martes, 17 de enero de 2006

Tonada de luna llena

De vuelta en esto. ¡Qué cosa, che! Cantan los Copla. Y se van de a poco con una canción venezolana llamada "Tonada de Luna Llena", de Simón Díaz.
Yo vide una garza mora
Dándole combate a un río
Así es como se enamora
Tu corazón con el mío

Luna llena, luna llena
Menguante

Anda muchacho a la casa
Y me traes la carabina
Pa’ mata’ a ese gavilán
Que no me deja gallina

La luna me está mirando
Yo no sé lo que me ve
Yo tengo la ropa limpia
Ayer tarde la lavé

Luna llena, luna llena
Menguante

sábado, 7 de enero de 2006

Contradicción y contracorriente

Ya varios blogs que suelo leer han nombrado (desde hace un par de años a esta parte) a Vladimir Volkoff. Y varios también a la Editorial Virtual, en dónde hay un texto de ese autor: “Por qué soy medianamente democrático”.
No conozco al autor ni al libro, pero este texto on-line me atrajo por una razón. ¿Quizás por la misma razón que él pone como primera de las razones para llamarse medianamente democrático?
I. Por espíritu de contradicción
Sí, lo admito. Si se tuviera a la democracia como un régimen más entre otros, si no se nos la impusiera como panacea evidente y obligatoria, si no se viera en ella más que un modo de elegir gobernantes, estaría más dispuesto a encontrarle cualidades. Jean Dutroud afirma que la virtud comienza con el espíritu de contradicción y yo, por mi parte, agrego que ese espíritu es necesario para conservar la imparcialidad: mantiene el amor a la independencia de juicio, asegura la rebelión contra todo lo que es gregario y vulgar, y brevemente, constituye algo seguramente más simpático que la sumisión a las modas, a los esnobismos, a los conformismos de todo pelaje. Me repugnan los benditos si-si y los políticamente correctos, sin que esté inficionado -Dios me guarde- de la superstición de la rebeldía.

Si la balanza se inclina demasiado de un lado, mi reacción espontánea es poner un poco de peso en el otro platillo.
Interesante punto de vista. Quizás eso del espíritu de contradicción tenga algo que ver con el nadar contracorriente. Ese que Chesterton menciona en el El Hombre Eterno (a propósito, ¿dónde se consigue ese libro?):
Las cosas muertas pueden ser arrastradas por la corriente, sólo algo vivo puede ir contracorriente.
Y si no tiene nada que ver, pues no tendrá nada que ver. Pero para mí que sí, eh.
Bien, será hasta la vuelta. ¡Ah! Si dejan comentarios quizás no aparezcan porque estará el moderador y no lo voy a poder administrar.

Breve sobre creación y evolución

Aunque no ando con mucho tiempo para leer, no hace mucho que agregué algunos blogs en inglés a mis feeds de bloglines. Vía "Open book" fui a conocer "The Schönborn Site". Y chusmié un artículo que el arzobispo de Viena (y Director del Catecismo de la Iglesia Católica, 1994; no sabía) escribió para el New York Times. Me interesó porque se relaciona con "creación y evolución" (defino yo así, de alguna forma, al tema).
Schönborn toma las palabras de Juan Pablo II de una audiencia general de 1985:
"All the observations concerning the development of life lead to a similar conclusion. The evolution of living beings, of which science seeks to determine the stages and to discern the mechanism, presents an internal finality which arouses admiration. This finality which directs beings in a direction for which they are not responsible or in charge, obliges one to suppose a Mind which is its inventor, its creator."
He went on: "To all these indications of the existence of God the Creator, some oppose the power of chance or of the proper mechanisms of matter. To speak of chance for a universe which presents such a complex organization in its elements and such marvelous finality in its life would be equivalent to giving up the search for an explanation of the world as it appears to us. In fact, this would be equivalent to admitting effects without a cause. It would be to abdicate human intelligence, which would thus refuse to think and to seek a solution for its problems."
Trato de pensarlo con mis palabras: si vemos lo existente, los seres vivientes (que pueden haber evolucionado, sin duda, en el aspecto biológico) podemos intuir que hay un Creador. Eso por la finalidad de aquellos seres (causa final) hacia la cual se dirigen sin estar ellos a cargo o ser los responsables. Si negamos eso y hablamos sólo de azar, estamos diciendo que todo el mundo es un gran efecto sin causa, estamos dejando de lado la razón.

