martes, 31 de marzo de 2020

Cuentos de navegantes

Es difícil remontar un 0-5. Pero la cosa recién empezaba. Con los días, el señalador corría rápido sobre el libro de cuentos. Se llegó al empate; se estuvo abajo otra vez. Una nueva remontada; se estuvo arriba. Y la cosa terminó 11-10, con una sensación general (overall) de satisfacción, de "vamos a hacer un post".

Los goles para el equipo ganador (el de los buenos cuentos; a mí gusto, claro) los marcaron:

Borges con “La viuda Ching, pirata”.
Arturo Pérez-Reverte con “La pasajera del San Carlos”.
Francisco Coloane con “Rumbo a Puerto Edén”.
Guy de Maupassant con “El regreso”.
Anatole France con “El Cristo del océano”.
Haroldo Conti con “Todos los veranos”.
Leopoldo Brizuela con “Luna roja”.
Roberto Arlt con “La cadena del ancla”.
Lobodón Garra con “La batalla”.
Stephen Crane con “El bote abierto”.
Joseph Conrad con “Juventud”.

“Cuentos para navegantes”, Selección de Juan Bautista Duizeide - Prólogo de Arturo Pérez-Reverte, 2008, Alfaguara, me lo regalaron para mi cumpleaños.

Es un libro firme y agradable para tener en la mano, sencillo pero de buen aspecto en su interior y muy adecuado para comentar que lo estás leyendo (es decir un justo intermedio entre extravagancia y vulgaridad, para una actitud ni muy snob ni muy cursi).

Citar partes de cuentos es algo destinado a fracasar. Uno quiere que el lector (del blog) participe del gusto, vea qué bueno estaba eso. Pero la parte citada, así sola, extirpada, pierde toda la vida que le daba el cuento.

Queriendo demostrar eso aprovecharé, de todos modos, para darme el gusto de citar algo.

"Luna roja", de Leopoldo Brizuela, si bien no es propiamente un cuento, tiene este final que es una flor de sentencia. Pero ella pierde la mitad o más del sentido sin haber leído todo lo anterior:

"El reverendo padre don Bartolomeo Anchieta aconsejaba alabar a Dios tal como los foguistas yaganes cuidaban de su propio fuego. Ese fuego que nunca nació, pero que puede morir a cada instante".

O un pasaje así, por ejemplo, de "Todos los veranos", de Haroldo Conti, que fue muy emocionante cuando llegó, casi nada les dirá a ustedes si lo recorto y lo pego acá:

"El tiempo se había adelantado aquel año. La verdad que agosto estaba apenas maduro y ya habían florecido los sauces de la costa. Un día el aire amaneció ligeramente verde. Era una niebla muy tenue que se mantuvo inmóvil entre las ramas de los árboles. Los cinco días grises que siguieron después no pudieron disimular ese alboroto de color que estallaba silenciosamente cada mañana y al quinto día exactamente, en una pausa de la lluvia, oímos a lo lejos el dulce silbido del zorzal.
La primavera estaba ahí.
Mi padre, que confería a todas las cosas un sentido especial, bebió con el Oscuro una botella de caña paraguaya y escuchó con unción Praça Onze. Tendido en la galería..."

Muy bien... Los voy dejando. El libro va al estante con un lindo señalador casero hecho por G. y yo me voy al sobre.


viernes, 27 de marzo de 2020

La ciudad de nadie (IV)

Volvemos con el venezolano Uslar-Pietri a la Nueva York de los cincuenta.

Me gustan mucho los capítulos V y VI, que hablan de la comida y de la publicidad, con un concepto revelador para mí, en el primer caso, y diciendo algo que yo ya pensaba y sabía que alguien tendría que haber notado antes que yo, en el segundo.

Pero debo aguantarme y dejarles primero el capítulo IV, como temiendo que alguien se aburriera de la serie. Sin embargo es un deleite también este capítulo. No se lo pierdan (textos copiados de ViceVersa).

"La isla de Manhattan asoma hacia el mar su ancha cabeza de hipopótamo semisumergido. El verde hueco de su respingada nariz derecha es el Parque de Battery. Su pequeña oreja negra se mueve en el ángulo saliente de la línea de muelles con el cuerpo del Queen Mary. Y su pesado lomo se va hundiendo y adelgazando entre los brazos del río hacia el norte.

Pero no es animal, sino mundo. Mundo aparte, inorgánico, complejo, con su difícil y turbia geografía.

En la escuela de las gaviotas, que lo ven como un muelle interminable que da vueltas sobre sí mismo, temblando en estrías, le conocen las fronteras.

Por el lado del Sur limita con la estatua de la Libertad y los estrechos que conducen al Atlántico. Por el lado del Poniente mira hacia la costa de chimeneas, humo y ruido de hierros de Nueva Jersey custodiado por fúnebres barcazas de carbón. Por el Este y el Norte, más allá del agua del río, mira las chatas, monótonas y provincianas villas de Bronx, Brooklyn, Queens, donde hay seres humanos que viven en casas y los trenes corren por entre árboles.

Pero esos límites sólo los conocen las gaviotas o los que se asoman a los muelles o suben a las torres. Para los hombres de la calle limita a lo ancho con paredes y a lo largo con humo y con cielo.

La geografía de este mundo es difícil y extraordinaria. Sus montes no son de tierra, sus ríos interiores no son de agua, sus minas no son de minerales. La cumbre de su cordillera central es el mástil del edificio Empire State. Su principal hoya hidrográfica es la de 'Broadway', cuajado río de gente. La Quinta Avenida no es río, es un recto canal artificial. Los socavones del tren subterráneo son sus minas.

Y está cubierto de regiones, de países, de reinos, de razas, de tundras, de selvas, de mesetas, de gargantas, de zonas, de climas.

Comienza en el extremo sur con el abrupto macizo de Wall Street. País sin sol, húmedo, todo en desfiladeros y veredas de donde nace la corriente de Broadway. La toponimia revela que una vez hubo un pino, que una vez hubo un cedro, que una vez hubo un cerezo. Pero todo ello pertenece a edades geológicas desaparecidas. Hoy no queda sino la piedra lavada, angosta y en penumbra. Hay un frío de metal acumulado. El frío acumulado en toneladas de oro frío que traspasa la piedra de las bóvedas y el pavimento de la calle.

Huele a pescado y es tierra de colina y de cavernas la que sostiene la romántica jaula de hierro del puente de Brooklyn. El puente de los suspiros de los viejos beodos del Bowery. Es tierra inundada por una vieja creciente donde todo se ha quedado en charcas muertas, en esqueletos de animales devorados, en olor de viejas cosas ocultas. Lo hace tempestuoso el paso del tren elevado.

Al lado aparecen en un aire de tifón los espectros de sauces, los fetos de serpientes y los faroles de papel del Barrio Chino. Es una tortuosa y menuda aldea en una nava. No hay agua sino de aguador. Y todo está amarillo de hambre y de sabiduría. Su fauna es de gusanos de papel, de dragones de cartón, de caballos de terracota, de elefantes de marfil y de escarabajos de jade. Su flora es de crisantemos de seda. Su calendario y su intimidad no se conocen.

Todo es plaza abierta y tiempo de cosecha en la abigarrada Italia que le sigue. Las casas desbordan por las puertas en tomates, quesos, panes, calientes voces. Hay música de organillos. Todo grita, corre, habla y se agita. Hay un chirriar de aceite de oliva en caldero. Es tierra de calor donde el sol hace fuertes sombras.

Muy distinto es el país nocturno que queda hacia el Poniente. Gente silenciosa y lenta sale en el atardecer. Las paredes están cubiertas de figuras y de manchas. Se oyen acordeones. Todos parecen tener fiebre. Andan como gatos, miran como ciervos. En los oscuros patios hay raíces de mandrágora y de adormidera. Nadie mira las cosas que lo rodean y tan sólo los guías de los autobuses de turistas dicen que aquel istmo entre sombras se llama Greenwich Village. Si hay una paloma es de San Marcos, si asoma una cigüeña es de Estrasburgo. Vienen de muy lejos esos hombres y esas mujeres ojerosos y pálidos. Es una colonia de búhos en un bosque de sombras. Huele a ron, a ajenjo, a rosas muertas. Un hombre fantasmal se asoma a una esquina como a un escenario. Por las ventanas se traslucen cuadros y libros. Es el país de las botellas vacías y de los gatos enfermos.

