domingo, 20 de marzo de 2022
Somos el centro
¿Un cuarto de pizza chica o una porción de pizza grande?
domingo, 6 de marzo de 2022
Si Adelita se fuera con otro... ¡mejor!
sábado, 26 de febrero de 2022
Imaginen mi sorpresa
"Quiero que imaginen, no un esteta de Kensington caminando calle de David abajo hacia el Santo Sepulcro, sino un monje griego o un peregrino ruso, caminando por Kensington Street hacia Kensington Gardens. (...) Y bien, mi imaginario peregrino caminaría a través de Kensington Gardens hasta que su vista fuera golpeada por un prodigio. Frente a él, caería de rodillas como frente a un santuario, o cubriría su cara como frente a un sacrilegio. Habría contemplado el Albert Memorial. No existe nada tan conspicuo en Jerusalén. No hay nada tan dorado y abigarrado en Jerusalén. Sobre todo, no hay nada en Jerusalén en tan gran escala y al mismo tiempo en tan alegre y resplandeciente estilo. Mi simple cristiano oriental se vería seguramente llevado a exclamar en voz alta: "¿A que Dios sobrehumano se dedicó este enorme templo? Espero que sea a Cristo, pero me temo que es el Anticristo”. Tal, pensaría, puede ser muy bien la grande y dorada imagen del Príncipe de este Mundo, ubicada en este gran espacio abierto para recibir las paganas plegarias y los sacrificios paganos de una humanidad perdida. Me imagino que sentiría un fuerte deseo de volver a su hogar entre los humildes santuarios de Sión. Realmente no puedo imaginarme qué sentiría si le dijeran que el ídolo dorado no era ni dios ni demonio, sino un insignificante príncipe alemán que tuvo una ligera influencia en convertirnos en herramientas de Prusia.Ahora bien: yo mismo, y lo admito alegremente, siento esa enormidad en Kensington Gardens como algo completamente natural. Lo siento porque he crecido, para decirlo así, bajo su sombra; he contemplado las imágenes en bajorrelieve de Rafael y Shakespeare casi antes de que conociera sus nombres, y mucho antes de que encontrara gracioso que sus imágenes estuvieran esculpidas, en una escala menor, bajo los pies del Príncipe Alberto. Inclusive el dorado del baldaquino y la aguja me causaron un cierto placer infantil, como si perteneciera al dorado palacio de lo que, para Peter Pan y todos los niños, era algo así como un jardín de hadas. De la misma manera los cristianos de Jerusalén se complacen, quizás infantilmente, en el dorado de un mejor palacio junto a un jardín más noble, ornamentado con un fin algo más valioso. Pero la cuestión es que la gente de Kensington, cualquiera sea lo que pueda pensar acerca del Santo Sepulcro, no piensa en absoluto sobre el Albert Memorial. Son completamente inconscientes de qué cosa extraña es, simplemente porque están acostumbrados a verlo”.
jueves, 17 de febrero de 2022
Disco 2021
viernes, 11 de febrero de 2022
Amaneceres en ruta
domingo, 6 de febrero de 2022
El valle (y las montañas, y los lagos, y el mar)
martes, 4 de enero de 2022
Una larga brecha vacía cortada a través de los árboles
"Cuando estuvimos allí la abuela y yo la otra vez, el primo Denny me había enseñado el ferrocarril, pero él era entonces tan pequeño que Jingus había tenido que llevarlo a cuestas. Era la cosa más recta que yo había visto en mi vida, transcurría recto y vacío y silencioso por una larga brecha vacía cortada a través de los árboles y también del suelo y lleno del sol como el agua de un río, solo que más recto que ningún río, con las traviesas cortadas regulares, lisas y ordenadas y la luz reflejándose en los raíles como en dos hilos de araña que transcurrían rectos hasta tan lejos que no se veía. Parecía limpio ordenado, como el corral de detrás de la cabaña de Louvinia después de haberlo barrido ella los sábados por la mañana, con esos dos hilos pequeños que no parecían bastante fuertes para que nada corriera sobre ellos, que transcurrían rectos y rápidos v ligeros como si estuvieran cobrando velocidad para salir del mundo de un salto. Jingus sabía cuándo iba a llegar el tren, me cogió de la mano y llevó a cuestas al primo Denny y nos pusimos entre los raíles y él nos enseñó por donde vendría, y nos enseñó después la sombra de un pino, que cuando llegase a una estaca que había clavado él en el suelo oiríamos el silbato. Y nos apartamos y miramos la sombra y entonces lo oímos; silbaba y cada vez sonaba más fuerte, y Jingus fue hasta la vía y se quitó el sombrero y lo sostuvo hacia delante con la cara vuelta hacia nosotros mientras gritaba a plena voz: «¡Mirad ahora! ¡Mirad!», aun cuando ya no lo podíamos oír por el ruido del tren; y entonces pasó. Llegó rugiendo y pasó de largo; el río que habían abierto entre los árboles se llenó de humo y ruido y chispas y bronce que saltaba y después se vació otra vez y no había más que el sombrero viejo de Jingus que rebotaba y saltaba por la vía vacía como si estuviera vivo".
(William Faulkner, Los invictos)