con una mano de las agarraderas blancas del techo se bambolean adheridos al periódico que sostienen en la otra mano. 

Nadie parece mirar a nadie. Yo observo a todos los que no miran. Los que están en fila sentados en el largo banco frente al mío. A través de los cuerpos de los que están de pie a uno y otro lado. A nadie conozco. Todos los rostros son distintos. A veces las ropas se parecen. A veces los zapatos son iguales. Pero aquellas narices lustrosas son tan diversas, aquellos ojos tan distintos los unos a los otros. Aquellas manos que sostienen el periódico o que reposan sobre la rodilla están tan asociadas a la sola vida de una sola persona que no podrían ser las manos de más nadie. Son las manos de aquella nariz, de aquel sombrero, de aquel peinado, de aquel periódico. Y ahora recuerdo a Chesterton que dijo que carece de sentimiento religioso quien no comprende que aquel hombre que está sentado frente a nosotros en el tren subterráneo es tan importante para Dios como William Shakespeare. Aquel Guillermo Agitalanza.

Por los pedazos de ventanilla que se miran entre las cabezas desfilan las vertiginosas siluetas de los postes de hierro que sostienen el túnel y algunas luces fugitivas. Sentimos que vamos a una velocidad excesiva. Que la más pequeña falla del más pequeño tornillo podría estrellarnos contra la cerca de postes, y el trueno sordo y sostenido del viaje transformarse en infernal explosión de metales y gritos. Como una deflagración irrumpe rozándonos un tren que pasa en sentido contrario.

Sobre las cabezas están inmóviles las aspas de los ventiladores. Entre las aspas y las cabezas se extiende el friso multicolor de los carteles de publicidad. Con figuras de hombres y mujeres jóvenes y hermosas que sonríen. Que sonríen con un tubo de pasta dentífrica en la mano, con un jabón, con un paquete de té, con una botella de Coca-Cola. «Yo prefiero el Camel», dice la cara de un conocido cantante. «Yo prefiero el shampoo Kreml», dice una estrella de cine. «El señor Robert Smith, de Kansas City, se ha cambiado para el whisky Calvert». «Si tiene usted talento para cantar, venga a verme». «Johnnie Maize, bateador de los yanquis, es un comedor de Wheaties desde hace diez años. Compre usted su paquete mañana».

En la estación de la calle 96 entran muchos negros y algunos puertorriqueños menudos con pequeños bigotes. Un negro alto y triste se para frente a mí y sostiene con su gruesa mano la blanca agarradera. La otra mano cuelga inerte un poco más abajo de mis ojos. Es una mano grasienta, pulida. Tiene una sortija de oro con un rubí. El botón marrón está a la altura de mis ojos. Alzando la vista le miro la camisa y la corbata también marrones. Este no es de los jornaleros del Aseo Urbano. Es hombre elegante y debe venir de los dancings de Lenox Avenue. Me imagino que debe saber bailar un «Jitterbug» descoyuntado sobre las más altas notas del saxófono.

Palabras en español me llegan de la conversación de dos puertorriqueños que no puedo ver. «Ahí se consigue trabajo. Yo te lo digo. Yo lo sé. Pagan hasta cuarenta dólares por semana. No te digo». «Y ¿desde cuándo no ves a Carmen?». «Mejor es que no me hables de eso». El rumor vertiginoso del tren se funde con las conversaciones. Cruzamos blancas bahías de estaciones sin detenernos.

Por entre el brazo bamboleante del negro miro a la colegiala que está sentada frente a mí, entre otras colegialas. Una camisa hombruna, unos pantalones arremangados de lona azul, calcetines blancos y lisos zapatos. Tiene sobre las piernas los libros, sobre los libros los brazos, sobre los brazos la cara sonriente que parece una de las de los avisos del friso. La de la muchacha del té Lipton. O la del laxante de limón. Hablan en algarabía que se añade a la de los hierros.

Bamboleándose, un borracho barbudo da empellones y voces. Parece decir una arenga. Son imprecaciones a todos los que no le oyen. De la puerta de algún bar oscuro, sin saber cómo, se descolgó por una boca del subterráneo. ¿Qué era lo que le decía al barman? Lo que decía a aquellos otros hombres acodados en el mostrador. Lo que dice ahora a todas estas gentes que le evaden la vista. Cuando el tren se detiene está a punto de caerse. Se ha levantado para salir una señora madura de sombrero de plumas. El borracho mira el asiento vacío y se desploma sobre él. Entre una mujer y un hombre. La mujer, que tiene los ojos metidos dentro de un libro abierto, se encoge para evitar el contacto. El hombre que está al otro lado, duerme. Tiene una gorra metida hasta los ojos, una sucia camisa de trabajo, unas gruesas manos de trabajo cruzadas sobre las piernas, unos zapatos negros cuarteados y terrosos. Duerme profundamente. El borracho está casi tendido sobre él y sigue hablando sin cesar, dando manotazos en el aire.

Nadie lo mira. La mujer que está al lado está como metida dentro de su libro. No alza los ojos sino cuando el tren se detiene en alguna estación. Por entre los dedos logro verle el dibujo de la portada. Es una novela histórica, que se está vendiendo por millares de ejemplares diarios. Es la misma que tiene otra mujer que diviso cerca de las colegialas y otra que se bambolea agarrada de su gancho cerca de la puerta. Es la romántica historia de Jacques Coeur. Andan, dentro del libro, por un París de campanas, estandartes y torres medievales. Otra lee el grueso tomo de El Egipcio. Mira salir a un sacerdote cubierto de oro del hipogeo. Otros leen otros libros. En sus cabezas flotan imágenes de lejanos países, de bellas mujeres encendidas de amor, de ricos trajes, de maravillosas aventuras. «El que fume o escupa en el suelo será castigado con multa de cien dólares, o prisión de quince días, o ambas», dice el letrero junto a la puerta.

Se oye una música de saxófono que se acerca. Es un ciego que recorre los vagones mendigando. «Llévame al juego de pelota», es la pieza que toca. Pasa por entre las espaldas, los hombros, los sombreros. Tropieza con los pies del obrero dormido. Con la capa de pieles de una elegante mujer que deja de leer su revista ilustrada para arrojar una sonora moneda en la cantimplora que el mendigo lleva atada al instrumento. Con las rodillas de la colegiala. Con el brazo del negro. Su oscuro sombrero pasa rozando las agarraderas. Siguiéndolo veo el fez rojo y dorado y la borla negra de un «Shriner». Es hombre rubicundo y risueño. Debe de ser de otra parte, y ha venido a la ciudad como millares de otros cofrades para la convención de su orden. La Antigua y Mística Orden de los Caballeros del Noble Santuario. Desfilarán con sus rojos feces y sus estandartes de opereta oriental, comerán y beberán copiosamente y regresarán con mil cuentos a sus granjas, a sus talleres, a sus barberías, en una ciudad del Oeste.

A mi lado se sienta un hombre grueso de pelo canoso; lleva como abrigo una espesa camisa de lana a cuadros rojos y negros, tiene nariz o quijada de boxeador. Abre su periódico, desplegándolo por cuartos. Lo que diviso son columnas de cifras. Es la página de las carreras de caballos. El hombre se abisma en números y nombres. Saca un lápiz y traza algunas marcas de un modo seguro y punzante. Guarda el lápiz, vuelve las páginas. Ahora se detiene en las tiras cómicas. Veo el mechón de Lil Abner y la silueta de pimpina de miga del «schmoo». El «schmoo» es gordo, luciente, manso, risueño, no come, ni corre, y cuando alguien lo mira con hambre se muere de contento. Se muere convertido en tierna carne asada o en pollo frito, sin huesos. Hay una luz de alegría infantil en los ojos del hombre de quijada de boxeador. El mundo debería tener «schmoos», piensa. No andaría él colgado de aquel gancho subterráneo, ni saldría de allí para meterse en una caseta de teléfono, hedionda a colilla y a tos, a llamar a todos los que saben en cuántos minutos hizo la milla el segundo caballo de la tercera carrera en Jamaica, y para concertar la apuesta del tonto más tonto que lo espera en la puerta de la tienda de cigarros y periódicos envuelto en el resplandor de Tarzanes amarillos, de Supermanes rojos, de Frankensteins verdes, de Patos Donald azules.