Tierras bajas de diques, de tulipanes y de ladrillos rojos son las de la meseta contigua. En fila las rígidas casas negras, rojas y blancas montan guardia al arco cuáquero de Washington. No es arco, sino compuerta de la esclusa. Allí empieza el canal de la Quinta Avenida. Que bordea en derechura las cumbres de la cordillera central: el Flat Iron, el Woolworth, el Empire State, el Rockefeller Center. Es el país de los hacendosos ánades y de los iluminados pavos reales. Compuertas de luz derraman oro. Se deslizan grandes automóviles como témpanos de cristal. Las mujeres son como curiosos animales de cabeza de plumas y cuerpo de espesas y brillantes pieles.

Por el lado del Poniente se abre el país de las visiones, los despojos y los fantasmas. De grandes camiones panzudos bajan ristras de trajes que tiemblan vacíos en el aire. De todos los colores, de todos los tamaños, de todas las formas. Flotan como hojas secas, se arremolinan, llenan la calle: muselinas blancas, sedas verdes, lanas rojas. Millares de mangas vacías, millares de faldas vacías, de pie, dobladas, tendidas, aplastadas. Los trajes vacíos de un mundo. Un mundo en ausencia temblorosa. Todos sus hombres, todas sus mujeres, todos sus niños, como moldes plegados en la tela fría que los aguarda. No cuerpos, sino trajes; no manos, sino guantes; no cabezas, sino sombreros. Un mundo muerto de visiones vacías, de formas desmadejadas, de huellas, de evocaciones, que unos cuantos hombrachones toscos manipulan y ajan.

Pero a poco trecho los fantasmas inertes se animan. El río de Broadway llega a su máxima profundidad y poderío en torno a la roca del edificio del Times. Imágenes gigantescas de hombres y de mujeres se asoman sobre un hervor de luces vivas de todos los colores al turbio caudal humano que rueda abajo. Siluetas luminosas se mueven, saltan, aparecen y desaparecen. Todos los tiempos, todos los apetitos, todas las latitudes palpitan en la agitada incandescencia. Hay calor y color de fragua. Hay muchedumbre de incendio. Todos miran hacia arriba.

Por una puerta asoma la silueta de un vaquero, en otra se abre inmensa la sonrisa y el nombre de una mujer, en otra se alza un pirata, en otra un avión de bombardeo, en otra el rey Enrique V, en otra Santa Juana de Arco. Grandes voces trepidan anunciando prodigios. Distintas músicas van y vienen en resaca. Una placa luminosa dice 'Oklahoma', otra 'Aída', otra 'Paisan', otra 'The Respectful Prostitute', otra, otra. Quien penetra al través de las puertas encendidas puede contemplar a Isolda cantando sobre el cadáver de Tristán, a Ana Bolena en la prisión, la trágica vida y muerte de un vendedor, las doscientas piernas de las 'rockettes' subir y bajar al unísono, un duelo de ametralladoras entre pistoleros de Chicago, y hermosas bocas abiertas, hermosos ojos entornados, cantando las mil variaciones de un mismo ritmo dulzón que dice las mismas palabras de posesión, de despecho, de amor, de deseo. Todos los trajes del mundo están vestidos y hablan y gesticulan. Es el país del museo vivo de las figuras de cera, los rehenes de Gengis Kan, las visiones palpables del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de la comedia de la humanidad que rueda en el hirviente cauce de Broadway.

El río humano entra y sale por las doradas puertas de aquellas cavernas de Alí Babá. En el momento en que Ethel Merman, apoyada sobre un rifle, alza su canto sobre la cabeza de Búfalo Bill, se mece el coro de South Pacific, se detienen un segundo las bailarinas de Radio City y el beso de Ingrid Bergman a su galán se va reflejando de pantalla en pantalla, de acera en acera, hasta perderse en un sombrío cine de barrio. Ese es el momento en que Rocky Graziano toca con un jab la quijada del challenger, en que Sonja Heine entre plumas y diamantes abandona el hielo por el aire, en que Gene Autry baja de su caballo para tocar la guitarra y en que la sirena de la ambulancia de la película sale aullando a la calle a llevarse el herido que se desangra en la esquina, de una herida verdadera.

Es un país polar, de pulido hielo luminoso y transparente. No hay sombras. No se ven sino espejismos, reflejos, descomposiciones de la luz en el cristal. Y los que allí están dan vueltas y vueltas sin poderse escapar.

Los que se escapan pueden llegar a descubrir los prados y los lagos que se abren entre los altos farallones de piedra. Es una región de caballos y de arboledas donde el día es más largo que la noche y la noche trae sombras. Es tierra de tránsito y de encuentro. Todos los que pasan quisieran detenerse, pero tienen que seguir galopando en el caballo. Pasan tribus errantes y desorientadas: llevan niños, comidas, fardos. Se tumban bajo unos árboles. Los hombres y las mujeres se hacen el amor. Comen los niños. Hasta que oyen rugir los leones, o mirar la silueta de la pantera sobre la roca y huyen hacia otra arboleda, hacia otro lago, donde van a tumbarse de nuevo, a comer de nuevo, a acariciarse, tal vez a levantar una tienda, pero después de un tiempo vuelven a marcharse. Lo que parecían esperar es el largo encuentro de la noche y el día. Cuando se ha consumado salen hacia los lejanos farallones de piedra. Cada rincón tiene una historia, cada árbol un nombre, cada roca un testimonio. El policía pasa al trote de su caballo junto al banco donde asesinaron a la muchacha en la noche de invierno, y el viejo soñoliento recuesta la cabeza sobre el corazón que tiene grabado el tronco de un árbol con una inscripción que dice: 'John Loves Mary'.

Donde termina la pradera abierta se alzan las fronteras de un mundo primitivo. Se oye un son de tambor. Huele a selva y a trópico. Brilla el sol sobre los rostros sudorosos de los negros. Corren niños descalzos y hombres pensativos se sientan en las escalinatas de los portales. No se ven plantas, pero se siente la presencia de la caña de azúcar y del algodón. Hay una sombra de selva que sale por las húmedas bocas de los sótanos. Todo se mueve con un ritmo sordo, acompasado y profundo. Gruesas voces se arrastran como serpientes. Por una ventana brota una música entrecortada y sacudida y se miran las siluetas de hombres y mujeres contorsionados en secos espasmos rítmicos. Toda la calle y todos los que en ella están con sus voces, sus andares y sus miradas están dentro del compás. El suelo es de oscura tierra fluvial. En la sombra hay cocos y helechos.

Pero más allá lo que hay son islas. Empieza el archipiélago de los antillanos. Bongó, arroz, español sincopado. Junto a una puerta hay diez tenduchos llenos de clientes que no salen. Huele a café tostado. Se habla a gritos de una acera a la otra, de la más alta ventana a la calle. Se alzan pomposas palmeras de voces. Todos se asoman a la calle como a un espectáculo.

La isla se adelgaza para morir frente a las vastedades del Bronx. Las gentes están como más apeñuscadas en ese último extremo de tierra que ya no da más espacio. En cada habitación duermen cinco. En cada portal hay un faro. Cada calle es una feria. El más grande y final apeñuscamiento se cuaja en el estadio de Polo Grounds. A una sola voz la muchedumbre aúlla siguiendo la pelota que ha disparado un bateador, que se estabiliza en el azul y que parece que va a rebasar la isla.

Todo esto es lo que los exploradores dicen que han visto. Muchos tan sólo lo oyen contar y nunca se aventuran más allá de la tierra que conocen y del clima en que nacieron. Porque las diferencias son tan grandes que hacen difícil la adaptación y ponen en peligro la vida del que trasmigra. Del Harlem tropical y sudoroso no se puede pasar al país de pieles, de hielo y de metales que se refleja en el canal de la Quinta Avenida y en los Icebergs de Park Avenue. El clima, la dieta, los hábitos son distintos. En Harlem se comen bananas y ñames antillanos. En las heladas cavernas de la cordillera central de Manhattan hay caviar y trufas en metal y en vidrio. O en témpanos de hielo labrado.

Del húmedo clima de las colinas del Bowery, que dan cebollas, ajos y papas, no se puede pasar al país nocturno de Greenwich Village, sólo de ajenjos y alcoholes y de flores maceradas.

Las costumbres y los valores son distintos. Con lo que paga por una comida un viejo banquero dispéptico en el Café Chambord se hartan los apetitos de treinta viandantes en el mostrador de la Botica o en el columbario del Automático. Seis metros de cola humana a las puertas de «Radio City» valen lo que la más rubia caja de tabacos del 'humidor' de 'Dunhill'. El azuloso abrigo de tres cuartos que pasea la modelo en el salón de 'Revillón' un instante, vale lo que los cinco más monótonos años de trabajo de un ascensorista, que es como ir de la tierra a la luna por el hueco de un ascensor oyendo a las mismas personas decir las mismas cosas sobre el tiempo y recitando cada tres metros: «Cuidado al pisar».

