lunes, 23 de febrero de 2009

Otra vez a contar los minutos

Nos quedamos charlando en la última entrada y ahora que caigo se nos está yendo febrero. ¿Qué les podré contar antes de marzo? Que el birlocho con motor hizo mil setecientos kilómetros sin problemas, que estuvimos por la Costa Atlántica, caminando como “tigres marinos” junto al agua o dando los primeros pasos. Y (más propio para relatar en este blog) por las noches me hice unas escapadas a un pueblito de La Bassa, la llanura del Po, en Italia, de la mano de Guareschi y su don Camilo.
Y ahora de vuelta al mundanal ruido. Otra vez a “contar los minutos”. Como cuando Peppone inaugura el reloj municipal para competir con el de la torre de la Iglesia y todos se ponen a medir sincronías, atrasos y adelantos...
(...) Cosa de locos: porque hasta ese momento por esos lados nunca se había hecho cuestión de minutos. Los minutos y los segundos son mercadería de la ciudad, donde un infeliz se afana por no perder siquiera un segundo y no advierte que obrando de ese modo pierde una vida.
Aquí vamos...

domingo, 8 de febrero de 2009

En la oficina tienen razón

En el ambiente pagano de la oficina se analiza eventualmente la religiosidad de un compañero. El “indicador” que por lo general se usa para saber si es un tipo religioso es “si va a misa”.
Por un momento pensé que ese no sería un buen indicador. En cambio, ¿qué tal si se enteraran que el tipo reza? Ir a misa puede ir cualquiera. Puede ser una formalidad más. No sé porque llama tanto la atención.
Y sin embargo...
Y sin embargo quizás sea el mejor indicador de un cristiano. Si va a misa. Por un lado hoy, con tanto tipo de meditación y esas cosas de moda, quizás no resulte raro ver a un tipo rezando (aunque no se entienda que no es lo mismo). Pero por otro lado, y el más importante, ir a misa es la marca del cristiano porque es responder al pedido del mismo Jesucristo: “Haced esto en memoria mía”. Y en la misa se realiza el misterio de la salvación. Y está la dimensión comunitaria, la Iglesia.
Y no cabe la cuestión: “¿Qué tal si fulano va a misa y no reza?” Lejos de mi intención restar importancia a la oración, pero a los efectos de este nada académico análisis valga decir que, cuando uno va a misa, hace también oración.
Así que volví a pensar que la gente de la oficina hace bien en considerar si un tipo es cristiano observando “si va a misa”.
(Al cierre de esta edición me preguntaba algunas otras cosas: ¡Qué tal si se enteraran que el tipo confiesa sus pecados!... ¡Se confiesa!... ¡Pecados!)

jueves, 22 de enero de 2009

Escasez de tierras

Es muy probable que en el futuro se pregunten si esta no fue una época de escasez de tierras.
(Ya habrán Uds. notado que la gente más pobre, en vez de vivir precariamente en el campo, vive encerrada en pequeños cubos de hormigón en la ciudad; y no sólo los más pobres, muchas veces a medida que la clase económica asciende lo único que cambia es el tamaño del cubo).
Pero los que más se sorprenderían de esta época son nuestros abuelos si se enteraran, por ejemplo, que para poder jugar al fútbol entre amigos hoy el potrero lo alquilamos por hora.

sábado, 17 de enero de 2009

La Madre del Señor

Un libro que es a la vez un proyecto de libro. Una carta a un amigo en dónde se ponen los lineamientos para escribir un ensayo, una “vida de María”. Eso es “La Madre del Señor”, de Romano Guardini. Mi segunda lectura mariana programada. Muy interesante para tipos “racionales” como uno. Les dejo algo de allí:

Otra cosa hay, y es la doctrina de que la encarnación de Dios ha tenido lugar sin generación humana, y que además, María, después de concebir al Redentor, nunca ha tenido relación matrimonial. La comunidad del matrimonio alcanza al núcleo de la persona; pero a la Madre de ese Hijo el sentir cristiano le exige la dedicación exclusiva a Dios. También en la virginidad del parto del Redentor se expresa el hecho de que aquí, en medio de la historia, y aún más, en su «plenitud», se abre un puro comienzo a partir de Dios. De tales consideraciones, pero no de ideas dualistas sobre la impureza de lo corporal, surge la convicción de que la virginidad formó parte esencial de la existencia de María.

(Aunque no fue regalo, porque es parte de su biblioteca, este también fue aporte de mi esposa).

martes, 13 de enero de 2009

Signos de estos tiempos

“¡Menos mal!” es alivio y “¡Más bien!” es a veces una obviedad.
Hablando un poco en serio, un poco en broma: quizás este sea otro signo de nuestra humanidad sin Dios, donde el dolor y el sufrimiento son algo extraño, no natural y hasta creemos en una especie de “derecho a no tenerlos”.
(Sí, sí, es así. Habrán notado esos titulares del tipo: “Sorprendidos por la tragedia”. Y cómo frente a un desastre natural se busca siempre un responsable humano, aunque sea aquella persona u organismo que podría habernos advertido pero no lo hizo, de manera tal de no hablar de algo más profundo. O también habrán notado como a aquello que podría llamarse “derecho de atención sanitaria” lo llamamos hoy “derecho a la salud”).

lunes, 5 de enero de 2009

Imagen monfortiana

San Agustín llama a María Molde viviente de Dios, y, en efecto, lo es. (...)