Y piensa también en los «schmoos» aquel hombre flaco, desgonzado que dejará el periódico con la tira del «schmoo» sobre el asiento al levantarse, para dejar el vagón, subir la escalera, meterse por la puerta de una botica y pasar junto a la caseta de teléfonos, donde alguien concierta las apuestas de las carreras de caballos, para comerse un sandwich de chicken salad y una taza de café con crema. Un sandwich de emulsión rosada que penetra al pan y sabe a apio. Pero el «schmoo» tierno es el que se convierte en tierna carne asada al mirarlo. Es una carne mejor que la que comen los clientes de Gallagher a cuatro dólares la libra. Con sólo mirarlo.

La velocidad del tren varía. Es como si se deslizara a ratos con dificultad por zonas de mayor resistencia. Por entre las enmarañadas raíces de los viejos edificios, por debajo de los sótanos de los más oscuros hospitales, entre las tuberías que llevan la sangre del último riñón abierto, del último pedazo de pulmón extraído. Bajo un suelo de algodones sanguinolentos y sábanas sucias. O por entre las huesas del Museo de Historia Natural, donde las orejas del elefante están heladas junto a la vértebra del megaterio y el aire se espesa con el olor de ballena embalsamada.

Un hombre gordo y melancólico lee un periódico escrito en caracteres hebreos. Toda la página está salpicada de temblorosos trazos que parecen deslizarse hacia abajo. ¿Cuáles noticias leerá ese hombre en esas letras de seis mil años? Con sus letras flota fuera del tiempo y del espacio. Irá a la calle de los negociantes en ropas, o irá a los almacenes de los pollos muertos o de las lechugas, pero antes tendrá que descender de aquella nube mágica de letras, restregarse los ojos abstraídos, y preguntar, con el acento más nasal que le quede en el pecho, de qué se trata.

Lo siento tan solo con sus letras, tan separado por aquella jaula de caracteres, que pienso que no podrá comunicarse sino con los que andan en otros pedazos de su jaula. Y que los que están fuera lo miran como prisionero. Tiene el sombrero redondo metido hasta las orejas. Unos lo ven con indiferencia, yo con interés, otros con desdén. Del apartamento en Brooklyn hasta el negocio en Manhattan va metido en su jaula. Con aquellas letras está escrito el nombre del rey Salomón en el libro santo. Y con aquellas letras acaso lea la noticia de que millares de refugiados, después de años de sufrimiento, han logrado al fin entrar en Tel Aviv.

La muchacha que viaja a su lado lee una revista. Es hermosa y viste con sencillez. Lee en su revista la historia de la oficinista que se casó con el joven y romántico presidente de la compañía. Que es la misma revista que lee la casera gorda, que lleva su paquete de compras recogido bajo las piernas. Es la misma revista que millones de mujeres han empezado a leer esta mañana. Trae la historia de la caprichosa hija del millonario a quien el amor hizo someterse a la autoridad de un muchacho pobre. Tiene un artículo que dice: «La vida empieza a ser divertida a los cuarenta años». Y otro que dice: «Le doy gracias a Dios por ser neurótico». Y un aviso: «Usted también puede ser atractiva». Y un reportaje que asegura que no existen mujeres feas. Y muchas páginas con grabados donde se enseña cómo se puede cocinar y fregar platos conservando las más hermosas manos femeninas; cómo se puede transformar sin gastos aquel feo cuarto en aquel maravilloso salón de la revista; cómo de una mesa vieja y rota se puede hacer la más moderna mesita de té con la sola ayuda de una sierra y un martillo. O la manera de parecer una persona instruida e inteligente al hablar. La belleza, la salud, la felicidad, el bienestar, puestos al alcance de todos.

La mujer gorda del grueso paquete sonríe. Como a la misma hora hojeando la misma revista sonríen otras mujeres que están en las calles, en los sótanos y en los pisos altos. La que lava la ropa de los hijos en el sótano. La que limpia la salita, que sin gasto podría transformarse en una pieza de exposición. La que calienta las espinacas, que pueden servirse con poca cosa como en el restaurante francés. La que friega los platos mientras oye en la radio la quejumbrosa canción de Bing Crosby en la hora que se llama «Serenata de Amor».

Chirría el tren deteniéndose. Toda la masa de gente se mueve. Todos se empujan. Entran nuevos rostros. Tres muchachos altos, con el pelo peinado en copete, salen en el último momento atropellando a todos los que entran. La última mano del último tiene un gesto de lanzar la bola del bowling. El sordo rodar de la bola sobre la madera y el estruendo de las maderas cayendo en la catarata. De la escalera del subway se meterá en la escalera del salón de bowling, ancho como un garaje, donde treinta hombres simultáneamente se tuercen detenidos, lanzando treinta bolas que ruedan sordamente. Simultáneamente con otros dos mil novecientos hombres que, en millares de salones, están lanzando el trueno de la bola sobre la cancha.

Ahora está frente a mí un botones vestido de verde con botonadura de reluciente dorado. Su cabeza tocada con un chato gorro verde está debajo de aquel retrato del friso donde sonríe una muchacha, junto a un letrero que dice: «Reúnase con ‘Miss Subway’. Encantadora Harriet Young, secretaria en Adelphi College. Estudiante de música, le gusta todo, desde Beethoven al ‘Bebop’. Ambición: tener un automóvil nuevo y ver América».

El botones tiene cara de ansiedad. Nadie lo está llamando, no está llamando a nadie. No va dentro del eco de su voz por pasillos, salas y corredores canturreando el nombre de aquel míster Smith o míster Savacol a quien espera un teléfono acostado sobre una repisa de mármol. Pasan minutos, el tren corre y no suena ningún timbre que lo haga saltar. Va a sonar un timbre. A las siete hay que sacar el perro de la señora del 115 y llevarlo al borde de la acera, dejarlo husmear un rato y esperar a que se enarque en la defecación. A las siete y media toda la acera está cubierta de los botones del hotel. Todas las aceras están cubiertas de botones, y hombres y mujeres, y viejos y niños que sostienen por la traílla a los perros. Y todo el fondo de las calles toma un tinte de canal de matadero. Hasta las siete de la noche. En que hay que subir a buscar el perro de la señora del 115 para bajarlo nuevamente a la acera. Ya en la sombra. Lejos de la luz del farol. Y verlo enarcarse con los ojos saltados.

El tren amaina la velocidad y se detiene. Todas las gentes se ponen en movimiento. En los postes del andén hay repetido el número 42. Salen todos apresuradamente. Como si el tren pudiera arrebatarlos y llevar los a un destino desconocido. Salen todos, menos unos pocos que permanecemos. El borracho ha aprovechado la ocasión para tenderse largo a largo en el banco. Pero nuevas olas humanas se precipitan por las puertas. Todo vuelve a apelmazarse y a endurecerse. Entran mujeres con niños y paquetes, hombres con maletas y carteras. Gentes con ojos afiebrados y narices lucientes que salen de los cines. Con los oídos llenos de disparos de revólver y de canciones. Con los ojos llenos de descomunales ojos. Hombres con el cuello de la camisa abierto, el sombrero nuevo en la nuca, un escarbadientes en la comisura de los labios y el gesto exacto del pistolero que vieron en la pantalla. Una voz arrastrada, cantada, cortada. Y de pronto uno que suelta una carcajada corta y explosiva.