Las cosas cambian de ser y de valor. Adquieren un valor de exotismo y de dificultad. De calor en hielo o de hielo en calor. El huevo que sirven en el Stork Club vale lo que seis huevos de los Child’s, lo que ocho de las cafeterías del Broadway central, donde los clientes comen de sombrero sin mirar a los clientes de los otros tres lados de la mesa; lo que dieciséis de los huevos de jungla del Spanish Harlem y lo que treinta y dos huevos de los tenduchos del Bowery.

Y no un abrigo oscuro y espeso de los que se pasean coronados por la barba de un rabino por las sinagogas de Brooklyn, sino hasta diez grandes abrigos de rabino, se compran con lo que apenas alcanza para pagar un sombrerito de paja con tres plumas de gallina que está en la vitrina de Hattie Carnegie.

El tiempo tampoco es el mismo. Cuando es el mediodía en los verdes de Riverside hay sombras en Down Town. Nunca llega el sol al fondo del cañón donde pululan las termitas de Wall Street. Harlem está en el trópico. Pero el sol de medianoche y la aurora boreal brillan perpetuos en las rías de Times Square.

Cuando todos están despiertos en la calle 42, todos duermen hacinados en los soportales, en las aceras, en las alcobas del bajo East Side".

miércoles, 18 de marzo de 2020

¿Mortificaciones de la reclusión?

Al parecer podré recluirme por unos cinco días así que dispondré de los siguientes libros... Pero antes...

No tiene nada de malo disfrutar de la reclusión. Si uno tuviera un problema de salud, ¿por qué se culparía si encuentra disfrute en la prescripción médica? Es normal que se haga esta aclaración a los chicos: "No son vacaciones". Y si bien lo que se quiere es que la familia no salga o que los chicos no pierdan tiempo de estudio (¿pierden realmente mucha cosa?) estemos atentos, porque podemos olvidar la posibilidad de disfrutar de los beneficios de la reclusión y pensar que solo debemos "sufrir" de algún modo.

Por otro lado (y especialmente porque es Cuaresma) hay cosas en las que podemos ayudar a los demás. Enviar mensajes y hablar por teléfono a personas que están solas, preocupadas. Rezar.

Y ahora sí los libros:

- Cuentos de navegantes, selección de Juan Bautista Duizeide
- Cuentos completos de Flannery O'Connor
- Cuentos completos (I) de Henry James
- El libro de Monelle, de Marcel Schwob

Lectura en voz alta:

- Las aventuras de Sherlock Holmes

Algo como lo antepuesto me toma más que cinco días (¡si vieran el volumen de algunos de esos libros y supieran lo lento que me gusta leer!), pero tenerlos todos apilados es una sensación única.

Y recordemos que no es época de reclusión. Hay que recluirse, pero la época es Cuaresma.

domingo, 8 de marzo de 2020

La ciudad de nadie (III)

"And in the naked light I saw
Ten thousand people, maybe more
People talking without speaking
People hearing without listening
People writing songs that voices never share
And no one dare
Disturb the sound of silence"
(The sounds of silence, Simon & Garfunkel)

Por la época en que leía el capítulo III me sonaba esa canción, que no anda muy lejos del tema…

(Entradas anteriores: I, II; textos tomados siempre de ViceVersa)

"En Manhattan la tierra es más cara que el alabastro, las alcobas están más altas que las torres de las catedrales, hay más riquezas reunidas que en todo el resto del mundo y la acumulación de seres humanos, cosas, máquinas y edificios desmesurados es la más impresionante que en ninguna época haya existido en el planeta. A veces parece la fantasía de un geómetra puritano y a veces un escenario para las hazañas terroríficas de Gargantúa. A veces parece un ser vivo, entero, distinto e indiferente a todo lo demás y en ocasiones, también, por su vertiginosa y mecánica fuerza de crecimiento, da la impresión de lo inhumano y hasta de lo inorgánico.

Ha sido el campo de algunas de las más grandes hazañas materiales y morales del hombre. Muchas de sus cosas carecen de semejanza o de precedente con ninguna otra. Hay la más alta torre y el hombre más rico del mundo, y el semental más caro, y el niño que toma más leche, y el crimen perfecto, y los mejores y más admirados atletas. Pero de todas estas cosas y muchas otras que no nombro, la más impresionante es la de la soledad en que viven y actúan las gentes. Manhattan viene a ser, por sobre todo, la isla de los solitarios. Un mínimo islote poblado por millares de solitarios, apresurados, abstraídos en invisibles fines, incomunicados dentro de la campana neumática de la soledad.

En donde está el hombre está la soledad como su sombra, que lo sigue, lo acecha, lo espera. Más dramático que el destino de , cuando vendió su sombra, ha de ser el de la persona que llega a vender su soledad. Y hasta casi podríamos decir que cada hombre tiene la soledad que merece, y que hay algunos que no han merecido ni merecerán ninguna.

Los millones de solitarios de Manhattan no gozan de la mejor clase de soledad; sufren más bien de una forma de ella inferior e involuntaria.

No es, en general, la de ellos la rica y fecunda soledad que Dios regala a algunos elegidos y que es el reino donde el hombre entra para luchar sin tregua por encontrarse a sí mismo y vislumbrar el rostro de su Deidad y las luces de su destino. La de ellos es más bien una soledad física, pobre y estéril, que borra y destiñe al hombre, y que es ignorada por quienes la sufren, como hay quienes ignoran que están enfermos o que son desgraciados.

El curioso que se detiene a observar las gentes que pasan por las calles congestionadas de Manhattan advierte de inmediato que todas están solas. Cada unidad parece ignorar a todas las otras, y revela en los gestos, en la acelerada angustia del paso, la sensación interior de estar abandonada a sus propios recursos y no poder comunicarse con nadie. No es una expresión serena o gozosa la que sus rostros revelan, como suele ser la de los que gozan de los paraísos secretos de la meditación solitaria, lo que, en uno de sus aspectos, llamaba France las silenciosas orgías del pensamiento; aquellas sublimes voluptuosidades en las que fueran doctos, desde San Antonio y Erasmo, hasta Tartarín, toda la vasta gama de los hombres dotados de vida interior. Ni saben que están condenados a la soledad, ni tienen el gusto, ni el arte, ni la ocasión de gozarla.

Ciertamente debe haber en la isla de Manhattan muchos que cultivan una soledad creadora, pero quienes la caracterizan no son éstos, sino los millones de solitarios transeúntes que desconocen su propia condición.

Están en todas partes. Son casi toda la gente que llena las calles, los teatros, que se paran en las esquinas a mirar los matices cambiantes de los avisos luminosos y las noticias de los diarios.

Yo he visto estos solitarios apretujados en increíbles racimos en los andenes y en los coches del tren subterráneo. Apenas queda espacio para mantenerse en pie dentro del denso rebaño, y sin embargo todos van solos, nadie está acompañado; entre el ruido de las ruedas y los mugidos del motor es raro oír una voz humana, y cuando se oye todos los que la alcanzan se vuelven como recién despertados, llenos de sorpresa y hasta de desazón. Cuando alguien quiere informarse sobre el itinerario se dirige al plano mudo que está en la pared, con el gesto con que el peregrino en el desierto o en el mar mira las estrellas para consultar el rumbo. Tampoco casi nadie mira a otro, y cuando por azar dos miradas se cruzan, instantáneamente se desvían llenas del temeroso presentimiento de haberse asomado al más allá. En los andenes esta masa se forma sin soldaduras ni unidad, y se deshace sin desgarramiento, con la silenciosa mecánica con que las moléculas de los líquidos se yuxtaponen y se separan. Moléculas de soledad.

Las tiendas también están repletas de solitarios. Yo he visto florecer la admirable comunicación de la simpatía humana entre mercaderes y compradores y simples curiosos en los zocos árabes, donde hasta los camellos y los asnos parece que entran en el diálogo abierto y en el interés de lo que se debate. Y recuerdo también la viva comunidad de relaciones que florece en voces, interpolaciones, regateos, testimonios y consultas en las tiendas de España, Italia o Francia. La más grande tienda del mundo en la isla de Manhattan no se parece a nada de esto. Está repleta de enfermos de soledad. Nadie parece enterarse de que allí hay otros seres humanos. Y cuando al final, después de una silenciosa preparación, alguien se dirige al hortera, en voz baja y rápida, recibe una contestación más breve todavía. Es un ser que, en una encrucijada de su destino, consulta a la pitonisa y recibe la enigmática respuesta que ha de resolver por sí solo.