De dos maneras puede un escultor realizar una estatua o retrato perfectos: primera, con fuerza, habilidad y buenos instrumentos puede labrar la figura en materia dura e informe; y segunda, puede vaciarla en un molde. Largo, difícil, expuesto a muchos tropiezos es el primer modo; un golpe mal dado, de cincel o de martillo, basta, a veces, para echarlo todo a perder. Pronto, fácil y suave es el segundo, casi sin trabajo y sin gastos, con tal que el molde sea perfecto y que represente al natural la figura; con tal que la materia de que nos servimos sea manejable y de ningún modo resista a la mano.

El gran molde de Dios, hecho por el Espíritu Santo, para formar al natural un Hombre-Dios, por la unión hipostática, y para formar un hombre-Dios por la gracia, es María. (...)

¡Oh, amigo querido, hay una gran diferencia entre un cristiano formado espiritualmente por medios ordinarios y que se apoya en su propia habilidad y otro, dócil y plenamente disponible que, consciente de su debilidad, confía plenamente en María para ser plasmado en Ella por el Espíritu Santo! (...)

Luis María Grignon de Monfort, "El secreto de María", Primera Parte, Cap. 2.
(En vísperas de la celebración de la Epifanía del Señor)

domingo, 28 de diciembre de 2008

Algo de lo que fue y algo de lo que será

Otra vez nochebuena en Flores. Como antaño. Misa en San José y luego caminando en grupos hasta la casa donde seguimos la celebración. Esta vez no lo pude caminar, pero lo hicieron ella y los chicos, mientras yo llevaba el auto con los bártulos. Recuerdos...
Estoy planeando algunos viajes para el año que viene. Estuve mirando los mapas. Estoy conociendo acerca de la península de Crimea, hacia allí podría hacer un viaje con un guía ruso llamado León T. y conocer los tiempos de los emperadores Napoleón y Alejandro en la guerra que lleva el nombre de aquel lugar. Aún no me decido, porque también estuve mirando los mapas de la Comarca y el oeste de la Tierra Media al término de la Tercera Edad (un viaje que es una asignatura pendiente). Por otro lado, mi amigo Leopoldo me invitó hace tiempo a un viaje por una Argentina por él soñada, terrestre y celeste. Y cómo podría fallarle, si con él viví intensas aventuras (todo comenzó allá por Villa Crespo, una templada y riente mañana de otoño…).
La verdad es que hay muchos libros y muy atractivos en lista de espera. Hay una Ortodoxia, una Spe Salvi, etc. Y este año los de espiritualidad serán de María (como hace dos años fueron de la oración y el año pasado de la liturgia). Vayan como entrada unas palabras de Luis María Grignon de Montfort:

Un mundo hecho para el hombre peregrino, que es la tierra que habitamos; otro mundo para el hombre bienaventurado, que es el paraíso; mas para sí mismo, [Dios] ha hecho otro mundo y lo ha llamado María.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Tratando de vivir en Adviento (al pie mis deseos)

Vamos que se va el año y siempre lo mismo: muchas cosas para hacer. Para poder tener un espacio de recogimiento y oración en el Adviento hay que deshacerse de las tareas y actividades a empujones; dejamos una y aparece otra; cada una reclama su motivo de urgencia; parecen periodistas “movileros” luchando por colocar su micrófono y su pregunta al personaje famoso que interceptan al paso.
Tratando de generar momentos de oración, me acompañará en estos días un pequeño libro, “El secreto de María”, de Luis María Grignon de Montfort (regalo de mi esposa). Y Luis María me pide, lo primero, preparar la lectura del libro con Ave, maris Stella y Veni, Creator Spiritus. Así que los voy dejando, si me disculpan (debo hacerme un machete para esas dos).
Previendo la posibilidad de que no nos volvamos a “ver” antes de la fecha, quiero desearles una muy feliz Navidad.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Litúrgicas (VI)