El trayecto es breve. El tren se detiene de nuevo. Bajan muchas mujeres. Con prisa. El andén está lleno de otras mujeres con paquetes. Muchas suben. Otras esperan los trenes que vienen de regreso. El tren está anclado al borde de los sótanos de las inmensas tiendas. Se ven todos los andenes y pasadizos cubiertos de luces, vitrinas y avisos luminosos. Las luces llevan a otras luces, los pasadizos a otros pasadizos. Las mujeres suben como hormigas atareadas. Y de pronto, ponen el pie en una escalera que empieza a subir sola. A rodar sola, como un témpano de hielo que se desprende lleno de pingüinos. A subir por entre horizontes de arcadas, mostradores, colgaduras, armarios, pirámides de mercancías pasando de un piso al otro como quien mete la cabeza por el hueco de una capa. Del piso de los trajes de mujer, al de la ropa de hombre, del piso de los artículos de deportes al de los muebles, de los comestibles a las máquinas de lavar, de las drogas a los libros, de las camisas a los automóviles, de donde enseñan cómo funciona la máquina de lavar a donde explican cómo se preparan los ravioli y los dan a probar. Todo está lleno de manos, de cabezas, de ojos, de hombros. Como si el vagón del subterráneo se hubiera multiplicado por cien mil. Y la escalera sigue subiendo con los pingüinos inmóviles y serios. O baja con ellos. Hasta que al pie de la última escalera, que no se mueve, se para el vagón del subterráneo y el oleaje mete la gente adentro.

Los que están de pie dan un traspiés. El tren arranca. Hay gentes que sacan papeles de los portafolios, de los bolsillos. Mujeres que sacan papeles de las carteras. Papeles con sellos, con letreros impresos, con firmas agresivas. Tienen cara de ir a hablar con policías, con fiscales, con inspectores. Aquel va a buscar un permiso para vender cerveza. Y aquel un permiso para conducir automóvil. Y aquel va porque no quiere pagarle la pensión a su mujer divorciada. Una mujer que sacaba la cabeza desgreñada por una puerta y le decía, pronunciando por las narices, horribles insultos.

Y todos van sacando mentalmente cuentas de dinero y de tiempo. A cada momento miran el reloj y se palpan la cartera. Miran el reloj. Dentro de diez minutos se desocupa la silla del dentista. Dentro de veinte minutos míster Jones tocará el timbre preguntando a la secretaria si míster Smith ha llegado. Dentro de cinco minutos sale el «ferry» para Staten Island. Dentro de treinta y cinco minutos sonará el teléfono y repicará cinco veces dentro de una oficina vacía, cuya puerta nadie abre. Dentro de una hora se cierra la subasta de cebollas.

Dentro de un cuarto de hora sonará el martillo del presidente declarando instalada la convención de los vendedores ambulantes de cepillos. Dentro de dieciocho minutos habrán subido un punto las acciones de la American Can.

Y se palpan la cartera. «Una comisión del tres por ciento no es suficiente». «Yo no vengo a venderle, vengo a traerle dinero». «Mi dineroes tan bueno como el suyo». «La honestidad es la mejor política». «Hágalo ahora». «No hay negocios malos, hay negociantes malos». «Aproveche esta ganga». «Cien dólares no son sino el comienzo de mil dólares, mil dólares no son sino el comienzo de diez mil dólares, diez mil dólares son el comienzo de cien mil, cien mil el de un millón». «Un director de ventas que vale cincuenta mil dólares por año». «Un oficinista que vale cuatro mil». Se palpan la cartera con un gesto de despertar, entre el cabeceo del tren disparado, y miran con rápida sorpresa al hombre que está al lado.

Una corbata demasiado roja, un traje demasiado nuevo, unos hombros demasiado anchos, una afeitada demasiado reciente, unos ojos demasiado lentos, una quijada demasiado cuadrada. Por el bolsillo del pañuelo le asoman las puntas de tres tabacos. Los zapatos le deben chirriar un poco al andar.

Al lector de tiras cómicas que alza la cabeza pesada del periódico lleno de figuritas se le parece a Dick Tracy. A la mujer que masca goma y que ha salido del cine se le parece a James Cagney. Debe de tener debajo del brazo, oculta, una de esas pistolas de gángster que han estado retumbando durante dos horas en la película. Al viejo que saca el crucigrama de la última página de la revista ilustrada se le parece a los famosos pistoleros que no conoce.

El tren se detiene de nuevo. Baja mucha gente. Mujeres jóvenes de hermosas piernas con una gruesa cartera debajo del brazo. Hombres con sombreros que se parecen demasiado al que lleva el risueño mozo que está en el aviso de la sombrerería Adams en todos los periódicos. «Las mujeres prefieren a los hombres con sombrero». Baja el hombre de la quijada cuadrada. Bajan algunos viejos lentos, que parece que no tendrán fuerzas para subir la escalera que los sacará a la calle.

Voy a bajar yo. Pero no me muevo y la puerta se cierra rápida. El tren corre ahora frío y pávido, penetrando en lo más húmedo del limo. El vagón se ve grande y vacío y la luz de las lámparas es la del circo cuando el acróbata se prepara a dar el doble salto mortal sobre la cuerda. El tren baja para pasar por debajo del río. Sentimos un ahogo. A diez metros sobre nuestras cabezas duerme el agua del fondo con los zapatos de los ahogados y las más oxidadas tapas de Coca-Cola. A veinte metros sobre nuestras cabezas se desliza el trasatlántico lleno de banderas que busca su muelle. A veintidós metros sobre nuestras cabezas vuelan las gaviotas recogiendo los desperdicios que salen por los tubos de desagüe.

¿A dónde vamos? Al fondo del vagón está sentado el hombre que saca crucigramas en la revista. Cerca de mí, tendido en el asiento, ronca dormido el borracho. Al otro extremo, una mujer vestida de oscuro aprieta a su costado a una niña flaca de anteojos. Lo demás está vacío. O está lleno de algo que no vemos.

Nueva York, 1950".

lunes, 4 de enero de 2021

Música del 2020

Tenemos muchos temas. Van solo datos y el enlace. Los interesados en más información por favor contáctense con la producción.

Algunos de los artistas que aparecen son: Stories, Flor Sandoval, Pomplamoose, Joe Bonamassa, Rozzi, Lula Bertoldi, Eruca Sativa, Hunter, Abby Celso, YYNOT, Sixpence None the Richer, Larkin Poe, Carlos Moscardini, Postmodern Jukebox, Swear and Shake, Andrés Pilar, Juan Falú, Grace Potter, Rita Payés, The Carpenters, Reina del Cid, Hilary Hahn, Haley Heynderickx, Gillian Welch, David Rawlings, The Oh Hellos, The Mamas and the Papas, Bosnerau, Greeen Day, Sílvia Pérez Cruz y Marco Mezquida, Margaret Glaspy y Julian Lage, Madison Cunningham, Jimmy Barnes, Juan Carlos Baglietto, Jorge Cafrune, Five for Fighting, Fito Páez, Inténtalo Carito, Elephant Revival, David Lebón, Juan Andrés Ospina, Jorge Fandermole y Juan Quintero.