Pero donde estos solitarios llegan a lo más hondo de su condición es en esos grandes refectorios donde entran por un instante a comer lo imprescindible para alimentar el cuerpo. Allí no es necesario gastar una palabra. El solitario toma de largos mostradores y va colocando en una bandeja el magro condumio que necesita y luego se sienta en una mesa, abstraído mientras come sin tregua. No se percata de que otros tres solitarios se han sentado a la misma mesa, y hay momentos en que parece que han llegado al milagro de hacerse invisibles los unos para los otros. No llegan a compartir ni el pan, ni la palabra, ni menos el sentimiento.

Al hombre de otro mundo que ha caído en esta isla termina por formársele un complejo de angustia ante tanta soledad sin provecho. Llega a creer que es necesario que un día llegue algún profeta a la isla y emprenda de inmediato una gran cruzada, o un gran despertar. Por medios mágicos congregará a los habitantes de la isla para decirles que no pueden seguir como están, que es necesario que aprendan a estar juntos, a estar en compañía, a disfrutar del maravilloso don de la presencia de otros seres humanos.

Pero mientras llega a ocurrir esta revelación, la isla de Manhattan continúa poblada por millones de solitarios que ignoran que están solos".

miércoles, 26 de febrero de 2020

Sobre apellidos “um”, duraznos varios, ingleses “brechteanos”, etcétera...

Al parecer hay varios apellidos que terminan en “um”. Cuando yo era chico, el papá de mi amigo Diego veía películas con Robert Mitchum. Yo me cruzo en YouTube cada tanto, aunque todavía no lo conozco, con Jamie Cullum. Y hace unos días el señalador del Chevy habita en “La novela de dos centavos” (así la traducción de mi edición argentina), de Bertolt Brecht, donde un personaje se llama Jonathan Jeremiah Peachum.

Un breve apartado para hablar del señalador mencionado. El Chevy pasó coleando por sobre otro libro. Sabía que no iba a quedar allí. Cada vez más se forja su destino de señalador viajero. Y no por ser, como fue mentado, un señalador difícil. En “Estambul” (Pamuk) y recién en “Las lanzas coloradas” (Uslar-Pietri) fue perfecto. Y ahora está, como dije, en la “Dreigroschenroman” de Brecht. (En inglés es novela de “three penny”, en español es muy visto “tres centavos”. Ya sabré por qué es de “dos centavos” en esta edición argentina). Sigamos.

El tal Peachum era a primera vista un nombre curioso. Revisando mi inglés, resultó que Google me tradujo “peachum” como durazno, lo que yo conocía como “peach”, y me tradujo “peach” como melocotón. No me intrigué mucho por las diferencias.

La hija de Peachum en la historia es Polly y la llaman “Durazno”, según mi edición. Eso me hizo acordar a las Georgia peachs, que es como llaman a la muchachas de Georgia, Estados Unidos (donde los duraznos, la fruta, son famosos). Eso lo aprendí escuchando a las Larkin Poe. Pero acá no esperen coincidencia. Polly Peachum no es de Georgia, sino londinense.

Y me gustó como Brecht hizo a los londinenses Peachum y otros. Al menos en lo poco que voy leyendo. No sé si están técnica, humana o literariamente bien hechos, pero tengo un indicio de que sí. Los primeros relatos me hicieron sentir que estaba de vuelta con unos personajes ingleses con los que me encariñé en el David Copperfield. Ninguno en particular. Y no sé si están a su altura. Ni tan profundamente descritos. Pero yo me sentí allá, en el David Copperfield. Y eso algo quiere decir. Brecht lo hizo bien de alguna forma.

Y Brecht es algo enredado. Es fácil, entretenido, llevadero. Estoy empezando a entender las ironías, antes me parecían contradicciones. Creo que es “por ahí”. Pero siempre queda alguna frase colgando. ¿Cosa del tradittore? No lo sé.

Esta entrada no habló de casi nada. Se habrán dado cuenta. No hay sorpresa final tampoco.

Posdata de dos párrafos (27/2): Quizás hubiera sido tan traído de los pelos como adecuado, en una entrada tan divagante, hacer algunas menciones a Jamie Cullum. Es un artista consagrado. Pero no lo conozco, siempre le paso de costado. Recuerdo que le entregó un ramo de flores a Sílvia Pérez Cruz en el cierre de su presentación en el “50 Heineken Jazzaldia” de 2015 (clic aquí). Canta con Luisa Sobral una hermosa canción (clic aquí). Y solo eso. Y Luisa Sobral es Portugal. Y Portugal es unas bellas palabras de Uslar-Pietri (si es por encontrar relaciones circulares entre personas nombradas en la entrada). Quizás no haya otra oportunidad de traer a cuento esas palabras, así que las dejo acá, solo para que las disfruten:

Es tierra hermosa, llena de paisajes hondos, donde todo está como suavizado y pulido por la mano amorosa del hombre. Se siente una compenetración equilibrada entre el hombre y la tierra. Que es lo que verdaderamente podemos llamar civilización. Porque civilización no es solamente la abundancia de riqueza material y de medios, las muchas máquinas, los muchos dineros o las muchas novedades. Civilización es, sobre todo, esto que han hecho durante siglos los portugueses: darse a su tierra con amor entrañable para embellecerla, perfeccionarla y crear el más hermoso equilibrio entre ellos y ella”.
(Un turista en el cercano oriente)

domingo, 16 de febrero de 2020

La ciudad de nadie (II)

Ya empieza otro tipo de capítulo, el descriptivo de la ciudad como la encuentra Uslar-Pietri en 1950. Es genial, como los que siguen. Repito que copio los textos de ViceVersa.

"Donde se mecían, al viento del estuario del Hudson, los tulipanes de la Nueva Amsterdam, se alzan ahora las inmensas torres de la baja Nueva York. Quizá nada exprese mejor el contraste entre lo que fue y lo que es, que la brutal diferencia entre un tulipán y un rascacielos, que es casi la misma que hay entre un burgués de los Países Bajos que fuma su pipa de espuma, lee su Erasmo, cultiva las flores y los repollos de su huerta, y cuida de su barba en el oro de luz que entra por la emplomada vidriera que dejó entreabierta Vermeer, y uno de esos atareados seres que pululan entre los sombríos troncos de las inmensas y apiñadas torres.

De la vieja villa holandesa, a la orilla del mar, con su fuerte, su muralla, sus galeones y su burgomaestre, no queda sino alguna hoja seca que vuela en un retazo del cielo, el cementerio de la iglesia de la Trinidad y los nombres pueblerinos y melancólicos de las calles. Lo demás está enterrado y desaparecido bajo las inmensas moles de cemento armado, o de concreto, como con poético sentido dicen los arquitectos.

La iglesia de la Trinidad es un pedrusco negro y puntiagudo, olvidado sobre un paño de grama, que apunta hacia el paño de cielo que asoma allá lejos, iluminado, entre las sombras de los rascacielos. Algunas borrosas lápidas señalan las tumbas entre el césped. Son de gentes que se durmieron en el XVII y en el XVIII, entre el borde del 'rococó' y el del mar de las luchas imperiales. Allí yace la doncella a quien conmemoran sus padres inconsolables y el capitán que regresó enfermo del último viaje de té para morir en la calle del Cerezo. Y allí está también, un poco a la intrusa, Fulton, abandonado de sus humeantes y ruidosos émbolos y calderas y Hamilton, arrullado por el rumor de las taquillas de los Bancos.

Pero ya no hay huella del Cerezo en su calle. El turista en Manhattan, que entra a la ciudad baja, encuentra los nombres y la angostura de las viejas calles, pero ahora ya no son calles sino el angustioso fondo de una profunda y estrecha garganta cavada en la lisa piedra, donde la luz desciende acobardada y difusa. Cuando alguien abre la vista desde el agitado, incesante y oscuro hormiguero, logra ver en lo alto un estrecho callejón de cielo. Las gentes no caben en las angostas aceras e invaden la calzada. Clavados profundamente, a lado y lado de la estrecha calleja, los tremendos edificios suben sin término por la escala de sus ventanas iluminadas. El fastial penetra en las hilosas nieblas sucias de humo fabril. En veces, un avión extraviado choca con una torre. [!!!]

Los seres que se mueven en el fondo de esas vertiginosas y elaboradas gargantas llegan a parecerse todos y a adquirir un aire de uniformidad que impresiona. Andan de prisa, desde luego, pero con una prisa aún más indiferente y absorta que la de aquellos que se ven en la ciudad alta. Salen de una majestuosa puerta llena de dorados, atraviesan algún delgado callejón y se sumen por otra gran puerta dentro de una inmensa sala que arde en luces.