viernes, 6 de enero de 2006

Epifanía

La verdad es que nunca había visto de esta forma (la que sigue) a esta fiesta (la del título). En tres párrafos de la homilía de Juan Pablo II del 6 de enero de 1999 se los presento:
1. «La luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron» (Jn 1, 5).
Toda la liturgia habla hoy de la luz de Cristo, de la luz que se encendió en la noche santa. La misma luz que guió a los pastores hasta el portal de Belén indicó el camino, el día de la Epifanía, a los Magos que fueron desde Oriente para adorar al Rey de los judíos, y resplandece para todos los hombres y todos los pueblos que anhelan encontrar a Dios.
En su búsqueda espiritual, el ser humano ya dispone naturalmente de una luz que lo guía: es la razón, gracias a la cual puede orientarse, aunque a tientas (cf. Hch 17, 27), hacia su Creador. Pero, dado que es fácil perder el camino, Dios mismo vino en su ayuda con la luz de la revelación, que alcanzó su plenitud en la encarnación del Verbo, Palabra eterna de verdad.
La Epifanía celebra la aparición en el mundo de esta luz divina, con la que Dios salió al encuentro de la débil luz de la razón humana. Así, en la solemnidad de hoy, se propone la íntima relación que existe entre la razón y la fe, las dos alas de que dispone el espíritu humano para elevarse hacia la contemplación de la verdad, como recordé en la reciente encíclica Fides et ratio.

Vacas

“Aquí estamos (pero de aquí no somos)” se complace en anunciar que, gracias a que se conjugan las vacaciones familiares y las ganas de desconectarse, aprovechará para pegarse una "siestita" de semana, semana y media (o quizás dos), antes de la cual habrá enviado al que día a día escribe “mesejantes inorancias” a descansar a la montaña.
Los Andes tienen su pico más alto en Argentina y, entre otras cosas, podremos verlo (ella ya lo conoce). Siempre estamos hablamos de verlo desde abajo, eso sí. Aunque estaremos conociendo lugares, como Puente del Inca, que están a más de dos mil metros sobre el nivel del mar (“¿Y a mí qué?”, dirá un lector).
Luego hay planes de usar el resto de los días acá en casa, haciendo esas siempre presentes “cosas pendientes”, aunque ya advertidos por Hernán de los problemas que puede haber.

jueves, 5 de enero de 2006

¿Cosa de épocas o cosa de fe?

- Sí, hay monjas también, Jaqui. Hermanas como las de Tigre, dónde vos estabas.
- ¿Sí?
- Sí, pero estas son de clausura, que quiere decir que no pueden salir; como las otras que iban con Uds. a varios lugares.
- ¿Y por qué?
Dudé un instante, ¿cómo explicarle?
- Porque son monjas que se aíslan del mundo…
“…Para rezar”, iba a agregar, pero ella salió con otra cosa. Además, ¿cómo entendería ella eso de “aislarse del mundo”? Ella que tiene casi la misma cantidad de años vividos en este milenio que en el pasado.
¿Cómo lo entiendo yo? Yo que soy dos décadas mayor.

Si insisto con las edades es porque hoy leí un texto que me llamó la atención. Según “Evangelio del día”, hoy se recuerda a San Simeón. Y es muy interesante el relato de su vida. Pero quiero traer a colación el párrafo final, que tiene que ver con esto, y es muy discutible.

Terminados los mártires ha comenzado una nueva época de testimonio. Los nuevos testigos son ahora los anacoretas. Una forma incomprensible para nuestro tiempo; falta el sincronismo necesario para entenderlo.

¿Habrá algo de eso en nuestras dificultades para entender la vocación de clausura? Puede ser, pero no debe ser sólo cuestión de épocas. Y quizás esa falta de entendimiento tenga posibilidad de remediarse.

Pensemos que es difícil, muchas veces, entender una vocación que no se tiene, que no es la propia. Entonces hay un trabajo para hacer. De conocer, de respetar, de tratar de entender pero sin que el fracaso de mi entendimiento conduzca a un juicio.

La “cuestión de la época” influye, por supuesto. Si miramos otros “indicadores”: cantidad de vocaciones de clausura, ayer y hoy, podemos deducir algo. Y difícilmente puedo aceptar que se trate sólo de un error, de una pérdida de fe. No creo que él único camino sea volver a esas vocaciones “de antes”.