01. Musiquita [Flor Sandoval] | Flor Sandoval

02. Blue+Around the world [Eiffel 65/Daft Punk]Pomplamoose

03. A la niñez nuestra [Carlos Moscardini] | Carlos Moscardini

04. All Star [Smash Mouth] | Stories with Hunter Elizabeth

05. Chacarera del sol naciente [Hermanos Ábalos] | Andrés Pilar

06. Bastille Day [Rush] | YYNOT

07. Blinding lights [The Weeknd] | Pomplamoose

08. Breathe your name [Sixpence None The Richer] | Sixpence None The Richer 

09. Cantores [¿Fandermole/Quintero?] | Jorge Fandermole y Juan Quintero 

10. Yer Blues Chacarera [The Beatles/?] | Armado por Biribiri

11. Cinema Paradiso [Ennio Morricone] | Juan Andrés Ospina

12. Colour and shape [Joe Bonamassa] | Joe Bonamassa (“take 2”, version 2020) 

13. Dos edificios dorados [David Lebón/Mirta Lagarde] | David Lebón con Eruca Sativa 

14. El corazón manda [Carlos Moscardini] | Carlos Moscardini

15. Nostalgia #28 [Elephant Revival] | Elephant Revival

16. En camino [Flor Sandoval] | Flor Sandoval

17. En casa pero tranquilus [Inténtalo Carito] | Inténtalo Carito

18. Los buenos tiempos [Fito Páez] | Fito Páez

19. Superman (It’s not easy) [Five for fighting] | Five for fighting

20. El fuego se vuelve lento [Flor Sandoval] | Flor Sandoval

21. Hierba buena [Flor Sandoval] | Flor Sandoval

22. How deep is your love [Bee Gees] | Stories with Abby Celso

23. I can´t be satisfied [Muddy Waters] | Joe Bonamassa

24. Resolana [Falú/Dávalos] | Jorge Cafrune

25. El témpano [Adrián Abonizio] | Baglietto (versión 2020 desde casa)

26. Como el aire [Juan Falú] | Juan Falú y Andrés Pilar

27. Just the two of us [Bill Withers] | Pomplamoose

28. Kiss [Prince] | Stories con Rozzi

29. Kiss me [Sixpence None The Richer] | Sixpence None The Richer

30. Ramblin´ man [Allman Brothers] | Larkin Poe

31. Apache [The Shadows] | Larkin Poe

32. Las obreras [Popular boliviana] | Lula Bertoldi y Nicolás Sorín

33. Lazy [Deep Purple] | Jimmy Barnes, Joe Bonamassa

34. Love on the brain [Rihanna] | Stories con Rozzi

35. L.A. Looking Alive [Madison Cunningham] | Madison Cunningham

36. Best behavior [Margaret Glaspy] | Margaret Glaspy and Julian Lage

37. Melody of you [Sixpence None The Richer] | Sixpence None The Richer

38. Na nena (tornada a menorca) [Riera/Ortega Monasterio] | Sílvia Pérez Cruz y Marco Mezquida 

39. Nostalgias santiagueñas [Hermanos Ábalos] | Juan Falú y Andrés Pilar

40. Concierto para oboe en do mayor RV449 - Allegro [Vivaldi] | Pier Luigi Fabretti, L'Arte dell'Arco & Federico Guglielmo

41. Oh, pretty woman [Roy Orbison] | Pomplamoose

42. Over the rainbow [Harburg E Y / Arlen Harold] | Nataly Dawn and the Sheriffs of Schroedingham 

43. Paisache [Bosnerau] | Bosnerau

44. Bad together [Rozzi] | Rozzi

45. Uphill battle [Rozzi] | Rozzi

46. She [Green Day] | Green Day

47. “Shi funshiona”, por el castor de La dama y el vagabundo

48. Something for nothing [Rush] | YYNOT

49. Somewhere only we know [Keane] | Stories with Abby Celso

50. Two years lost [Swear and shake] | Swear and shake

51. Rock para el negro Atila [Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota] | Delta Discos con Lula Bertoldi

52. The Beatles y Los Auténticos Decadentes | Armado por Biribiri

53. Dream a little dream of me [Fabian/Gus/Wilbur] | The Mamas And The Papas

54. Boreas [The Oh Hellos] | The Oh Hellos

55. When a cowboy trades his spurs for wings [Rawlings/Welch] | Gillian Welch, David Rawlings

56. The bug collector [Haley Heynderickx] | Haley Heynderickx

57. The lark ascending [Vaughan Williams] | Hilary Hahn, London Symphony Orchestra, Sir Colin Davis

58. Video killed the radio star [The Buggles] | Postmodern Jukebox with Cunio

59. Wait for the moment [Vulfpeck] | Stories with Hunter Elizabeth

60. Wannabe [Spice Girls] | Postmodern Jukebox

61. Werewolves of London [Warren Zevon] | Reina del Cid

62. (You make me feel like) A natural woman [Goffin/King/Wexler] | Stories with Rozzi

63. Rainy days and mondays [Williams/Nichols] | The Carpenters

64. The lion, the beast, the beat [Grace Potter] | Grace Potter

65. How we fight [Swear and Shake] | Swear and Shake

66. Nunca vas a comprender [Rita Payés] | Rita Payés

jueves, 24 de diciembre de 2020

Se nos hizo tarde... (¡Feliz Navidad!)

Se nos hizo tarde y no preparamos nada.

Pero gracias a Dios los amigos trajeron cosas para compartir:

Poema trajo Ens, villancicos Marenostrum, los saludos de XavMP, jugosa cita de ARP y poema saludo de EGM.

¡Feliz Navidad!

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Para cada día

Buscaba una canción de martes y me puse a pensar qué famosas son las canciones de viernes, sábado, domingo y lunes. Pero, salvo las que mencionan todos los días de la semana, qué difícil es encontrar de martes, miércoles o jueves.

Buscar en inglés, para empezar, puede ayudar, por la alta difusión que tienen las canciones en ese idioma. Entonces encontré, para martes: Ruby Tuesday, de The Rolling Stones. Para miércoles: Wednesday morning 3 AM, de Simon & Garfunkel. Y para jueves: Thursday's child, de David Bowie. Y hay algunas más.

Pero es interesante reflexionar un poco acerca de por qué es más fácil encontrar (¿o recordar?) canciones con viernes, sábado, domingo y lunes. Al menos a mi me resulta mucho más fácil. No sé si es una cuestión de mi memoria o efectivamente una curiosidad de la música popular.

Por un lado uno puede pensar que algunos días son característicos. La división que se hace de días en laborables y no laborables crea dos grupos de días, un grupo de cinco y otro de dos. Esto hace especiales a esos dos días. Y es lógico a su vez que en un grupo más grande (el de cinco) los más característicos, los relacionados con las emociones que generan las canciones, tengan que ver con el final y con el inicio.

Para seguir analizando este tema podría ser de gran ayuda leer las letras de las canciones, que nos pueden dar más pistas. El paso del tiempo, la actitud frente al trabajo o los padecimientos del mismo, los eventos sociales, etcétera.

Todas esas cosas se pueden escuchar en las siguientes canciones. Seguramente haya muchas canciones más, pero estas son las que tengo presentes sin buscar (contra ninguna que haya recordado para el resto de los días).

De todos los días:

Lunes:

Viernes

Sábado:

Domingo:

Bonus yapa tracks:
Night Fever (de la película Saturday Night Fever, pero no dice sábado)

(Esta recopilación la hicimos ya empezado el Adviento de 2020).

sábado, 7 de noviembre de 2020

La ciudad de nadie (IX)

En el capítulo IX Uslar-Pietri habla de una visión. Y aprovecha esa visión para traer a colación a muchos poetas de la tierra de la que nos está contando.