Detrás de las ventanas iluminadas están los dueños de la riqueza del mundo. Las tres cuartas partes del dinero de la humanidad se concentran en este oscuro y magno pedazo de la isla de Manhattan. Millares de contabilistas anotan, por medio de sus máquinas, a cada segundo, los mínimos resultados del movimiento de flujo y reflujo de todo lo que el ser humano compra y vende en toda la redondez de la tierra. Una menuda cifra, añadida a las infinitas columnas de números es la elegía o el epinicio que condensa toda la novela que ha vivido el criador argentino o el cosechero de algodón del Perú o el comprador de arroz de Siam, o la del barco que acaba de destrozarse sobre un arrecife del Mar Rojo. Sin saberlo, no hacen sino inscribir epitafios. De una breve orden de uno de estos hombres, que tienen su escritorio junto a la nube, en el piso cincuenta, resulta que millares de cultivadores salgan con sus enormes maquinarias a sembrar trigo en el Canadá o que los mineros del estaño tengan que reducir su trabajo a la mitad, o que empiece a levantarse la obra de un ferrocarril o de un acueducto en una ciudad de los Andes o del Golfo Pérsico.

Nunca ningún Aladino tuvo en sus manos tanto poder material como estos hombres joviales, canos, vestidos de paño gris, y nunca, tampoco, tanto poder material ha sido disfrutado con menos imaginación. Tal vez para fortuna de los demás hombres. El poderío para estos Aladinos de las cifras rara vez llega a transformarse en botín y en fruición.

Sobre el cuadriculado de la desaparecida villa holandesa se alza ahora este reducto. Nada queda que justifique el nombre de las viejas calles. La calle del Cedro, la del Canal, la de la Doncella, la de Juan, la del Castor, la del Pino, la del Muro. Todo es igualmente poderoso, inhumano y frío: la piedra, las gentes, el ambiente. No queda la puntiaguda casa de Juan, ni el muro que separaba de las salvajes soledades, ni el canal con sus barcas cabeceantes, ni el empinado cedro rumoroso en la esquina. El panorama de ahora es piedra lavada y está fuera de la medida de nuestros sentimientos. Es como el lecho de una corriente subterránea que nadie sabe a dónde va. Son unas catacumbas donde se huye de algo y donde algo se engendra que no es lo que estamos habituados a ver.

En ciertas horas el turista llega a olvidarse de que aquí, entre las torres de la baja Nueva York, hay hombres y mujeres. Más parecen seres de otra raza, los marcianos, o una artificial casta de termitas deformados para el trabajo. Lo cierto es que en esta exagerada impresión hay algo de la reacción temperamental del que mira asombrado un mundo que no puede ser el suyo. Pero aun así, lo que predomina en el fondo de estas gargantas es un tipo humano que se parece más al hombre que a la mujer, es decir, al ser desaparecido, indiferenciado, en una tarea. Vemos, ciertamente, mujeres; pero tienden a hablar, a gesticular y a caminar como los hombres. Sólo les quedan, irreductibles, como una bandera de nostalgia, las magníficas y cuidadas cabelleras de las americanas, que florecen en lo gris como una encendida planta erótica. Su intuición, seguramente, les ha enseñado lo que la vieja sabiduría talmúdica descubrió con mucho ver y mucho reflexionar; que los cabellos son también una desnudez.

Los extraños pobladores circulan verticalmente por entre sus torres: torres de cemento, torres de cifras, torres de luces y casi nunca pueden pasar, sin trasformarse, de los límites precisos de su ciudadela. Ya a sus espaldas los acecha la Quinta Avenida, donde los hombres vuelven a ser hombres, porque está llena de mujeres, y la Plaza de Washington, con su arco viejo, sus árboles y sus casas georginas tan fragantes a hogar y a vida interior. O también, al frente, la sucia marina, llena de casuchas, de cajones rotos, de frutas aplastadas, de hierro viejo, de letreros tuertos, de carbón, de escamas de pescado, a la inmensa y geométrica sombra de un puente inmenso. Esta tampoco debió ser la marina de la Nueva Amsterdam. Es una ribera inorgánica y descomedida. Recala en ella el turbio rezago de la inmensa marea de este nuevo mundo, tan confuso. Los marinos y los maleantes son tal vez los mismos de Cardiff o de Cartagena o de Marsella. Las mismas gorras negras, las mismas franelas azules, los mismos tatuajes, las mismas pipas, los mismos agrietados rostros sin afeitar. Hasta las mismas cantinas con los mismos nombres -Bar de la Media Luna- pero sin leyenda. Hay en este trozo de viejo puerto algo que falta, algo que no acopla, algo que rompe la sinfonía. Algo que tal vez está representado en aquel incongruente letrero que dice: 'Antonio Lo Verde. -fishing'.

Dentro de estos límites estrechos se alza, sobrehumano y aplastante, el reducto con sus extraños habitantes. Quien se aventura en él por primera vez comprende que ha entrado en un mundo distinto. Nada allí está hecho a la medida del hombre.

De la vieja aldea holandesa no quedan sino los nombres sin sentido de las calles, y las tumbas de la iglesia de la Trinidad, y alguna Biblia olvidada en la gaveta de un banquero, porque ni siquiera la penumbra recuerda a Rembrandt. Es, para ello, demasiado gris y le falta oro. Todo el oro que yace muerto en los vastos sótanos, más abajo de las callejuelas".

domingo, 9 de febrero de 2020

La ciudad de nadie (I)

El breve, condensado y magnífico relato sobre la historia de una famosa ciudad que podrán leer a continuación, es el primer capítulo de un libro llamado “La ciudad de nadie”, del venezolano Arturo Uslar-Pietri. Una joya olvidada en un cajón de “todos por veinte pesos” que tuve la suerte de rescatar sin saber lo que hacía.

Uslar-Pietri había sido siempre para mí sólo un nombre pegadizo en un canto de un libro de la biblioteca de la casa de mis padres (“Las lanzas coloradas”). Pero ahora ya sé que fue un tipo notable. Orden del Libertador. Abogado, filósofo, periodista, político, ministro y hasta candidato a presidente de su país. Y que por esas cosas de la política tuvo que vivir algunos años en el extranjero, en la ciudad que describe en este libro, ciudad cuyo nombre no voy a revelar para que disfruten descubriéndolo ustedes de a poco, como hice yo. Salvo, claro está, que vuestra erudición esta vez los prive de ese sencillo placer.

(Estando los textos disponibles en la revista digital ViceVersa, no me tomé el trabajo de escanear mi libro, de Editorial Losada. El texto es del año 1950).

"En 1528 Giovanni Verrazzano moría colgado de una verga en una nave española. Aquella mirada que se bamboleó en agonía de péndulo del azul de babor al azul de estribor fue la primera que contempló la bahía, y el río y la isla llena de árboles en soledad. La isla fue Angolema; el río, Vandoma y la bahía, Santa Margarita. Unos nombres que venían de la corte de Francia y que pasaron por sobre la soledad como un vuelo de golondrinas.

Durante ochenta y cinco años más no se oyen sino el canto del pájaro, el rumor de la marea, el silbido de la flecha del indio, o el eco de los pies que danzan las danzas ceremoniales.

Después, asoma por la bahía la 'Media Luna' con todas las velas desplegadas. Era el velero en que el capitán Henry Hudson venía buscando el paso del Noroeste para los holandeses. Lo que encuentran es aquel río que llaman de las Montañas y muchas ricas pieles que tienden los indios de la isla. Pieles para el frío de los holandeses y para el comercio de los holandeses. Pieles que más tarde no tuvo Henry Hudson cuando, buscando el paso más al norte, la tripulación lo abandonó en un bote a los hielos boreales.

Los gruesos y cabeceantes barcos holandeses siguieron viniendo a la isla a buscar pieles. Bajaban a tierra por el día y daban a los indios unos trapos rojos, unas cuentas de vidrio, un pedazo de espejo a cambio de pieles de castor, de zorro, de ardilla, de conejo salvaje. La noche la pasaban en el barco. Y cuando la sentina estaba llena, alzaban la remendada vela y rodaban con el viento por la bahía hacia el mar.

Hasta que un día del invierno de 1613 se le incendió el barco a Adrián Block. Se llamaba ‘Tigre’ y se puso amarillo y fiero de fuego entre la niebla gris y los gritos grises de las gaviotas. Adrián Block tuvo que construir una choza para pasar el invierno con su gente. Y allí empezó la ciudad.

Diez años más tarde ya habían trazado una calle, ya llamaban a la tierra Nueva Bélgica, ya tenían un gobernador holandés y un sello. El sello ostentaba en el centro una piel de castor extendida.