Sí que se puede, y se debe, revalorizarlas. Y sí, podemos entender que hay un empobrecimiento del hombre y su fe al ver ya no tenemos algunas vocaciones. Es muy posible que haya algo malo que cause la falta de cierto tipo de vocaciones. Veamos.

La falta de vocaciones sacerdotales que podemos estar sufriendo en algunos lugares no me hace pensar que la vocación del sacerdocio sea algo que no se adecua a los tiempos de hoy, sino que hay algo de empobrecimiento del hombre y su capacidad de entrega. Sí, sí, me dirán que es preferible tener pocos y buenos, que basta de esos que se ordenan tan jóvenes y después fracasan, etc. Lo sé, lo entiendo, me parece bien. Pero una cosa no quita la otra.

El texto de “Evangelio del día” sigue con un intento de revalorización de la vocación de los anacoretas. Podríamos intentar otro “traslado” para hablar de la vocación de clausura. Pero el texto que citaré valoriza esas vocaciones en su época (no dice que valgan hoy; y puede tener sentido al hablar de anacoretas, por su antigüedad). Y tiene el texto una forma que no sé si es “ver los frutos” (bien) o “buscar efectividad” (en el mal sentido). Pero se los dejo para el que le interese.
Pero el conocimiento de Cristo, los millares de gentes convertidas, los pecadores arrepentidos, los animados a ser fieles, los consolados por la penitencia, los motivados a la oración y a la austeridad es muy importante para despreciar o juzgar como improcedente esta forma de seguir a Cristo y de testimoniarle ante el mundo por el camino de la penitencia pública e integral.

miércoles, 4 de enero de 2006

Amigo sombra

Imagen interesante. Para describir a esos supuestos amigos que sólo están en las buenas.

(...) Amigo le llamas,
Fue solo tu sombra:
Si acaso mañana
Volviese a salir
Allí en tu morada
El sol, lo tendrás
Al lado, sin falta;
Pero mientras dure
El nublado en casa,
No pienses que vuelva
A verte la cara.

Fragmento de la fábula cuarta, “El comerciante y la cotorra”, de unas “Fábulas” de Domingo de Azcuénaga (cosa que descubrí por ahí de casualidad).

martes, 3 de enero de 2006

Algo sobre creyentes y no creyentes en el ámbito de la participación cívica

Antes (quizás, no lo sé) proponer ideas y discutir para formar leyes para la sociedad, era para el creyente proponer al mismo tiempo al Dios en que se basaban. Hoy pareciera que hay que “cuidarse” más.

En cierta forma, es verdad que alguien que no cree no puede aceptar leyes que regulen su vida y estén basadas en cuestiones de fe. ¿Pero qué pasa si esas ideas o leyes son perfectamente razonables? O sea, a pesar de estar fundadas en la fe en Dios, son perfectamente entendibles, tienen lógica y no ofenden ninguna conciencia si se las pone en práctica por el hecho de ser buenas.

Ese podría ser el aspecto válido del “cuidarse”, que tan mal suena: mostrar la racionalidad de las propuestas cristianas; es una labor muy buena hoy en día. Necesaria, digamos.

Pero “cuidarse” es una palabra que sin duda suena mal. Porque cuidarse muchas veces significa temor a proponer a Dios, temor a hablar de creencias religiosas en la sociedad, cuidarse de nombrar a Dios porque ofende. (¿Y no ofende más querer negarlo? Pero dejemos ese tema para otra entrada).

Un creyente puede y debe participar en los mecanismos democráticos que hoy son los que se utilizan para generar las leyes. Decía el cardenal Carlo María Martini en el libro “¿En qué creen los que no creen?” (diálogos con Umberto Eco):
Estoy de acuerdo en el principio general de que una confesión religiosa debe atenerse al ám­bito de las leyes del Estado y que, por otra parte, los laicos no tienen derecho a censu­rar los modos de vida de un creyente que se ajustan al cuadro de dichas leyes. Pero con­sidero (y estoy seguro de que también usted estará de acuerdo) que no se puede hablar de "leyes del Estado" como de algo absoluto e inmutable. Las leyes expresan la conciencia común de la mayoría de los ciudadanos y tal conciencia común está sometida al libre jue­go del diálogo y de las propuestas alternativas, bajo las que subyacen (o pueden subyacer) profundas convicciones éticas. Resulta por ello obvio que algunas corrientes de opi­nión, y por lo tanto las confesiones religiosas también, pueden intentar influir democráti­camente en el tenor de las leyes que no con­sideran correspondientes a un ideal ético que para ellos no representa algo confesional si­no perteneciente a todos los ciudadanos.
Pero a veces el cristiano parece atemorizado (o excesivamente cuidadoso). Estos días el blog “Arguments #” trae un artículo sobre un nuevo libro llamado “Permiso para creer”, que está muy relacionado con esto (al menos lo que he podido leer).