Da la ocasión para detenerse en cada uno y conocerlos a todos. Sin haberlo hecho lo suficiente, me alcanzó para conocer "The leaden-eyed", de Vachel Lindsay.
Let not young souls be smothered out before
They do quaint deeds and fully flaunt their pride.
It is the world’s one crime its babes grow dull,
Its poor are oxlike, limp and leaden-eyed.
Not that they starve, but starve so dreamlessly;
Not that they sow, but that they seldom reap;
Not that they serve, but have no gods to serve;
Not that they die, but that they die like sheep.
A continuación entonces el capítulo IX de “La ciudad de nadie”, de Arturo Uslar-Pietri. Para los capítulos anteriores: clic. Aunque tengo el libro, copié los textos de Revista ViceVersa.

Al principio del invierno hay una hora de perfecta soledad en el Parque Central. Ha caído nieve durante lo más del día. El aire gris ha estado lleno de rayas y puntos blancos. Las ramas de los pinos se acolchan de nieve. Uno camina lentamente hundiendo los pies en la espesa y quieta blancura. En la última hora del atardecer el cielo se ha despejado y se ha hecho transparente con una primera y desnuda estrella a un lado. No se oye ruido. No se mira movimiento.

Toda la nieve azulea con la vecindad de la noche. Hay una profunda sensación de abandono, de magia y de agreste soledad. Las lejanas moles oscuras de los edificios, hacia el sur, se diluyen en la penumbra, como acantilados de una costa inaccesible.

De lo oscuro de un tronco desnudo se desprende a saltos rápidos una ardilla oscura. Se acerca temblorosa y alza las patas suplicantes. Uno le tiende la mano y ella acerca la boca móvil a los dedos, buscando alimento. Como pudiera hacerlo el primero o el último hombre en la perfecta soledad.

Cuando el animalito se aleja de nuevo ya todo parece más transparente y despoblado. El aire está como detenido por el frío. Y el humo de nuestro aliento lo empaña a ratos como un vidrio. Es entonces cuando el solitario se detiene y siente que va a ocurrir el prodigio.

En lo más penumbroso del horizonte, más allá de las ramas nevadas, empieza a levantarse una visión sobrecogedora. No hay ser humano que haya podido verla más grandiosa.

Es como si el cielo fuera creciendo y ahondándose con una inmensa colmena de luces. Pequeñas lámparas que se sobreponen, se juntan, se extienden, se confunden. Cuadrados de luz que cuelgan arracimados de la sombra como un telar de estrellas.

Es como si del fondo de aquel desierto de nieve y de soledad se hubiera alzado de pronto un simún de hojas de oro encendidas.

Toda la sombra está cuadriculada de luces hasta lo alto. Es un tapiz de fuego quieto y frío que cuelga de dos o tres estrellas. Y que está vivo de encenderse y apagarse sin término.

Y uno lo mira tan alto y tan resplandeciente que siente más inverosímil la proximidad de aquel milagro.  
Es como un mosaico de oro que ha cubierto las nubes y las sombras. Todo en reflejos, en palpitación luminosa, en dimensiones y contornos inalcanzables. Como las moscas de Constantinopla debían ver los mosaicos de oro de Santa Sofía.

Nada tenemos en las manos ni en las palabras para responder a este prodigio. Para tratar de acercarnos a este prodigio que no es el que han hecho los hombres. Que los sobrepasa y los abandona.

Lo único que sabemos es que no son las luces de una ciudad. Los que ven las luces de la ciudad no ven el prodigio.

El prodigio podría ser el tablero para el juego del cielo y del infierno, o para el juego de la muerte y de la inmortalidad.

Puede ser la ciudad de luz y de sombra que sería prometida algún día a los hombres que habitan la ciudad de piedra y de hierro.

O puede que sea la encendida montaña de cristal que ha de estar al fin del mundo. Al fin del mundo que conocemos y padecemos.

Esos caminos de luz, esas señales, esos saltos, esos despliegues de vuelo inmóvil no pueden ser el simple reflejo de las lámparas de hombres que se afeitan, de hombres que escriben números, de hombres que cuentan dinero en billetes opacos. Deben ser otra cosa. Como las luces de un altar a un Dios que va a salvarnos. El reflejo infinito de unas llamas votivas que están vivas y temblorosas de esperanzas.

Deben ser fuego de hogar y luz de amor multiplicados que invitan al hombre a arder en la más encendida montaña.

Hay que estar solo y lejos para ver toda la visión de aquella inaccesible soledad luciente. Para sentir el dolor y el ansia de acercarse. De entrar en toda la aérea tibieza de aquella lumbre que palpita cubriendo el cielo. De aquel enjambre de brasas que se para en la sombra.

Tamaña grandeza de visión no puede ser un don gratuito. Debe tener palabras y significaciones y anuncios para toda pequeña soledad humana que la vislumbra.

Y las tiene. Pero sólo resuenan en lo más transparente del silencioso pensamiento angustiado.

Palabras que han nacido de la angustia de esta visión sobrecogedora. Como aquella voz transida que nos llama hijo y nos habla de amor:

What do you seek so pensive and silent?
What do you need camerado?
Dear son do you think it is love?

Y la reconocemos. Amaba la gente de las calles y gustaba de conversar al conductor del tranvía de caballos. Y soñaba con más gentes y más casas y más atareadas muchedumbres. Vivió en las raíces de las que iba a brotar esta visión aérea. Y nos dice con orgullo jactancioso que es

Whitman, a Kosmos, of Manhattan the son.”

¿Se ha alzado este fulgor temeroso, acaso, sobre esa fe serena del labrador que siembra, y del albañil que levanta su pared de ladrillos y de los hombres que cantan en su tarea llenos de indestructible contentamiento?

¿O es una visión satánica de inhumano orgullo que va a caer como lava ardiendo sobre los que se le acercan deslumbrados? Hay el rumor quejumbroso de un canto de negros que canta con poderoso quejido rítmico. Que canta y anuncia hasta lo más apartado de la soledad:

“Joshua fit de battle ob Jerico,
Jerico, Jerico,
Joshua fit de battle ob Jerico, 
an de walls come tumblin down.”

Al son de las roncas voces cargadas de dolor parece temblar todo el oro vivo de la visión. Son voces de hombres vivos con dolores vivos. De hombres oscuros con dolores oscuros. Por allá abajo hay muchos que tienen hambre, pero que además están hambrientos sin nada en que soñar. Que es lo que murmura aquel eco de Lindsay, tan rítmico: «Not that they starve, but starve so dreamlessly». No es que tengan que sembrar, sino que tan rara vez cosechan. «Not that they sow, but, that they seldom reap». No es que estén condenados a servir, sino que no tengan dioses a quienes servir. «Not that they serve, but have no gods to serve». Y no es que hayan de morir al fin entre los vericuetos de piedra, sino que mueran como ganado. «Not that they die but that they die like sheep». Que es lo que dice la lenta voz que parece venir de la visión.

Porque hay otra que parece no verla. Que lo que ve es un desierto de áridos cactus y de tierra muerta. Donde no se alza sino una mano muerta suplicante bajo la luz de una estrella que se extingue. Que es lo que se percibe en aquella palabra que pasa, que es de Eliot y que viene de tan lejos:

“This is the dead land
This is cactus land
Here the stone images
Are raised, here they receive
The supplication of a dead man’s hand
Under the twinkle of a fading star.”

Pero también habría una desesperada manera de arrojarse al torrente inescrutable. Entrar hablando a gritos, comprando y vendiendo, poniendo nombres en todos los avisos luminosos, todos nuestros nombres en todos los avisos luminosos. Que es lo que haría Hart Crane ya resuelto a morir:

“Stick your patent name on a signboard
brother-all overgoing westyoung man
Tintex-Japalac-Certain-teed overalls ads
and land sakes.”