Los indios parecían llamarse Manados o Manhattan. El gobernador Peter Minuit, con su sombrero de copa y sus calzones abombados, rodeado de rojos soldados armados de arcabuces, les compró la isla a los indios. El cacique venía envuelto en sus pieles. Peter Minuit fue poniendo en el suelo cuentas de vidrio, adornos de cobre, pedazos de telas, algún cuchillo. Los rechonchos tratantes iban sacando mentalmente la cuenta: cinco pesos, dieciocho pesos, veinticuatro pesos.

Luego emprendió la construcción de un fuerte de piedra en forma de tortuga, que se llamó fuerte Amsterdam, levantó una empalizada protectora en torno a las casas, dividió la tierra en granjas, en ‘bouweries’ holandesas y la ciudad de Nueva Amsterdam empezó a crecer hasta tener doscientos habitantes.

Diez años más tarde hubo la primera guerra con los indios y se construyó una valla para la defensa del poblado. A lo largo de ella se extendió la calle de la valla, a la que los ingleses llamaron después 'Wall Street'.

Se sembró trigo, se trajeron ganados, se sucedieron los gobernadores holandeses. El último tenía una pierna de palo y se llamaba Peter Stuyvesant. Y no encontró entre sus gobernados quienes quisieran ayudarlo a resistir cuando los ingleses vinieron a tomar la isla. Nadie quería hacerse matar con los negocios tan prósperos.

La ciudad hubo de llamarse Nueva York, por el hermano del rey de Inglaterra y el fuerte, Jaime, por el rey. Y en el escudo de la 'Nova Ebora', la piel del castor se redujo a un rincón para dejar el lugar a las aspas de un molino y a dos barriles de harina.

Era un reducto de comerciantes ingleses y holandeses en el extremo meridional de la isla que había sido de los indios. Se comerciaba con Europa, con las Antillas, con la harina de los colonos, las pieles de los indios y las melazas de los antillanos. Se comerciaba con los piratas que traían ricos botines del Golfo de México. En rojas casas de ladrillo vivía los rubicundos mercaderes.

También había negros. En la calle donde estuvo la valla pusieron el mercado de esclavos. Los panzudos mercaderes venían los días de subasta, veían los negros hacinados, los mandaban a levantarse para observarles la musculatura, les hacían abrir la boca para mirarles los dientes y se llevaban finalmente uno solo, o una pareja, o una familia entera. Resultaban buenos los negros. Hubo un momento en que hubo más negros de servidumbre que colorados comerciantes. Lo que era peligroso. Se tomaron providencias. Se les prohibió hablar, reunirse o salir de noche. Se les vigilaba.

Hasta que Mary Burton se presentó un día diciendo que los negros tenían una conspiración para asesinar a los blancos. Y los blancos se adelantaron a asesinar a los negros. Todos los negros que señalaba Mary Burton fueron ejecutados. Hasta que Mary Burton desapareció y las gentes se olvidaron de su historia.

Los negocios eran más prósperos que nunca. El ron, la melaza y los negros servían para hacer grandes fortunas. El puerto se llenaba de velas que venían de los más lejanos mares. La mancha de la pequeña ciudad iba trepando por el campo de la isla.

Todo iba bien, pero a los ingleses se les ocurrió cobrar nuevos impuestos. Y las gentes se lanzaron a protestar. Los pesados comerciantes salieron de sus almacenes más rojos aún con la indignación. Las gentes del pueblo se echaron a la calle a dar voces y a buscar pelea. Hubo tiros con los soldados ingleses.

Un día vino de Boston el general Washington a leer la Declaración de Independencia proclamada por la Convención reunida en Filadelfia.

En esa larga hora de crisis, mala para los negocios, el hombre que representa la ciudad es Hamilton. El que más va a trabajar para que la república sea buena para los negocios. Funda bancos y empresas, organiza las finanzas de la nueva república para que no pesen sobre la bolsa de los comerciantes. Organiza la primera gran parada que recorre las calles de Nueva York. Con un gran velero de madera y papel que representa la Constitución y millares de gentes en traje de fiesta desfilando durante horas por la calle. Coloca a la ciudad bajo la perpetua advocación de las paradas, que desde entonces ya no cesarán. Habrá infinitos desfiles. Todo se resolverá en un desfile, con carrozas, con muñecos, con disfraces, con estandartes, con fantásticos uniformes. Con una muchacha de lindas piernas que, vestida de tambor mayor, hace piruetas a la cabeza.

Es grande la ciudad que ha visto el desfile de Hamilton. Tiene cerca de sesenta mil habitantes. Que son los mismos que se apretujan en una estrecha calle para ver a Washington juramentarse como el primer Presidente de la Unión. Ya hay numerosos coches de caballos que recorren las calles. Y hasta algunos edificios de tres pisos. Pero todavía el Presidente, para hacer ejercicio, puede darle por la tarde la vuelta entera a pie.

Diez años después entra el siglo XIX. Las campanas que anuncian la primera hora del año nuevo anuncian el comienzo de un prodigio. El nacimiento de una ciudad universal que a nada se parece, que va a ser independiente de los seres que la pueblan y que va a crear formas de vida que no parecen corresponder a la dimensión ni al ritmo del hombre. La gran feria y la parada perpetua a la que vendrán hombres de toda la tierra a admirarse de ser hombres.

La primera cosa extraña que ocurre es que un día, un excéntrico, llamado Robert Fulton, echa al río un barco que en lugar de velas tiene humo y que, sin embargo, navega.

Desde entonces las cosas cambian y parecen precipitarse. Empiezan a llegar barcos llenos de inmigrantes. Vienen irlandeses, italianos, polacos, alemanes. Se concentran en barrios propios donde resuena la lengua materna y predomina el color del viejo país.

Cuando han pasado veinte años del siglo ya la población ha doblado. Ha doblado en cantidad y en velocidad. Empieza a haber una rapidez desconocida. El soñoliento inmigrante se sacude al desembarcar y comienza a andar de prisa. Ya la ciudad es tan grande que tiene un tranvía de caballos. Y un día por la mañana se llena de los gritos de unos muchachos que llevan el primer periódico de a centavo y vocean las noticias.

Se empiezan a llenar de casas las calles cuadriculadas que han sido trazadas más allá del nido de lombrices de las callejas de la vieja ciudad. Para 1840 ha vuelto a doblar la población. Las calles están llenas de hombres de altas chisteras y abullonadas levitas. Se abren los primeros trenes y los primeros telégrafos. Hay unas tabernas inmensas, llenas de cobres brillantes y de lámparas, en cuyas mesas se hacen negocios, se conciertan contrabandos, se planean expediciones para el interior y se sienta, con otras gentes raras, un pálido caballero atormentado que se llama Edgar Allan Poe.

Para 1860 ya hay más de ochocientos mil habitantes en la isla. Los Bancos empiezan a parecer palacios, las estaciones de los trenes ferias, las tiendas tumultos. Unos hombres anchos y rudos que vienen del Oeste hacen crujir las pulidas tablas de las tabernas. Junto al piano está el escenario, donde unas muchachas gordas levantan las piernas entre muchos trapos mientras cantan una canción que los parroquianos acompañan con la cabeza. Los magnates ferrocarrileros construyen mansiones laberínticas. El comedor es la nave de una catedral gótica, el salón es la sala de armas de un fuerte románico, la biblioteca viene de un castillo alemán rococó. Jim Brady, el de los diamantes, resplandece como una constelación. Debajo de una profusión de mecheros de gas.

La ciudad pasa de la mitad de la isla cuando empieza a recorrerla el estruendo del primer tren elevado. Es por el mismo tiempo en que, como un gran esqueleto de dinosaurio, el puente de Brooklyn se extiende y se extiende sobre el río, sin quebrarse, hasta unir las dos orillas. Desde los edificios de diez pisos se divisa el puente descarnado como un juguete roto.

Poco tiempo después se levanta en la bahía la estatua de la Libertad. Un fantasma de bronce neblinoso que va a personificar la nueva ciudad. Son los alegres años del noventa. Los ricos negociantes invitan a comer a las bellas contraltos. Vienen marqueses y condes de Europa a casarse con las hijas de los magnates ferrocarrileros. Hay alumbrado eléctrico. El hotel Waldorf Astoria se alza en la Quinta Avenida como un palacio encantado. En labrados salones una servidumbre de circo trae difíciles platos, cuyos nombres sólo se pueden escribir en francés. Los jóvenes ricos, de bigote recortado y pulidas uñas y la muchacha ahogada en encajes y sedas miran con asombro al negro de turbante, pantalones bombachos verdes y babuchas rojas que trae un complicado instrumental de cobres y porcelana para servir el café. La luz parpadea cuando algún millonario enciende el cigarro con un billete de cien dólares.