Cerrando la idea de la entrada anterior.
El hombre moderno al que se le presenta frío el lenguaje de la liturgia, buscará con frecuencia “un refugio tonificante -a su parecer-, en las oraciones y prácticas devotas de un nivel espiritual considerablemente inferior al de las litúrgicas, pero que, para él, tienen la aparente y positiva ventaja de adaptarse a su complexión espiritual y a la de su tiempo”.
Estamos en nuestro perfecto derecho al orar en esta forma, y jamás la Iglesia tratará ni de impedirlo ni de limitarlo, sino más bien de fomentar el ejercicio de este derecho. En este género de oraciones vivimos nuestra vida propia y nos situamos -si vale la frase- cara a cara ante Dios”.
Sin embargo la comunidad litúrgica reza con fórmulas universales, que pueden ser adoptadas por todos sin violentar ni frenar su vida interior (contrario a lo que sucedería si se usaran palabras o fórmulas muy marcadas por las necesidades o idiosincrasia particulares). Por supuesto, aunque aquellas fórmulas universales pueden ser adoptadas, muchas veces se necesita el sacrificio de olvidarse de uno mismo. Pero hay ganancias. Vean este largo pero completo final.
En la vida de la liturgia -si vale la comparación- el alma aprende a moverse holgadamente dentro de un amplio y luminoso orbe, objetivo y espiritual, y adquiere, por decirlo así, esa libertad, ese señorío y nobleza de actitudes y de movimientos, merced al constante dominio y vigilancia sobre sí misma, que se obtiene, en el orden de las relaciones humanas y naturales, por el contacto con los demás hombres, por la convivencia con personas realmente educadas y por el trato con otros semejantes cuya conducta está regulada por una larga y tradicional costumbre de delicadeza y distinción sociales. El alma, además, va consiguiendo esa amplitud de sentimientos, esa serenidad y esa transparencia espirituales que dan la frecuentación, la familiaridad, si cabe la frase, con las grandes obras de arte.
Es decir, resumiendo: mediante la liturgia el alma consigue el gran estilo espiritual, cuyo valor y trascendencia nunca serán adecuadamente calculados.
(…) Al lado de la vida litúrgica y paralela a ella, debe cultivarse con todo esmero la vida de oración individual, por medio de la cual el alma expone libremente a Dios sus necesidades y sus íntimos anhelos, y se puede explayar espontáneamente dando rienda suelta a sus fervores, elevaciones y gustos puramente individuales. Precisamente, de esa vida se nutrirá la vida litúrgica y recibirá su calor y su matiz peculiar.
Si falta o fracasa la espontaneidad de esa vida de oración personal, entonces se convertirá la liturgia -con pésima suplantación- en forma exclusiva de vida espiritual, y bien pronto la veríamos marchitarse y degeneraren puro y mecánico formalismo exterior, frío y anémico.
Pero si, al contrario, desaparece y muere la vida litúrgica, y queda sola y desguarnecida la vida de oración particular, entonces, ya lo estamos viendo, la experiencia de todos los días se encarga de aleccionarnos crudamente y de vocear las desastrosas consecuencias de ese fenómeno…
(En el día de la Inmaculada Concepción de María).

sábado, 29 de noviembre de 2008

Litúrgicas (V)

El hombre contemporáneo, sobre todo el de temperamento individualista, prefiere que su oración sea la expresión directa e inmediata de su estado de alma; y lo que la liturgia le exige, al contrario, es que acepte como expresión de su vida interior un mundo de ideas, de oraciones y prácticas que, por su universalidad, resulta para él excesivamente amplio, en el que naufraga su pequeñez y su individualidad. Ese mundo se le presenta glacial, casi vacío, sobre todo al compararlo con el ímpetu y el calor y la riqueza sentimental de una oración espontánea”. (Romano Guardini, El espíritu de la Liturgia, cap. III: El estilo litúrgico).
Para “ponderar todo el alcance de este obstáculo nada despreciable”, Guardini explica la diferencia con que se nos muestra la figura de Jesús en la liturgia y en el Evangelio. Al ir recorriendo las páginas del Evangelio uno ve a Jesús recorrer los caminos, lo escucha hablar con las personas, siente su voz; es Jesús, el hijo del carpintero, que vivía en tal rincón de Nazaret, etc. “De este detallismo enumerativo, de esta precisión descriptiva es de lo que está ávido el hombre de nuestros días…”.
En la liturgia es muy diferente. “Aquí se trueca ya en el majestuoso mediador entre Dios y las criaturas; en el gran sacerdote eterno, en el Maestro Divino, en el gran pedagogo de la humanidad, en el juez de vivos y muertos, en el Dios oculto bajo los tenues velos de la Eucaristía, que une en su cuerpo vivo a todos los creyentes entre sí, constituyendo la gran familia universal de la Iglesia; en el Dios-Hombre; en una palabra, en el Verbo hecho carne”.
Pero Guardini aclara a tiempo que la liturgia no falsea la figura de Cristo de los Evangelios (respondiendo a la crítica protestante). La liturgia, como lo han hecho las divinas escrituras desde el Evangelio hasta el Apocalipsis, va partiendo de todos los rasgos de la persona histórica Jesús, hasta llegar a destacar su carácter eterno (y precisamente porque no es sólo un recuerdo, sino una presencia actual la de Cristo).
Y vuelve sobre la dificultad. “¡Cuántos de nosotros, de seguir nuestro primer impulso, sacrificaríamos gustosos los más bellos y profundos conceptos teológicos, con tal de poder contemplar emocionados a Jesús, recorriendo los caminos de Galilea, o de percibir el tono amoroso de su voz, cuando Él conversaba con sus discípulos!
La respuesta a este dilema, dice Guardini, no está en tomar una cosa o la otra, sino las dos. “No cabe, por lo tanto, la disyuntiva de decir: ‘esto o aquello’, sino esto y aquello, lo uno y lo otro coexistiendo en una viva y eficiente compenetración”.
Como detallaremos más en la próxima entrada.