O estaré quieto, desde la sombra, sin avanzar, hasta no encontrar la palabra que resuelva el enigma. De esta esfinge de vida o muerte que nos mira con sus millones de ojos de luz. Acaso como Edipo resolvió el enigma de la perra que habla. Pero:

“Señora it is true the Greeks are dead,
It is true also that we here are Americans.”

Porque también de­bajo de la luz de cristal hay hierro y piedra, y sudor y zapatos llenos de blandos pies y miradas llenas de deseo. Una ciudad viva y atormentada de vida. Una robusta ciudad que grita y se estremece con todos los que dentro de ella gritan y se estremecen. Una ciudad de anchas espaldas que aman y cantan hombres de anchas espaldas:

“Stormy, husky, brawling
City of the Big Shoulders.

domingo, 25 de octubre de 2020

La escaramuza de los pacifistas

- Ayer te quedaste dormido -le dije a él-. ¿Repasamos el capítulo de la escaramuza?
- Parece el nombre de un reptil -dijo ella. (…)

El capítulo se llama en realidad “El ataque” (La isla del Tesoro). La palabra escaramuza (que de hecho aparece en el desarrollo del capítulo en nuestra traducción) me hizo acordar a ese capítulo de los “Los Invictos”, de Faulkner, que se llama “Escaramuza en Sartoris”.

Así que después de leer el capítulo de “La isla del tesoro” fui a buscar “Los invictos”. (Aunque en realidad tenía a mano el libro “Relatos”, que incluye los relatos que luego formaron parte de “Los Invictos”). Y al empezar a leer el capítulo me llamó la atención esta frase de Faulkner: “(...) los hombres han sido pacifistas por todas las razones que imaginarse puedan, salvo la de eludir el riesgo y la batalla”.

Y fui a Internet, al texto en idioma original, que decía: “(...) because men have been pacifists for every reason under the sun except to avoid danger and fighting”.

Y ahí quedé, trabado desde ese entonces. Tratando de llegar a una conclusión acerca de si me parecía o no verdadera esa frase. Porque me gusta. Me suena como a frase chestertoniana. Pero no la podía asumir. No encontraba las cosas que me dijeran: “¡claro, es así!”. Pero quería, porque es genial.

Creo que luchaba contra varias limitaciones. La principal surgía de todo el tiempo en que había pasado en mí juventud separando la imagen del pacifista de la del cristiano. Eso había dejado a mi concepto del pacifista en un lugar muy relegado.

Sin llegar ahora a exaltarlo, vayan algunas ideas. Basta pensar por un momento en la lucha o la batalla como algo que no necesariamente tiene que ver con los puños o las armas. Basta (aunque ahí maldije mi ignorancia) en pensar en famosos pacifistas (or so-called) como Ghandi, Mandela, Luther King, etc.

Entonces nos damos cuenta que los pacifistas pueden ser eso que dice Faulkner. He ahí que el único pacifista que no encajaría en la “definición” de Faulkner sería una especie de pacifista per se. Alguien que adopta como filosofía de vida algo como “evitar todo tipo de lucha”. Y no sabe, paradójicamente, todo el peligro que ello conlleva.

viernes, 9 de octubre de 2020

Algunas musiquillas más de la cuarentena

1. ¿La canción de Cinema Paradiso en piano y armónica? Clic.

2. Lo nuevo de los Oh Hellos: Boreas.

"Maybe then my breath could embody
a wildfire starting.
I’d sweep up the forest floor
and my body breathe life into the corners,
be a darker soil"

3. Bonamassa. Viejo tema, nueva voz: Colour and shape.

4. Pegada en la cabeza: Dream a little dream of me, pero por The mamas and the papas.

5. Sixpence None The Richer (nombre inspirado en Mere Christianity de C. S. Lewis) interpreta “Melody of you”.

6. Flor Sandoval: Cantautora emergente rosarina. Check her out, recomendó el gaucho.

7. YYNOT: Covers de Rush muy bien hechos y mucho más. ¿Se imaginan a Geddy Lee bailando por el escenario? Surrealista. ¿Cuál elijo? Vamos con Bastille Day.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Esta entrada no iba a ser de Stevenson


Después de un coqueteo con “Lord Jim” el público joven se decidió porque leamos “La isla del tesoro”. Lo habíamos empezado con F. hace unos años pero no había progresado. Ahora parece que tuvo éxito y ya porta, como primer signo de estabilidad, un señalador frente a su tercer capítulo.

El señalador viene de La Docta. Es de Libros UCC (Universidad Católica de Córdoba), Obispo Trejo 323. Supongo que lo habremos traído una semana de invierno que nos fuimos a conocer la ciudad. El libro (“La isla del tesoro”) es una respetable edición moderna de Editorial Claridad, la traducción es de Jeannine Emery y ostenta en la tapa una ilustración de N. C. Wyeth, famoso ilustrador norteamericano, que acompañó también la edición de 1911.

Foto: Nocloo

Por otro lado, en la lectura personal (y mientras no avanzan Flannery ni James) lo acompaño con “Cuentos de los Mares del Sur”, de Stevenson también. Esta edición, a diferencia de la del otro libro, es más “berretita”. Pero a mí me gusta. Grupo Editor Altamira, Santa Magdalena 635, Buenos Aires. Lo rescaté hace años de un negocio de usados y nunca lo leí. Como lo aprecio y le queda muy bien, fue equipado, al menos temporariamente, con un simpático señalador de mapache que me hizo G. e ilustra la entrada en su comienzo.

Por este librito me entero que el don Stevenson se llamaba también Balfour de apellido. Haberlo sabido hace unos años y se lo hubiera dicho a un muchacho del trabajo anterior que llevaba ese apellido. Sería el comentario plomo, sin duda, pero me hubiera gustado repetirlo a cada rato: “¿Cómo le va, don Balfour Stevenson?”. ¡Soy un viejo sin remedio!

Esta entrada no iba a ser de Stevenson. Pero voy a repasar mi colección del autor, que solo se compone de lo mencionado y de la versión musical que hizo Sting para su poema “Christmas at sea”. Alguna vez la traje. Poema aquí. Versión del disco aquí. Versión en vivo en la Catedral de Durham aquí.

En realidad hay algo más. Un pequeño cuento extraído de “Fables” llamado “El barco que se hunde”. No me gustó mucho. Pero ahí está. Junto con lo que quizás sea todo lo que alguna vez lea de Stevenson en mi vida (guiño).

viernes, 25 de septiembre de 2020

La ciudad de nadie (VIII)

Alguna vez alguien nos hizo dar cuenta que había libros de la biblioteca que nunca leeríamos, o nunca más leeríamos en nuestras vidas. En forma similar, yo ya sé que hay lugares del mundo que nunca visitaré (aunque esto es un poco más obvio).

Pero aunque nunca vaya a esos lugares, leyendo sobre ellos quizás disfrute más que lo que un viaje me hubiera podido dar. Al modo en que los recuerdos conservan lo mejor de los hechos pasados, un relato de viaje quizás pueda darnos lo mejor de un lugar al que nunca iremos. Después de todo son los recuerdos de otro que fue.

Lo curioso de este caso (que nos ocupó ya varias entradas) es que no tengo el menor interés en ir a un lugar como New York. Puedo vivir sin ello. Iría a muchos lugares antes que allí. Entonces el gusto por el relato aumenta. Prefiero el Nueva York de los años 50 que vivió Uslar-Pietri que invertir en pasaje y estadía.

En el capítulo VIII el venezolano hace una breve descripción de fantasía como si New York fuera una ciudad de gigantes abandonada. Y después se ocupa del tema de los que van y vienen, pero no están. Una característica que da nombre al libro.