Después se hunde el 'Titanic' y viene la Primera Guerra Mundial. Ya la ciudad alcanza los extremos de la isla, las calles empiezan a llenarse de automóviles de todos los colores y además de los elevados corren los trenes subterráneos. Se han construido rascacielos. La estructura de acero se disfraza de motivos góticos.

Cuando termina la guerra la ciudad entra en una vida febril y expansiva. A la muchacha de Gibson con su moño y sus encajes sucede la 'Flapper'. Una falda corta, un zapato puntiagudo, unos andares masculinos, una breve melena laqueada, un cigarrillo en la boca, un sombrero de campana y un traje sin cintura. Los hombres que la acompañan usan estrechos pantalones y largos sacos. Y entran apresuradamente a las tabernas clandestinas donde se vende el peligroso whisky de los contrabandistas.

La trepidación de la ciudad, la trepidación de los trenes elevados y subterráneos, de las máquinas de remachar, del taconeo apresurado de la muchedumbre, se ha convertido en música. Es la era del jazz. Algunos saxófonos parece que van a llorar estrangulados. Al Jolson clama convulsamente por su madre, pintado de negro. La música canta a Chicago, a 'Sussie', a las tiendas de bananas, a la tristeza de San Luis. Charlie Chaplin huye por unos callejones arrastrando un niño.

Los gángsters usan clavel en el ojal y ametralladora Thompson envuelta en el abrigo. El tableteo de las lejanas ametralladoras suena como las máquinas de escribir en las oficinas. Texas Guinan se baña desnuda en una piscina de champaña. Rodolfo Valentino se muere y toda la ciudad se llena de mujeres llorosas que acaban de salir del hospital.

El edificio 'Woolworth' sube a sesenta pisos, el edificio 'R. C. A.' llega a setenta pisos, el 'Chrysler' a setenta y siete, el 'Empire State' a ciento dos.

Jimmy Walker, el alcalde, es tan buen mozo como un actor, tan gastador como un gángster, tan poderoso como un banquero, tan atractivo como un campeón de polo, tan elegante como el Príncipe de Gales, tan galante como un héroe de novela. Cinco millones de personas están enamoradas de él. Y él sale de los teatros resplandecientes para entrar en los dancings dorados y de los dancings para llegar, con dos horas de retraso, a presidir las más esplendorosas y resonantes paradas que la ciudad ha visto.

Cuando las gentes alzan la cabeza hacia el cielo es para ver las grandes letras de humo que ha trazado un avión: 'Tome Coca Cola'.

Todos se van a hacer ricos. El hombre que friega los portales sueña con tener un yate. El yate de míster Morgan costó tres millones de dólares. Las acciones suben en la Bolsa, tan rápidas como los pisos de los rascacielos. Todo el mundo puede especular.

Hasta que ocurre el pánico de 1929. Los que tenían una oficina de cristales en el piso sesenta se tiran por la ventana, o bajan a vender manzanas a la acera. Las calles se llenan de vendedores de manzanas. Los teatros se quedan solos y apagados. Las largas colas de los que buscan empleo se apretujan a las puertas de las agencias. Los periódicos se llenan de avisos en letra menuda en los que se ofrecen en venta toda clase de cosas y se solicitan empleos de toda especie. Los bancos de las plazas se llenan de hombres sin afeitarse.

Las gentes oyen los radios. No hay sino malas noticias. Habla el padre Coughlin y dice que hay que reformarlo todo, que se ha vivido en pecado contra la justicia social, que la culpa de los males la tienen los judíos. Los hombres barbudos escupen con odio debajo de las tres bolas de oro de la tienda del prestamista donde acaban de dejar el marco de plata del viejo retrato de la familia. Nadie compra manzanas. Por el radio también se oye la voz de un nuevo Presidente que habla desde Washington. 'No hay que temer sino al temor', dice.

Comienza la recuperación económica. Ahora no sólo habla el radio sino que hablan las películas. La isla va sintiendo cada vez más su propio espíritu y su peculiar carácter. Sus rasgos se acentúan y definen con el cese de la copiosa inmigración. No se parece siquiera a los burgos que le han incorporado. Está en medio del río como un buque, como un buque en viaje en el agua fugitiva, sin contacto posible con los burgos que se divisan en las lejanas orillas.

En donde debería estar la chimenea del barco se levantan las torres cuadrangulares de Rockefeller Center. Es la ciudad de la radio que va a constituirse en arquetipo de la isla. En giróscopo del barco. En un hueco está la plaza de hielo desde donde los patinadores ven alzarse la torre de setenta pisos toda en piedra limpia y vidrio. A la altura de las cabezas hay fuentes, jardines y tiendas. En el extremo oeste, el teatro más grande y dorado del mundo. En el lindero oriental se alza el edificio de la Gran Bretaña, oloroso a tiendas de tabaco, cuero y agua de colonia; el edificio de Francia, colgado de carteles de turismo. Al edificio de Italia le cubren el nombre y la moldura de la fachada donde estaba tallada el hacha del lictor. Es la Segunda Guerra Mundial.

La ciudad desaparece en el silencio y en la sombra. No se encienden luces por la noche. Parece que todos los hombres se han marchado. Cuando suena una sirena todos alzan la cabeza hacia el cielo frío y abierto. Podría ser el aviso de una escuadrilla de aviones enemigos. La primera bomba de cuatro toneladas convertiría en granizo todo un rascacielos. Las calles se cubrirían de montañas de escombros. Cinco cuadras más allá otro rascacielos. En el tirón de las raíces se cegarían los túneles del tren subterráneo. Saldrían melenas de cables chisporroteantes por todos los huecos. Cuando los últimos surtidores y cataratas de escombros hubieran caído no quedaría nadie vivo entre los grises cráteres. Pero el mugido de la sirena se pierde y acaba sin que se haya oído ninguna detonación. Las mujeres de uniforme vuelven a apresurar el paso.

Al terminar la guerra hubo una alegría seca y breve. Terminaba en Europa y seguía en Asia. Hubo que numerar los días. Primero fue el día 'V.E.', después 'V.J.'. Todo el mundo estaba sobrecogido con la bomba atómica. Muchos hablaban de una crisis inminente. De millones de desempleados.

La isla se hizo más pequeña que nunca. Todas las gentes que regresaban de la guerra no parecían caber en ella. No había habitaciones en los hoteles, no había apartamentos desocupados. Un veterano, con su mujer, sus hijos y sus muebles se instaló a vivir en un bote a la orilla del río; otros acamparon en el Central Park. Aprisa acudían la policía y los fotógrafos. Una tienda anunció que vendía medias de nylon y se forma una cola de mujeres y hombres que le daba la vuelta a la manzana.

Más que nunca las tiendas parecieron tumultos y los hoteles ferias y las calles procesiones. La isla era cada vez más un buque lleno de turistas apresurados.

En los bares apareció la televisión. Cada vez que el parroquiano, en la penumbra, sube los ojos del vaso de cerveza, mira las grises sombras de dos boxeadores que se pegan, o la cara angustiada del hombre que está tratando de contestar a la pregunta de setenta y cuatro dólares: '¿Quién anotó la primera carrera en las series mundiales de baseball en 1913?'. O '¿Cuál es el que llaman el Estado del Oso, entre los de la Unión Americana?'.

Cuatro millones de voces suenan por cuatro millones de teléfonos. Dando y recibiendo noticias. Porque cada tres minutos hay un matrimonio y cada cinco minutos nace un niño y cada doce horas asesinan a una persona. Y si la mujer que contesta al teléfono, de primera palabra dice el nombre de aquel cereal para el desayuno, gana un abrigo de visón, una refrigeradora, un bote de remos, la pintura de una casa y un pasaje por avión para el África del Sur.

Y también cada cierto tiempo un visitante de la torre de observación, sobre el piso centésimo segundo del edificio 'Empire State' se lanza bruscamente al aire. Se podrían contar los largos segundos que tarda en estrellarse sobre el pavimento de la calle. Pero, sin duda, tiene tiempo de vislumbrar la isla como un barco cabeceante. Casi lo mismo que, en el bamboleo de su cuerda de ahorcado, vio Verrazzano el barco en que moría".

sábado, 1 de febrero de 2020

Del tiempo y otras cosas con Manuel Castilla (III)

(Septiembre 2018)

“(...) Ni una hoja moviéndose en el viento. Todo yacía dentro de un silencio casi doloroso. Era entonces cuando se sentía crecer la caña. Un ruido pequeño, como caminar de langostas, trepaba el cañaveral. Como si la envoltura de los tallos se desperezara levemente y la savia empujara con millones de minúsculos dedos hacia la luz restallante de la siesta”.