Y un caso “de estudio” fue el de Rocco Butiglione. Para el filósofo Spaemann (a través de "Arguments #"): “triste espectáculo que se ofreció a Europa y al mundo entero cuando el año pasado se rechazó la candidatura de Rocco Butiglione, tras manifestar "sus convicciones personales a propósito de la familia, de la posición de la mujer y de la homosexualidad". El filósofo alemán aseguró que "la cristiandad europea está claramente atemorizada".

Del mismo artículo, el siguiente fragmento que da una pista muy importante para entender y trabajar en el asunto.
Sin la idea de un derecho según la naturaleza, que agradecemos a los griegos, no hay ninguna base común entre creyentes e increyentes. Pero quienes mantienen hoy esta idea son los cristianos católicos. A la táctica de sus oponentes pertenece caracterizar esta idea de una ley moral natural como una idea cristiana y, por tanto, considerarla inaceptable para los no cristianos. Pero esto es injustificado.

lunes, 2 de enero de 2006

Comenzando un año nuevo

A mi sí me gustan los recomienzos. Será que todavía no estoy listo para el Banquete*. Será que nunca termino conforme con lo que hago y entonces me gusta poder empezar todo de nuevo, renovar los planes, la emoción el comienzo, la emoción de ver en proyecto los grandes planes (esa emoción que luego empieza a menguar; y necesitamos constancia y perseverancia). Pero hay quienes no gustan de los recomienzos.

Si alguna vez ilustré una hipótesis de Marechal y otra vez volví a hacer lo mismo, esta vez quizás no podría. A no ser que supongamos un poco. Que vayamos a los motivos invisibles de los actos visibles. Veamos (tomado del mismo texto y situación que la última vez):
-Por otra parte, y en coherencia -añadió Inaudi-, hay en us­ted algo así como una "vocación finalista". ¿No ha gozado usted siempre los finales de ciclo, ya se tratara de un ciclo diurno, se­manal o anual? ¿Y no detestó siempre los "recomienzos"?
-¡Es verdad! -admití yo nuevamente sorprendido.
-Quiere decir que usted, por intuición, viene soñando con un "final de finales".
Y el ejemplo ilustrativo (que muestra que hay quienes detestan los recomienzos) lo podría poner el propio Marechal. Leyendo páginas por ahí, encontré que hay quienes dicen que, a la vuelta del primer viaje por Europa, "ya iniciado el curso lectivo de 1927, a Leopoldo lo aguardaba un sumario administrativo en el Ministerio de Educación, por 'abandono de trabajo' ".
Sería posible atribuir esto a falta de dinero para regresar, pero no sería tan absurdo pensar que Marechal podría ser alguien que detestara los recomienzos, y que eso influyera de algún modo en sus retrasos (de alguna forma no tan decidida sino casi inconsciente).
* tanto al final de la pregunta y respuesta usadas en la entrada que habla del "júbilo de vísperas" como en las de esta entrada, el diálogo sigue con un Lisandro Farías sorprendido, diciendo: "¡El Banquete!" (por "El Banquete de Severo Arcángelo", nombre del libro, aunque con un significado alegórico también).

domingo, 1 de enero de 2006

María, Madre de Dios

Motivos para festejar, hay. No es sólo el Año Nuevo. Hay un festejo que se entiende más en silencio que con tanto ruido: María, Madre de Dios.
No sé si sabían, pero dijo el Predicador del Papa (Zenit, 01.01.2006):
El título de Madre de Dios es también hoy el punto de encuentro y la base común a todos los cristianos, del que volver a partir para reencontrar el acuerdo en torno al lugar de María en la fe. Es el único título ecuménico, no sólo de derecho, porque fue definido en un Concilio ecuménico, sino también de hecho, en cuanto que es reconocido por todas las mayores Iglesias cristianas.
Hoy también fue la Jornada Mundial de la Paz de 2006, donde el lema fue: "En la verdad, la paz". Esto más que un festejo es un llamado a la reflexión; también en Zenit los mensajes.