(Para leer los capítulos anteriores: clic. Textos: Revista ViceVersa).

"Haciendo el bojeo de la isla de Manhattan, desde el agua de acero del río -río del Norte, río del Este, brazo de Harlem- descubre uno que pertenece por entero al aire y a la piedra. No pertenece ni a los animales, ni a los árboles, ni a los hombres.

Las gaviotas vuelan sobre el borde de la ribera de piedra anunciando con dolorosos gritos el peligro. Más altas que ellas pasan incesantes los aviones. El aire no deja de vibrar en su ronco zumbido. Las largas patas de los reflectores dan zancadas en las nubes nocturnas mientras, como un gusano de luz devorando las hojas de la sombra, un dirigible enciende y apaga en el cielo sus letreros de publicidad.

Lo que a ratos se divisa abajo no son árboles. Es como musgo de humedad que mancha el borde de la piedra levantada en la calle hacia el cielo.

No se ven los hombres que habitan esas calles alzadas hacia el cielo. Nadie atraviesa los canales de aire vacíos y transparentes. A lo sumo se distinguen unos oscuros insectos que pululan en los oscuros empotramientos de donde las calles se levantan hacia el cielo. O que asoman su apagada e imperceptible cabeza por una ventana inundada de luz. El explorador que hace el bojeo piensa que se acerca a la ciudad de los titanes. La ciudad que abandonaron los titanes, llena ahora de desproporcionada soledad.

La abandonaron los titanes y la invadieron las hormigas humanas.

Millones de oscuras hormigas laboriosas e infatigables corren imperceptibles por las bases de aquellas calles de aire y piedra que alzaron sobre el cielo los titanes. No levantan más allá de los más bajos zócalos. No llegan a perturbar la abandonada grandeza de aquellas moles que no les pertenecen.

La ciudad abandonada por los titanes ha sido ocupada por las inquietas y temerosas hormigas humanas. Ocupada temporalmente, precariamente, desproporcionadamente.

No pueden sentir que les pertenece. Saben que no la han hecho. Que para hacerla y habitarla se necesitarían otras dimensiones, otros hábitos, otros órganos. Están allí como de paso, por un momento, mientras los dejan.

Mientras vuelve el fabuloso titán que afiló la aguja sobre el edificio Chrysler, o el que dispuso como nichos de palomar, para su apetito gigantesco, las ringleras de ventanas del edificio Empire State, o el que dejó su arco sobre el río del Norte que ahora llaman el puente George Washington.

Entre tanto la habitan como pueden. Se adaptan como pueden a sus dimensiones inhumanas. Procuran arreglárselas por medio de ingeniosas combinaciones. Convierten una esquina en una aldea. No miran más arriba de los tres primeros pisos. Y parece que tienen prisa por marcharse. Saben que están de paso. Y viven como si estuvieran de paso. Todos están de paso en Nueva York. Es como si nadie naciera allí y nadie pensara morirse allí. Es un andén. Un mercado. Está lleno de transeúntes. Afluyen de todas partes. Pero por un momento, para dispersarse luego. Sabiendo que van a dispersarse luego. Son los feriantes en la feria.

Todos parecen haber llegado de otra parte. Han venido a mirar aquello. A buscar algo que está en aquello. Se lo adivina uno en los rostros que tan a las claras dicen a dónde van.

Vienen de todas partes. De Europa. De Asia. De Long Island. Se oyen todas las lenguas, todos los dialectos. Las gentes que cuentan y miden dicen que hay medio millón de irlandeses, medio millón de alemanes, medio millón de polacos, un millón de rusos, trescientos mil puertorriqueños. Millares de italianos, de chinos, de griegos, de sirios.

Vienen de los Estados Unidos. Los Estados Unidos empiezan en la costa de Nueva jersey, al otro lado del río de Harlem, y en la isla de Long Island. Allí hay casas humanas y ciudades humanas y aldeas humanas. Gentes que nacen y mueren en su lugar. Que plantan árboles y tienen animales. Que han nacido allí, se conocen y quieren vivir sus vidas en sus lugares. Pero un día van también a Nueva York. Van por una vez a mirar lo desconocido, a recorrer la feria, a mirar lo desproporcionado y lo increíble. Se quedan en una aventura que se complica y llega a hacerse permanente.

Creen que han encontrado lo que buscaban o que van a encontrarlo. Pero aun así, procuran no ir a la ciudad sino para las horas de la tarea. Buscan una casa con árboles en una aldea cercana y vienen en los trenes de la mañana para marcharse en los trenes de la tarde. Medio millón de personas hacen esto diariamente. Diariamente repiten la aventura que Nueva York representa en sus vidas. Vienen de paso a la ciudad, en la que no quieren vivir, a buscar algo y a dejar algo. Tres partes de su vida se consumen entre una mesa de oficina y un asiento de ferrocarril. Están entrando y saliendo de andenes todos los días. Todas las mañanas tienen la ilusión de que llegan y todas las tardes tienen la ilusión de que se van. 

Todos vienen en busca de algo. Vienen en busca de la extraordinaria oportunidad. La oportunidad de la riqueza y de la fama. Traen en la cabeza un cuento de hadas. El del inmigrante que desembarcó con los calzones remendados y llegó a ser director de un Banco o el dueño de un ferrocarril. Por aquella esquina pasó el mozo Carnegie buscando trabajo. En aquella oscura cantina empezó a cantar la que es hoy una de las más famosas y ricas estrellas del teatro y del cine. De aquella barriada miserable salió Irving Berlin y de aquella otra Fiorello La Guardia. Es la deslumbrante feria de la fortuna abierta para todos. El más desconocido puede tener éxito y el éxito es desmesurado como la ciudad desmesurada. Significa millones en el Banco, casa de invierno en Miami y de verano en el Norte, dos secretarios, tres automóviles, cuatro esposas, cinco ciudades que visitar todos los años.

Y a los que esperan la fortuna, mientras llega y mientras no llega, les ofrece el espectáculo, el color y el olor de la fortuna. La gran feria abierta de las formas más populares de la riqueza. La ciudad colmada de torres de mármol, los teatros convertidos en Alhambras de oro, las vitrinas de las tiendas transformadas en botines de pirata. Toda la masa de lo dorado, de lo brillante, de lo sedoso, de lo pulido, de lo transparente, de lo labrado, de lo luminoso.

La feria tiene su centro nocturno en Times Square. La gran rueda de la fortuna deshecha en miriadas de bombillas eléctricas que hacen letras, figuras, colores, cascadas, escaleras, temblor de incendio y espasmo de fragua. Pasan por ella arrastrados, con los ojos en blanco, como los ahogados de un río de fuego manso. Dorados de luz, teñidos de arco iris, deslumbrados en una especie de víspera perpetua de Aladino. Todo se les ofrece, todo se les promete, todo se les insinúa. Todo viene hacia ellos y parece llamarlos en temblor luminoso. Aquella cascada de estrellas de oro va a derramarse sobre sus cabezas.

Pasan encendidos en el oro de la luz. No pueden detenerse. No se sabe quién es el rico, ni quién es el que espera ser rico. Todos esperan la fortuna. La milagrosa especulación que va a verter la catarata de oro sobre ellos. El invento que llevan en la cabeza, la nota que llevan en la garganta, el golpe fulminante que llevan en el puño. Todos van a la feria de la fortuna.

No se sabe quiénes son los que llegan ni quiénes son los que se van. No están sino en busca, sino en espera de una cosa. Para irse después. Miran los relojes en busca de la hora de los trenes. Va a salir el tren de las nueve para Nueva Jersey. Salió el tren de las diez para Chicago, sale el tren de la medianoche para Washington. Va entrando en el andén, que tiembla, el tren que viene de San Francisco. A las cinco de la mañana en la palidez de la madrugada, pita el tren que lleva para White Plains los últimos en arrancarse del oro de la luz de la feria.