Hace unos días vi la savia de la parra gotear por una ramita partida. La ramita estaba partida desde hacía uno o dos días, pero se ve que no había cicatrizado (si es que hace algo así). Y en plena aparición de los brotes se ve que la planta mandaba savia a todos sus extremos y por ese se perdía mucha. Era como un caño pinchado (¡ah, porteño!). Era como la sangre que se iba.

El hachero volvía a quedar solo. Solo, solita su alma como ahora. Él y el monte. El monte era como su corazón. Pasaban los días y ni se daba cuenta de su existencia, pero ocasiones lo sentía atropellar, llenarse de ruidos, de pequeños rumores, respirar”.

Esa lluvia tenía las propiedades del viento. Solo veía su acción en otras cosas. No la veía, no la sentía, solo la escuchaba en las hojas secas.
Después de unos minutos agarré el rastrillo. El gato, que seguía echado, si pensara como nosotros hubiera pensado: "otra vez este hombre, en vez de disfrutar como yo, se pone a trabajar y hacer ruido". Por un momento pensé si no sería verdad que los hombres perdimos alguna sabiduría contemplativa que los animales aún tienen y nos empeñamos en el trabajo en vez del ocio. Pero en seguida recordé a las hormigas o las abejas y me di cuenta de que así como los hombres, hay animales más activos y animales más pachorros. Seguí barriendo y pensé entonces aquello de que el trabajo es la característica del hombre. Y que así como alguien decía que en vez de animal racional había que llamarnos animal sentimental, otra posibilidad era llamarnos animal trabajador.
No soy un tipo definidamente laborioso ni definidamente ocioso. No tengo nada en lo que me destaco. Y eso siempre fue una preocupación. En este mundo tenés que ser el mejor negociante o el mejor artista. Y en un sentido está bien (ser el mejor en lo que haces en el sentido de hacerlo con amor y empeño). Pero no tener una característica definida hacia un tipo de actividad (o no actividad) también te ayuda a gozar de distintas cosas, cosas de ocio y cosas de trabajo.

El monte le bailaba en la cabeza y en los ojos en la ya plena luz del amanecer. Y el canto de los pájaros como acequias sueltas, como si el cielo estuviera quebrando su inmenso vidrio sobre su cabeza” (Venía medio en curda el personaje).

No sé por qué eso me recuerda a una cosa de Juan L. Ortiz:

"La mañana quiere irse
con el río al horizonte
en una sonrisa de aguas,
pero la prenden al cielo,
a manera de alfileres,
melodiosos, los cantos
de los pájaros. Se queda
igual que una niña agreste
colgada por el encanto
absorta mirando el río".

Estaría dele andar por los cañaverales, por el borde de las acequias regadoras. De caña en caña hubiera ido, de canuto en canuto morado que sus manos tocaron, acariciaron casi, antes de tajearlos con el machete. Las jornadas eran bravas, es cierto. El sol quemaba y uno tenía que andar sin asco. El día entero, todo él, era una inmensa bola azul y amarilla por donde había que trajinar fuerte. Las mujeres de los peones andaban terrosas de olla en olla, de fuego en fuego, de tizne en tizne, mientras tanto. Así la comida componía el cuerpo y la lengua se endulzaba con batatas asadas. Sí, el día era eso. Un inmenso y redondo río de miel y agua y cielo azul. Vibraba traslúcido alrededor de uno y uno lo padecía. Era una fuerza casi impalpable, hermosa y pesada a la vez. Y el cañaveral rodeándolo todo. La caña yéndose luz arriba y floreciendo en un leve penacho lila, cristalino casi. Así eran los días zafreros. Los domingos, uno se quedaba horas sentado cerca de la pieza donde se dormía, pelando caña y mascándola. El día seguía igual, azul y oro, como una gran naranja girando, hasta que se apagaba”.

Por el Chaco el tiempo casi no pasaba. Maduraba las cosas al sol”.

(Fin de la serie)

viernes, 24 de enero de 2020

2019

Este año ya no armaremos una selección mezclada sino que presentaremos a los intérpretes, los ya conocidos y los nuevos, con unos enlaces a sus canciones o videos.

Pomplamoose
Bulletproof [La Roux]
Shallow [Lady Gaga, Bradley Cooper]
Sweet Dreams + White Stripes mashup [Eurythmics/The White Stripes]

Sílvia Pérez Cruz
Asa Branca [Humberto Teixeira]
The sounds of silence [Simon&Garfunkel] SPC & Javier Colina
El corazón es agua [Miguel Hernández/Toti Soler]

Natalie Merchant
Tiny Desk Concert de NPR

David Rawlings
Monkey and the engineer [Grateful Dead]
Money is the meat of the coconut
Pilgrim (You can’t go home)
Ruby
The weekend
Airplane
Why she needs me

Of Monsters And Men
Dirty paws
Little talks
King and lionheart

The Oh Hellos
Like the dawn
Lay me down
Wishing well
Soldier, poet, king

Julia y Carlos Moscardini
Campo nuestro [Girondo/Moscardini]
¡Ay, provincia tendida! [Lanusse/Moscardini]

Alice Phoebe Lou
Walk in the wild side [Lou Reed]
Bongo bong [Manu Chao]
She
Your love gets sweeter [Finley Quaye]

Lake Street Dive
Lola [The Kinks]
What about me
Mistakes
Hang on
I don’t care about you
What am I doing here
Call of your dogs
Good kisser
Rich girl [Hall & Oates]
Let me roll it [Linda and Paul McCartney]

Larkin Poe
Hard time killin’ floor blues [Skip James]
Trouble in mind
Bleach blonde bottle blues

Talking Heads
Life during wartime

Connie Converse
Talkin’ like you (Two tall mountains)

Malinda
Music box

Juana Molina
Eras

Paul Ansell’s Number Nine (en la película “Mr Morgan’s last love”)
Walking back to baby’s arms

Luna Monti-Juan Quintero
Este Manuel que yo canto [Jorge Marziali]

martes, 21 de enero de 2020

Del tiempo y otras cosas con Manuel Castilla (II)

(Septiembre 2018. Advertencia: en esta parte van largos divagues personales de dudosa calidad y poco de Castilla)

La vida es corta, dicen. Se referirán a que pasa rápido. Porque nunca escuché a ningún anciano pidiendo más tiempo para hacer más cosas. Parece haber suficiente tiempo. Mucho tiempo. Al menos para poder hacer lo necesario. Más que llenarlo con actividades hay que dejarlo tranquilo.

El tiempo es inmanejable y a cualquier cosa o actividad que se encargue de administrarlo o, aparentemente, manejarlo, hay que tomarla como una necesidad más, casi una necesidad básica pero justamente por eso no tomarla como lo más importante de la vida. Dormir, comer, o descartar lo excedente, son actividades inevitables, pero no por eso sublimes, sino todo lo contrario. Casi ese mismo lugar deben ocupar toda las actividades que manipulan, organizan, acomodan el tiempo.
Los procesos, los horarios, los protocolos, están muy bien. Pero más importantes son la reflexión, la contemplación, la religión, la fe.
Hoy es común que se valore la importancia de un buen sueño, de un buena comida, etcétera.
Percibamos qué importancia se les da a estas necesidades básicas, a las cosas que no son sino los medios para lograr otra mayores. Pero veamos qué poco se comenta la importancia de las cosas mayores, las necesidades del espíritu.
Queremos estar bien físicamente solamente para no morir, nunca para reflexionar sobre la muerte. Queremos estar bien para no sufrir y eso no está mal. Pero si escapamos del sufrimiento a cualquier precio quizás nos perdamos las oportunidades de entender la vida y dar a las cosas su verdadera importancia.

El tiempo es más fuerte que nosotros. Es claro que se necesita fe, se necesita creer en un sentido de las cosas para poder entregarse al tiempo.

“[Al tiempo] Se le veía sólo mirando largo un mismo punto, que podía ser el tronco del arrayán. Era oscuro su cuerpo y tenue. La luz, como una mano de oro, lo iba retirando de la madera. Y él cedía su lugar, callado, casi solícito. Después ya todo su sitio estaba iluminado. Y había que bajar los ojos al suelo por donde también comenzaba su retirada, entre hojarasca quebradiza y perros que la pisaban a trechos. Así, hasta que se iba lejos, más allá de los cercos y desaparecía. Entonces venía la noche. pero algo del tiempo había quedado en los rincones y en la cisterna. y uno volvía a notar su presencia, sus ruidos”.

Nos quedamos charlando en el living mientras la luz del día se iba apagando. Hay un enorme ventanal. Fue como cuando uno se queda en la playa, en un jardín, una quinta o en el campo. Es una linda sensación la de sentir el atardecer. ¿Será como una buena muerte, como una muerte en paz?

(Continuará)