lunes, 7 de marzo de 2005

Renunciar a uno mismo

El guión inicial del Viacrucis de 2000 ("Tres Viacrucis Vaticanos...") comienza recordando el pasaje de Mateo 16, 24: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga".
"...Que renuncie a sí mismo..."; "...que renuncie a sí mismo..." Como las palabras del Apocalipsis que resonaban en la cabeza de Adán Buenosayres, el cielo que se retiraba como un libro arollado: Sicut liber involutus, así resonaron todo el día estas palabras en mis oídos...
Palabras fuertes. ¡Imposible de cumplir! Palabras fuertes, determinantes, que hacen pensar cuán miserables somos, cuán lejos de poder cumplir con lo que nos pide Jesús. Aunque lo deseemos ardientemente... renunciar a uno mismo... renunciar a uno mismo... hasta este post debería quedar colgado aquí, pienso...
Basta un minuto más para que las palabras dejen de sonar tan fuerte... Después de caer de rodillas en tierra, después de experimentar un temor sagrado, ¡cuán fácilmente se disipaba Adán entre los ruidos y colores del nuevo día! Lo mismo me pasará...
¿Qué es lo que hay que hacer? ¿Es que siempre debe pasar así?
...
Uno practica renuncias diarias. De tiempo para el otro. Para el cónyuge, para los hijos, para otros parientes o amigos... es un esbozo de todo lo que nos pide Jesús. Estamos llamados a cumplirlo cada vez más plenamente. Cada vez más.
Dios conoce cuánto más podemos. No hace falta que aclaremos, ¡como aquella intención de la misa del domingo! No recuerdo cuál era la petición, pongo un ejemplo, pero se formuló así: "Te pedimos Señor para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos más fieles al amor de Jesús". ¡Epa! Eso queda como una "cobardía" en las intenciones. No me gustó para nada. Es cierto que si nos empeñamos, en cierta forma, todo lo lograremos más o menos "en la medida de nuestras posibilidades". Pero no hace falta aclararlo. Cuando se aclara, quiere ya decir otra cosa...
Pero el error es quizás aún más grave. Decir "en la medida de nuestras posibilidades" es no saber que también están "las posibilidades de Dios" para con nosotros. Que además de nuestra libertad, la cual plenamente ejercida nos llevaría hasta el límite de nuestras posibilidades, está la gracia de Dios.
Y en ese campo del conocimiento yo ando por el siglo IV*, pero creo que para esto me alcanza. Nunca olvido el "da lo que mandas y manda lo que quieras" de San Agustín. Es clave. No podemos ser lo que debemos ser, Dios nos lo debe dar. Así que, con todo respeto, ¿qué cosa rara es eso de "en la medida de nuestras posibilidades"?
* Pero estos días me estoy actualizando, profundizando en mis enseñanzas de los primeros siglos. Me cuenta Maritain acerca del protestantismo y la gracia sin libertad, y de la teología humanista absoluta y su libertad sin gracia: "la gracia viene así a hacer meritorios para el cielo, cubriéndolos de un barniz sobrenatural, aquellos actos cuya perfecta rectitud está suficientemente asegurada por la razón del hombre honrado".
...
Y me disipé nomás. Intentemos seguir con lo que vale. Renunciar a mi mismo, renunciar a mi mismo...

1 comentario:

José Luis dijo...

Tu meditación me recuerda una frase de Castellani. No recuerdo en que libro la leí.
Él decía que, contra el argumento que se usa generalmente:
"Nadie está obligado a hacer lo que no puede"
él responde:
"Sí, pero todos estan obligados a poder lo que deben"