En la cabeza llevan la última cita, el último trozo de oferta, la última cotización, la vislumbre de un ascenso. Para dormir febrilmente unas cuantas horas hasta tomar otro tren que vuelva a lanzarlos al hervor de la calle y sus luces.

Todos se van, todos esperan irse. Cuatrocientos mil hombres toman los trenes de la tarde y huyen hacia los campos. Se hacen la ilusión de que huyen. De que van a regresar a las mujeres, a los niños, a los árboles, a las gallinas. A comerse una lechuga que sembraron.

Esperan huir definitivamente algún día. Cuando la fortuna les dé lo que buscan. Esperan cada día lo mismo los que nada alcanzan, y esperan cada día más los que alcanzaron el deseo del día anterior. Giran atontados, imposibilitados de irse, como los jugadores en torno de la mesa de juego.

En los días feriados ensayan la huida. La muchedumbre de fugitivos se amontona en las estaciones de los ferrocarriles, el hormiguero ennegrece los grandes andenes. Salen los trenes colmados de gente, salen los autobuses repletos. Salen cuatro millones de personas. Salen trescientos mil automóviles. Las carreteras se coagulan. Todos quieren salir a la primera hora, lo más pronto posible. Huyen como de la asfixia, como de un pecado contra la condición humana.

La ciudad parece quedar abandonada. Devuelta a la piedra y el aire, que son sus elementos propios. Pero pronto vienen otros, los que vienen del país humanamente habitado y quieren acercarse a la feria titanesca. Sanos americanos de la pradera, de la granja, de la tienda de la pequeña ciudad, que el día de fiesta se acercan al sobrehumano monstruo de piedra y respiran por un instante el letal olor de la fortuna.

Recorren las calles, entran a los teatros, husmean la feria encendida en la noche, miran con curiosidad los rostros curtidos de sombra y de cueva de los vendedores del tren subterráneo y se marchan antes de que el tóxico sutil les llegue a la sangre. Antes de que los fugitivos regresen a su condena.

Regresan del mar. Porque viven en una isla pero no les parece que han visto mar. Regresan del bosque, porque no les parece que en la ciudad han visto árboles. Regresan de comer y reír y conversar solazadamente porque les parece que no lo han hecho nunca en la ciudad. Que aquel jamón con pan tiene un sabor distinto y es como un maravilloso manjar nuevo comido junto al mar, junto a la brisa, entre rostros y casas humanos.

La primera sirena de policía que pasa con su alarido de angustia es para recordarles que están de nuevo en la prisión. Que están custodiados, atados, cogidos. Y que cuando salgan del trabajo no será sino para entrar en el bar más oscuro, frente a una pantalla de televisión donde pasan fantasmas de boxeadores, de jugadores de pelota, de caballos de carreras en la pista, de mujeres cantando con unos dientes inhumanos. Entre luces eléctricas. O para meterse entre luces eléctricas por los tragaderos ominosos del tren subterráneo. Con la cabeza enterrada en las hojas de un periódico sobre el retrato de un boxeador, de un jugador de pelota, de un caballo de carreras llegando a la meta con cien dólares para cada boleto ganador. Arriba, en la calle, pasa la baraúnda estridente de los carros de incendio.

No se resignan a estar. Piensan que están de paso. Mientras logran aquello que esperan. No es de ellos aquella ciudad. No les parece ni siquiera una ciudad. Una ciudad es otra cosa. Hay una plaza, hay vecinos, hay la casa del señor tal y de la señora cual. Hay gentes que son de allí. Se mueren inesperadamente. Se quedan un día en el tren o en la oficina muertos de aquel ataque al corazón, sin pensar que iban a morir allí, creyendo que un día alcanzarían lo que buscaban y se retirarían a vivir, a empezar a vivir humanamente, en una casa de la Florida bajo árboles y junto a un canal, que tendrían un huerto, que podrían tocar tierra con las manos y hasta cultivarla y comerse un tomate que hubieran sacado de la tierra.

Algunos lo logran y entonces parece que se marchan definitivamente. Se marchan lejos, temerosos, con el botín apretado en las manos. Nadie quiere pertenecer a la ciudad. No se dan por vencidos en el anhelo de lograr irse algún día.

Algunos hay, sin embargo, que se dan por vencidos. Están congregados en un extremo de la isla. El Bowery es su barrio. Borrachos harapientos que entreabren los ojos torpes al sentir pasar sobre sus cabezas el estrépito del tren elevado. El puente del tren elevado hace la calle nocturna a toda hora. Se oye música de radios, canciones de ciego, las puertas de las tabernas son tristes. Toda la calle parece llena de casas de prestamistas y de tiendas de cosas usadas. En cada soportal duerme un ebrio, por cada escalera baja un grito, en cada esquina hay un grupo que parece esperar a alguien para asesinarlo. Pasan viejas haraposas vestidas con trajes de 1890, con sombreros de 1905, con zapatos de 1914.

Son los únicos que ya nada esperan. Cuando escupen a la puerta de la cantina parecen escupir sobre el rostro de la ciudad inhumana que los defraudó. Están refugiados en aquel extremo que han logrado hacer distinto de la ciudad. No se aventuran en ella. Viven bajo el trueno y la sombra del tren elevado. Hace años que no han visto la silueta de un rascacielos. Pero también son los únicos que no quisieran irse. Los únicos que tienen la sensación de vivir en una ciudad que han hecho ellos mismos. Una ciudad que se les parece y a la que pertenece su alma.

Lo demás es la ciudad de nadie. Llena de feria y poblada de gente de paso. Todos son pasajeros. La ciudad está llena de hoteles, millares de hoteles de todos los tamaños y todas las reputaciones. Y muchos viven por años en hoteles. Viven y mueren de pasajeros. Hay parejas que tienen veinte, treinta y cuarenta años viviendo en el mismo apartamento de un hotel de lujo. Entrando por las tardes con las maletas de los que llegan y saliendo por la mañana con las maletas de los que se van. Sienten que es aquélla una vida normal en la ciudad de pasajeros. Si no estuvieran de paso…

Por eso la ciudad no pertenece a nadie. Y en rigor nadie le pertenece. No tiene raíz humana, intimidad humana, forma humana. No está hecha a la imagen y semejanza de ningún sosiego del hombre. Aun los que creen pertenecerle lo que aman es la fortuna, el botín o la embriaguez que ella les depara.

No pertenece a ningún país. En la otra ribera de los ríos que la rodean empiezan los Estados Unidos, que es un país tan distinto de ella como lo es la aldea de Polonia o la isla de Grecia que dejó el inmigrante. Un país de donde vienen turistas asombrados a visitarla y al que huyen a vivir humanamente los que logran alcanzar la fortuna que ella ofrece. Tampoco pertenece a ninguna civilización, a ningún estilo, a ninguna tradición. Deforma a los seres de todos los estilos, de todas las tradiciones, de todas las civilizaciones que llegan a ella.

Llegan buscando algo en ella que no es ella misma. Es un gran andén de piedra, sin tierra, sin horizonte, sin paisaje, tan grande que no se ven los trenes; es un gran puerto, tan grande que no se ven los barcos ni se oyen las grúas. Pero trepida de trenes, de barcos, de aviones, de autobuses, de coches. Como si todos los que la habitan estuvieran llegando o como si todos estuvieran partiendo. Nadie va a quedarse. Todos sienten que algún día, cuando todos obtengan lo que buscan en ella, se quedará sola, con sus desfiladeros y sus abismos de piedra devueltos a un vacío lunar".